La laicidad es una virtud cristiana

Los pastores no pueden abandonar, ni dejar pisotear, sin poner el grito en el cielo, a los más pobres y afligidos.

En este inicio de artículo estoy dudando entre dos expresiones: no sé decir si estoy triste y decepcionado, o si me siento indignado, y hasta cabreado. en la Iglesia usamos la palabra Pastor, y pastoral, a todas las horas. Tenemos Consejos de Pastoral parroquial, arciprestal, episcopal, y nuestro ideal es “ser pastores no mercenarios”,  ni de los que “saltan por la tapia”, sino que entran por la puerta, y abundamos así en montones de detalles, pero nos falta no un detalle, sino la sustancia central del concepto: ¡quienes son nuestras principales ovejas, y las preferidas!. El evangelio nos lo dice de muchos modos y en diversas ocasiones: “hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no la necesitan“. Y ya en el Antiguo Testamento (AT), el Señor tomaba “en el regazo a las ovejas preñadas, y sobre los hombros a los corderillos tiernos y neonatos”. Y también, Jesús, “venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Y no podemos olvidar los terribles reproches del profeta Ezequiel a los pastores religiosos, litúrgicos, de su pueblo, texto que merece leerse casi entero: :

La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:  Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza. Dirás a los pastores: Así dice el Señor Yahveh: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Vosotros os habéis tomado la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más pingües; no habéis apacentado el rebaño. No habéis fortalecido a las ovejas débiles, no habéis cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida, no habéis tornado a la descarriada ni buscado a la perdida; sino que las habéis dominado con violencia y dureza. Y ellas se han dispersado, por falta de pastor, y se han convertido en presa de todas las fieras del campo; andan dispersas.  Mi rebaño anda errante por todos los montes y altos collados; mi rebaño anda disperso por toda la superficie de la tierra, sin que nadie se ocupe de él ni salga en su busca.  Por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahveh: Por mi vida, oráculo del Señor Yahveh, lo juro: Porque mi rebaño ha sido expuesto al pillaje y se ha hecho pasto de todas las fieras del campo por falta de pastor, porque mis pastores no se ocupan de mi rebaño, porque ellos, los pastores, se apacientan a sí mismos y no apacientan mi rebaño;  por eso, pastores, escuchad la palabra de Yahveh.  Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo contra los pastores: reclamaré mi rebaño de sus manos y les quitaré de apacentar mi rebaño. Así los pastores no volverán a apacentarse a sí mismos. Yo arrancaré mis ovejas de su boca, y no serán más su presa.  Porque así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él.” (Ez 34, 4-11)

Este texto del profeta Ezequiel es, en mi opinión, una dura, clara, descarnada, denuncia de los pastores del tiempo del profeta, rabinos, sacerdotes, levitas, escribas, pero es paradigma para los pastores de todos los tiempos, de los pastores que ejercen su pastoreo, por lo menos, teóricamente, como ayudantes, delegados y corresponsables del Buen Pastor, el que hace “que nada me falte, …”el que por verdes praderas me hace recostar”. El que enfrenta el lobo hasta la muerte. Y, ¿a qué viene, y por qué, este alegato? Dicen quelas comparaciones son odiosas, sobre todo, claro, para e que sale mal parado. En Religión digital de estos días hemos podido leer una informaciones reconfortantes, de pastores cristianos, en el caso, católicos, que han salido valientemente en defensa de su rebaño, y no con la cantinela de “salvar su alma”, bello, socorrido y falso mantra que hemos aprendido a repetir hasta la saciedad los clérigos. Y que hasta consigue que el Derecho Canónico lo estampe en el último Canon: (c.1752)  “En las causas de traslado, es de aplicación el c. 1747, guardando la equidad canónica y teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia”.

No sé por qué la Iglesia tuvo que adoptar el platonismo en muchas de sus afirmaciones y enseñanzas. El ser humano no es el alma, sino que es 100% alma y 100% cuerpo. Y en el evangelio Jesús se preocupa de la persona entera, y lo que más ocupa su tiempo es hacer curaciones, hablar con personas que lo necesitan, como la Samaritana, dar la vista a los ciegos, ¡a los ciegos de todo tipo!, etc. Por eso nos ha emocionado a muchos el alegato tremendo, ajustado ty posiblemente fraterno, pero con la fraternidad cristiana de la Verdad y la claridad, la Verdad que nos hará libres. Y han llegado a alertar a los gobernantes que serán responsables de un recorrido sin retorno del pueblo brasileño, es decir, de sus fieles, de sus ovejas, a la miseria y a la desesperación. Así como el cardenal Marx, de quien hablaba el otro día en este blog, afirmó, sin tapujos a los gobernantes de su Alemania opulenta, por un lado, pero triste y desolada , en una minoría, que no podía mirar para otro lado ante la escalada y el aumento astronómico de la desigualdad económica y social.

Me pregunto, nos preguntamos, ¿no sería refrescante, sano, y reconfortante, y un abono espectacular para la vuelta de las clases populares españolas a la Iglesia, y,. sobre todo, el significativo tanto por ciento que se ve , cada día con menos esperanza, en riesgo de exclusión,  que nuestros obispos reclamaran, afearan a nuestro Gobierno la falsa y engañosa noticia de la macroeconomía, de lo bien que va la Bolsa, y la prima de riesgo, es decir, cosas que no solo no llegan a los más débiles de la escala social, sino que, justamente, por administrarlas como se hace, provocan que aumente cada día más su debilidad y exclusión?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

A quien interese: ¡que aprendan del cardenal Marx!

El cardenal Reinhard Marx ( Geseke,  Paderborn, 21 de Septiembre de 1953) es el arzobispo de Munich, y está de moda. Si no, vean: ha escrito un libro con el mismo título, “el Capital”, que su “colega Karl Marx“, como el mismo cardenal lo llama; es solicitado frecuentemente por la universidad de Princeton, donde desarrolla sus tesis sociales, materia de la que es experto, con sus duras críticas al Capitalismo; piensa encomendar a laicos parroquias de sus diócesis de Munich, que no están servidas por presbíteros; fue delos primeros pesos pesados del Colegio Cardenalicio que se alineó con Francisco en la tarea de dar la comunión a divorciados y separados que han vuelto a vivir en pareja formal; y se permite denunciar al gobierno alemán, y, de rebote, a toda la organización política de la UE, por mirar a otro lado ante el aumento alarmante y escandaloso de la desigualdad social. Por lo que se ve, para los medios de comunicación, para los alemanes, para los europeos, y, ¡lo que más nos interesa a nosotros en esta esquina!, para los cristianos, un genio, un crac. Por eso está levantando ronchas entre sus colegas en el cardenalato. Así que me voy a dedicar en esta entrada a tocar leve, pero claramente, y el verdadero alcance de las posturas de Marx, -¡el cardenal, claro!-, y lo que significan de bendición para  la Iglesia, y para el mundo.

1º) Autor y escritor, y profesor de libros y artículos de economía social. Como he dicho antes, el simpático cardenal muniqués tuvo la ocurrencia de aprovechar la igualdad de apellido con el iniciador de la filosofía-economía-sociedad marxista, y recomendar la lectura, otra vez, y con la perspectiva y los condicionamientos modernos, del “Capital”, en cuya lectura él descubre, o mejor, demuestra, porque hace mucho tiempo, y su tocayo ya lo había descubierto, que el Capitalismo, como sistema socio-político-económico es un fracaso, y así puede llegar a la conclusión clara, y así lo afirma, sin complejos, que el sistema capitalista no tiene pasado, o lo tuvo alimentado por guerras monstruosas, ni presente, ni menos, futuro. Afirma:  “Un capitalismo sin humanidad, solidaridad y justicia no tiene ni moral ni futuro”. Como introducción escribe un comentario a modo de carta a Karl Marx, en la que asegura entre otras cosas, que la caída del los regímenes políticos comunistas no solo significó supuso “la crisis del marxismo; también obliga a buscar, en una economía social de mercado a escala mundial, las mejores alternativas para superar la injusticia y la pobreza”. Otra cosa de mucho interés, que pocos advierten, o recuerdan, es el movimiento social que hubo en Alemania, como recuerda el cardenal Marx a su querido tocayo: “Cuando usted aún no había nacido, ya había cristianos comprometidos socialmente, como Franz von Baader y Adam Heinrich Müller, que criticaban duramente el capitalismo naciente del siglo XVIII y denunciaban la miseria de los obreros que se mataban a trabajar en las nuevas fábricas”. También hace mención de que el obispo de Maguncia, Wilhelm Emmanuel von Ketteler (1811-1877), se hizo famoso, y fue conocido como el “obispo de los trabajadores”.

2º) Ya ha expuesto su decisión de poner a laicos de encargados de parroquias. En el último Consejo arciprestal del arciprestazgo de San Ramón, al que pertenece mi parroquia de Nª Sª de la Piedad, salió el tema de cómo preparar a los adultos. Yo intervine para recordar que desde que volví de Brasil, año 1985, es decir, hace 32 años, estamos hablando en Madrid de eso, y no damos ni un solo paso significativo que demuestre nuestra confianza en el laicado. Y les hable de la propuesta del cardenal de Munich. Mis colegas me dijeron que no era un tema para abordarlo, y, el señor Vicario, que la situación de nuestras parroquias no es como las de la diócesis de Munich, o se parece muy poco. Y yo pregunté, entonces ¿por qué se están organizando “unidades pastorales”, unificando parroquias, y reuniendo el clero, que ya no puede, y en menos de quince años, podrá todavía mucho menos, atender a todas las parroquias de Madrid? Y como suele pasar, mi intervención, y mi advertencia, quedaron desapercibidas, o desatendidas, sin más.

3º) Ha sido uno de los primeros de ayudar a Francisco en la interpretación menos moralista en la concesión de la Comunión a los separados. No voy a insistir en mis ideas sobre este punto, que ya he ido dejando muy claras y expeditas. Pero esa ayuda fraterna y eclesial al pontífice de Roma, que el Cardenal Marx asegura ser importantísima “Nuestra lealtad al Papa es sustancial como católicos”, le está costando algún contratiempo. Tal vez sea por esta proclamada lealtad al Papa que el cardenal  Müller (Gerhard Ludwig) ha hecho a nuestro cardenal el reproche de que las Conferencias Episcopales no tienen poder legislativo, ni magisterial, en referencia a su praxis de concesión de la Comunión a los divorciados, y a la excesiva confianza en los seglares. ¡Pues bien!, esta afirmación de Müller entra en abierta y flagrante contradicción a lo que su querido jefe Ratzinger enseñaba en sus años mozos, cuando de verdad actuaba como teólogo, y que, después, corrigió, siendo ya un miembro eminente de la Jerarquía.

(Seguirá)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Sabe el obispo Elizalde de Vitoria, el bien que hace José Antonio Pagola a muchos fieles?

EL señor obispo de Vitoria, monseñor Juan Carlos Elizalde Espinal, me da la impresión o de que no conoce la obra de José Antonio Pagola, o de que tiene algún prejuicio, como tantos obispos, contra él. Todos sabemos que la Conferencia Episcopal Española, CEE, cometió contra el teólogo guipuzcoano, hace unos años, un atropello no solo humano, sino también canónico, y todavía no sé por qué nuestro querido autor tuvo tanta paciencia de no acudir a los tribunales de la  Santa Sede, concretamente al de la Signatura Apostólica, que viene a ser el tribunal Supremo de la Iglesia. El atropello consistió, entre otras grandes deficiencias, en que, contra todo derecho, la CEE se arrogó la autoridad para anular el “Nihil obstat” otorgado por el entonces obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, su obispo, debidamente legitimado para conceder ese permiso de edición. Llegaron a recoger la última edición, poniendo en dificultades, y en contradicción, a la editorial PPC, con la Conferencia Episcopal Española, con la que mantiene una magnífica y fructífera relación. La Nota Clarificadora de la CEE, del 27 de Junio de 2008, tanto en su parte metodológica, como en la de contenido, ofrece, en mi opinión, serios motivos para la discusión y la polémica.

El primer motivo es la confusión, evidente, entre Fe y explicación de la fe, o Teología, que es la que estuvo a punto de provocar una condenación conciliar a Santo Tomás de Aquino, porque, acostumbrados la mayoría de los padres conciliares a la filosofía de Platón, como soporte de la Teología, el teólogo dominico profesor de la Sorbona los sorprendió con un nuevo enfoque filosófico, exactamente el aristotélico. Por eso me hizo mucha gracia, porque la tenía, el reproche que el teólogo franciscano, cuando todavía lo era, José Arregui, (en euskera Joxe Arregi Olaizola) lanzó contra el portavoz de la CEE, monseñor Juan Antonio Martínez Camino S. J., indicándole que su reverencia estaba más cerca del monofisismo que Pagola del arrianismo, del que los prelados patrios acusaban al que fuera vicario episcopal de monseñor Setién. Así que, por lo que veo, el actual obispo de Vitoria, monseñor Elizalde, ha seguido la pauta de sus colegas episcopales, con gran disgusto, y, sobre todo, más pena que disgusto, de una buena cantidad de fieles católicos españoles, que todos ls domingos leen el comentario de Pagola sobre el Evangelio del Domingo, como los de mi parroquia, Yo lo considero, de lejos, el mejor que conozco.

¿Así que cómo puede prohibir, junto a sus colegas de Bilbao, y San Sebastián, a D. José Antonio, dar una charla en la Universidad del Norte de España, en Vitoria? Qué gran error, el de mucho de nuestros obispos, que piensan que ciertas disquisiciones teológicas pueden apartar más de la fe a nuestros fieles que la falta de un ejemplo auténticamente evangélico, como tantas veces sucede a nuestros obispos, por lo menos en la comprensión de muchísima gente. Desde luego, en la mayoría que yo conozco..

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Los cardenales Burke y Robert Sarah, ¿merecen ocupar los altos puestos que ostentan? O, mejor, ¿están preparados para esa tarea?

Me he enterado, otra vez, ¡y van…!, de que los cardenales  Raymond Leo Burke, y Robert Sarah han hecho unas declaraciones no solo anti-Francisco, sino esperpénticas, irresponsables, y que ponen gravemente en sospecha su preparación intelectual par los cargos que ocupan. Ambos han demostrado, según informaciones transmitidas por portales cristianos, la poca prudencia y discreción con la que se oponen abiertamente al Papa. Éste, que aguanta con paciencia infinita los impresentables desplantes de algunos de sus teóricos y próximos asesores, ha reaccionado, mandando al cardenal Burke a la isla de Guam, para solventar un asunto jurídico, en lo que todos han visto un aviso a navegantes. Y una actuación que, sin dejar de lado la fraternidad pone, a cada uno de los protagonistas, en su puesto.

El cardenal Burke, hace unos días, justificó su veto a los sacramentos para los matrimonios en situaciones “irregulares” con un escueto “la vida es así”,  en referencia divorciados y separados que anhelaban una aclaración de la dura postura del cardenal sobre la posibilidad de comunión de los separados y divorciados vueltos a vivir en pareja, pero con la fe viva en la Eucaristía. Y es fue, según alguno de esos hermanos nuestros afligidos, y todavía más, injustamente incordiados por algunos jerarcas, la repuesta  displicente del cardenal  ¿De qué vida habla, cardenal, de la que Vd. imagina ordenada y moral según su criterio? Me escandaliza, señor cardenal, porque da la impresión, a mí, y a muchos, de que antepone su idea, su criterio, su ideología, en suma, al Evangelio, a las palabras de Jesús, y a la fraterna, valiente y respetuosa obediencia del papa Francisco al Jesús de la Última Cena, y a su propia conciencia. No ha sido Vd., señor Burke, ni ninguno de los cardenales, si siquiera el Colegio Cardenalicio, ni la Curia Vaticana, ni ningún Papa, ni ningún Concilio, sino el Señor Jesús quien dio estas órdenes: “tomad y comed, tomad y bebed, haced esto en memoria mía” . ¿Le suenan estas palabras? Y Vd., culto y estudioso, conocedor del griego, y casi seguro del hebreo y el arameo, admitirá sin ninguna duda ni reserva, que las palabras del Maestro no son, ni significan, un consejo, o una invitación, sino algo mucho más fuerte: unos mandatos  litúrgicos de Jesús, casi únicos, a no ser por aquel otro de “cuando vayas a ofrecer tu oferta, si te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja al momento tu oferta, y ve a reconciliarte con tu hermano”. Esta recomendación raras veces la cumplimos, señor cardenal, pero no impidamos que las referente a comer y a beber el Cuerpo y la Sangre del señor no la puedan obedecer, y cumplir, fieles bautizados que no han perdido su Fe en la maravilla de la Eucaristía. Y no permita, ni  mucho menos haga que con su autoridad y prestigio, se interpongan, ante el mandato del Señor, unas disposiciones administrativas, dudosamente éticas, y, seguramente, nada evangélicas.

Y en referencia al Cardenal Robert Sarah, tengo la impresión de que el caso es todavía más grave y peligroso. Según él, y como publicaba Religión Digital (RD), en un escrito enviado a la XVIII Conferencia Litúrgica Internacional de Colonia en Alemania, y en una edición que recuerda el 10 aniversario de la liberalización (¡en mala hora!), de la misa en latín, por Benedicto XVI, el cardenal Sarah, Prefecto de Culto Divino advirtió contra la “devastación, destrucción y guerras” que ha provocado en la Iglesia, a nivel doctrinal, moral y disciplinario.  la misa en lengua vernácula, permitida, y hasta promovida por el Concilio Vaticano II. ¿Se puede proferir mayor sarta de sin sentidos, y barbaridades? Sí, el cardenal guineano puede hacerlo, como de muestra este párrafo: “No podemos cerrar los ojos al desastre, la devastación y el cisma que los promotores modernos de una liturgia viviente causaron al remodelar la liturgia de la Iglesia de acuerdo con sus ideas”. No fueron con las ideas de unos cuantos, sr cardenal, sino con la opinión de una inmensa mayoría de los más de tres mil obispos reunidos en Concilio, en el Vaticano II. ¿No recuerda su Eminencia? 

Pero las que me hacen dudar, de verdad, de la preparación bíblica, teológica, y litúrgica, del prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, regañado, por cierto, por el Papa por  animar a sus subalternos a celebrar la Eucaristía de espaldas a la asamblea litúrgica, son la ideas verdaderamente pre tridentinas, sobre la esencia y el carácter bíblico y teológico de la Eucaristía, o “Santa Misa”, como él, y muchos que reniegan del Vaticano II, prefieren decir: reprocha a los que llevamos abusando de la reforma litúrgica conciliar desde que acabó el concilio, que hemos convertido la Eucaristía de una oración, en un banquete. E insiste en que, con muchos de los celebrantes actuales del  “Santo Sacrificio de la Misa”, fórmula preferida por algunos rancios y dudosos liturgistas, éste parece mucho más una fiesta y un banquete que una oración. O nuestros profesores de Biblia y de Liturgia, entre ellos el padre Manuel Garrido Bolaño, osb., del que hablé y cité como perito conciliar, nos engañaron, o nos enseñaron que dentro de la celebración de la Eucaristía hay alguna oración, como la colecta, la pos Comunión, y el padre nuestra, pero como celebración no es, específicamente, una celebración, sino, al estilo de la Pascua de los judíos, una celebración festiva, una cena, en la que hacíamos presente la muerte y Resurrección  de Jesucristo. Incluso su aspecto sacrificial es temperado por el recuerdo del  “sacrificio de Melquisedec, eterno e incruento”.  Hay más aspectos verdaderamente chuscos en la crítica del cardenal Sarah que, si me animo al gún día, y veo que pueden ser interesantes, los comentaré.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

A propósito del nuevo misal Romano (¿Y por qué no Eucaristiario?) (II)

3º)  La autocomplacencia en expresiones arcaicas y cursis, como “Lex credendi et lex orandi”. Llama la atención el ánimo de mantener fórmulas y expresiones que usadas durante siglos, hoy pierden no solo vigor, sino sentido, ante la realidad actual del poco conocimiento del latín por la inmensa mayoría del presbiterio joven español. Ya no se estudia el latín como instrumento de aprendizaje y trabajo. Que el misal exprese las leyes de creer y de orar, dicho en latón, parece algo muy positivo, serio e ilustrativo, pero, efectivamente, en español, pierde bastante de ese encanto que ostenta en la lengua del Lacio. Pero no solo a mí, sin que a mucha gente, no solo laica, sino clerical, no nos gusta el concepto de “ley” para creer ni para orar. Porque la distinción, fundamental para poder enjuiciar a pensadores y teólogos cristianos , entre Dogma y Teología, es absolutamente necesaria. Y, por extensión, aplicándola a las expresiones que comento, una cosa es la ley o norma para creer, y otra la normativa para “la expresión”  de la fe o de la oración. ES decir, la fe no cambia, ni la esencia de la oración, pero sus expresiones, sí. Y esto es algo que parecen haber olvidado los autores y redactores del nuevo Misal Romano. En mi entrega de 14/10/2016, hacía mención y un pequeño comentario del artículo de Jairo del Agua, del 11/09/2016, de título audaz, provocativo y, ciertamente, llamativo: ¿Tiene la Jerarquía misericordia del Pueblo de Dios?” Os presento unas afirmaciones duras y combativas de este autor, para que comprobéis la orientación que da a su crítica:  (“Ruego encarecidamente que NO lean esta meditación, sobre la urgentísima “reforma litúrgica”, los católicos de fe frágil, insegura, rígida o fanática”). O esta otra: “Los clérigos que construyen la “liturgia” deberían ayudarnos a orar, a unirnos con Dios. Pero, por desgracia, esa ayuda se ha quedado en dar “orden y forma” a las ceremonias de culto”). Y es sobre la relación con Dios, sobre la sensibilidad que hacia Él demuestra nuestra oración es donde nuestro crítico y rebelde autor demuestra su perplejidad, como expresa este párrafo: “Primero nos hacen leer (en la Eucaristía), (para alimentarnos, dicen) textos del AT totalmente contrarios al Evangelio y al Abba revelado por el Señor. Un único ejemplo para no cansaros: Hace pocos días leíamos este suave texto (los hay mucho peores) del profeta Nahúm: “El Señor es Dios celoso y vengador; el Señor se venga y se arma de ira, se venga el Señor de sus adversarios y se enfurece contra sus enemigos” (Nah 1,2). ¿Es una lectura alimenticia? Porque yo me quedo bizco intentando ver al Abba que nos manda perdonar a los enemigos, poner la otra mejilla, que hace salir el sol sobre justos e injustos… ¿Los católicos somos politeístas y tenemos varios “dioses”? ¿Con cuál de ellos nos quedamos? Yo no comparto el tono bárbaro y feroz de la crítica, pero sí la orientación: que las sucesivas reformas litúrgicas deben de tener en cuenta el cambio enorme de sensibilidad de los fieles. Como la Sagrada Escritura, a través del principio de la Economía de la Revelación, va mudando del “Dios de los ejércitos“, al del perdón al enemigo, y al “amor al prójimo, como a sí mismo”, (primer paso fundamental, en el Antiguo T.), y al “amaos como yo os he amado (Jesús)”, como paso definitivo, en el Nuevo T.

4º)  La pervivencia de signos y fórmulas que no tienen que ver nada con la primitiva celebración de la Eucaristía-Pascua. La serie de venias, genuflexiones, sombreros, y atuendos que usamos en la Celebración de la eucaristía no tienen, evidentemente, nada que ver, no solo con los de la Última Cena, sino con la Liturgia de los primeros siglos de la Iglesia. ¿Qué tiene que ver con la Liturgia cristiana un sombrero como la mitra, probablemente, del imperio egipcio? ¿Alguien imagina a S. Pedro con ese sombrero? ¿Quién comete mayor abuso, Pedro Casaldáliga, algo de que fue acusado, o los que visten ostentosamente esa prenda, solo como signo de magnificencia y poder? ¿Es ley de obligadísimo cumplimiento en la Iglesia, por parte de los sucesores de los apóstoles, (¿¡!?) el uso de ese sombrero, y si no lo es, por qué algún obispo no nos priva, de momento, alguna vez, de ese pequeño horror? No es, ni debe de ser, inherente, a la Eucaristía, en su celebración denominada solemne, ese carácter de espectáculo, con maestro de ceremonias, y tantos servidores. Nunca, ¡nunca! , deberíamos olvidar que la celebración de la Eucaristía, si no se identifica del todo con la Pascua de los judíos,, procede de ella, y es la que Jesús conocía, y exaltó, y dejó como gran regalo a sus seguidores. Y que la celebración de la Pascua era, y sigue siendo, una celebración familiar, característica que según la mayoría de los analistas, ha sido clave en su supervivencia, y en la identificación, y mantenimiento, como pueblo, de Israel. ¡Y pensar que para esta gran celebración anual los israelitas nunca han necesitado de la super-estructura sacerdotal, clerical! no hay nada que más responsabilice y anime a un padre de familias que presidir en su casa, todos los años, la íntima, pero solemne y lucida, celebración pascual.

5º) El exceso de expresiones penitenciales y de oraciones que reflejan un Dios terrible y asustador. En la línea del artículo de Jairo del Agua, quiero recordar que a mí siempre me ha sorprendido, y me ha producido un sentimiento negativo, la super exposición de oraciones, sobre todo en las llamadas colectas, después del rito penitencial, y pos-comunión, al final de la celebración de la Eucaristía, antes de la bendición final. En la Edad Media, muy propicia al sentimiento desmesurado e inquietante del pecado, y con el añadido perturbador, si no de la idea de un Dios terrible y justiciero, sí, por lo menos, de la facilidad y repetición de expresiones que podían, y todavía pueden, indicar esa sensibilidad, hoy enfermiza para nosotros, proliferaron ese tipo de oraciones, que parecen agradar, y hasta provocar júbilo, en los liturgistas romanos, o, por lo menos, en los responsables del nuevo Misal. En el 3º Domingo de Cuaresma aparece esta oración colecta, después del rito penitencial: Señor Dios, fuente de misericordia y de toda bondad, que enseñaste que el remedio contra el pecado está en el ayuno, la oración y la limosna, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por Nuestro Señor Jesucristo”.  De todos modos, el exceso de fórmulas penitenciales desvirtúa, en mi opinión, el sentido pascual, y de Resurrección, de la eucaristía, y casi hace olvidar que todos los que las celebramos estamos ungidos con el oleo del Señor, que nos ha comunicado su Espíritu, y nos ha trasladado a su Reino de su luz. Y, sobre todo, y muy importante, que el Espíritu del Señor Resucitado es mucho mayor, sin comparación, que nuestros pecados, y “nos hace dignos de celebrar estos misterios” , como decimos poco después de la Consagración.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

A propósito del nuevo misal Romano (¿Y por qué no Eucaristiario?)

Teno que reconocer que estudiando el nuevo Misal romano me he quedado decepcionado. Tengo la impresión que estamos no solo más atrasados que en los años 70. en mi vida pastoral en Brasil, sino, incluso, igual, o peor, que antes del Concilio. En los años que lo precedieron, había una inquietud en toda la Iglesia, que sentía la urgente necesidad de dar un decidido golpe de volante para cambiar, sustancialmente, el rumbo de la Iglesia. Es decir, se pensaba en el futuro, se creía en el futuro, y se esperaba mucho del futuro. Llegó Juan XXIII, con su estilo engañoso, para los no iniciados, de viejo bonachón, un tanto ingenuo, y poco o nada intelectual. Después nos enteraríamos todos que había escalado, por caminos difíciles y tortuosos, como su misión de Pronuncio en varios países de Medio Oriente, donde se cocía el caldo que daría después, hasta hoy, los barros y lodos que nos asolan. Y, después de salir airosos en su ardua tarea, alcanzó el cenit de la carrera diplomática vaticana, la nunciatura de París. Es decir, o los cardenales, en el cónclave de octubre de 1958 no fueron muy expertos al elegir al Patriarca de Venecia, si es que no querían una auténtica revolución eclesial, o el Espiritu Santo trabajó a destajo para iluminar las mentes de sus eminencias, generalmente acartonadas, y poco proclives a los cambios profundos y rápidos.

Pero el caso es que Angelo Giuseppe Roncalli fue elevado al pontificado, y se convocó el Vaticano II, se realizó el Concilio, y se produjo, en primer lugar, la reforma litúrgica que tanto precisaba la Iglesia. Después, las maniobras de la curia vaticana, y la ayuda inestimable del electo a la muerte de Juan Pablo I, el polaco Karol Józef Wojtyła, fueron atrás las brillantes perspectivas del culto católico, y hems llegado al punto en que nos encontramos, descorazonador, y casi perturbador. Señalaré metódicamente los puntos que me permiten calificar de manera tan inquietante la “¿novedad?” del nuevo Misal,

  1. La vuelta del clericalismo más cerrado. El papa Francisco tiene las cosas muy claras. Ha repetido varias veces en las últimas semanas que el clericalismo es uno de los grandes males de la Iglesia. Y lo ha dicho de dos maneras: que es uno de los principales males, y la otra, que es el “principal”. Si pensamos que el clero es la parte dominante de la comunidad eclesial, la que mueve los hilos, la que en su más alto nivel, el episcopado es na da menos, el cuerpo sucesor del Colegio Apostólico, algo realmente grave debe de ver el Papa para insistir en que el clericalismo es un gran mal de la Iglesia. Pero entendámonos: ¿Qué entendemos, o podemos entender, en el razonamiento del Papa por Clericalismo? De las tres acepciones que da el diccionario de la Real Academia Española , RAE, . m. Influencia excesiva del clero en los asuntos políticos.. 2. m. Intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia.  3. m. marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices. El primer aspecto es muy propio de la historia de España, y muy recordado por historiadores, y por el pueblo, que, por eso mismo, es muy anticlerical en nuestra tierra. Pero no es muy probable que Francisco tuviese en cuenta, sobre todo, nuestro país, o Italia, para destacar ese grave riesgo de la Iglesia.  Así que los aspectos a tener en cuenta son el segundo y el tercero, sobre todo, el segundo, por el excesivo, y yo diría que injusto, poder del clero en la vida de la Iglesia. Y del excesivo poder procede, evidentemente, la excesiva intervención. No es solo un desvío de la práctica, de la praxis eclesial, sino que se trata de un serio problema, y mucho más hondo: de la legislación y del aparato normativo de la Iglesia. Si el Derecho Canónico, (CIC, Corpus iuris canonici,), divide a la Iglesia en dos grandes apartados, ¡solo dos!, el Clero y el Laicado, los demás, muy menores e inferiores, serán mucho más pequeños  y concretos, y si, además, solo el clero puede ocupar puestos de responsabilidad sacramental y jurisdiccional, entonces no es que la influencia clerical sea excesiva, sino que es inevitable y necesaria. Y en la Liturgia, y en concreto, en la celebración de la Eucaristía, y en la ordenación del Eucaristiario, (¿por qué no este bello neologismo, y sí la insistencia en el uso de una palabra, Misal, marginal en el discurrir de la celebración, y traída a colación por el pueblo, cundo no entendía latín, solo porque cuando la oía ya sabía que la celebración terminaría en unos segundos?)
  2. El acartonamiento de las fórmulas y estilos que se exigen al presidente de las celebraciones. Algunos alaban al actual Misal por su claridad, concisión y precisión de su redacción. Es decir, porque está todo claro, y siempre se puede saber lo que puede hacer el presbítero, el diácono, el acólito, pero raras veces se prevé, para cualquier emergencia, que algo de eso lo pueda realizar un bautizado, aunque no sea clérigo, ni haya sido provisionado por una especie de mandato oficial del clérigo correspondiente. (Por ejemplo, preguntado una vez, en una reunión de curas, el cardenal de Sâo Paulo, D. Paulo Evaristo Arns si era necesario para distribuir la Comunión que la persona indicada poseyera una especie de diploma, o de permiso de la Diócesis, respondió: ·”El sacramento es comulgar, y no dar la comunión, que es una función puramente mecánica. Todo adulto, vamos a decir, confirmado, que pueda comulgar , puede dar la Comunión, sin intervención de la autoridad de la Iglesia“. Nos gustaría apreciar en el actual Misal Romano esa libertad del presidente de una celebración, pero no se encuentra por ningún lado. Si bien, en estricto sentido canónico, si no está expresa y claramente prohibido, estará permitido. Así como no obligar al ministro a terminar las oraciones con una Doxología preceptiva, hasta los últimos detalles, si ha salido previamente el nombre del Padre, de una manera, si el del  Hijo, de otra, etc. Eso no hace falta para nada, y este tipo de detalles, que se convierten en una pesadez, hay a montones. Esta falta de libertad acarrea un tremendo déficit de creatividad, y de viveza celebrativa, que poseía la Liturgia de los primeros siglos, cuando los ministros improvisaban sobre una especie de croquis  que servía de estructura de la celebración y que sabían de memoria. Después dejaban salir su emoción del momento, y su creatividad, también musical. No pedimos tanto, pero sí que no nos amarren, hasta conseguir que la celebración sea rutinaria, monótona, e igual en Cantabria que en Andalucía, o en Brasil. Y no me digan del peligro de abusos, que nos han echado mucho en cara a los que fuimos contemporáneos del Concilio, cuando la Liturgia solemne oficial, sobre todo televisada desde el Vaticano o desde las grades catedrales, son un verdadero abuso de ostentación y distancia sideral de la Última Cena, y de las celebraciones “paradigmáticas” de la Iglesia primitiva.

(Seguirá con otros dos apartados. ¡Gracias!)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

Desconcertante Francisco

(Transcribo este artículo de Religión Digital (RD) por el evidente interés del mismo, aunque se un enfoque radicalmente diferente del oficial en la Iglesia. Ho lo he tratado varias veces en de modo parecido.)

El Papa tiene la ocasión para clausurar la Congregación de Santos”           (El tercer secreto de Fátima fue conocido por mí. No coincide con cuanto se publicó)

(Redacción, 30 de marzo de 2017 a las 12:09)

 (Celso Alcaina).- Acabo de leer que el Papa Francisco pretende canonizar en mayo a Francisco y Jacinta, dos de los niños videntes de Fátima. En el 2000 ya fueron beatificados por Juan Pablo II. Una curación de un niño brasileño justificaría esta canonización. En más de una ocasión me manifesté sobre canonizaciones y milagros. La última, en mi reciente libro Roma Veduta. Llego a concluir que Francisco tuvo en su mano la ocasión para clausurar la Congregación de las Causas de los Santos.º

Este dicasterio fue creado como autónomo por Pablo VI en 1970. Con anterioridad, era una sección de la Congregación del Culto. A partir de entonces, surge un inusual incremento de beatificaciones y canonizaciones. Una devaluación de la santidad canónica que, tangencialmente, produce unos mayores ingresos extra para el Vaticano. El tradicional elenco de los santos se duplicó. Juan Pablo II beatificó y canonizó a más personas que todos sus antecesores juntos. Se comprende que la Iglesia Católica ensalce o proponga como modelos a algunos de sus miembros después de su muerte. Lo hacen los pueblos con sus próceres. De manera similar, lo hacen las organizaciones o instituciones con sus mejores miembros o líderes. Pero la normativa eclesiástica de beatificaciones y canonizaciones está plagada de puntos negros, incomprensibles, escandalosos.

En el 2014, Francisco canonizó conjuntamernte a Juan XXIII y a Juan Pablo II. Un acto de clara endogamia, de exhibición, populismo, autoritarismo, discriminación y puede que deshonesto. El Papa que los canonizó, así como los responsables del evento, fueron beneficiados por uno u otro en vida. De forma claramente discriminatoria, el Vaticano “dispensó” a Juan XXIII del segundo milagro, requerido por Ley para todos los candidatos a la canonización. Es una “dispensa” similar a la que había realizado Pablo VI a favor de nuestro Juan de Ávila. En el caso del “santo súbito” estamos ante una canonización “exprés”.

No se ha tenido en cuenta la repulsa de muchos fieles hacia Juan Pablo II, particularmente -y no sólo- por la involución operada respecto al Concilio Vaticano II. También por su conocida desidia o complacencia en el tratamiento de eclesiásticos pederastas. Días después de la doble canonización, los medios han dado a conocer la inminente beatificación de Pablo VI. Al parecer, por su intercesión, un feto diagnosticado inviable por los médicos se habría convertido en viable. La madre californiana se habría encomendado a Montini para dar a luz el fruto de su vientre, no obstante los negros pronósticos de los médicos. El bebé nació sin problemas.

Mi estima y veneración por Pablo VI están fuera de duda. Como persona y como Papa fue superior a los dos ya canonizados. Este mi favorable juicio no se debe exclusivamente a que Pablo VI me haya distinguido llamándome a ser su colaborador. Se esperaría que yo aplaudiera su beatificación. No es así. Estoy convencido de que en santidad y ejemplaridad Montini no fue superior a muchas personas de las que nadie ha propagandeado su nombre para que de ellos se imploren “favores” y milagros. De siempre, me ha parecido una injusticia, cuando no una puerilidad. Una intolerable discriminación de parte de Roma y, aparentemente, también de Dios. Casi siempre está de por medio el dinero. A veces es el oportunismo. Apropiarse de un genio, de un famoso, de un superhombre o una supermujer. ¿Por qué Dios favorecería a una determinada persona entre miles que piden lo mismo y que están en similares condiciones? Y, sobre todo, ¿por qué siempre se trata de curaciones corporales?

Porque existen otros campos susceptibles de una intervención del Todopoderoso y que reducirían la sospecha de fuerzas naturales todavía – y siempre – desconocidas. ¿Por qué un candidato a santo no atiende al devoto que implora la interrupción repentina del avance devastador del Estado Islámico o la guerra de Siria? ¿Por qué no paraliza tsunamis como el del Pacífico Sur, de Japón o de Indonesia? ¿O multiplica panes y peces para millones de hambrientos, aunque sólo fuera para la India? Y, limitándonos a lo sanitario, ¿por qué no cura repentinamente a todos los afectados por el cáncer, por la sordera o por la ceguera y no sólamente a un individuo?

 El sistema eclesiástico actual de responsabilizar a Dios de la santidad de una persona es inmoral. Es un descrédito del Creador. Tú, Dios, has hecho el milagro firmando la canonización. Si el canonizado no lo merecía -inclusive cuando se pruebe que no lo mereció-, la culpa es tuya por haber usado tus poderes taumatúrgicos en su favor. Todavía más inaceptable es que el Papa, ¡al parecer en directa comunicación con ese dios!, puede conocer que el candidato está en el cielo, sin necesidad de milagros. Como queda dicho, sucedió con Juan de Ávila, otrora condenado por hereje, a quien Pablo VI “dispensó” de los milagros. La canonización de los dos niños videntes de Fátima reviste claro carácter de oportunismo. Conocemos las iniciales razonables reticencias romanas a tales apariciones. Sabemos de las reticencias religiosas y científicas a todas las apariciones de la “Señora”. Roma se adueñó del fenómeno Fatíma por proselitismo. Lo mismo que Lourdes, Fátima resultó ser un vivero de devotos católicos. La canonización de los niños Francisco y Jacinta se enmarca en ese proselitismo. No son modelo de nada. Como mucho, fueron víctimas de un episodio paranormal.

En el Vaticano, tuve que estudiar el diario de Lucía, la otra niña vidente de Fátima, muerta casi centenaria. Nada extraordinario. Una monja algo engreída por el trato recibido del mismo Vaticano. Dudosamente histérica. Pablo VI y Benelli controlaban sus escritos y movimientos para evitar males mayores. Su tercer secreto fue conocido por mí. No coincide con cuanto se publicó. Sólo contiene inconsistentes afirmaciones: obispos contra obispos, muerte violenta de un Papa… Algo parecido al segundo secreto: la conversión de Rusia.

Concluyo. Un dios que discrimina a sus criaturas, aunque sea positivamente, no es el Dios. Un dios que encumbra a los ricos y famosos, a los poderosos y fundadores de algo, a los amigos de los jerarcas, postergando a los humildes y anónimos, ése no es el Dios. Implicar a nuestro Dios en tales hechos y para tales fines es simplemente un imposible, un infantilismo que conlleva la negación de Dios. Los fenómenos inexplicables son sólo eso, inexplicables. La hipótesis de que Dios creó el mundo con sus leyes es la más plausible. Resulta absurdo que cada poco, incluso una sola vez, ese Dios haga excepciones a sus leyes. Todavía más absurdo cuando se lo demanda algún que otro humano y con el fin de encumbrar a un humano. Entendemos y creemos que Dios creó este mundo con amor, para que nos amemos y deja que la Naturaleza siga sus propias sabias leyes.

(Transcrito por “EL guardián del Areópago)

 

Las ¿novedades? del Misal Romano en su nueva edición. (II)

Un comentarista de mi blog me afirmó, que, después de leer y ojear el Misal Romano en su última edicion tenía la impresión de que nos habían enviado de vuelta a plena Edad Media. Me parece exajerada estaopinión, pero despue´s de idéntico recorrido, y atento a los detalles, y a las novedades, me parece que si no merece calificación tan severamente negativa, tampoco la merece demasiado, o muy, o tan siquiera poco positiva. Además de que las noevedades son puramente casuísticas, y poco , o nada, fundamentadas, anos ser desde la propia ordancion del Misal romano, es decir, desde dentro, no aporan elementos quesignifiquen una seria tentativa de adaptación a os nuevos tiempos, ni a la nueva reflexion teológica. Detallaré ahora, paso a paso, lo más relevane en la celebración de la Eucaristía, que podamos seeñalar.

  1. Ritos iniciales. No encontramos en esta parte primera de la Misa nada que destacar. Solo me llama la atención una observación poco lúcida, innecesaria, y bastante pusilánime. Afirma que los ritos iniciales, antes de la oración “colecta”, que es la que se hace después del rito penitencial, terminan con la “absolución, no sacramental”.  Hay liturgistas que admiten ese carácter a todo el rito penitencial del inicio de la celebración de la Eucaristía, porque tienen una idea no tan ortopédica e inflexible del mundo sacramental. Por lo menos, diremos, sin miedo a error, que se trata de un sacramental. La Iglesia no suele propiciar gestos inútiles, solo para  ser visto por el observador, y que quede bonito. Además, y este es un tema muy sensible, y largo de argumentar, la Comunidad eclesial tenía que prever una solución para que los que van a celebrar un banquete, y la Eucaristía lo es, (como recuerda la misma introducción explicativa de la OGMR (Organización General del Misal Romano), y si a un banquete se va a comer, todo aquel que es invitado, o todavía más, obligado, a acudir a ese banquete, tendrá que comer. Y la comida en la Misa, como se empeñan en llamar a la Eucaristía, es la Comunión. Y el Rito penitencial está justamente, como decía un profesor nuestro de Liturgia, para vestirse el vestido de fiesta que aquel invitado de la parábola  no quiso ponerse, y, por eso fue retirado del banquete. Así que es mucho más que un Rito para llenar tiempo. (La Liturgia de la Palabra no cambia nada, si bien en una de las explicaciones que llegaron a mis manos, supongo que por un caso de deformación no profesional, sino “tradicional”, se recordaba que antes dle Evnagelio el lector, y el pueblo fiel, se persignaban de modo completo. ¿? Evidentemente, de esto no dice nada la OGMR).
  2.  Liturgia de la Eucaristía, que presenta tres partes:

2.1 Presentacón de los dones.    2.2 Plegaria Eucarística    2.3 Rito de Comunión

En 2.1, Presentación de los Dones, explica todo lo que se hace, exactamente como ahora, pero lo que cambia, y llama bastante la atención, es la denominación: “Presentación de los dones“. Es decir, aquí lo nuevo es la ocultación de la palabra “Ofertorio”, que como todo el mundo debería saber, pero algunos o no lo saben, o lo olvidan, se realiza después de la Consagración; y, además, la reforma litúrgica del Vaticano II lo quiso quitar tal como se celebraba en el Canon romano, para pasar, después de las preces universales de los fieles, con un momento de descanso, reflexión o canto, mientras se preparaban discretamente las ofrendas, a la plegaria eucarística, sin más. Otra cosa que llama, por lo menos a mí, la atención, es que, en contra del criterio del Padre Garrido, perito conciliar, como escribí ayer, se mantenga el lavatorio de las manos, como si todavía, como en los tiempos de la presencia imperial en la Eucaristía dominical, el presidente de la celebración tuviera que pringase con la harina, las ánforas de aceite, y el vino de las ofrendas. Y como si en todas las sacristías del mundo, o en casi todas, no hubiera un lavabo, con su jabón y unas buenas toallas.

2.2  Plegaria Eucarística. A mí me llama poderosamente la atención que sin aprovechar las magnificas reflexiones de teólogos y liturgistas actuales, no se insinúe, por lo menos, que la consagración no es una especie de fórmula mágica que convierte una sustancia en otra, sin recordar que de conceptos filosóficos no puede hacerse afirmaciones dogmáticas, (hay escuelas modernas de Filosofía, perfectamente legítimas, que no usan ni manejan el concepto de sustancia), sino que el misterio de la presencia real de Jesús en los signos sacramentales del pan y el vino se realiza en el conjunto de todo el relato, sin poder, ni hacer falta, especificar, exactamente, las palabras , que yo llamaría mágicas, en las que se realizaría esa transformación. Tal vez por no considerar esta explicación teológica, (insisto, y repito, no confundir la fe en la presencia real, -que es objeto de Fe-, con la explicación de la misma, que es objeto de la Teología, ayudada por la Filosofía. Y sin embargo me gusta que el ordenamiento del misal no diga nada, -¿alguna vez lo ha dicho?-, del toque de campanillas, que tanto gusta en algunos templos, que han olvidado que su uso fue introducido en España, cuando los coros y las gruesas columnas impedían a los fieles ver el altar, y con el sonido de la esquila sabían que iba a acontecer la Consagración; y tampoco es que oyeran tanto, en esas naves inmensas, sin megafonía.

2.3 Rito de Comunión. No hay grandes novedades, pero voy a reseñar dos, que, además, parecen indicar, en mi opinión, que los artífices de esta nueva edición del Misal Romano, alguna vez, como las que voy a indicar, han actuado más como liturgistas que como sumisos funcionarios de una Congregación vaticana. Me refiero a estos dos detalles: 1º), que no prescribe explícitamente que el celebrante, al mostrar el Cuerpo de Cristo a los fieles, para invitarles a comulgar, pronuncie la tradicional invocación evangélica, “, ¡Señor!, no soy digno ….”, sino que simplemente recomitenienda que se haga una invitación a la humildad. A mi nunca me ha gustado esa proclamación de indignidad, muy acorde con el sentido excesivamente penitencial tan apreciado en la Edad Media, pero en todal desacuerda con la TEología Bautismal, y la propia proclamacióin de la plegaria Eucarçistica, que después de la Consagración, afirma, “Te damos gracias por hnos haces dignos de celebrar esta Eucaristía”, (es decir, de comulgar).

(Continuaré un día de éstos, porque me falta una consideración final, no de detalles, sino más profundo).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Las ¿novedades? del Misal Romano en su nueva edición.

Estoy verdaderamente sorprendido, bastante decepcionado, y, casi, escandalizado de la poca profundidad, y escaso fuste de las consideradas novedades. Y, además, destaca la falta de proporción en la futilidad y poco alcance de las alteraciones, con el bombo y el tono solemne con el que se presentan. La impresión que tengo es que los liturgistas de la Curia Vaticana, y sus especialistas de la Congregación para la el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, son certeros y precisos en las cosas nimias que no deberían tener la importancia que se les atribuye, ni merecer una ordenación tan exacta, mientras dejan de lado, y huyen como de la peste de los temas fundamentales, esenciales y dejados de lado prácticamente desde el siglo V. Es una irresponsabilidad grave dejar la coordinación y la promoción de la celebración digna, pastoralmente eficaz, y estéticamente atrayente, a liturgistas funcionarios, que, ¡a las pruebas me remito!, no saben distinguir entre lo noble, decisivo, profundo, bello y teológico en la Liturgia, y lo anecdótico, lo minucioso, lo moralista-puritano, lo insustancial, y lo agresivamente inconsistente. El elenco que la introducción al Misal presenta como novedades adolece, sin lugar a dudas, de los atributos y futilidades que poco antes he mencionado. Y dan la impresión de que, quienes las han perpetrado, o han ignorado el Espíritu del Vaticano II, o lo han tenido muy en cuenta para disimular sabia, ¿o arteramente?, su desvío.

En mi opinión, la nueva ordenación del Misal no mejora, en nada, la decadencia que desde los siglos IV-V se instaló en la Iglesia en la celebración de la Eucaristía, lo que ayudó a que el mismo enfoque te0lógico de la misma siguiera la ruta de esa decadencia, y del progresivo, y abismal, distanciamiento, de la Pascua judía, o, simplemente, de la última Cena del Señor, tenida por todos como la primera Eucaristía, de ahí los equilibrios curiosos, y para muchos vanos, en descubrir las verdaderas palabra del Señor an la presentación del vino. El argumento de que la expresión “y por todos los hombres”, en lugar de “por muchos” incluye en la traducción la interpretación teológica del texto, es una obviedad. Hay montones de textos en el Nuevo Testamento, que no solo incluyen la interpretación en los mismos, sino que el propio textpo, no su interpretación, ya es un producto teológico. Hay infinidad de ejemplos. Mostraré unos cuantos: Todo el Evangelio de la infancia, en Mateo, 1,18 -2,23, y en Lucas, 1-2, no solo es interpretación, sino creación teológica. Lo mismo se puede afirmar, y queda bastante claro, en las teofanías, tanto la del Bautismo del Señor, como en la de la Transfiguración. O, todavía con más claridad, en los dos relatos de Género anunciación, del nacimineto de Juan Bautista, a Zacarías, Lc 1, 5-25, y de Jesús, a María, Lc 1, 26-38, o la misma Visitación de María a Isabel, Lc 1, 39-45. Y lo mismo podemos afirmar de los relatos del nacimiento de ambos, que, por cierto, junto con todos los relatos de la infancia, ni Marcos ni Juan incluyen en sus Evangelios, que inician con el Bautismo de Jesús, y que no son interpretaciones teológicas, sino, directa y claramente, pura Teología. A muchos nos resulta sospechosa la insistencia en encontrar la traducción más literal.

Antes de recorrer un poco la lista de “novedades”, expresaré un principio litúrgico esencial, ya que en la Liturgia nos movemos en un universo de símbolos, y que en esta nueva edición del Misal se ha tenido poco, o directamente, nada, en cuenta. Nos enseñaba P. Dom Manuel Garrido Bonaño, osb., monje de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, que fue nuestro profesor de Liturgia en nuestro seminario de San José de El Escorial, un principio que él consideraba fundamental en el desarrollo de la Liturgia: “No hay que usar nunca en la Liturgia símbolos de símbolos¨. Principio luminoso muy concorde eon la nobel y bella sobriedad de la liturgia benedictina. Y nos ponía un ejemplo: si se lavan las manos en la celebración de la Eucaristía, (algo que insinuaba era facultativo, y así lo hemos entendido y cumplido todos los que lo oíamos, y así lo cumplíamos todos, o casi todos, en Brasil, excepto lo más ancianos), si lo hacen, que no tenga nadie de preguntar “¿qué significa ese rito?”, pregunta que destartala cualquier símbolo litúrgico. Y para que nos haya necesidad de explicar el gesto, “Vds., decía, exijan que traigan una palangana grande y bien visible, un jaboncillo apropiado y perceptible, y una buena toalla, y lávense las manos a conciencia, que todos sepan lo que están haciendo. No hagan ese teatrillo de dejar que derramen dos gotas de agua encima de las yemas de cuatro dedos unidos, y secados después con un pañito tan ridículo como toda la ceremonia”.  

  a más de un compañero cura le habrá pasado loe que a mí varias veces. Al explicar a los niños de primera comunión los pasos en la celebración de la misma, no uno ni dos, sino muchos niños, al llegar al momento central de ponernos de acuerdo sobre el modo exacto de comulgar, preguntaban: “¿Y qué son esas toritas redonditas que nos van a dar a comer?” Y así llevamos siglos, que los fieles cristianos tengan que recordar y darse cuenta de que el signo por excelencia de la Eucaristía, el pan, no es una cosa extraña, blandita y blanca, sino pan. Y todavía el nuevo Misal presenta el comulgar en la boca como algo tan lógico como recibir el pedazo de pan en la mano. Habrá que recordar a muchos clérigos que en nuestra cultura sooo reciben la comida en la boca los bebés y loa ancianos impedidos.

(Continuará mañana)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara