El Vaticano es especialista en mirar para otro lado, cuando no le interesa complicarse la vida

Cuando hablamos del Vaticano no nos referimos, necesariamente, al Papa. Hay tantos intrínculis y recovecos en el Vaticano, tanto en el sentido Físico, como, sobre todo, de Institución, que no podemos ni imaginar que el Papa esté ocupado en todas y cada una de las aventuras, que son centenas al día, que suceden en toda la Iglesia. Además, el Vaticano tiene varias facetas. Si nos fijamos en dos de ellas, ambas importantes, pero bien delimitadas y definidas, diremos que el Vaticano es, al mismo tiempo, uno de los casi doscientos Estados, como unidades políticas, que hay en el mundo, y, por otra parte, es el centro desde donde se dirige y gobierna, veces con mano de hierro, el conjunto de la Iglesia que, para entendernos, depende de Roma. Pues bien, hace unos días, el cinco de este mes de enero, el recientemente nombrado portavoz del Vaticano, Alessandro Gisotti, afirmó: “Sobre el traslado de los restos de Franco no tengo nada que agregar con respecto a lo ya afirmado por la Santa Sede, o sea, que el asunto concierne a su familia, al Gobierno español y a la Iglesia local”. Sobre el asunto se había pronunciado, con motivo de la visita de la vicepresidenta  Carmen Calvo Poyato , El secretario de Estado vaticano, cardenal Pietro Parolin, que había sido lo suficientemente ambiguo como para entender lo que interesaba a cada uno de los comentaristas, algo, por otra parte, muy común en el Vaticano.

A mí, desde luego, no me convence esta explicación, no me parece acertada la apreciación de la Santa Sede. Ésta, como sabemos, firmó el famoso concordato con el Gobierno de Francisco Franco, allá por el  año 1953, que dio el respaldo internacional que Franco  buscaba desde el fin de la guerra civil para su régimen dictatorial. No se trata, pues, de un ciudadano cualquiera e inexpresivo de un  país mayoritariamente católico, sino de un dictador que pretendió, y lo consiguió, por lo menos a nivel interno de España, que su golpe militar, que causó una tremenda guerra entre hermanos, fuese considerado una Cruzada de salvación de las “esencias cristianas patrias”, y así lo presentaron nuestros obispos, hasta llegar al demencial comportamiento, verdaderamente sacrílego, de conducir bajo palio al Dictador a la entrada del templo, para la participar de una celebración sacramental. El referido Concordato ayudó a Franco, y a sus admiradores obispos, a montar esa Cruzada redentora, que durante el pontificado de Pío XII tuvo carta de ciudadanía.

Gracias a Dios, por lo menos en el sentir de muchos creyentes, que tanto Juan XXIII, como Paulo VI, se negaron a aceptar el que ya era un hecho consumado, e hicieron ver de manera directa e indirecta, como, por ejemplo, frenando las causas de beatificación-canonización, que recaían siempre en miembros que, no por casualidad, pertenecían siempre a la misma parte contendiente. El régimen franquista no se entendió bien con estos dos grandes papas del siglo XX, y hasta puso obstáculos a la publicación de la encíclica “Populorum Progresio“, que solo resultó fácil encontrar en la publicación eclesiástica “Eclesia”. Es decir, la relación Franco-Vaticano no fue, exactamente, un dulce camino de rosas, para que ahora algunos de sus más altos curiales miren para otro lado, y aseguren que se trata de un asunto interno del Gobierno español, de la Iglesia que vive y cree en España, y de la familia del dictador.

Ya se inhibió, y miró para otro lado, la más alta esfera de la Iglesia, tan alta que denominamos Santa Sede, cuando podría, y no me atrevo decir ¡debería!, porque a pesar de la dureza de mi crítica siempre pienso en el respeto y obediencia que se merecen “los ungidos del Señor”, como dice el Antiguo Testamento (AT), no por sí mismos, sino por la misión que han recibido del Señor. Ahora bien, hemos aprendido, y en este blog lo he recordado a menudo, del Nuevo Testamento, como la corrección fraterna se realizaba sin falsos pudores discretos, para que nadie se enterase, sino con una buna mezcla de amor fraterno y firmeza, para que quedase claro el desvío que se hubiera producido de los valores evangélicos. Por eso los evangelistas ponen en boca de Jesús la terrible diatriba que lanzó a Pedro, “apártate de mi, Satanás, porque (en este asunto) no piensas como Dios sino como los hombres”, y los escritores de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas no ocultan su diferencias, o la bronca de Pablo a Pedro por la cobardía e hipocresía, puntuales, sí, de éste. Y “el mirar para otro lado” al que me refiero ahora se trata de la vergüenza que supuso, y supone todavía para el episcopado español, es decir, para la Iglesia en España, la tremenda y nefasta imagen del tirano entrando bajo palio en los templos. Los representantes de los obispos, en la famosa Asamblea conjunta, promovida por el cardenal Tarancón, intentaron, suavemente, pedir perdón, por ese y otros motivos al católico pueblo español, pero a muchos, esa postura coherente y cristiana, no les gustó, a causa de su ideología socio-política. Pero, ¿para cuándo la petición de perdón del Vaticano, a la Iglesia española, por haber tolerado, con un silencio atronador, el agravio sacrílego perpetrado por sus obispos en su penosa sumisión al dictador, tratándolo como a “un ungido del Señor“?

Y queda todavía otro argumento decisivo. Como comenté en la entrada de este blog, del día 03/11/18, titulado “¿Qué la Iglesia no tiene nada que decir de la inhumación de los restos de Franco?, a la Santa Sede, como último garante de que el CIC (Codex Iuris Canonici, “Código de Derecho Canónico”) se cumpla en toda la Iglesia, le correspondería intervenir para que la cripta de la Catedral de la Almudena cumpla el canon c. 1242: “No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos». También comenté en ese artículo que suponía que la Santa Sede habría dado, por los años noventa, la pertinente licencia para que la cripta de la Almudena se financiase con la venta de capillas mortuorias, como excepción a lo ordenado en al citado canon. Considerando todos estos datos, ¿cómo puede afirmar el portavoz vaticano que a la Santa sede no le corresponde intervenir en la exhumación-inhumación de los restos de Franco?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

 

El papa porteño no se fía

Prestad atención al consejo que el papa Francisco dio, ayer, a un grupo de obispos, bastantes nuevos en el cargo, que acababan de hacer en Roma unos ejercicios episcopales, (¿¡que no es lo mismo que espirituales!?):

“A mí me vienen en mente pastores que se preocupan tanto de sí mismos que parecen agua destilada, que no sabe a nada. Apóstoles de la escucha, que también saben prestar oído a lo que no es agradable oír. Por favor, no os rodeéis de lacayos y yes men… los sacerdotes “trepas” que buscan siempre algo.. no, por favor”. Es decir el Papa Francisco no se cortó nada, ¿cuándo se corta?, y lanzó una dura advertencia a los nuevos obispos, a quienes recibió tras el curso que han mantenido en estos días en la ciudad del Tíber..

A mí me extraña muchísimo la insistencia con la que el papa fustiga a curas, y clérigos en general, a los que acusa, ¡nada menos!, que de clericalismo. No llevaba más de unas semanas de obispo de Roma, o de Sumo Pontífice y Santo Padre, como les gusta llamarlo a los clérigos de ese estilo, que ya exclamó, como quien avisa, y el que avisa no es traidor, “cuidado con los curas trepas“, algo que no sabemos si pronunció en castizo español, o un italiano traducible a nuestro calificativo, que resulta casi insultante. Todos decimos y repetimos que el Papa ha criticado el clericalismo, casi hasta una exageración tal vez execrable. Pero, ¿qué es ese clericalismo que tanto, tan reiterada y duramente, fustiga el Papa?.

Seamos un poco valientes, e intentemos, en una aproximación seria y respetuosa, coger el toro por los cuernos. Yo voy a procurar hacerlo con tacto, pero con claridad y sin medias tintas.

1º) Nos pongamos antes del Concilio Vaticano II.

Leí en un teólogo de los finales de los años cincuenta, que si no fue literalmente, en su sentido profundo pudo ser el gran eclesiólogo francés Yvês Congar, op., que desde el Concilio de Trento, y con la descripción de la Comunidad eclesial como “sociedad perfecta” (¿?), no exenta de orgullosa y segura complacencia, la Iglesia romana se convirtió en un monstruo, peligroso y nada agradable de ver: “un cuerpo con cabeza de inmensa y desequilibrada magnitud, y un cuerpo minúsculo, casi enano.” Es decir, un clero, una jerarquía, omnipotente, omnipresente, poderosa, absorbente, ocupando todos los espacios, ordenando y mandando. Apoderada, y nunca supimos, ni sabremos por qué, o basada en qué mandato evangélico, de todo el espacio, que dejó de ser eclesial para ser eclesiástico, de todos los ministerios, de todos o carismas, de todos los secretos y misterios de la Revelación. Clericalismo a todo trapo, a toda marcha, a toda disposición, y a nula capacidad de autocrítica, y con la terrorífica Inquisición para una casi inimaginable heterocrítica. Pues bien, esta situación antievangélica, insostenible, vergonzosa, y que configuraba una auténtica y escandalosa traición al Evangelio, fue la que provocó la fuerza con la que el Espíritu Santo sopló para que el clarividente y profético Juan XXIII convocara el Concilio Vaticano II.

2º), y ahora, nos situemos en el Concilio.

Una idea fija, y motriz, del papa Juan XXIII, y de sus animadores, y asesores, era que la Iglesia se había quedado muy vieja, no solo muy conservadora de tradiciones que no tenían ningún parentesco con el mensaje original del Señor Jesús, y de sus primeras actualizaciones en la Iglesia primitiva, sino, verdaderamente, había dejado pasar varias estaciones  fundamentales en el tren de la puesta al día de la Historia, y precisaba una “puesta al día”, un “aggiornamento” urgente, si no queríamos que el organismo eclesial pereciera como un trasto anquilosado, arrumbado y oxidado. Para eso necesitaba renovar todos los elementos alcanzados por esa herrumbre de los tiempos, revisar los elementos que más necesitados estaban de restauración, y un examen del fondo, y la forma, de todas sus actividades. Para lograr estos objetivos parecía necesaria una apertura al mundo moderno, que, mientras la Iglesia dormía en sus laureles, oropeles y glorias, había realizado: A), la Revolución francesa, con una revisión revolucionaria del uso y de la gestión del poder, en todos sus niveles; B), se había embarcado en una aventura apasionante, como la Ilustración, o defensa de la racionalidad; C), había superado los primeros retos de la industrialización; D), se había sofocado en dos terribles guerras mundiales, de las que había aprendido que solo una sociedad libre y democrática, sin dogmatismos ni falsos misticismos, podría ser posible y duradera; y E), había descubierto el fascinante mundo de la comunicación y del respeto social y psicológico al otro, al diferente y a la diversidad, étnica, social, religiosa, política, y existencial.

Bien. En un mundo así, ¿Qué pintaban las antiguas sotanas, los clérigos dogmáticos, moralizantes, dueños de la verdad, y, lo que es peor, administradores del derecho divino, del que eran, según su propio pensamiento, los únicos depositarios, los únicos conocedores y habilitados para su interpretación, los únicos y seguros guías de una humanidad cada vez más desvariada, y sin ninguna otra posibilidad de salir del laberinto de una mundanidad perdida que la que ellos, los clérigos, sagrados ministros de la Iglesia, indicasen?

), El Concilio se pone el mono de trabajo, e intenta enfrentar, y superar, en la comunidad de los seguidores de Jesús, la terrible idea descrita en el párrafo anterior. Porque lo que he resumido en las líneas anteriores es el auténtico y peligroso “clericalismo” que el papa Francisco señala como el principal problema de la Iglesia. Así que intentaré, breve y metódicamente, exponer, según mi opinión, los puntos esenciales que nos ayudan a entender la auténtica esencia del clericalismo, e intentar remediar su peligrosidad.

  • El clero no es una realidad ni del Evangelio ni de la Iglesia primitiva. Lo que nosotros denominamos clero no es otra cosa que una “burocracia cultual de la religiosidad natural”, señalada críticamente con vehemencia por Jesús en su enseñanza evangélica. El profeta de Nazaret no “era cura”, ni siquiera simpatizaba con la deriva religiosa a la que había ido derivando la práctica judía, con su comentario rígido de la ley, “la torá”, y su distanciamiento de los profetas clásicos, (como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Amós, Oseas, etc.), y su idea de la universalidad de la Revelación, y del Reino de Dios, y del mesianismo, y, por tanto, del Mesías. Jesús no es ni un representante oficial, ni un ministro del culto, ni un propagandista de la Religión hebrea oficial.Fruto de la nueva concepcion
  • El Concilio, para frenar esa tremenda, peligrosa, injusta, y, por eso mismo, escandalosa separaciónclero-simples fieles”, dirige su mirada a dos polos de atención, que les da luz definitivamente: al evangelio de las Bienaventuranzas, y al espíritu democrático, del Gobierno del Pueblo. Y, contra todas las perspectivas de la anquilosada  y jerarquizada Iglesia, define a Ésta como “el Pueblo de Dios“. Ya no es una “Sociedad perfecta”, jerarquizada y organizada en sus órganos de Poder. Es, en una sentencia que significa la pena de muerte del clericalismo, el Pueblo de Dios, el que Él escogió, y el que Jesús llama para que lo siga.
  • Y fruto de la nueva concepción, más pastoral que teológica, surgen nuevas constataciones:  Iª), que las alegrías, esperanzas y sufrimientos de todas las personas del mundo son la alegría, la esperanza y el sufrimiento de la Iglesia; IIª), la imperiosa y urgente necesidad de declarar primero, y después cumplir, la rigurosa separación de Iglesia y Estado, algo que constituyó, en la España de Franco,  el principal obstáculo para la aceptación del “totum conciliar“, dado el peculiar derecho del Nacional-Catolicismo, en el que el Derecho Canónico eclesiástico era, también ley civil. (Por eso y otras peculiaridades absurdas, y algunas sacrílegas, los obispos podían prohibir el baile en las plazas públicas de los pueblos de su Diócesis, y el dictador podía entrar bajo palio en los Templos, como un sacro ministro del culto eclesial).
  • Y un último apunte: los que por el año 1965, cuando acabó el Concilio Vaticano II, de feliz, ¡felicísima memoria!, estábamos acabando los estudios eclesiásticos, como era mi caso, (me ordené en el memorable año 1968), o habían sido ordenados hace poco, o eran presbíteros y religiosos de larga fecha, entendimos el revés dado por los padres conciliares al  clericalismo de la manera más directa, y pedagógica: ya que la separación clero-pueblo fiel pasaba a mejor vida, decidimos, en más de un 90%, que ese igualamiento se notase en la calle, y solo quedase para los actos estrictamente ministeriales. Así que los curas abandonaron sus sotanas, esa especie de bata anacrónica, que usaban los estudiantes de los siglos XVI-XVII, y los religiosos, nuestros hábitos. Después, con los dos pontificados de Restauración, de Juan Pablo II y de Benedicto XVI,  de los “valores preconciliares“, (¿serían valores esas notas y características anteriores al Concilio?), volvieron, no las sotanas, esa antigualla, sino el “glergyman”, -hombre del clero-, es decir, clericalismo puro. (Me hubiera gustado ver la reacción de Pablo si alguien se hubiera atrevido a insinuar un tipo de vestimenta especial para apóstoles y ministros del culto, y no precisamente por exponerse a ser reconocidos como cristianos, y el consiguiente peligro de ser condenados al martirio ). De aquí yo saco una conclusión que me parece evidente, y que la expongo sin acritud, ni ánimo de incordiar: los que usan el clergyman, muchos de los cuales lo llevan con muy poca gracia, son más clericales que los que no lo usamos. Y contaré una anécdota: en mis ocho años de trabajo pastoral en la diócesis de Sâo Paulo, ni una sola vez vimos al cardenal-arzobispo D. Paulo Evaristo Arns, ofm., fuera de las celebraciones litúrgicas, con ningún signo clerical en su vestimenta. Y lo mismo digo del obispo auxiliar de nuestra región, D. Decio Pereira, siempre con un sencillo traje azul, corbata, y un minúsculo crucifijo en el ojal de la chaqueta, (en esa época, en la diócesis paulista los actuales vicarios episcopales españoles, allá eran obispos. En Saô Paulo había nueve regiones episcopales, pues nueve obispos auxiliares). Y el clero paulista, exceptuando algún cura de más de ochenta años, vestía como sus pastores, de riguroso paisano. Esto sucedía en los benditos años 70-80, con Juan Pablo II ya en la Sede romana. Después, y por implicación directa, explícita de Roma, bien buscada y mejor realizada, las cosas, también en Brasil, fueron cambiando en los años noventa.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

(Continuaré mañana, he tenido que acudir a una celebración).

 

¿A qué familia se refiere el arzobispo de Oviedo?

1º) Jesús Sanz Montes parece tener verdadera obsesión con el tema del “la ideología de “Género”, algo en los que no resulta muy original, dado el perfil de la mayoría de los obispos españoles. Y como a todos contagiados por esa epidemia ideológica, la Familia es un tema importantes y recurrentes. Pero podemos, y hasta debemos preguntarnos, de qué familia se trata. Aunque imagino cual es la única fórmula de familia que considera, y que le gusta, al arzobispo ovetense: la que él, y sus pares, denominan la de “iure divino”, la de derecho divino. Traducido a nuestros días, la del varón y hembra, o la de hombre y mujer, sin divorcios, sin separaciones, para toda la vida. Pero olvidan, estos puritanos familiares, que ha habido, también con el sello “iure divino”, otro tipo de familias, como las que se basaban en la poligamia, que practicaron los patriarcas, bíblicos, (Abrahán, Isaac, Jacob), y reyes tan admirados y tan reverenciados como David y Salomón. Si D. Jesús Sanz, y sus colegas “familiaristas” son totalmente relativistas, como el todavía cardenal Ratzinger en su famoso discurso al resto de cardenales en la preparación al Cónclave post mortem de Juan Pablo II, no deberían aceptar el evidente relativismo temporal con el que el Antiguo Testamento (AT) trata, con deferencia, la poligamia.

2º) Pues con el mismo relativismo temporal y geográfico, es decir, tan cultural como el del Antiguo Testamento, los obispos actuales deberían aceptar el segundo, y posteriores, matrimonios “post divortium”, como por cierto también aceptaba el AT, y los matrimonios entre homosexuales, y las parejas no matrimoniadas, etc. El problema es el siguiente: ¿Quién tiene la competencia, y la autoridad, para determinar qué sea el matrimonio, la Iglesia, en nombre de Dios, o las leyes humanas, procedentes, por tanto, de humanos, sin referencia ni explícita, ni implícita, a Dios? La Iglesia tiene, lógicamente, el derecho, de determinar qué sea el matrimonio que ella preconiza, promueve, visualiza, y celebra. Es decir, esa especie de matrimonio, y solo esa: no el total del “género” matrimonio. Es comprensible, y hasta razonable, que la Iglesia, y sus ministros, tiendan a monopolizar la conceptuación del mundo del matrimonio y de la familia, después de tantos siglos en los que ha sido, en el mundo occidental, la única autoridad competente en ese campo. Pero sucede que ya no puede ser así, desde que han sucedido hito históricos liberadores de esa dependencia como la Revolución Francesa, la Constitución norteamericana, la industrialización, el surgimiento del sindicalismo, el Socialismo, y otros eventos decisivos, hasta la eclosión, casi explosión, del sentimiento democrático.

3º) Y no dejaría de ser curioso, y penoso, que lo que escritores tan perdidos en el tiempo como el Yavista, el Elohista, el Deuteronómico, los grandes Profetas, y los Escritores Sapienciales, supieron entender, y la valentía de aceptar en su cultura, no la tengan los obispos, también VD, D. Jesús Sanz Montes, en los días de hoy. Pues en el tiempo que corre, ya no es, ni puede ni debe, ser comprensible ni razonable es empecinamiento en negar algo que nuestro Dios, el Padre del Señor Jesucristo, acepta, como la mayor grandeza de sus criaturas racionales, los seres humanos, como es la libertad. Ni Dios, ni las enseñanzas del Concili0 Vaticano II, dan pie ni sugerencia alguna a la siguiente condición obligatoria: que las personas se vean compelidas por un presunto derecho divino a creer que este derecho, y el mismo Dios, existan. Hay que recordar a nuestros obispos que ningún ser humano está obligado a aceptar los postulados de los representantes de una Revelación, que solo es válida, útil, y benéfica, para los que libremente, acepten esa Revelación por el obsequio de la Fe.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

La Iglesia en España, ¿Se pondrá algún día en “modo Francisco”?

Se oyen muchos rumores, susurros de sacristía, “petits comités clericales“, sobre todo curiales diocesanos,  y, lo que más me anima, sin llegar al entusiasmo, es que el laicado eclesial interesado, e involucrado, en una identificación más plausible que la oficial eclesiástica con el Concilio Vaticano II, se está moviendo mucho, en pequeñas, pero diligentes comunidades, en reducidas reuniones y  humildes congresos, que, sin mucho ruido, es están interesando, y planteando, la urgente e inaplazable tarea de poner, de una vez, a nuestra Iglesia, en modo Francisco. Sorprenden bastante ciertos detalles: desde la sacristía en la que un retrato grande de Juan Pablo II se encuentra totalmente a mano, y otro, pequeño, de Francisco, arrumbado en un rincón, casi invisible, e inalcanzable para quien no sea parecido a un pivot de baloncesto de dos metros y veinte. Y luego está la facilidad con que se oye citar al papa Benedicto, exaltado como gran teólogo, y la casi vergonzante discreción con la que se recuerda algún dicho, frase, o salida de Francisco, tachadas de fuera de lugar, por inexactas, o políticamente incorrectas.

En el terreno de la Teología tengo que reconocer que, con los años, he sufrido un revés y desengaño más que severo. Fui, en mis estudios, un muy buen alumno, y tuve, en verdad, buenos profesores, ¡algunos muy buenos!, de la Congregación de los Sagrados Corazones, (ss.cc.), en la que me formé, profesé con votos temporales y perpetuos, y fui ordenado presbítero de la Santa Madre Iglesia. Me marcaron de manera relevante mis profesores de Biblia, padre Jesús Luis Cunchillos, ss.cc., y de Historia de la Iglesia, padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., el mejor profesor, a mucha distancia, que me ha ayudado a pensar, y a tejer concienzudamente criterios, no solo para la cultura y el pensamiento, incluso el filosófico-teológico, sino también para la vida. He estudiado en cinco Universidades, tres en Brasil, y dos en España, y solo en la Pontificia Universidad de Salamanca encontré un profesor, D. Teodoro Jiménez Urresti, gran maestro e investigador de Derecho Canónico, y el único autor español citado por teólogos como Yvês Congar, op., o Karl Rhaner, sj., que estuviera a la altura de la visión intelectual, y del horizonte pluricultural de nuestro gran profesor de Historia de la Iglesia.

Me he referido a mi experiencia de estudiante de Teología, y del desengaño, y revés, que he sentido en mi lento, pero seguro, crecimiento hacia un pensamiento autónomo y crítico. Y en este apartado meto a muchos, la mayoría , de los teólogos profesionales, que son bastante más pretendientes de filósofos, o recopiladores de datos de pensadores anteriores, filósofos, o teólogos. Y, desde luego, los teólogos de gabinete, los consejeros áulicos de obispos y cardenales, entre éstos no hablo de la “mayoría”, sino de la totalidad, que me ha desengañado y desilusionado. Y uno de los primeros en este ranking es el prometedor y joven teólogo Ratzinger, que una vez elevado a las alturas de la jerarquía eclesiástica, es de los que “donde dije digo, digo Diego”. Y no hablo por hablar. En la facultad de Derecho Canónico de la Pontificia de Salamanca se nos pidió que hiciéramos la comparación de dos artículos, unos del joven Ratzinzger, teólogo crítico y de pensamiento libre, y otro del Prefecto de la Congregación de la Fe, antiguo Santo Oficio, que de santo tenía lo que podía exhibir la Inquisición, con sus métodos inhumanos, y sus decisiones discriminatorias, injustas, y sin defensa posible. Pues bien, de unos de los artículos, de la juventud, y de la madurez, no recuerdo ni el asunto. De los otros dos, sí: de joven el teólogo Ratzinger defendía la descentralización de la Iglesia, una más amplia y extensa autonomía de las Conferencia Episcopales, un mayor protagonismo de éstas en la elección de los obispos, y una intervención, paulatinamente menguante, de las nunciaturas, en su influencia en las Iglesias locales. Sin embargo, el poderoso Cardenal del Santo Oficio, que condenó de alguna manera, todas dolorosas e injustas, por lo menos por el modo, y casi siempre también por los contenidos, a más de 240 teólogos, tres de los cuales habían sido asesores de los papas Juan XXIII y Pablo VI en el Concilio, –Congar, op., Chílebekc, op., y Rhaner. sj., -, ya maduro prefecto de la Congregación romana para la defensa de la FE, no solo se desdice, sino que sin ningún atisbo de pudor o, por lo menos, un poco de conciencia de menoscabo del pundonor, insiste en la centralidad de la Sede Romana, y en la irrelevancia de las Conferencias Episcopales, que quedan relegadas, casi, al papel de tertulias de amiguetes, que, cuando toman algún acuerdo para la praxis eclesial, antes de intentar ponerlo en práctica tienen que acudir al “placet” romano, con lo que la autonomía de las CEPs, tan ardorosamente defendida  en la juventud, queda en agua de borrajas. Ya sabemos que el poder, cuanto más alto y sacro, puede corromper en la misma proporción.   

Este artículo lo he escrito inspirado en el que publicó Jesús Bastante en Religión Digital, (RD), el 03/08/19, con el título de “El Episcopado español arranca el curso con el reto de apostar, por fin, por una Iglesiaen modo Francisco“. La verdad que mi opinión es bastante más pesimista que la del siempre bien informado periodista de “Religión Digital”, (RD), lo que no quiere decir que él sea demasiado optimista. Para ordenar su escrito habla de dos claves, una externa y otra interna, claves, o condicionamientos, que yo voy a comentar brevemente.

1ª) El nombramiento del nuevo nuncio apostólico. Ésta sería la clave externa, y, a la que, en mi opinión, se le da bastante más importancia de la que debería tener. No soy un iluso que ignore las condiciones en las que la Iglesia se maneja, todavía hoy, a casi cincuenta años del Concilio Vaticano II. De todos, o casi todos los que han querido enterarse, es conocida la idea, expresada tímidamente, y que la curia romana no permitió que pasara de una simple y fugaz  insinuación, que el Concilio, en su prometida idea y afán de “aggiornamento”, no hubiera visto mal la supresión de esa institución política de los embajadores en países extranjeros en la Iglesia Nuncios ¿”Apostólicos”?, que no es otra cosa que la copia exacta de los protocolos mundanos de la política de las naciones, que no tiene nada que ver con el Evangelio. El cardenal Suenens, en una memorable entrevista a un periódico parisiense, abogó públicamente por su abolición, algo que supuso un grave sofoco para Pablo VI, que no tuvo la valentía de aceptar la sugerencia. El papa Francisco sería muy capaz de una decisión así, si fuera solicitada por las mentes más preclaras eclesiales adictas al Concilio.

2ª) El estilo eclesiástico de los obispos españoles. Ésta sería la primera clave interna. Parece bastante claro que la gran mayoría de nuestros obispos no son de espíritu “franciscano”, sino más bien “juan-paulista”, o “benedictino”. Los dos papas anteriores han sido, considerando su acción pastoral de manera objetiva, actores de un doble comportamiento, uno aparentemente respetuoso con el Vaticano II, pero, en la realidad, otro, preponderante en las decisiones de la praxis eclesial, de freno y rémora del Espíritu del Concilio, más que de sus decisiones, a las que no hacía falta ni oponerse, ni hacer una crítica positiva, dado el estilo nuevo del Vaticano II, que más que de normas, inundó a la Iglesia de un Espíritu menos concreto, más etéreo, más espiritualista, y, por todas esas notas, más evangélico. Pero no hay duda de la energía que tanto el papa polaco, como el alemán, éste en una primera fase como mano derecha de Juan Pablo II, y después como autónomo Benedicto XVI, emplearon para sofocar las ideas más ceñidas al espíritu conciliar. No hay sino comprobar cómo el cardenal Ratzinger, como prefecto de la Congregación para la Defensa de la Fe, y después como papa, persiguió a los más genuinos teólogos de la línea conciliar, hasta llegar al extremo de incomodar y condenar,  quitando la cátedra, o prohibiendo editar libros o artículos de contenido teológico. Y que se perseguía a los más indiscutibles teólogos conciliares lo demuestra las penas y penurias que pasaron los tres peritos conciliares más famosos del Concilio, por la persecución implacable del cardenal alemán, como fueron los tres citados más arriba, un de los que, probablemente, fue profesor de Ratzinger, Karl Rhaner. En un ejercicio implacable, y poco racional, de lealtad institucional a su superior, el papa Wojtyla.

3ª) La edad de los arzobispos y obispos. Es la segunda clave interna, pero es de signo ambiguo. La edad avanzada de mucho de los prelados españoles provoca que la reforma que hay que hacer sea rápida, es decir, que hace necesarias las prisas, que, como todos sabemos, nunca son buenas consejeras. Pero en contraposición, el que la mayoría de los obispos sean mayores, algunos, ancianos de casi ochenta años, obliga necesariamente a los cambios, a encontrar gente joven, con nuevas ideas, nuevo estilo evangélico, y mucha energía. Y es una tarea urgente, además de por el condicionamiento interno de la situación episcopal española, por la clave externa, ya que sería muy ventajoso para nuestra Iglesia que el grueso de las mudanzas y de los nuevos nombramientos fueran realizados en el pontificado de Francisco.     

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

Beve comentario al artículo de Jesús Bastante (28.08.2019) en RD, sobre las presiones romanas de Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares

Sobre título del artículo de Jesús Bastante: 

“El prelado busca que su instituto -que seguiría llamándose ‘Juan Pablo II’- tenga una orientación diocesana, y no se vea “contaminado” (afirman literalmente fuentes cercanas al prelado) por la “nueva política familiar” del Papa Francisco”.

La sigla RD del título significa, lo recuerdo a mis lectores, “Religión Digital”, y el instituto e Alcalá, cuyo ínclito obispo D. Juan Antonio Reig Plá quiere que siga llamándose “ Instituto Juan Pablo”, a pesar de que desde Roma, y con las bendiciones de Osoro y Cañizares, arzobispos y cardenales respectivamente de Madrid y de Valencia, ha cambiado por el suntuoso y detallado “Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del matrimonio y de la Familia”. Este cambio no debe de pronosticar nada bueno par D. Juan Antonio, porque se ha dedicado durante el verano en presionar en Roma,, entre otras cosas, parece, para que el cambio de nombre no signifique, ni provoque, “que se vea contaminado por la nueva política familiar del papa Francisco”. (sic)  A nuestro perspicaz obispo no le ha debido de gustar la inclusión de “Ciencias del Matrimonio y de la Familia”, porque, puede que le parezca, no debe de servir lo de Instituto Teológico, para que ahora le añadan “científico”.

Algo gordo se debe de barruntar el obispo complutense, para estar todo el verano preocupado, suponemos que no sólo por el cambio de nombre, sino porque esto signifique una profunda revisión de los contenidos, y de los objetivos del Instituto. Y lo que sí tiene toda la lógica es la suposición de que su estancia en Roma haya servido al inquieto obispo para encontrarse con los cardenales contrarios, abierta y descaradamente, al Papa, cuyos nombres podéis leer en el artículo de este blog, “Tal vez sea interesante eliminar el cuerpo de cardenales de la Iglesia”, (11/08/19), y que vuelvo a escribir para que los lectores s vayan identificando con algunos que, aunque no se sepa si consciente, o inconscientemente, el caso es que pretenden destruir el proceso de vuelta al Concilio Vaticano II que nuestro querido papa Francisco está promoviendo. Se trata de los siguientes ¿eminentísimos? cardenales:Müller, Sara, Walter Brandmuller, Raymond Leo Burke, Carlo Caffarra, Velasio De Paolis, Pel, siete purpurados que batallan, liderados por el cardenal Müller, para que el proceso de reforma de la Iglesia, iniciado por Francisco, no pueda seguir adelante, ni cuando el Papa muera, como vimos en mi reciente artículo, “La conspiración anti Papa que no cesa ni decae“, del 21 de este mes de agosto.

A mí, lo que me impresiona muchísimo, es que no cesen los insultos e improperios contra el papa, cuando éste está demostrando una cuantas cosas, cada cual mejor, como son: serenidad; madurez; comprensión ante las flaquezas; solidez; valentía; seguridad; total falta de espíritu vengativo; todas éstas, cualidades y valores humanistas y existenciales. Pero hay más: perdón; no darse prisa para no exponerse a cortar el trigo, por la cizaña; espíritu de reconciliación; prudencia, para no usar excesiva, ni prepotentemente, del tremendo poder que atesora; mansedumbre, y humildad de Corazón, como Jesús de Nazaret; todos estos valores, maravillosa y significativamente evangélicos. ¿Es que estos señores cardenales, y algunos obispos, -en España, también, como D. Juan Antonio Reig Plá, y algunos más, liderados por quien todos en el mundo clerical sabemos-, no distinguen, según sabia fórmula evangélica, que a los árboles, -y los grandes jerarcas eclesiales, como el Papa, lo son, que dan sombre y cobertura-, “por sus frutos los conoceréis”?

Nosotros, la mayoría de los miembros de la Iglesia, sencillos y sin ansia de poder, ni buscando subir escalafones en la Iglesia, clérigos y seglares, estamos agradecidos a la Providencia del Señor, que nos ha deparado un Pastor como Francisco, y sabemos, desde la primera noche de su presentación fantásticamente cristiana, nada clerical ni curial, sino la de un papa humilde, ¡el primer papa!, que, además. que sepamos, fue, y ha sido, ¡el primer papa! que se inclinó para ser bendecido por el pueblo. Por eso estamos seguros, por sus frutos, que no solo es un buen y magnífico árbol, sino que su simiente va a fructificar en la Iglesia

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

 

El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano … en el caso de la pederastia (II)

Ayer hice en mi artículo una introducción preparatoria para el grueso del asunto que quería tratar. Se refería a la actual situación socio-política de la Iglesia, representada y visualizada ante el mundo, y de manera mundana, por el Estado del Vaticano. Un estado civil, con todos los atributos de un Estado independiente, con el que las iglesias particulares hacen convenios, solicitan directrices, e inclinan la cabeza. Sí, ya nos hemos acostumbrado a esa situación peculiar, exótica, contradictoria, con el documento fundacional del Reino de Dios que anunció Jesucristo, y que hoy llamamos Iglesia, y que no es otro que el Evangelio. Así que remito a mis lectores a la entrega de ayer, para poder seguir con el tema de la indignación de las fuerzas gubernamentales relacionadas con la justicia, como son fiscales y jueces, con la jerarquía de la Iglesia española. Procuraré ser breve y no cansar a mis lectores.

  • Es ridícula la pretensión de la CEE de que el Gobierno de España, o cualquier otro, tenga que olicitar datos de un posible delito cometido en su territorio, a un estado extranjero, El Vaticano, ya que para un Estado no confesional el enclave vaticano no es otra cosa. A estas declaraciones de la CEE, y otras parecidas, la asociación “La infancia robada”, responde de esta manera: “Es hora ya, en fin, de que la iglesia española esté a la altura de las circunstancias, y atienda a los poderes públicos como debe hacerlo, dejando de lado excusas y humillaciones, y reconozca con valentía y misericordia a sus víctimas y castigue con firmeza férrea a sus delincuentes”, concluye Cuatrecasas, quien exige “la denuncia transparente por parte de la Iglesia de sus propios delincuentes”.
  • Este artículo se ha originado por el de Jesús Bastante, en Religión Digital, de este lunes, 26/08/19, titulado con las palabras del presidente de la Asociación “La infancia robada“, Juan Cuatrecasas, “La Iglesia busca que nos cansemos”,  en el que comentaba tanto la indignación que sienten las víctimas, y sus familias, por la poca implicación de la Jerarquía de la Iglesia española hacia los poderes públicos en la facilitación de los datos de la pederastia de eclesiásticos, o de centros gestionados por la Iglesia, que casi pueden llegar a obstrucción de la justicia, como las evasivas que el portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y el propio presidente de la misma han ido soltando a la prensa. Veamos alguna de estas evasivas: por parte del portavoz de la CEE, Luis Argüello, confirma que “la petición del Ministerio de Justicia llegó a primeros de febrero, primero por los medios de comunicación”. Eso sucedió ,exactamente, el 7 de febrero, y ese mismo día, por la tarde, les llegó la carta del ministerio de Justicia, a la que, de manera prepotente, el portavoz d afirmó “que no la contestamos“, También informa de la contestación de la CEE al Gobierno: «Contestamos por la misma vía que ni el Ministerio puede sin más solicitar datos a una institución, ni la Conferencia tiene los datos que, en este caso, son de las Diócesis, Congregaciones religiosas y Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede». Esta respuesta no es del todo exacta: tenemos la información de que fue la fiscalía la que solicitó los datos, asó como las fuerzas policiales; no es verdad que la CEE no pueda, al contrario, ¡debe! solicitar de las diócesis datos que tal vez pueden abrir un proceso penal, a requerimiento de la autoridad pertinente.
  • La Iglesia católica tiene una deuda con sus víctimas” Escuchemos la apenada queja del presidente y portavoz de la mayor asociación dedicada al a defensa de los casos de pederastia que tienen relación con la Iglesia: “Son muchas las promesas, interminables las peticiones de perdón pero su exceso sin otras consecuencias, resulta a estas alturas poco creíble al tiempo que colaboran más bien poco en ajustar las piezas necesarias del puzle que los jerarcas católicos se empeñan en seguir desordenando”. Las acusaciones de la representación de las víctimas son muy graves: a), que el perdón que pide la Iglesia, además de ser excesivo, lo  que ya provoca sospechas, es absolutamente ineficaz y estéril, pues falta una verdadera y, cada vez menos creíble,  una verdadera voluntad  de enmienda. Y b), que la propia Jerarquía, que conoce muchos más casos y datos de los que quiere reconocer, no solo ordena su conocimiento y sus informes, sino que, apropósito, ¡y esto es gravísimo!, trastoca y desordena las piezas del puzle.
  • Y ahora, un texto final de acusación a la Jerarquía de la Iglesia  por parte de las víctimas:“Son las víctimas quienes han tirado siempre del carro armadas de fe y esperanza, y es la iglesia quien siempre nos convierte en verdugos sin serlo. No sirven más plazos ya, tampoco mas promesas de actuación que nunca llegan a buen puerto” ….“Lo contrario seguirá colaborando en una insufrible e injusta doble victimización de los seres humanos, que con independencia de su edad, fueron un día abusados y agredidos sexualmente en nombre de Dios y con un imperdonable abuso de autoridad, mediando trampas y tremenda malicia”.

    Breve conclusión final:

    La Iglesia, en España, no puede pretender continuar actuando, como en el (des)ordenamiento franquista, como un Estado dentro del Estado. Tiene la obligación, como todas las demás instituciones, de colaborar con el Estado en la erradicación de la delincuencia, y en el proceso y eventual castigo de los delincuentes.  Y los miembros de la Jerarquía, como todos los ciudadanos, pero más, por su carácter referencial y ejemplarizante. Y si de verdad alguien dentro de la Iglesia española piensa que los convenios con el Vaticano sirven para soslayar responsabilidades penales, recuerden que está haciendo a la (mal llamada) Santa Sede cómplice de responsabilidad penal.

    Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

     

     

 

 

El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano

Es ya muy pesado, y frustrante, insistir, por la reiteración de la falta de colaboración de la jerarquía de la Iglesia española, en el cansino tema de la “indignación (que existe) entre las víctimas de pederastia tras la negativa de la Iglesia a entregar sus archivos al Gobierno”. Hace ya más de seis meses que la Justicia pidió a la jerarquía católica los casos de pederastia entre religiosos, pero éstos no van a ser entregados, a pesar de que la petición se basa en un informe de la Fiscalía. Las víctimas, están en alto grado de indignación, que va aumentando al percibir lo que consideran un desprecio, algo que en la Iglesia nunca, sobre todo entre sus jerarcas, debería suceder: el desprecio al derecho, y el escrupuloso cuidado de los derechos humanos más esenciales, así como la responsabilidad de la salvaguarda de la integridad física y moral de los alumnos de sus colegios y catequesis. De este modo, conocemos algunas de las muchas protestas que, a través del portavoz de la asociación Infancia Robada, Juan Cuatrecasas, padre de Asier (nombre ficticio), víctima del famoso caso del colegio del Opus Dei, Gaztelueta, del profesor José María Martínez Sanz, condenado por la justicia a 11 años de prisión, han llegado a los medios de comunicación, y hasta los jerarcas de la propia Iglesia.

Una de las expresiones de esta protesta ante la injustificada falta de diligencia, rayana hasta el desprecio y al incumplimiento de las más estrictas obligaciones de los que son considerados, y así los llamamos, Pastores de la comunidad eclesial, es el siguiente desahogo-denuncia del señor Cuatrecasas: “Parece como si la Iglesia, en lugar de pretender justicia y verdad, buscara que nos cansemos de pedir ambas cosas, como si pretendieran solventar estos graves delitos, estas violaciones de los derechos humanos y esta cuestión de salud pública, utilizando la más inconsistente de las respuestas, el silencio público y la mala fe privada”.

Ante el insoportable comportamiento de la Iglesia, es decir, de su jerarquía en la Iglesia española, quiero expresar una consideración que me parece no solo pertinente, sino absolutamente justificada y fundamental para entender lo que quiero decir: El Vaticano, Estado independiente, que parece querer extender su autonomía a las Iglesias particulares.

La Iglesia no es un Estado dentro de otro(s) Estado(s).

No hizo precisamente un regalo beneficioso Mussolini a la Iglesia cediendo los terrenos que  hoy constituyen el Vaticano, para propiedad indefinida de la Iglesia católica. En esa fecha, 11 de febrero de 1929, el Gobierno italiano, y la mal llamada Santa Sede, (porque de santa, ¡santa!, nada), resolvieron un contencioso tremendo que duraba desde el año 1870, -cuando Italia, ¡por fin!, se adueñó de los terrenos pontificios, que representaban casi dos tercios de Italia-, en los conocidos como Pactos de Letrán, -no olvidemos que el palacio de Letrán, y su Basílica, eran el hogar de los papas, desde que el Estado italiano se apropió de los territorios pontificios-, en los que el cardenal Pietro Gasparri, en nombre del papa Pío XI, y Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III, sellaron los pactos. Éstos supusieron la creación del Estado Vaticano, y la definitiva independencia política de la (mal llamada) Santa Sede, y el restablecimiento pleno de las relaciones del Estado italiano y la Iglesia, rotas desde del lejano 1870.

Éstas informaciones que he proporcionado a mis lectores son útiles y apropiadas, para que se entienda lo que quiero decir con lo de  “regalo poco beneficioso”, por no decir envenenado. Nadie se puede sentir aludido, ni indignado, ni siquiera los papa protagonistas del descosido que se perpetró en la Iglesia durante siglos, si recordamos que para el siglo XIX hacía ya mucho tiempo en que para muchas decisiones, y tomas de posición, los papas no tenían en cuenta el Evangelio. Porque leyéndolo, ni en sueños, ni dopados, alguien hubiera podido inferir que vivir en palacios, y siendo como los más poderosos de la tierra, es decir, jefes de Estado, los que así condescendían con los cantos de sirena del mundo, pensasen que esa presencia en el mundo era según el Evnagelio de Jesús, olvidando aquella frase definitiva del Señor, “entre vosostros que no sea así“. Por este motivo, muchos en la Iglesia actual, y el concilio Vaticano II lo intuyó, y entre pasillos lo insinuó, que el ser el pobispo de Roma jefe de Estado no ayudaba nada a la genuina misión evangelizadora de la Iglesia. Habría sido mejor que el Estado italiano hubiera cedido en usufructo perpetuo la finca vaticana, con autonomía suficiente para que le Papa cumpliera su misión, sin ceder la propiedad para poder establecerse como Estado soberano.

No fue ningún capricho exótico de algunos padres conciliares, ni del cardenal Suenens, el pedir, y casi exigir, que desaparecieran los nuncios apostólicos, -que de referenica apostólica, ¡nada!, sino embajadores de tomo y lomo-, con la contraindicación  y baldón antievangélicos añadidos de que el representante del que dicen que representa a Jesús, ¡un maldito crucificado”,(“maldito el que pende del madero”), que ese representante de un sentenciado a muerte sea el “decano del Cuerpo Diplomático” en todos los países, que son casi todos los del mundo, donde Roma haya mandado a su embajador. Es por este cúmulo de sin sentidos escandalosamente contrarios al Evangelio que los padres conciliares, con la terrible oposición férrea de la Curia Vaticana, prefería que los asuntos entre una Iglesia local nacional, y el Estado correspondiente, lo gestionara la Confernencia Episcopal de esa Iglesia. Así se evitaba esa impresión de que la Iglesia es, en cada país, un mini estado, que se rige por las normas e indicaciones de un estado estrangero, como es el Vaticano, aunque muchos no lo quieran ver.

(Para no alargarme, dejo para mañana el asunto de las consecuencias de lo que representa el título,  “El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano en el tema de la pederastia en la Iglesia española”).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

El mayor sacramento cristiano

 Audaz relectura del cristianismo           Dios se deja ver             

25.08.2019 | Ramón Hernández Martín: Esperanza radical

(Una vez más he encontrado, en “Religión Digital“, este artículo magnífico, aunque a mí no me parece tan audaz como proclama la dirección de RD, este portal cristiano, al que, por cierto, tanto tengo que agradecer. Yo mismo, en el blog “El guardián del Areópago” he insinuado a veces, y otras he afirmado directamente, algunos de los contenidos que Ramón Hernández nos expone tan abierta y claramente. Sinceramente, estoy de acuerdo al 100% con todas y cada una de las ideas de este artículo, y pienso que ninguna de ellas se choca con la esencia de nuestra fe, como es “la Encarnación de Dios en Jesús”, y por Éste, y a su través, en todos los hombres. Gracias, Ramón, por este regalo en forma de reflexión teológica. Sí, de verdad teológica, mucho más que tantas elucubraciones vagas, estériles y vacías, a las que tantas veces, equivocada e injustamente, denominamos Teología)     

Sin la menor duda, el gran sacramento cristiano es la humanidad de Jesús, la gracia y la presencia de Dios en su ser, vida, muerte y resurrección. Por ello, nada más natural que el lector instruido piense que el mayor sacramento de la Iglesia es la “eucaristía”. Pero, aunque lo sea en cierto modo, voy a referirme hoy a otro todavía mayor en consonancia con lo dicho sobre la humanidad del Cristo de nuestra fe. Grosso modo, podríamos decir que los sacramentos son signos o ritos cuya materialidad significa la gracia que causan. Se ve claramente, por ejemplo, en el agua del bautismo que lava, en el pan de la eucaristía que alimenta, en el óleo de la unción de los enfermos que fortalece y acondiciona para el tránsito final. Agua, pan y óleo se convierten así en fuente de la gracia que significan.

Un mandamiento y un sacramento

Los diez mandamientos se reducen a uno solo (Mt 22:37-40), con doble dirección: el amor a Dios y al prójimo. Los sacramentos, incluida la eucaristía, se reducen al “hombre”, imagen de Dios y receptáculo de su gracia. La gracia que el cristianismo aporta al hombre es la comunión con la vida, muerte y resurrección de Cristo salvador. Cada sacramento explaya y realiza esa gracia en consonancia con el significado propio de los signos que utiliza. Es cierto que la eucaristía tiene carácter de sacramento global, tanto que ella fundamenta y construye la Iglesia entera, pero su acción queda circunscrita a ser pan de vida y cáliz de salvación, una función instrumental.

El hombre, sacramento de Dios

Pero en el cristianismo hay algo más esencial, fundamental y global que la eucaristía. No me refiero a la base y culminación del cristianismo, que es Cristo mismo, sino al hombre, imagen de Dios, signo de su gracia y expresión de la plena comunión con el Abba en su plena identificación con el Cristo salvador. La fe hace que el hombre prolongue en sí mismo la singular personalidad del Verbo encarnado. La creación y la redención no tendrían sentido alguno sin el hombre y hasta podría decirse que, sin él, Dios mismo quedaría vacío, como un ser egocéntrico, preso de incomunicabilidad, de radical soledad.

Cualquier realidad referida al hombre solo tiene valor en la medida en que es “inculturada”, es decir, en la medida en que se embebe en el universo cultural humano y forma parte de él. Esa es, a mi entender, la suprema razón de la encarnación del Verbo, de un Dios que no encontró mejor modo de acercarse al hombre que adquirir su condición y ponerse a su altura. Al encarnarse, se adentra en el círculo del hombre para hacer operativa su gracia de comunión con él. Aunque la Biblia fabule sobre el “pecado original” como desencadenante de la encarnación, la verdad es que esta se debe exclusivamente al amor gratuito de Dios, no a la quiebra moral del hombre caído.

La gran iniciativa de amor de la encarnación requiere que el Verbo se convierta en un judío concreto del siglo I de nuestra era y se someta por entero a su condición y circunstancias, incluidas sus limitaciones y carencias. Aunque confesemos que Jesús de Nazaret es Dios, no cabe pensar que tuviera los conocimientos del hombre de hoy y, menos, los del hombre futuro, un hombre que tendrá motivos sobrados para sonreír por nuestros actuales balbuceos científicos. Tampoco que pudiera enjuiciar los comportamientos de su tiempo con el criterio derivado de los derechos humanos proclamados el siglo pasado. Pero ello no nos exime de la obligación de armonizar los postulados evangélicos con los avances científicos, sociales y morales actuales si proclamamos que la acción salvadora del mensaje de Jesús vale para los hombres de todos los tiempos.

Este soy yo

El encumbramiento de la figura humana a la condición de imagen de Dios y signo de su gracia se fundamenta en el Evangelio, en palabras del mismo Jesús. Se trata de una verdad más honda y trascendental que la de la eucaristía. Mientras que en el desarrollo del rito eucarístico Jesús dice “esto es mi cuerpo” (Mt 26:26), un instrumento de comunión, al referirse al hombre necesitado dice “este soy yo” (Mt 25:40), con identificación no sacramental sino personal. En la eucaristía, Jesús se hace alimento; en el hombre necesitado, se persona. La presencia real de Cristo en la eucaristía es instrumental y en el hombre, final; en aquella, Cristo está para ser comido y, mostrándose necesitado en este, para ser servido.

Ningún pensador, poeta o cantor de la humanidad ha podido jamás conferir tal dignidad al ser humano ni encumbrarlo tanto. El cristianismo, que nos exige ver a Dios mismo en todo hombre, no se contenta con decirnos que Dios se ha encarnado en Jesucristo, pues, al encarnarse, diviniza al hombre. El resultado de tan bello trasvase de entidad y personalidad no depende en absoluto de las circunstancias concretas de cada cual. El hombre más asqueroso, siniestro, nauseabundo y deteriorado también es Dios. Quien no logre incorporar a su vida tan sublime perspectiva no podrá decir que es realmente cristiano. Insisto en que ningún pensador, por osado y libre que haya sido, se ha atrevido jamás a atribuir al hombre la dignidad que le confiere el cristianismo.

Cambios sustanciales de comportamiento

De haber tenido clara esta idea y de haberse atenido a ella, en la Iglesia no se habrían desencadenado tan enconadas controversias para definir tantos dogmas ni delineado tantas estrategias de evangelización ni implantado tantas rígidas prácticas de culto. Nos habríamos ahorrado humillaciones, despojos y crueldades. Ningún teólogo que se precie puede negar que el principio esencial de la vida cristiana, sumamente claro y sugestivo, es que debemos amar incondicionalmente a nuestros semejantes, sabiendo que en ellos se refleja el rostro de Dios (Mt 26:11). De haber tenido conciencia de tan espléndida y profunda verdad, se habrían evitado tantos linchamientos y no menos verborreas especuladoras para explotar a tantos seres humanos.

Una importante conclusión brota refulgente de esta reflexión: quienes nos escandalizamos de la pederastia clerical, nos sentimos hartos de ver a eclesiásticos empavonados y tenemos que lidiar con tantos acaparadores de riquezas y honores como si fueran a vivir siempre, deberíamos despojarnos de nuestros vergonzosos miedos para salir a la calle y, con la cara levantada, proclamar sin complejos la hermosura del gran regalo de Dios que es la vida humana.  Odiar, abusar sexualmente, sobre todo de niños, acaparar riquezas y repartir leña para asentar mando en plaza son negocios ruinosos e improcedentes para un cristiano. Las depresiones y los suicidios se cuecen solo en los laberintos que nos creamos nosotros mismos y en los que nos encerramos a cal y canto.

Un solo ser humano frente a nosotros, aun maloliente y deforme, es motivo sobrado para sentirnos vivos y alegres porque él es el gran sacramento de nuestro encuentro definitivo con Dios. También la vida de semejante desheredado de la fortuna proclama la hermosura y la bondad divinas de las que somos ineludiblemente partícipes.

En perspectiva cristiana, un ser humano es mucho más importante que el bautismo y la eucaristía. Importa mucho más el perdón al hermano que la ofrenda sobre el altar. Quien desprecia, odia y despoja a otro no puede ser cristiano. Nada de lo humano es ajeno al cristianismo. Los cristianos tenemos planteado el enorme reto de humanizar la vida del hombre de nuestro tiempo. Humanización con humanidad de encarnación divina.

Transcrito de “Religión digital” para el blog “El guardián del Areópago”, por el coordinador de éste, Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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Vox prohibe a sus concejales de Valencia oficiar bodas civiles

No nos extraña esta decisión de la ultra derecha española, aunque la frase esté mal redactada. Cada vez estoy más soliviantado con el mal uso que se hace del español, una lengua con una morfología y una sintaxis tan claras, lógicas, perfectas, y, al mismo tiempo, sencillas, merece mejor trato. Que, ¿a qué me refiero? no es ningún misterio. La palabra “civiles”, en la frase del título, sobra. No es posible, ni, por tanto, entendible, que un concejal, en cuanto tal,  oficie una boda religiosa, a no ser que fuera, también, cura. La buena expresión literaria no solo puede pecar por defecto, sino también por exceso. Así que no es preciso usar palabras o expresiones perfectamente innecesarias. Pero hecha esta aclaración, vayamos a lo sustancial.

El portavoz del grupo municipal de Vox del ayuntamiento de Valencia, José Gosálbez, ha querido dejar claro, sin conseguirlo, claro está, que es renuncia por parte de los ediles de su partido a oficiar bodas no tiene ningún trasfondo, o componente religioso, sino que “simplemente se considera que existen otros sistemas o métodos más adecuados”  para casarse por lo civil, sin precisar cuáles, dejando claro, eso sí, que su grupo respeta tanto a los que elijan su propia  actitud, como a los concejales que sí oficien oficios matrimoniales. A este respecto, los otros grupos municipales que forman parte del ayuntamiento de Valencia, -Compromís, PSPV, PP y Ciudadanos-, han informado que ninguno de sus concejales tiene la previsión de renunciar a esta función, y a que la ejercerán de forma rotatoria por delegación del alcalde, lo cual los implica por responsabilidad político-municipal.

Vox, en su actuación municipal, ya tenía un precedente en la ciudad y Comunidad autónoma de Ceuta, en la que sus seis concejales habían desistido de celebrar bodas, aunque su argumento, en este caso, era un poco diferente: como el alcalde-presidente de la ciudad autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas Lara, del PP, solo ha encomendado las funciones de Gobierno a sus correligionarios, pues solo necesitó de sus votos para ser investido, los concejales de Vox se han sentido eximidos de al función de celebrar rituales matrimoniales.

Parece claro que es difícil asumir que la decisión de Vox no tenga ningún condicionante religioso, cuando es opinión de este partido que solo el matrimonio canónico tiene sentido en España, y desde la implantación del matrimonio  exclusivamente civil, sin el complemento necesario del matrimonio canónico, siempre fue combatido enérgicamente por la extrema derecha española. Lo cual es una pena, porque esas actitudes intolerantes demuestran que, para algunos de nuestros conciudadanos, el profundo sentido democrático de respeto a la libertad de los individuos, no ha llegado a calar como uno de los pilares de los derechos humanos.

Nadie tiene la obligación de ser cristiano, o de profesar una determinada Religión, o, tan siquiera, de profesar alguna. Y de este derecho personal inalienable adviene la imposibilidad de que el Estado esté capacitado a imponer una de esas obligaciones, que constituirían una flagrante contradicción con los derecho individuales. Por lo que se ve, nuestros conciudadanos de la extrema derecha tienen que admitir que la Democracia no consiste solamente en participar de las elecciones cada cierto tiempo, eligiendo los ciudadanos a sus representantes políticos, sino que está revestida de unos valores intrínsecos, sin los que la Democracia sería una pantomima y un fraude.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

“Los Gobiernos son los colaboradores únicos de las mafias”

Sobre monseñor Santiago Agrelo, ese arzobispo profeta, audaz, cristiano, y profundamente evangélico.

El el título que con fecha de ayer, 22/09/19, publica el Arzobispo emérito de Tánger, D. Santiago Agrelo,  (Asados, Rianjo, de junio de La Coruña, España, 20 942). El obispo franciscano, gallego-africano, actualmente sin ministerio episcopal, reside en España, y es un atento observador de la vida social, política, y económica de nuestro país. Por la localización de su obispado, en el que ha permanecido doce (12) años, se auto constituyó en acérrimo defensor de los que, huyendo de condiciones infrahumanas de vida, intentaban llegar Europa, convertida, para esos desheredados, en “el Dorado”. Paraíso idílico e ilusionado,  al que la burocracia, y el desinterés de los Estados, tanto de la Unión Europea, como del norte de África, los hacen llegar atravesando un infierno, de aguas peligrosas, de pateras inmundas e inseguras, de concertinas, que se trata de cuchillas afiladas que no merecen nombre tan bonito, y del desprecio de mucha gente, sobre todo de las derechas más recalcitrantes. Eso por no hablar de los elementos letales, que producen cientos, miles de muertes absurdas, y hasta ridiculizadas por ese prodigio democrático del millonario Marcos de Quinto, quien tiene la desvergüenza de insinuar, ¡de pura coña, supongo!, que el Open Arms corre peligro de naufragio por la obesidad de sus pasajeros, dado cómo se banquetean. (Nota totalmente al margen: este señor es el mejor fichaje de Rivera, para Ciudadanos, para perseguir la regeneración democrática de este pobre país atribulado de tanta miseria moral. Pues bien, fieles los integrantes de Cs, no se conoce, hasta hoy, ni un reproche, ni, mucho menos, el inicio de un proceso de expulsión, después de las salvajadas que, en lugar de pedir disculpas por el desprecio intolerable hacia personas, que lo son tanto, o más que  nosotros, profirió en redes sociales para algunos críticos de su intolerable comportamiento).

Pues bien, nuestro arzobispo franciscano, gallego y tangerino, se ha caracterizado, durante los años de su episcopado, no sólo en defender a los pobres y marginados africanos, emigrantes hacia horizontes más halagüeños, sino, también, en afear, sobre todo, a los medios de comunicación dependientes de instituciones de la Jerarquía católica española, como la Cope, y el canal “Trece” de televisión. No es, pues, como una referencia ética de la CEE, (Conferencia Episcopal Española), la que, por rebote, o sin rebote, ha entrado muchas veces en la denuncia profética de monseñor Agrelo. Los lectores de este blog que lo hayan seguido en Religión Digital, a insinuación de este escribiente, habrán podido apreciar la energía, la valentía, y la claridad con las que embestía nuestro arzobispo contra tertulianos irresponsables, que en el programa “El cascabel” han llegado hasta a ridiculizar a los pobres y emigrantes, tratados con desprecio, y, casi, como un estorbo. Y, claro, de los ¿periodistas? de la tertulia, el indignado pastor cristiano, pasaba a increpar, y a extrañarse, y a lamentar profunda y caritativamente, a los que, para él, -y yo soy de la misma opinión-, son los responsables de ese tono, verdaderamente anti cristiano, tantas veces, de Cope y Trece: primero de los dirigentes de la CEE, y luego de toda la Conferencia, porque ninguno de sus miembros tiene el derecho de desinteresarse de cómo sus medios de comunicación ejercen su proyecto evangelizador. ¿O es que el objetivo de los mismos es hacer dinero?

Pues esta vez el obispo Agrelo escribe su diatriba según los mismos parámetros a los que nos tiene acostumbrados, ahora más enmarcados en la situación actual de la aventura del Open Arms. Citaré algunas de sus expresiones, que demuestran, todavía mejor que otras veces el grado de su indignación. “Esta tarde, de camino para Cuntis, por el diálogo que en la Cope se traían con alguien que parecía una autoridad en la materia, vine a saber que el Open Arms estaba realizando actividades ilegales en el Mediterráneo, y que capitán y personal de la nave en cuestión, seguramente sin caer en la cuenta de ello, son colaboradores necesarios de las mafias que se hacen de oro traficando con emigrantes. No sabía yo que la Cope fuese un tribunal con capacidad para determinar quién está o no está haciendo algo que viola las leyes vigentes en el mar”. Es de notar la fina ironía con la que rechaza la autoridad para el juicio sumarísimo que los tertulianos de la Cope se arrogan, cosa que suelen hacer con mucha frecuencia, para juzgar y condenar actitudes ajenas, no consideradas según la justicia, sino según los criterios y gustos personales, y de clase, que nada tienen que ver, como se podría espera de un medio de comunicación propiedad de la Iglesia, con el Evangelio.

Y todavía transmitiré dos afirmaciones que en el artículo del arzobispo emérito de Tánger figuran como subtítulos del mismo:

“Según estos expertos, yo, durante doce años, no hice otra cosa que colaborar con mafias: eso de dar pan a los habitantes del bosque, llevarles mantas para abrigarse, llevarles plásticos para repararse, no podía ser otra cosa que colaboración necesaria con las mafias”

Los Gobiernos son los colaboradores únicos de las mafias. Son las políticas de fronteras de los Gobiernos el vientre de alquiler de todas esas mafias explotadoras de emigrantes. Y periodistas o expertos o entendidos como los de esta tarde en la Cope, son los palmeros de esa política criminal que gesta mafias.

“Mientras tanto, los emigrantes continuarán muriendo a centenares sin que la Cope les dedique un minuto, sin que los Obispos consideren durante un minuto qué es lo que desde sus medios de comunicación se está haciendo con esta humanidad en la que Cristo muere”

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

  

 

La conspiración anti Papa que no cesa ni decae

Ahora ha sido el superior (“prepósito”, dicen los jesuitas), general de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa, quien denuncia “un complot ultraconservador para forzar a un futuro Papa a renegar del Concilio”. Pero no podemos dudar de la información que tiene de las cosas de la Iglesia el Superior General de una orden-compañía-congregación presente en todos los continentes, y en todos los rincones del mundo, y en todos los ambientes. Pero hay más. Dos frases del Arturo Sosa son tremendamente expresivas y significativas: “Hay personas, dentro y fuera de la Iglesia, que desean que el Papa Francisco renuncie, pero él no lo hará”. Y esta otra determinante y definitiva: “Creo que la estrategia final de estos sectores no es tanto forzar al Papa Francisco a renunciar, cuanto afectar a la elección del próximo pontífice, creando las condiciones para que el siguiente Papa no continúe profundizando el camino que Francisco ha indicado y emprendido en su lugar”.

 1ª) Personas dentro del mundo clerical. Generalmente se trata de clérigos pertenecientes a los altos rangos de la jerarquía católica, recordando una expresión medieval, “la alta clerecía”, como: Cardenales, que no son, de ninguna manera, la mayoría de los mismos, sino unos cuantos de más veteranía, acostumbrados a ver de cerca la orientación que los dos papas anteriores dieron a la Iglesia, y no aceptan la vuelta de tuerca que Francisco está queriendo imprimir a la marcha de la comunidad eclesial. Son pocos, pero muy influyentes. Y ya mas abajo, arzobispos, obispos, vicarios episcopales, “monsiñores” y curiales vaticanos, y gente que, por lo general, está bien colocada en el mundo clerical, “¡bien colocada”! en todos los aspectos, también el socio económico, y que temen se les acabe este status actual, si el papado sigue por la línea evangélica que, tanto el Concilio, como el papa actual, quieren imprimir a la Iglesia. Porque lo que nadie en sus cabales puede negar es que, la Iglesia, hace mucho tiempo se desvió del Evangelio, lugar y referencia a la que ambos, Concilio y Papa, quieren reconducirla.

2ª) Personas desde fuera del mundo clerical. En Europa da la impresión de que las élites financieras, los que manejan la maro economía, y los dueños de grandes empresas, y los detentores de jugosos y sólidos patrimonios, hace tiempo que, por lo general, se han desinteresado por las cosas de la Iglesia, y no deben de estar nada animados a campañas, conspiratorias o no, anti papales. Es una de las identidades europeas más cultivadas y apreciadas, la de un sano laicismo. (Si bien Guillermo Fernández-Vázquez afirma, en Redes Cristianas, que “La derecha radical europea está muy interesada en hacer caer a este Papa”).  No es así en la mismas élites norteamericanas. Así como no se puede, ¡por ahora!, ¡que todo se dará!, imaginar un candidato a presidente de la gran nación norte americana que se declarase agnóstico, o no tuviera algún tipo de vínculo con la religión, lo mismo sucede con las élites económicas y financieras del gran país, que siempre exclaman, con mezcla de orgullo y autosuficiencia, lo de “Dios guarde a América“. bien entendido que América es el pedazo de tierra que se extiende desde la frontera con Méjico, has la que lo separa de Canadá. Así como el slogan de Tump, y de todo norte americano de pro, “America first“, (América primero), parece indicar que, hasta en la preferencia divina, U.S.A. es primera. Y no cabe duda de que la pequeña estadísticamente, pero poderosa e influente minoría católica de millonarios, no puede ni ver a este papa, que, por poner un ejemplo significativo para esa porción de católicos americanos, el papa Francisco, a poco de ser coronado pontífice, afirmó, hablando del Capitalismo que “no solo roba, sino que mata”, refiriéndose al pastizal que produce la fabricación de armas, y las políticas sociales de los núcleos capitalistas y seguidores, como el proceso de deterioro y desertización humana que los grandes centros capitalistas de los Estados desarrollados han propiciado en África.

Esta actitud de los potentados católicos de formar piña con las fuerzas anti conciliares clericales para entorpecer la acción pastoral del papa Francisco de volver al Vaticano II, y por eso mismo al Evangelio, me recuerda un pensamiento del teólogo José Mª Castillo, duro, y valiente, contra la deriva socio-político-cultural-humanista de la UE, Unión Europea: “Europa ha fundido -y confundido- su asombrosa grandeza con su más repugnante miseria”, que finaliza con esta terrible y profética aseveración: “Lo peor ha sido fomentar que el Evangelio de Jesús se haya convertido en una ‘religión’ que deja en paz las conciencias de quienes mejor viven“. Y digo terrible y profética denuncia porque auténtica deriva de la Iglesia de Jesús del Evangelio al Capitalismo, deja de lado páginas evangélicas tan capitales en como “Las bienaventuranzas”, y los criterios del Juicio Final Universal, “Venid, benditos de mi padre, porque tuve hambre , y me disteis de comer, ….tuve sed,  me disteis de beber, … estuve enfermo, y me visitasteis, …, en la cárcel, y vinisteis a verme, …, sí, porque cucando hicisteis estas cosas con mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis”.  Y sentencias tan apodícticas como “No se puede servir a Dios, y al dinero”, o “Es más difícil la entrada de un rico en el Reino de Dios, que el paso de un camello por el ojo de una aguja”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.