Desde El Salvador. Cuarta entrega.

milpasPor aquí me pongo a escribir de nuevo. Esta vez para hablar del campo, de la naturaleza, de los campesinos, esas gentes sencillas que viven en los pueblos de mí querido el Salvador y que todavía cultivan la tierra.

“Las milpas están tristes”, me dijo mi abuelita cuando llegué a visitarla al pueblo. Y es que al parecer el agua del cielo se hacía de rogar, por eso me alegra mucho que estén cayendo estos días unos buenos chaparrones y que terminara la sequía de las pobres milpas, esas tierras sagradas que dan vida al maíz y al frijol alimentos básicos para subsistir aquí.

Y es que en el fondo, aunque nací y crecí en la capital, no se me olvidan mis raíces campesinas. Guardo especial cariño a los días de mi infancia en el pueblo de mis abuelitos.

Recuerdo el verde de los campos, las vacas rumiando el tiempo con parsimonia; el rostro tostado de los campesinos, machetes en mano, encorvados, chapodando la milpa con presteza antes de que el sol oprimiera inmisericorde.

Es curioso como te marcan estas experiencias de la vida. Cuando una es pequeña nunca sabes cuánto puedes aprender con sólo observar el ritmo natural de las cosas. La naturaleza es muy sabia y los campesinos saben muy bien como funciona el ciclo de la vida en el campo. Por eso no se estresan, aunque trabajan duro. Hacen todo lo posible como si todo dependiera de ellos, pero en realidad es la madre tierra la que tiene la última palabra. Saben que Dios misericordioso no los desampara.

Siempre admiré y sigo admirando esa fe inquebrantable. Esa fe sencilla y profunda que alimenta el alma. Creo que aquí aprendí a amar yo también a Dios. Y lo más hermoso es que sigo redescubriéndolo en el pueblo de mi infancia cada vez que vuelvo.

Me gusta disfrutarlo en el paso del tiempo sin prisas, sin agobios, al compás del vaivén de una confortable hamaca mientras platicamos de cualquier cosa; en el crepitar del fuego, mientras el comal se calienta para palmear unas ricas tortillas; lo encuentro en el rostro rudo de los campesinos en aparente contraste con una sonrisa franca y generosa; en los ojos despiertos de los niños capaces de desnudarte por dentro… todo esto revive en mí siempre que vuelvo. Florece como las milpas después de un largo tiempo de barbecho. Todo esto siento y le doy gracias a Dios por ello.

 

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