Desde El Salvador. Tercera entrega.

El Salvador, un país de contrastes.parque-libertad

Aunque le suene extraño a muchos de mis amigos de El Salvador a mí me encanta callejear por en centro de la capital. Sé que es una locura para muchos de los que viven aquí –sobre todo para aquellos que viven en la zona vip-, ya que te expones a que te asalten o te hagan algo peor. Pero a mí me gusta estar en medio de esta gente. Para mí representan la esencia del país.

Si te das una vuelta por el parque de la Libertad –no es un eufemismo, se llama así de verdad- tienes que llevar bien agarrado el bolso no vaya ser que te lo arrebaten de un tirón, sigues caminando por las estrechas y abarrotadas callecitas donde te encuentras todo tipo de puestos ambulantes: desde caramelos, ropa, calzado, fruta, discos, películas, todo lo que te puedas imaginar y, si quieres comprar alguna artesanía, mejor te metes en el Mercado Ex cuartel –donde te piropean hasta decir basta-. Todo un clásico.

Pues resulta que este sábado me acerqué hasta la Catedral ubicada en el corazón de San Salvador. Allí están enterrados los restos de Monseñor Romero, lugar sagrado para muchos de nosotros y parada obligada para los que están comprometidos con los pobres del país.

Sentí una mezcla de emociones. Por una parte alegría por estar aquí, a su lado, en medio de la gente que tanto amó y por la que entregó su vida; por otra, tristeza y angustia, por toda la gente que sigue sufriendo ya no la cruenta guerra civil que desembocó con su muerte, sino otra igual o más cruel que aquella…

Pero no piensen que todo ha sido gris estos días. También he vivido momentos felices junto a mi familia y mis amigos. He paseado a las once de la noche –algo impensable en la mayoría de colonias y barrios pobres del país- por el paseo del Carmen en Santa Tecla, he tomado un café en el Starbucks de Galerías, he saboreado unas ricas pupusas revueltas de frijol con queso, unas pilseners en café la T, una generosa pizza en Pizza Hut… Nos hemos puesto al día y, por un momento, hemos soñado con que todo esto se arregle.

Y es que El Salvador es un país de contrastes, una mezcla paradójica de muchas cosas. Pero lo que no cambia es mi gente: acogedora, cercana, solidaria, llena de vida. Esa misma también capaz de hacer hablar a las piedras, de hacer un chiste verde de cualquier cosa, de “putiarte” (insultarte) cuando hay una “trabasón” (tráfico)… esa que es capaz de abrirte el corazón y darte lo mejor y lo peor de si misma a partes iguales. Ya lo decía Roque Dalton en su poema de amor:

los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo,

los primeros en sacar el cuchillo,

los más tristes del mundo,

mis compatriotas,

mis hermanos.

 

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