Enredados en la Red
La salida de tono de Andrés Calamaro y un reciente artículo del sociólogo Enrique Gil Calvo me llevan a unas breves reflexiones sobre el uso que le estamos dando en nuestra actividad cotidiana a Internet y a todo lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías. En especial, en estos momentos de incertidumbres vitales, en las que el deseo de huir del anonimato lleva a muchas personas a prodigarse en los entornos virtuales de las redes sociales y el e-mundo surgido en torno a un ordenador personal o a la multitud de soportes electrónicos que permiten el acceso a las redes. (más…)
Con casi seis años de retraso, y en el ecuador de este mes de agosto, hoy hemos conocido que por fin el Consejo de Ministros va a tramitar el próximo viernes el anteproyecto de
El uso del tiempo siempre ha sido y es uno de los temas que más me preocupan. Por obvio, resulta que gran parte de nuestra vida está condicionada por la utilización que hacemos del espacio dedicado a la actividad profesional, personal, familiar o social. Vivimos generalmente agobiados y solemos decir que nos falta tiempo para hacer realmente las cosas que nos gustan. Por eso cuando escuché hace tiempo unas entrevistas a Ignacio Buqueras, y las iniciativas que llevaba adelante en torno a la apuesta por unos horarios racionales y razonables, me dediqué a leer algunos de su trabajos.
No me resisto a dejar de lado la victoria de la Selección Española de Fútbol en el Mundial de Sudáfrica. Vivimos momentos de euforia en todo el país, porque todos hacemos nuestros los éxitos futbolísticos de esta generación de jugadores que ha sido capaz de llevarnos hasta donde estamos. Y esa resistencia caminan en paralelo a la efervescencia anímica que vivimos todos a los que nos gusta el fútbol, al margen de las consideraciones económicas, de negocios surgidos en torno a este deporte, y de los repetitivos mensajes que aparecen y aparecerán en las próximas horas en los medios de comunicación.
Uno de los ‘culebrones informativos’ del verano tiene que ver con la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre la constitucionalidad o no de determinados artículos y disposiciones del Estatut de Catalunya. Un parto que viene de lejos, motivado por el recurso que presentó, entre otros, el Partido Popular, al texto que aprobó inicialmente el Parlamento catalán y que, posteriormente, pulió la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados. No sé, querido lector, si a ti te pasará como a mi, que cada vez más me estoy cansando de estos debates, con lo que está cayendo en la calle. 
Si hay una cuestión en la vida política española que aún no ha encontrado su lugar en el debate sereno es la religiosa. Aparece cuando menos se le espera en el escenario de la actualidad, bien sea por un anuncio de la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, de que se va a revisar la Ley de Libertad Religiosa de 1980, o porque los vecinos de un barrio se han levantado en armas para que no se instale una mezquita o porque un colegio público decide que no puede aceptar a una alumna cubierta con el velo islámico. Ni qué decir cuando hay un pronunciamiento de alguno de nuestros obispos sobre cuestiones de moral y su aplicación en la gestión de la cosa pública, esto es, en el debate parlamentario de alguna de las leyes sensibles, como pueden ser las que afectan al matrimonio, la educación o aquellas socio sanitarios que tienen que ver con la defensa de la vida como la interrupción voluntaria del embarazo, la píldora del día después o la muerte digna. 
Hace unos días compartí una sesión de trabajo con un grupo de compañeros del PSOE de una ciudad de “tipo medio” -como decimos en mi tierra, Murcia- con el objetivo de reflexionar sobre la acción política que están llevando en su municipio. La verdad es que resultó una jornada muy agradable, por varias razones. En primer lugar, porque el grupo estaba formado por gente muy joven, de una media de edad de 25 a 30 años. Por otra, porque la mayoría eran mujeres, y la experiencia demuestra que su especial sensibilidad aporta más corazón que cabeza al debate político. Y sobre todo, porque había ilusión y optimismo en los rostros de casi todos los que nos sentamos a debatir sobre los problemas del pueblo y de las acciones para mejorar la vida de los ciudadanos. 