El Vaticano es especialista en mirar para otro lado, cuando no le interesa complicarse la vida

Cuando hablamos del Vaticano no nos referimos, necesariamente, al Papa. Hay tantos intrínculis y recovecos en el Vaticano, tanto en el sentido Físico, como, sobre todo, de Institución, que no podemos ni imaginar que el Papa esté ocupado en todas y cada una de las aventuras, que son centenas al día, que suceden en toda la Iglesia. Además, el Vaticano tiene varias facetas. Si nos fijamos en dos de ellas, ambas importantes, pero bien delimitadas y definidas, diremos que el Vaticano es, al mismo tiempo, uno de los casi doscientos Estados, como unidades políticas, que hay en el mundo, y, por otra parte, es el centro desde donde se dirige y gobierna, veces con mano de hierro, el conjunto de la Iglesia que, para entendernos, depende de Roma. Pues bien, hace unos días, el cinco de este mes de enero, el recientemente nombrado portavoz del Vaticano, Alessandro Gisotti, afirmó: “Sobre el traslado de los restos de Franco no tengo nada que agregar con respecto a lo ya afirmado por la Santa Sede, o sea, que el asunto concierne a su familia, al Gobierno español y a la Iglesia local”. Sobre el asunto se había pronunciado, con motivo de la visita de la vicepresidenta  Carmen Calvo Poyato , El secretario de Estado vaticano, cardenal Pietro Parolin, que había sido lo suficientemente ambiguo como para entender lo que interesaba a cada uno de los comentaristas, algo, por otra parte, muy común en el Vaticano.

A mí, desde luego, no me convence esta explicación, no me parece acertada la apreciación de la Santa Sede. Ésta, como sabemos, firmó el famoso concordato con el Gobierno de Francisco Franco, allá por el  año 1953, que dio el respaldo internacional que Franco  buscaba desde el fin de la guerra civil para su régimen dictatorial. No se trata, pues, de un ciudadano cualquiera e inexpresivo de un  país mayoritariamente católico, sino de un dictador que pretendió, y lo consiguió, por lo menos a nivel interno de España, que su golpe militar, que causó una tremenda guerra entre hermanos, fuese considerado una Cruzada de salvación de las “esencias cristianas patrias”, y así lo presentaron nuestros obispos, hasta llegar al demencial comportamiento, verdaderamente sacrílego, de conducir bajo palio al Dictador a la entrada del templo, para la participar de una celebración sacramental. El referido Concordato ayudó a Franco, y a sus admiradores obispos, a montar esa Cruzada redentora, que durante el pontificado de Pío XII tuvo carta de ciudadanía.

Gracias a Dios, por lo menos en el sentir de muchos creyentes, que tanto Juan XXIII, como Paulo VI, se negaron a aceptar el que ya era un hecho consumado, e hicieron ver de manera directa e indirecta, como, por ejemplo, frenando las causas de beatificación-canonización, que recaían siempre en miembros que, no por casualidad, pertenecían siempre a la misma parte contendiente. El régimen franquista no se entendió bien con estos dos grandes papas del siglo XX, y hasta puso obstáculos a la publicación de la encíclica “Populorum Progresio“, que solo resultó fácil encontrar en la publicación eclesiástica “Eclesia”. Es decir, la relación Franco-Vaticano no fue, exactamente, un dulce camino de rosas, para que ahora algunos de sus más altos curiales miren para otro lado, y aseguren que se trata de un asunto interno del Gobierno español, de la Iglesia que vive y cree en España, y de la familia del dictador.

Ya se inhibió, y miró para otro lado, la más alta esfera de la Iglesia, tan alta que denominamos Santa Sede, cuando podría, y no me atrevo decir ¡debería!, porque a pesar de la dureza de mi crítica siempre pienso en el respeto y obediencia que se merecen “los ungidos del Señor”, como dice el Antiguo Testamento (AT), no por sí mismos, sino por la misión que han recibido del Señor. Ahora bien, hemos aprendido, y en este blog lo he recordado a menudo, del Nuevo Testamento, como la corrección fraterna se realizaba sin falsos pudores discretos, para que nadie se enterase, sino con una buna mezcla de amor fraterno y firmeza, para que quedase claro el desvío que se hubiera producido de los valores evangélicos. Por eso los evangelistas ponen en boca de Jesús la terrible diatriba que lanzó a Pedro, “apártate de mi, Satanás, porque (en este asunto) no piensas como Dios sino como los hombres”, y los escritores de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas no ocultan su diferencias, o la bronca de Pablo a Pedro por la cobardía e hipocresía, puntuales, sí, de éste. Y “el mirar para otro lado” al que me refiero ahora se trata de la vergüenza que supuso, y supone todavía para el episcopado español, es decir, para la Iglesia en España, la tremenda y nefasta imagen del tirano entrando bajo palio en los templos. Los representantes de los obispos, en la famosa Asamblea conjunta, promovida por el cardenal Tarancón, intentaron, suavemente, pedir perdón, por ese y otros motivos al católico pueblo español, pero a muchos, esa postura coherente y cristiana, no les gustó, a causa de su ideología socio-política. Pero, ¿para cuándo la petición de perdón del Vaticano, a la Iglesia española, por haber tolerado, con un silencio atronador, el agravio sacrílego perpetrado por sus obispos en su penosa sumisión al dictador, tratándolo como a “un ungido del Señor“?

Y queda todavía otro argumento decisivo. Como comenté en la entrada de este blog, del día 03/11/18, titulado “¿Qué la Iglesia no tiene nada que decir de la inhumación de los restos de Franco?, a la Santa Sede, como último garante de que el CIC (Codex Iuris Canonici, “Código de Derecho Canónico”) se cumpla en toda la Iglesia, le correspondería intervenir para que la cripta de la Catedral de la Almudena cumpla el canon c. 1242: “No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos». También comenté en ese artículo que suponía que la Santa Sede habría dado, por los años noventa, la pertinente licencia para que la cripta de la Almudena se financiase con la venta de capillas mortuorias, como excepción a lo ordenado en al citado canon. Considerando todos estos datos, ¿cómo puede afirmar el portavoz vaticano que a la Santa sede no le corresponde intervenir en la exhumación-inhumación de los restos de Franco?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

 

Las ambigüedades de la Iglesia con el franquismo

(Redes cristianas ha publicado, con fecha de 19/2019, es decir, día de hoy, dos artículos, uno de Evaristo Villar, y otro de este escriba, del blog “El guardián del Areópago”, (¿De qué dos Españas hablan los obispos?, 14/01/19), ya publicado en R21, y por la similitud, defendemos la misma tesis, pero el de Evaristo, con muchos mas detalles informativos, quiero facilitar a mis lectores su lectura).

Las ambigüedades de la Iglesia con el franquismo

Evaristo Villar          ene19/2019           

La exhumación de los restos de Franco ha tocado a la Iglesia católica. La Conferencia Episcopal Española oficialmente sigue guardando silencio y la diócesis de Madrid se ha puesto de perfil. La pregunta que se hace mucha gente es si la jerarquía católica no está perdiendo una ocasión de oro para desmarcarse de su vinculación histórica con el franquismo y romper con los nostálgicos que pretenden mantenerla “atada y bien atada” a un pasado nada edificante.

  1. La Iglesia católica en el franquismo. Sometimiento y utilización mutua

Un juicio que da qué pensar. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, refiriéndose al comportamiento de la jerarquía católica con referencia a su pasado franquista, se expresaba, meses atrás, en estos términos: “ha facilitado la beatificación de sus mártires en la Guerra Civil y ha mantenido un terrible silencio acerca de su colaboración con el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. Así como haber participado y formado parte de una terrible dictadura”. (La Vanguardia 18/03/2018). Esto da qué pensar.

Enfrentamiento con la República. La hostilidad de la jerarquía católica contra la II República es sobradamente conocida. Desde el 14 de abril de 1931, proclamación de la República y abandono del país del rey Alfonso XIII, hasta el 18 de julio de 1936, golpe militar, la jerarquía mantuvo un recio enfrentamiento con la nueva clase política integrada por socialistas y pequeño burgueses que sustituyeron al antiguo régimen.

Alineados al bloque opositor de derechas, —formado por Comunión Tradicionalista (Requetés), Renovación Española (nostálgicos de la monarquía) y Falange Española—, un grupo de obispos, liderados por el cardenal SEGURA, primado de España, e Isidro GOMÁ, —obispo de Tarazona y luego sustituto de Segura en la diócesis primada de Toledo—, mantuvo un duro enfrentamiento con el Gobierno de la República. Discrepando de la misma orientación de Roma, los jerarcas españoles vieron en el Gobierno republicano un decidido empeño por quebrar el vínculo, que ellos consideraban “natural”, entre el pueblo y la religión católica. Y, consiguientemente, se aliaron con el grupo opositor. Testigo de esta alianza fue la Carta pastoral del 1 de mayo de 1931 del cardenal Segura llamando a la movilización masiva contra el Gobierno republicano. Motivo por el cual perdió la diócesis de Toledo y se ganó la expulsión del país.

Cabe señalar, por lo que supone para alimentación del conflicto, la aprobación por la Cortes Constituyentes, el 9 de diciembre de 1931, de la Constitución de la II República. En este importante documento se establece que “el Estado no tiene religión oficial” (art 3); que “no podrán ser fundamentos de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las religiosas” (art. 25); que “una ley especial regulará la total extinción, en un plazo máximo de dos años, del presupuesto del clero” (art. 26); y que “la enseñanza será laica” (art.48).

Fusión con el franquismo. Apenas iniciada la guerra, el 30 de septiembre de 1936, Enrique PLA I DENIEL, obispo de Salamanca, publicó su famosa carta pastoral Las dos ciudades, donde define la guerra como “una cruzada por la religión, por la patria y por la civilización”. Pocos días después “entregó su pectoral, su anillo y un donativo a la suscripción nacional y su palacio episcopal a Franco que lo utilizó de Cuartel General durante su estancia en Salamanca” (José María García de Tuñón Aza, Pla y Deniel el obispo de la cruzada, en el Catoblepas 115:9 (2011). Por su parte, el cardenal Gomá, con el beneplácito de Franco, organizó en este mismo año 1936, una colecta entre los católicos españoles con el fin de reconstruir los templos y lugares de culto destruidos o saqueados en las zonas liberadas por el ejército nacional. Además de la aportación económica, la colecta suponía para el bando golpista una buena propaganda hacia los católicos europeos que, desde los estragos causados por la Legión Cóndor en Durango y Guernica, no estaban viendo con buenos ojos que se pretendiera cubrir “con una máscara de Guerra santa lo que, en realidad, estaba siendo una guerra de exterminio”.

Preocupado por esta mala imagen en el exterior, Franco se reunió en Burgos el 10 de mayo de 1937 con el cardenal Gomá para reclamar del episcopado español que pusiera “la verdad en su punto” y se la diera a conocer al episcopado mundial. A los pocos días, el cardenal, junto con el borrador de una carta, pedía a los obispos “leerlo con toda detención” y responder “cuanto antes” para “dar autorizadamente nuestro criterio sobre el movimiento nacional y, especialmente, reprimir y contrarrestar las opiniones y propagandas adversas que, hasta en un gran sector de prensa católica, han contribuido a formar en el extranjero una atmósfera totalmente adversa al mismo”. La carta, apoyada por todo el episcopado español, no fue, sin embargo, firmada por el cardenal de Tarragona, VIDAL I BARRAQUER, ni por el obispo de Vitoria, Mateo MÚGICA. Ambos tuvieron que emprender luego el camino del exilio. La causa de la guerra, para esta Carta Colectiva, no fue el golpe de Estado. El motivo hay que buscarlo en los legisladores de 1931 y en el poder ejecutivo que “se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país”. Alfonso ÁLVAREZ BOLADO, reconocido investigador del nacionalcatolicismo, destaca las tres limitaciones mayores que, a su juicio, afloran en este texto del episcopado: su trivialización del conflicto social latente, dada la tradicional vinculación de la jerarquía católica con las derechas políticas; su simplificación del problema vasco y su disimulo de la represión franquista, debido a su complicidad con el bando golpista (Jesús López Sáez, Memoria histórica. ¿Cruzada o locura, p 34). Desde estos breves datos, resulta difícil no advertir complicidad entre la jerarquía católica y el bando militar franquista. Complicidad que se irá profundizando posteriormente en la gestión de la paz, impuesta con violencia, durante 40 años. De la fusión a la utilización mutua. La tragedia no acabó con el final de la guerra. Decenas de miles de “rojos”, en virtud de la Causa General, fueron fusilados, presos, desaparecidos o exiliados. Durante casi 30 años –entre el Decreto del 26 de abril de 1940, que persigue “los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja” y el Decreto-Ley 10/1969, que considera ya prescritos los delitos anteriores al 1 de abril de 1939– se sometió a la población vencida al silencio y a trabajos forzados, a la cárcel y la muerte. Tampoco faltó la comedia, como en la introducción del general bajo palio en la Iglesia. El 20 de mayo de 1939, un día después del desfile de la victoria y en un acto cargado de simbolismo, Franco se acercó a la Iglesia de Santa Bárbara en Madrid para entregar su espada vencedora al Cristo de Lepanto. A la puerta lo recibe el obispo de la capital, Leopoldo EIJO Y GARAY, y le ofrece agua bendita en hisopo de plata. Luego, al son del himno nacional, es introducido en el templo y llevado bajo palio por miembros de su gobierno hasta el presbiterio, donde desenfunda su espada victoriosa y la ofrece al Santo Cristo. Inmediatamente después, cae de rodillas ante el cardenal Gomá, que lo bendice y ambos se funden en un abrazo. ¡Glorioso final para un sainete, si no fuera tan escandalosamente irreverente! La unión del trono y el altar en pocas ocasiones ha brillado con tanta magnificencia. El abrazo final, con el que se cierra la estrecha colaboración durante la guerra civil, abre la puerta a la restauración típica de la confesionalidad del Estado durante el nacionalcatolicismo. Así se declara oficialmente en dos documentos, de indudable valor, emanados durante la dictadura. El Foro de los Españoles del 17 de julio de 1945 donde se proclama que “La profesión y práctica de la Religión Católica, que es la del Estado Español, gozará de la protección oficial. Nadie será molestado por sus creencias ni el ejercicio privado de su culto. No se permitirán otras ceremonias ni manifestaciones externas que las de la Religión Católica” (art. 6º). Y esto mismo es ratificado posteriormente y de forma más solemne en el apartado II de la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento del 17 de mayo de 1958: “La Nación española considera timbre de honor el acatamiento de la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación”. Esto por parte del Estado.

Por parte de la Iglesia católica desde la clave meramente sociológica se puede concluir, siguiendo a Rafael DÍAZ-SALAZAR, que la fusión entre la cultura política del franquismo y la cultura religiosa del nacionalcatolicismo se apoyaron mutuamente y ambas salieron beneficiadas en sus propósitos. Las relaciones institucionales entre la iglesia y la dictadura, a pesar de los conflictos religiosos deslegitimadores en la década de los setenta, se legitimaron mutuamente; la percepción que un colectivo tenía del otro posibilitó que el régimen se sirviera políticamente de la religión como de “un factor básico” para construir y preservar su orden social, y la iglesia jerárquica para que religiosamente se sirviera de la política franquista como “soporte” de su proyecto de recatolización de España, roto por el proyecto laico de la II República; y estratégicamente, si el régimen franquista utilizó a la institución religiosa “para socializar y someter políticamente al pueblo”, la religión utilizó al poder político para la socialización religiosa del nacionalcatolicismo. (Rafael Díaz-Salazar, Nuevo socialismo y cristianos de izquierda, p.17 y ss.

  1. Desde los datos que iluminan el pasado al problema que oscurece el presente

El conflicto surgido en estos días a propósito de la exhumación de los restos de Franco de Cualgamuros y su inhumación en una sepultura privada en la cripta de la Almudena ha puesto en jaque al Gobierno y a la misma Iglesia. Se ha dicho que es una jugada maestra de la familia del dictador –a la que la sociedad española nada tiene que agradecer–. El Gobierno tiene la llave en sus manos, porque los intereses particulares siempre están sometidos a un bien mayor: el común y público, el respeto a las víctimas, la dignidad de la ciudadanía y de la democracia.

Y la Iglesia católica, ¿nada tiene que ver en este asunto? El cardenal arzobispo de Madrid –máximo responsable de la diócesis y de la catedral de la Almudena donde “hay una propiedad de Franco” y la familia quiere inhumar sus restos– se ha desentendido públicamente como si nada tuviera que ver en este asunto. Ante la reiterada pregunta de los medios, se ha limitado a repetir con pequeñas variantes los mismos argumentos: que “la Iglesia acoge a todas las personas”; que, “como cualquier cristiano (Franco) tiene derecho a enterrarse donde ellos (sus familiares) crean conveniente”; y que, en consecuencia, “no es un problema de la Iglesia, sino del Gobierno y de la familia”.

Con este tipo de evasiones, a mi juicio, 1º), se trivializa el problema; 2º), se absolutiza la propiedad privada; 3º), y se acaba normalizando cristianamente al dictador.

1ª Se trivializa el problema cuando se afirma que en la inhumación del dictador en la Almudena nada tiene que ver la Iglesia. Yo más bien creo que, como propietaria, la iglesia tiene mucho que decir. Y no solo contra la supuesta identidad cristiana de Franco, ni por la división que este asunto está causando ya entre los fieles católicos. De mayor peso es el “escándalo público” que dará al mundo la Iglesia católica al estar custodiando en su recinto los huesos de un sujeto que, además de los crímenes de lesa humanidad de los que es responsable, representa justamente valores contrarios a la democracia y a la reconciliación que ella misma predica. No se puede trivializar de este modo un tema tan grave que cae bajo la fortísima denuncia del escándalo que hacen todas las versiones del Evangelio (Mc 9). Desentenderse de él supone pérdida de memoria, sacrilegio y hasta el desprecio por las víctimas –muchas de ellas católicas: seglares, sacerdotes, religiosos y religiosas–. La jerarquía católica haría bien en aprovechar este momento para hacer justicia y reconciliarse con la verdad de la historia.

2ª En segundo lugar, se está absolutizando la propiedad privada contra la Doctrina Social que la Iglesia oficialmente profesa. Una línea bien importante de la argumentación del arzobispo Osoro se apoya tácitamente sobre el carácter absoluto de la propiedad privada. ¿Qué puede decir la Doctrina Social de la Iglesia al respecto?

La respuesta es contundente y clara. Desde los Santos Padres, pasando por Santo Tomás y la escolástica hasta llegar al siglo XX –con la Gaudium et Spes del Vaticano II–, mayoritariamente diría que se trata de una postura desafortunada y en nada acorde con la tradición mantenido durante siglos. Cuando hay litigio entre el interés común y el particular la suerte cae sobre el primero; cuando se trata de la alternativa entre el destino común de los bienes y la propiedad privada la opción es siempre en favor de la primera alternativa.

Una tumba en propiedad en la Almudena es evidente que tiene unos derechos. Pero, por estar enclavada en un espacio público (iglesia con culto público), estos derechos están supeditados a otros de mayor rango, los comunes y universales. Los clásicos, refiriéndose a los derechos que acompañan a la propiedad privada, afirman rotundamente que no son “exigidos por la naturaleza ni por la ley de Dios”, sino que nacen del derecho positivo o “ad gentes” (como los llama Santo Tomás). Y, en consecuencia, serán legítimos siempre que respeten y respondan al destino originario de los bienes “que es común a todos”.

Por si no fuera suficiente, la doctrina Social de la Iglesia, siguiendo a los clásicos, todavía pone en manos del cardenal Osoro otra herramienta importante. Se trata de la “epikeia” o la capacidad hermenéutica que el legislador deja al buen criterio del intérprete para liberarse del dominio de la letra –cuando la gravedad del caso o el interés público lo requieren– y ser más fiel al espíritu de la ley.

3ª Normalización cristiana del dictador. Visto objetivamente, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16), Franco no puede ser tratado “como cualquier cristiano”. No se puede normalizar cristianamente la conducta de un general golpista; que desencadenó un guerra fratricida contra la legalidad establecida en la que murieron violentamente cientos de miles de personas; que, finalizada la guerra, siguió con las ejecuciones de los vencidos, las desapariciones y expulsiones; que, fruto del odio, sembró el terror y el genocidio durante 40 años de dictadura. Quien así actuó no fue un cristiano normal, por más que estuviera bautizado, entrara bajo palio en las iglesias, y convirtieran su guerra en un “cruzada”. La conducta de una figura así es justamente la contraria de la moral cristiana. Los primeros seguidores de Jesús de Nazaret entendieron perfectamente que el mandato que de él habían recibido no era la imposición por la práctica sistemática de la violencia. Muchos de ellos perdieron la vida por negarse a integrar las legiones del Emperador. Entendieron perfectamente que lo de Jesús era justamente lo contrario, el amor convivencial del que son testigos los evangelios: “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros” (Jn 13, 34). Un amor que llega hasta los mismos enemigos: “A vosotros los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian” (Lc 6,27).

Trascrito de “Redes cristianas”, para “El guardián del Areópago”.

 

¿De qué dos Españas hablan los obispos?

El secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, declaro 3l día 12 de este mes de enero, que la Iglesia desea que el asunto de la exhumación-inhumación de los restos de Francisco Francono fuera una ocasión para abrir de nuevo la herida de las dos Españas”. La pregunta es a qué dupla de Españas se refiere, porque tenemos varias. Intentaré enumerar algunas.

1ª) dupla: La España de los vencedores, y la de los vencidos. Se habla con frecuencia de los desmanes y violencias que se dieron, y otra cosa sería imposible, en la guerra civil española de 1936-1939. La frecuencia de injusticias, acciones crueles, abusos, rencillas, venganzas, dolor, lágrimas y sangre es absolutamente algo que se espera en una guerra entre hermanos y vecinos. A mí me resulta una desviación, a veces no pensada, otras de propósito, para huir de otra realidad que se dio en nuestro país: el largo, tenebroso, violento, injusto, y totalmente innecesario  período   de casi cuarenta años, 1939-1975, de dictadura y opresión de los vencedores de la guerra sobre los vencidos. Y esta prolongación de la contienda no es absolutamente fruto de la misma, sino del mal hacer, y pésima gestión, de los vencedores. Después de tres años de guerra y destrucción, habiéndose perdido en la práctica tres cosechas, un país empobrecido, diezmado y agotado, lo que espera, sueña, y necesita, es un largo tiempo de paz, de sosiego, y de curación de las heridas. Esto sucedió, por ejemplo, en la guerra civil norteamericana, entre el norte, social y políticamente progresista, y el sur, esclavista, y con una población socialmente dividida por la terrible desigualdad producida por la plaga social de la esclavitud. Como era de esperar, y como decimos en español, sucedió, al acabar la guerra, lo de “a río revuelto, ganancia de pescadores”, con gente desaprensiva, sanguinaria y violenta, pero únicamente en el sur, aprovechando el caos del fin de la guerra para enriquecerse y lucrar desmedidamente. Pero esta actitud nunca tuvo la venia o aquiescencia de las autoridades federales de la nación, ni miraron para otro lado, sino que procuraron, con un estilo de gobierno, y con actuaciones útiles, y una legislación adecuada, cortar el que, gracias a Dios, fue un pequeño período de desorden en los estados “Confederados” , pero ninguno de los vencedores proclamó: “Hemos vencido la contienda civil, aprovechemos para imponer nuestra autoridad y sojuzgar a los vencidos del Sur”.  Supongo que nuestros obispos no se referirán a estas dos Españas que ellos ayudaron a crear, halagando hasta la impudicia al tirano general jefe golpista de una de las dos partes contendientes, dedicándole una escandalosa reverencia religiosa, con la obscena actitud de hacerlo entrar bajo palio en terreno sagrado. Y si tienen mido de que se abra otra vez la herida es que, durante la democracia, lo hemos hecho muy mal, también la Iglesia institucional, porque si se puede abrir la herida es que no está ni desinfectada ni cicatrizada, después de cuarenta y tres años de la muerte del dictador. Y los obispos, antes de pensar en el miedo a la resurrección de las dos Españas, que nunca han estado muertas, pensaran seriamente si es de justicia, humana y evangélica, que mientras Franco descansa en un imponente mausoleo, a los pies del altar, los de la otra España, de los vencidos, tienen que buscar a sus muertos, con todas las trabas posibles del último Gobierno del PP, y de la magistratura, que si no son franquistas, se empeñan en demostrarlo.

2ª), la España de los católicos, y la de los indiferentes hacia la Iglesia. Estas dos Españas siempre han coexistido, soterradas, pero mezcladas y revueltas. Pero nuestros obispos evitaron eficazmente que durante los 38 años de la posguerra, y dictadura franquista, se pudiera constatar la presencia de esas dos maneras de ser y sentirse españoles. La instauración del nacional-catolicismo, y el Concordato con la Santa Sede enterró bajo tupidas capas de tierra la España de los indiferentes y de los hostiles hacia la Iglesia. ¿Quién iba a osar señalarse en ese sentido, si el Derecho Canónico de la Iglesia tuvo carácter de ley oficial del Estado Español, y hasta por no ira Misa el Domingo te echaban el ojo, y la Guardia Civil te podía visitar en casa, o si el baile, hasta el de plaza pública, era prohibido si el obispo de la diócesis tenía alergia al mismo? Esto último ocurrió en mi provincia de Navarra, por ejemplo, y he oído hablar mucho de eso en mi niñez. Mucha gente con la que hablo, personas mayores, que recuerdan entristecidos los inacabables años de la posguerra, admiten ahora, con la mayor libertad que gozamos, que esa actitud de la Iglesia oficial provocó que sus hijos y nietos, en la práctica, hayan apostatado de la Iglesia, como Institución. (Y el siguiente apartado, otra perspectiva de dos Españas, también ayuda mucho al desafecto, por decirlo con mucha suavidad, de las nuevas generaciones hacia la comunidad eclesial oficial.

3ª), la España de los opulentos, y la de los trabajadores. Evidentemente, en este apartado eminentemente sociológico, voy a resumir mucho, intentando, de todos modos, que quede claro lo que quiero decir. Se suele decir que en España, durante siglos, no ha habido clase media, sino solo dos clases significativas: las de los poderosos y ricos, y la de los pobres trabajadores. Estos últimos, siempre, muy mal pagados. Y también es opinión bastante común y repetida, que fue en los últimos años del franquismo, en la que cogobernaron los tecnócratas del Opus Dei, en los que se creó una incipiente clase media española, que, se incrementó,  y parecía que se asentaba definitivamente con la Democracia. Y he afirmado “parecía”, porque así fue hasta que las políticas neoliberales, no solo de España, sino de la Unión Europea, han hecho, o mejor, están haciendo, que la clases media en nuestro país se vaya, diluyendo. Y que el problema del paro, con lo grave que es, está siendo  superado por la mala retribución de trabajos temporales, con poca cobertura de seguridad social, y unos emolumentos generalmente raquíticos. Hoy, tener un trabajo como suele ser el actual, no hace salir a nadie, en general, de la pobreza. Pero no olvidemos que estoy hablando de los, y para los obispos, sobre todo. Y aquí tenemos que trazar la línea divisoria de las dos vertientes desde las que podemos enfocar el trabajo pastoral de los obispos: una, que es la que siguen la mayoría de los prelados, y la Conferencia Episcopal Española, (CEE), que consiste en pastorear a las ovejas que están en el redil, sin ir a buscar a la perdida, ni preocuparse de los problemas temporales de sus fieles, tengan o no que ver directamente, con el mundo de la Revelación sobrenatural; y otra, que es la que todos los días proclama el papa Francisco, y que nuestros obispos parecen dejar de lado, o directamente dejan de lado, que consiste en preocuparse de los problemas humanos, sociales, económicos, laborales, culturales, políticos, de sus fieles, y ejercer, sin dudas y sin miedos, su misión profética. ¿Alguien recuerda algún pronunciamiento, o declaración institucional, como Conferencia Episcopal, de la Iglesia en España, denunciando las reformas laborales tanto del partido del PSOE en el poder, como la última del PP, todavía bastante peor, según todos los agentes sociales y laborales, pero las dos nefastas para los trabajadores? Pues en casos parecidos, los episcopados de Francia, Alemania, Holanda, Brasil, y hasta el de EE.UU, lo han hecho, con mayor o menos energía. Todavía está en la memoria de los cristianos europeos con sensibilidad evangélica, y “francisca”, permítaseme este adjetivo neológico, y no sé si este también lo es, de la reprimenda, fraterna, pero enérgica, de los obispos alemanes a su canciller Ángela Merkel, recordándole que las políticas económicos que propugnaba Alemania para la Unión Europea irían dejando a muchos pobres por en el camino. Nos gustaría que nuestros obispos también se remangaran, y pusieran por delante, como eminentemente más importante, y más evangélica, la suerte humana y social de sus fieles, que poner, o no, en riesgo la continuidad de los acuerdos de la Iglesia española con el Vaticano. Hace tiempo, en mi opinión, que éstos deberían haber desparecido. Pero nuestros obispos parecen no estar preocupados en mantener esta última antinomia de las dos Españas, la de los opulentos, y la de los empobrecidos.

Para acabar: no es nada difícil percibir el parentesco entre esta “trilogía de dos Españas”, y que en realidad se pueden identificar: la España de los vencedores-católicos convencidos-opulentos, y la de los vencidos-indiferentes y agnósticos-empobrecidos. Y aquí, cabe la pregunta: ¿La exhumación-inhumación de los restos de Franco, puede provocar que se abra otra vez la herida de estas varias dos Españas, que, como vemos, y si somos sinceros admitiremos, nunca se ha cicatrizado, fenómeno del que es altamente responsable, durante siglos, y también recientemente, la Iglesia institucional española?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara                  

 

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Este es un tema que merece, y prometo hacerlo, mejor  y más amplio desarrollo. Hoy, que es mi día libre, tengo que salir corriendo pues me esperan los que me acompañarán en mi escapada, tal vez a la sierra. Así que, fiel a mi compromiso con el Areópago, quiero, por lo menos apuntarlo, dejando para otro día el desarrollo razonado y argumentado.

Me refiero a lo siguiente: se tiene de pequeño, yo por lo menos lo tuve, una sensación de respeto y confianza por las personas con cargos relevantes, a quienes voy a llamar desde ahora revestidas de “excelencia” , maestros, sacerdotes, el alcalde del pueblo (el mío, Olite, es ciudad, y tiene su categoría),  alguaciles, ministros, y no digamos los que ya por protocolo son oficialmente “excelencias”, como los obispos, cardenales, etc. Meto a todos en el mismo saco porque así los veía yo de pequeño. Ese reconocimiento casi automático infantil se incrementaba con la peculiar educación de la época franquista, en que cualquier autoridad la ejercía sin críticas ni cortapisas. ¡Cualquier uniformado te podía montar un pollo!

Así que aun de joven, con la estricta, pero muy buena, educación que recibimos en el noviciado y el escolasticado (estudios de filosofía y teología), esa tendencia al respeto y al reconocimiento de la “excelencia” en la autoridad, sobre todo en la Vida Religiosa (VR) y en la Iglesia, persistió, y se fue manteniendo mucho más tiempo del que se podría esperar, y, desde luego, del que sería de desear. Hasta que, ya bien metidos en la faena pastoral, uno pudo ir apreciando los puntos flacos, a veces, flaquísimos, de superiores, provinciales, generales, y otras altas autoridades. Pero voy a dejar de lado el tema de la VR, con las fuertes implicaciones  de los votos, especialmente de obediencia.

Y me paso al mundo de la pastoral en la Iglesia, en general. Al mundo de los cardenales, obispos, vicarios, arciprestes, y todo el escalafón jerárquico eclesiástico, de arriba abajo o de abajo arriba. Sin excluir ningún escalón. (También sería ese asunto de amplia aplicación en la vida política civil, con la evidente miseria de muchos “excelentes”, pero el sistema de libre elección supone una posible corrección posterior). El caso es que en el mundo eclesiástico –excluyendo de él la VR- , en las altas esferas no conocemos otra elección que la de Papa, por los cardenales. Pero ésta se ve lastrada por una evidente endogamia, y en la Historia de la Iglesia ha habido papas deleznables, en muchos de los cuales la miseria ha tapado la posible excelencia debida al cargo.

Está demasiado, y sangrantemente claro, que en la Iglesia actual funciona con descaro el “dedómetro”, con todo lo que ello conlleva: subjetivismo, lucha por los favores de los que deciden, halagos y peloteo generalizados, pavor a quedar mal o a la crítica valiente hacia los más influyentes, desvío de las nobles actitudes que se debería suponer en un pastor, más preocupación por los mayorales que por las ovejas, ambiente enrarecido para la opinión clara, respetuosa pero valiente, terreno abonado para la adulación, la simulación y el enchufismo. El resultado es lo que yo llamo un alto índice, muchos más del deseado y previsible, de “miseria” en la Excelencia. ¡Ojo!, no digo pecado, que es inherente a la condición humana, sino a un tipo de pecado que debería ser impedido lo más posible por la propia Institución y sus reglas, pero que, desgraciadamente, es alentado e incentivado.

Y los últimos acontecimientos deleznables, desde el punto de vista moral, sociológico, psicológico, y no digamos, cristiano y evangélico, de tantos curas, obispos, arzobispos, y hasta cardenales, en los que queda patente, ridícula y grotesca la contradicción entre los títulos pomposos y rimbombantes, como excelencia, eminencia, reverendísima, y los  comportamientos escandalosos, no solo inadecuados, sino hasta delictivos y execrables, que nos han sumido a todos, en la comunidad eclesial, en lodos de vergüenza y desolación. Y no me refiero exclusivamente a la lacra horrible e inaceptable desde todos los puntos de vista, de la pederastia, sino también a actitudes improcedentes de prelados, y ayudantes señalados, del tipo que he comentado en mi anterior blog, sobre el abuso del poder, que según la opinión de un obispo de la Baja Sajonia está ya instalado en el ADN de la Iglesia, y que yo me atrevo a corregir que no, que no se encuentra en la Iglesia, sino en aquella parte de la Iglesia en la que tratamos a sus miembros como excelentes, reverentes y eminentes, es decir, en la Jerarquía.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

El abuso de poder, ¿en el ADN de la Iglesia?

Por lo menos según el obispo de Hildesheim, “quien  lamenta que el abuso de poder está en el ADN de la Iglesia”. Hay que reconocer al obispo, por lo menos, valentía y gran dosis de sinceridad al obispo de la Baja Sajonia, en Alemania, para, desde su cargo institucional tan importante y decisivo, como obispo, es decir, miembro del órgano eclesiástico del episcopado, que es el que ostento máximo poder en la Iglesia, que el abuso de éste está ya en el ADN de la comunidad eclesial. He asegurado que el episcopado es la institución que más poder ostenta en la Iglesia, y lo voy a argumentar. En Edad Media, entre los siglos XIV-XV, se discutió dónde radicaba, o quien ostentaba, la máxima “autoritas” en la Iglesia. Los canonistas se inclinaban por el Concilio ecuménico, y los teólogos por el Papa. En ambos casos se trata o del conjunto de prelados de toda la catolicidad de la Iglesia, o de un obispo señalado especialmente, el de Roma. Así que queda claro que el episcopado ostenta el máximo poder en la Iglesia, por lo menos en la conocida como Católica, sobre todo la del rito romano. Voy a dar, desde estas primeras líneas, toda la razón al señor obispo de la ciudad sajona de tan difícil fonética, del que no sabía el nombre hasta este momento, en que acabo de consultar en Google. Me he enterado, además, de que se trata de una sede principesca, por concesión del rey Ludovico Pío, desde el remoto inicio del siglo IX, año 815, y que pertenece en el presente a la provincia eclesiástica-arzobispado de Hamburgo, y que el nombre del señor obispo tan libre y desacomplejado es  Norbert Telle. Pero así como desde el principio le voy a conceder a Norbert que tiene toda la razón, por motivo de claridad, haré algunas precisiones, que considero no solo oportunas, sino necesarias, para que se entienda bien la veracidad de afirmación tan fuerte.

1º) El ADN del abuso del Poder no está en la Iglesia, sino en una parte de la misma, importante, sí, pero solo parte: en la Jerarquía.

No voy a entrar en excesivos distingos, y precisiones, sino afirmar algo que, hoy, es voz y pensamiento comunes   y frecuentes, entre los teólogos y pensadores católicos de sensibilidad abierta a la autocrítica, como en los días que corren, es idea y práctica común afirmar que, en los primeros siglos de la Iglesia, hasta casi finales del siglo V, la Jerarquía, como hoy la conocemos, y en el sentido en que hoy la vivimos, no existía. Cuando la comunidad eclesial aumentó mucho, y lo hizo rápida y enormemente, se hizo, en efecto, necesaria una reorganización de la comunidad, y, sobre todo, los cuadros encargados de esa tarea necesitaban una determinada cuota de poder. (Después volveré a cómo hubiera sido prudente y razonable esa cuota, y cómo no lo fue).

2º), el paso traumático de una “Iglesia-comunidad-de-creyentes-y-seguidores-de-Jesús” a una “Iglesia-Institución”.  

Podemos simplificar, para entendernos, que la Iglesia toda es “un misterio de Salvación”, la comunidad de seguidores de Jesús que intentan pautar su vida por los valores que el Señor les dejó, y que aparecen en las palabras y hechos que nos cuentan los cuatro evangelios, y, después, se completan con la experiencia de la vida de los primeros cristianos, de la que nos informan los restantes libros del Nuevo Testamento, (NT). Los miembros de esa Iglesia son testigos del Reino de Dios, y son contemplados por el mundo, y admirados, y, al llegar a cierto punto, imitados. Es profundamente significativo de esta relación creyentes-bautizados con el resto de las personas lo que nos cuentan las crónicas primitivas de la reacción de los gentiles, quienes no tenían otra alternativa que mostrar su admiración con el reconocimiento de “mirad como se aman”. Los cristianos no eran reconocidos por el culto y los fenómenos religiosos que podrían eventualmente producir, que no eran ostentosos, ni podían serlo, ante la prohibición oficial del Imperio, sino por el estilo y el modo de vida. Dos comportamientos llamaban poderosamente la atención, en un mundo llenos de violencia y de profundas desigualdades sociales, con la omnipresencia de la esclavitud: el amor entre los miembros de la comunidad cristiana, y el perdón, así como la autonomía y autosuficiencia social y económica que intuían, primero, y después, comprobaban, en el seno de la comunidad. Fuera de la comunidad sus dirigentes no eran conocidos como tales, sino por el boca a boca, y la rumorología inherente a un grupo humano que producía curiosidad, interés, y, más tarde, voluntad de integrarse a su grupo. Es decir, no existía un grupo organizado y visible encargado de la dirección, patente fuera de la comunidad por signos externos, como vestimenta, o diverso modo de aparición ante la comunidad humana. Resumiendo: no había rastro del clericalismo, ¡porque no había clero!.

3º) Entre los siglos IV y VI aparece el clero, como casta separada del grueso de los fieles, encargada de la dirección de la comunidad.

Ya he explicado, más arriba, la necesidad fatal de este cuerpo de dirección, cuando el número de cristianos, miembros de las diferentes comunidades repartidas por el Mediterráneo, crece exponencialmente. Este cuerpo, lo llamaremos clerical a partir de este momento, poco a poco tiende a convertirse en una casta, y a consecuencia de la observación de los sacerdotes de las religiones paganas, y de la magnificencia y ostentación de la corte, y de toda la organización  imperial, se va convirtiendo, poco a poco, en Religión, y, ya después, a través de tantos siglos de Edad Media, y hasta nuestros días, va creando esa parafernalia de ritos, devociones, celebraciones, divisiones territoriales apetitosas, atrayentes, y decisivas en el dominio físico de la tierra, que llamaron, a estilo romano, diócesis, y así hasta hoy, y que se convirtieron en creadoras de una aristocracia religiosa, y socio-económica, y ésta sí nace, por necesidad, y casi por naturaleza, con el ADN de poder del que habla el franco, decidido, sincero y valiente, obispo Norbert Telle, de la Baja Sajonia alemana. Pero una cosa es el ADN del poder, y otra cosa, el abuso del mismo.

4º) El ADN del poder se encuentra en la propia Jerarquía eclesiástica, pero el abuso del mismo nunca debería haber aparecido en el seno de la institución de la Iglesia.

Como he afirmado más arriba el problema del poder, y, por tanto, de su abuso, no se encuentra en la Iglesia, sino en su cuerpo de dirección, es decir, en la Jerarquía de la misma. Y este problema y dificultad no apareció en la Iglesia primitiva, porque su organización era muy plana, casi reducida a los aspectos cultuales, como la celebración de la Eucaristía, y de los otros sacramentos, junto a la pastoral catequética. Y si  en los primeros siglos, la misión evangelizadora requirió una clara organización directora, ésta se perfiló con un espíritu evangélico de servicio, y del gozo del Anuncio del Reino, teniendo en cuenta la debilidad humana, que apareció, y nunca la ocultaron.  Este es uno de los principales signos de identidad de los primeros cristianos, el reconocimiento de sus pecados, que, en lugar de dificultar la Evangelización, la potenciaban mucho más, al estilo evangélico de reconocimiento de la propia miseria. Ahí están las presentaciones de Pedro y Pablo a las nuevas comunidades, siempre presentando su propio pecado. Después, eso sería imposible. A la gente con poder no le gusta reconocer errores, ni equivocaciones, ni pecados.

5º) Conclusión: la gran traición al Evangelio

Lo podría ejemplificar con la comparación del uso y abuso del poder en la Iglesia con un gran número de textos del Evangelio, pero pondré solo uno, el de Mateo, 20, 24-27

“Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder, (y en otro texto añade, “Y viven en palacios..) Entre vosotros, que no sea así, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo”.

Por eso, cuando Francisco informó que se quedaría a vivir en Santa Marta, una fonda, o pensión, dentro del Vaticano, pero no iría a morar a “Los palacios apostólicos”, algo que constituye una “contradictio in terminis” (contradicción en los términos), se armó la marimorena en el Vaticano, y tuvieron, algunos de los curiales, la osadía de reprochar al Papa porque con su actitud “retrataba a todos los paspas anteriores“. Mi opinión es que a todos no, pero al 99% de ellos desde el siglo VIII, sí. Pero los que se han retratado viviendo en palacios, apostólicos o no, han sido papas y obispos, que, por lo visto, no habían leído ese texto de Mateo, ni otros muchos, o lo habían olvidado, porque más claro no puede estar: ” … entre vosotros, que no sea así”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara
 

 

 

 

Feo encontronazo entre el obispo de Cádiz, y sus curas

Y no es de hoy. En este blog ya hemos tratado de las diferencias del obispo Rafael Zornoza y su equipo de Caritas, tanto miembros contratados como voluntarios. En mi entrada del día 13/12/18 informé de la actitud admirable del canónigo Rafael Vez Palomino, denunciando los modos autoritarios del obispo y de su ecónomo, Antonio Diufaín. Por eso, en este artículo, me quiero preguntar si en la Iglesia, la estricta jerarquización de su estructura no podría servir para parar, y acabar, con estos verdaderos escándalos de prepotencia, donde los fieles ven, y lo dicen y critican, un clericalismo autoritario, preconciliar, e inaceptable. Y por lo que vemos, y nos enteramos, hay más Zornozas de los que sospechamos.

La actitud del obispo de Cádiz no es tan singular. Conocemos los casos de muchos obispos que, una vez llegados a su sede episcopal, actúan como verdaderos dueños y señores de la diócesis, incluyendo en esa prepotencia a los presbíteros, diáconos, y seglares comprometidos, e incluso, intentado, a veces, intervenir en la “conocida autonomía” de los Institutos de Vida Consagrada. Y remarco lo de “conocida autonomía” porque sucede, con mas frecuencia de lo razonable, que los obispos olviden esa autonomía, o de las Caritas parroquiales, así como la de las parroquias, que gozan, a iure, de personalidad jurídica. Algo de esto intuimos que está sucediendo en la diócesis gaditana, como ha denunciado, otra vez, el valiente y decidido canónigo Vez Palomino.

Hace unos días, en decreto que publicó Religión Digital (RD), y que voy a resumir al mínimos en sus determinaciones más importantes, el obispo otorgaba al ecónomo, D. Antonio Diufaín, poderes para solicitar de las entidades bancarias información sobre cuentas, movimientos, y productos diversos financieros, propiedades de las parroquias de la diócesis. En este orden de cosas, y en este contexto tan sensible y susceptible, hubo informaciones verosímiles según las que el obispo acusaba a la casi totalidad de párrocos diocesanos de blanqueo de dinero, y éste sería el motivo por el que el prelado emitió el decreto de plenos poderes para el ecónomo Diufaín, basado en una interpretación claramente interesada a propio favor, del canon 1276, el que ni en el 1º, ni en el 2º (&&, párrafos) sostiene, de ningún modo, la pretensión del obispo.

Dicho canon reza así: “C. 1276  § 1.    Corresponde al Ordinario “vigilar diligentemente” la administración de todos los bienes pertenecientes a las personas jurídicas públicas que le están sujetas, quedando a salvo otros títulos legítimos que le confieran más amplios derechos.  § 2.    Teniendo en cuenta los derechos, las costumbres legítimas y las circunstancias, cuiden los Ordinarios de organizar todo lo referente a la administración de los bienes eclesiásticos dando instrucciones particulares dentro de los límites del derecho universal y particular.

Para cualquiera que tenga un mínimo sentido, sensibilidad, y, sobre todo, conocimiento de la literatura jurídica, está clarísimo, y lo he querido destacar marcando las palabras fundamentales, con negrita, que l presente canon, no es, de ninguna manera, justificación posible, de un decreto que el canónigo Rafael Vez ha calificado de “auténtica barbaridad”. El párrafo 1º afirma que corresponde al Ordinario, (en el caso, al obispo residencial), “vigilar diligentemente” la administración de todos los bienes pertenecientes a las personas jurídicas públicas que le están sujetas”, no de administrarlos, ni, mucho menos, de apropiarse de los mismos. Y en el 2º &, insiste, para ignorantes o despistados (¿?) en temas jurídicos, que la organización que prescriban los Ordinarios tiene que ser escrupulosamente respetuosa del Derecho, tanto Universal, como particular. Es profundamente significativa la información que dan, en un momento dado, los curas gaditanos, de que en su momento, interrogados si querían que las cuentas parroquiales s integraran en la cuenta diocesana, con el mismo NIF, decidieron que no, que las cuentas parroquiales fueran autónomas. Lo que explicaría que el señor obispo quisiera revertir esa situación, forzando a los curas a decidir revertir la decisión que en su momento, antes de la llegada de monseñor Zornoza llegara al Diócesis, tomaron, decidiendo la autonomía de las parroquias en la administración de sus bienes. Entendemos, así, la afirmación clara, y fuertemente incriminatoria del canónigo estrictamente justo en sus reivindicaciones, que el obispado ha demostrado su deseo de “control férreo” y de que “el ansia económica campa a sus anchas”.

Quiero terminar con el tema que toqué al inicio del artículo: la necesidad de que alguna autoridad de una Iglesia tan jerarquizada la ejerza, la autoridad, para cortar las veleidades de Pastores que escandalizan a clérigos y laicos con sus actitudes autoritarias, y, en lo referente a los bienes materiales, un poco, o un mucho, olvidados de la palabra del Señor Jesús, “no se puede servir a Dios y al dinero“. Porque las autoridades en la Iglesia no pueden ser ni autoritarios ni ambiciosos, y, por supuesto, ni parecerlo. Y que recuerden todos los días estas otras palabras del Maestro: “Entre vosotros que no sea así, el que quiera ser el primero, sea el último, y el servidor de todos”. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

(Seguiré mañana por ese derrotero.)

¿Una mujer párroco católico?

Así tituló Religión Digital (RD) el 12 de Diciembre de este artículo con evidente gancho informativo, o buscándolo: “Un obispo de EEUU hace historia y nombra a una mujer al frente de una parroquia”.   Y en el sobre título: “Eleanor W. Sauers mandará a un equipo de curas en una iglesia de Bridgeport, Connecticut”; y en el subtítulo: “Le encarga las mismas responsabilidades que a cualquier párroco: “fomentar la misión pastoral” (Cameron Doody, 12 de Diciembre de 2018, a las 11,49 hs.)

Esta noticia hay que examinarla, matizar la, y comentarla. Veamos en primer lugar lo que ordena el Codex iuris canónici, (CIC), Código de Derecho Canónico, en su canon  521 § 1º:   “Para que alguien pueda ser designado párroco válidamente debe haber recibido el orden sagrado del presbiterado”. Dice el obispo de (Cameron Doody), diócesis del estado de Connecticut, Frank Caggiano, que “El papel de Coordinadora de Vida Parroquial está apoyado en la ley canónica”, a la vez que explica que “trabajando con un equipo de sacerdotes que proporcionará los ministerios sacramentales en St. Anthony, Eleanor tendrá poder decisorio en la parroquia“. La verdad es que el CIC no menciona esa figura del coordinador, mas el c. 517, § 2. prevé una figura parecida, que por el parecido con la de los cánones  473, $2, 717, y 1423, $,1, podríamos denominar de “moderador”:  “Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral”. Todos estos cánones dejan claro que la dirección de la “actividad pastoral” de una parroquia sólo puede recaer en un presbítero, es decir, en alguien que hay recibido el Sacramento del Orden.

Toda esta aclaración  previa está dirigida a aclarar el carácter “histórico” de la medida, ya que no me parece tal, teniendo en cuenta la experiencia que me tocó vivir a mí en persona. En los cursos 1987-88, y 1988-90, en la ciudad de Torrelavega, Cantabria,  trabajé en un equipo parroquial, in sólidum, regulado por el canon 517 §1: “Cuando así lo exijan las circunstancias, la cura pastoral de una o más parroquias a la vez puede encomendarse solidariamente a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y responda de ella ante el Obispo”. En mi caso nos encargábamos de cinco parroquias, Nª Sª de la Paz, en Torrelavega, la parroquia de Tanos, un pueblo cerca, cuyo nombre del titular no me acuerdo, como me sucede en la parroquia de Sierrapando, que tampoco me acuerdo del titular, de la parroquia de San Blas, en un pueblecito precioso, cerca también de Torrelavega, llamado “La Montaña”, (sic), y la de otro pueblo pegado a la capital del valle del Besaya, de nombre Campuzano. Por mi facilidad de desplazamiento con el coche, y mi mayor juventud, a mí me tocaron las parroquias de La Paz, ubicada en el edificio de nuestro colegio de los Sagrados Corazones, del mismo nombre, la parroquia de San Blas, en la Montaña, y la de Campuzano.

En esta última tuve la experiencia que pone en tela de juicio la consideración de decisión histórica la del obispo de Cameron Doody, en Connecticut, EE.UU., Frank Caggiano, de nombrar párroco, para todos los efectos, menos los estrictamente sacramentales, a una mujer, la doctora Eleanor W. Sauers. Pues bien, tengo que informar, que en la parroquia de Campuzano me tocó a mí estar a las órdenes de una mujer, religiosa de los Sagrados Corazones, que era, totalmente, la responsable de la marcha pastoral, y de todo tipo, de la parroquia, ante el señor obispo, D. Juan Antonio del Val Gallo. Y esta situación fue considerada, en el momento, como una de las estrellas pastorales de la diócesis

Por aquel tiempo el Derecho Canónico, para mí, era un simple ordenamiento jurídico, al que no prestaba mucha atención. Todavía no había estudiado, y licenciado en Derecho Canónico, en la Pontificia Universidad de Salamanca, algo que hice en los cursos 89-90, y 90-91. Así que no presté suficiente atención a la adecuación de la medida pastoral de la diócesis con las normas del CIC, (Código de Derecho Canónico), en su nueva versión del año 1983, y, por tanto, totalmente válido y obligatorio en los años 1988-90. Reconozco que ni me pasó por la cabeza preocuparme de los aspectos canónicos de la experiencia pastoral de Campuzano, excepto de uno: preocupado, como todos los presbíteros que conozco, y trabajan, trabajamos, en la pastoral parroquial, no sabía qué pensar de el hecho real y evidente para mí en aquel momento, –ex ese ad posse valet ilatio-, de que la delegación para asistir válidamente el sacramento del matrimonio, necesaria en mi caso, pues no era párroco, y ni siquiera tenía el nombramiento de vicario parroquial, me llegara a través de la religiosa que ejercía la dirección pastoral de la parroquia, quien, según el común entender, ostentaba el título de párroco (¿a?).

Este es el recuerdo que tengo, nítido y claro, de la primera, y única, experiencia que he vivido junto a una mujer, religiosa, pero este extremo no cambia la condición absoluta, y enérgicamente, necesaria de la condición de que el párroco sea un varón que haya recibido el sacramento del Orden. Y éste ha sido el motivo por el que he escrito este comentario a una noticia que me ha provocado perplejidad, porque la medida “histórica”, para los informadores de la diócesis de Cameron Doody ya había tenido lugar veinte (20) años antes en la diócesis de Santander, en la parroquia de Campuzano, con las religiosas de los Sagrados Corazones como protagonistas.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

Rafael Vez, canónigo de la catedral de Cádiz

¡Por fin un clérigo significado, -canónigo de Cádiz-, demuestra haber leído el Nuevo Testamento!

Acabo de ver  una magnífica noticia en Religión Digital, y la magnificencia de mi sorpresa está relacionada con el subtítulo, “¡Por fin un clérigo significado, -canónigo de Cádiz-, demuestra haber leído el Nuevo Testamento!”. Está claro que la redacción de esta frase tiene un algo apreciable de provocación. No dudo de que los clérigos lean el Nuevo Testamento, pero hace años que estoy metido en la faena de demostrar que los obispos, en general, y los clérigos de altos vuelos, canónigos, vicarios episcopales, monseñores de la Curia Romana,  obispos auxiliares, obispos residenciales, arzobispos, cardenales, e incluso los papas, con la gratificante y esperanzadora excepción de Francisco, han olvidado lo que han leído, en el tema referente al amor de la verdad, y de la información veraz, aunque ella suponga un mal trago para algún compañero, colega, o incluso, amigo clérigo.  Me refiero al secretismo que se profesa en todas los niveles institucionales que he citado, y pongo por ejemplo excelso, pero a la vice contra, es decir, como negativo, la continua y pertinaz actitud de la Conferencia Episcopal Española, (CEE), en la información de sus deliberaciones, con el pavor inmenso y ridículo de que los fieles nos enteremos, oficialmente, de algo que todos imaginamos, con razón y según derecho, ante la falta de informaciones oficiales y veraces: que los señores obispos no piensan todos igual, que hay diferencias notables entre ellos, y que  pueden llegar hasta a provocar fuertes tensiones. Y parecen desconocer dos cosas: 1ª), que a los fieles no les espantan nada esas diferencias, y que lo que temerían de verdad es la losa del pensamiento único, que provocaría verdadera alarma entre la feligresía; y, 2ª), que en el Nuevo Testamento (NT) las diferencias, discusiones, encontronazos, y enfados, no se ocultaban. Y llegaron a ser tan exquisitamente sinceros que contaron esas desavenencias hasta en los documentos que después pasaron al acervo del conjunto de la Palabra de Dios en la Biblia. Por eso hablo de leer el Nuevo Testamento, y tener en cuenta lo leído.

El canónigo de Cádiz Rafael Vez Palomino sí que ha demostrado haber leído el Nuevo Testamento, y de haber guardado sus enseñanzas, en lo referente a la claridad, sinceridad, y veracidad, en la información de los comportamientos poco, o nada, evangélicos que se puedan producir en los ambientes eclesiásticos. En Religión Digital aparecieron, hace unos días, casi al mismo tiempo, dos artículos: uno de Juan Luis Torrejón, nacido en San Fernando, en 1970,  licenciado en Pedagogía por la UNED, padre de tres hijos, hace tiempo que trabaja en Caritas, primero  en la parroquia del Buen Pastor de San Fernando, después, aupado por brillantes estudios relacionados siempre con el ámbito social, “coach” formado por la consultora británica de prestigio, Independent Thinking. Ha sido educador y educador-director del centro de menores Hogar padre Damián, de la Congregación de los Sagrados Corazones. Tras 14 años de experiencia en educación menores, ha sido asesor pedagógico, y ocupado el puesto de vicepresidente de la Asociación de Centros Católicos de Ayuda al Menor de Andalucía (ACCAM). Fue también director general de la asociación AFANAS para personas con discapacidad intelectual de Cádiz. Con este currículo, y su continua profesión de cristianismo y de sentido de justicia evangélico, no es de extrañar que Caritas de Cádiz lo eligiera como su coordinador general. Después de un tiempo de armonía y sintonía con el obispo, D.Rafael Zornoza Boy, éste lo aparto de su puesto de coordinación, por el motivo que el mismo Juan Luis aclara en un comunicado que publicó después de su cese: “Y me dolió que me destituyera de mi cargo de director diocesano de Caritas por no dejarle gastar el dinero de los pobres en otras cosas”. Y por el interés informativo, transmito también otras decepciones del ex coordinador gaditano de Caritas: “Lo que más me ha dolido es la actitud de silencio cómplice de la Iglesia. La cobardía. La reacción de los Kikos y otros grupos, que solo miran por sus propios intereses económicos para tener cada día más borregos adeptos. Por eso, te felicito Rafael. (Rafael Vez, el canónigo que públicamente informó de los desmanes de su obispo y del ecónomo de la diócesis) Ojalá se vaya uniendo más gente a decir la verdad públicamente y se pueda encontrar una solución”.

No sé si para todos mis lectores tiene la misma importancia que para mí el hecho que comento, y el significado tan liberador que adquiere la denuncia pública y directa de los abusos clericales que se puedan producir en el ámbito de actuación de otros clérigos, y para ser equilibrados y justos, y no caer en un clericalismo disfrazado, también de seglares que lleguen a ser testigos directos de ciertas tropelías. No abogo, de ninguna manera, por caer en una especie de comunidad delatora, pero sí recordar el protocolo de la corrección fraterna: decírselo, en primer lugar, al interesado, pero teniendo en cuenta la humana fragilidad, y la jerarquización implacable que existe en el mundo eclesial, si el que está en un escalón, o varios, más abajo, no es capaz de abordar a alguien de nivel más alto en la jerarquía eclesiástica, acuda a un superior de ambos, respetuosa y humildemente. Y en el caso de que este Pastor no cumpla su parte  de responsabilidad que le corresponde, entonces sí, comuníqueselo a la comunidad. Los escritores sagrados de la Iglesia primitiva no tuvieron dudas en contar cómo Jesús llamó a Pedro “Satanás” por no aceptar el misterio de la Pasión del Señor, cómo Pablo afeó al mismo Pedro su cambio de actitud ante la presencia, en Antioquía, de enviados de la comunidad más estricta de Jerusalén, y cómo el escritor de los Hechos de los Apóstoles, lo atribuimos a Lucas, nos informó con sencillez y valentía de las “violentas discusiones” que se produjeron en el llamado Concilio de Jerusalén, y los enfados y quejas que se sucedieron en los viajes que hicieron posible cumplir la tarea misionera de la evangelización de todo el Mediterráneo.

Así que nosotros también nos congratulamos de que un seglar comprometido con la comunidad eclesial, y con su parte más débil y necesitada, como coordinador de Caritas, comunicara, en primer lugar, al señor obispo, su opinión contraria a que empleara en otros gastos los recursos entregados a Caritas, para las urgentes necesidades, y atención a los serios problemas que ésta atiende, y que después de ser expulsado de su trabajo, por un abuso de clericalismo autoritario del prelado, comunicara a personas responsables y dignas de la comunidad eclesial, como a algunos miembros del Cabildo diocesano, ese comportamiento inaceptable del obispo diocesano. Éste, por cierto, ya estaba en el punto de mira no solo de la diócesis, sino de parte de la comunidad ciudadana de Cádiz, por la falta de criterio, la irresponsabilidad, y los modos no solamente autoritarios sino injustos en el despido de trabajadores de Caritas, voluntarios y contratados. Véase el artículo “Desmanes clericales”, apartado “El caso del obispo de Cádiz“, del día 20/03/2018/, en el que ya trataba este bloguero el tema de los despidos de monseñor Zornoza como uno más de los desmanes clericales que merecían denuncia informativa.

Y no quiero terminar esta entrada sin resaltar, una vez más, la urgente necesidad de que en la Iglesia corra aire fresco, se airee el ambiente un tanto cargado y poco higiénico de sacristías y despachos curiales poco ventilados, abriendo las ventanas, como ya propusiera el gran papa Juan XXIII, al que no hace falta añadir lo de santo, para que se produzca una ventilación absolutamente necesaria, cada vez más alejados de ese secretismo, y de ese miedo a informar de los graves errores de los eclesiásticos. Tomemos ejemplo del terremoto de basura y podredumbre que está asolando a la Iglesia, por querer mantener, hipócritamente, a escondidas, y contra la verdad, la “buena fama de la Santa madre Iglesia”. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara