Nuestra España es una pena

Hemos tenido el sobresalto de la sentencia del tema “Gurtel”. Para todos los diarios, hasta los más afines al Gobierno, una verdadera desgracia. He podido leer en algunos medios, cosas como “Rajoy, no prolongues tu agonía. Retírate cuanto antes, con dignidad”. El político Albert Rivera, impactado por la abrumadora sentencia, afirmaba, “Desde ahora todo será distinto“. Pero el Gobierno, en un ejercicio de inefable cinismo, o de defensa numantina, con una frialdad sobrecogedora, o una inconsciencia sobrenatural, repitiendo, “La Sentencia no ha involucrado a ninguno de los actuales miembros del Gobierno”,  Pero los periodistas, que en el retiro de sus despachos, acometen contra el Gobierno, y su presidente, Rajoy, en la rueda de prensa de hoy en la Zarzuela, ante la desfachatez de las explicaciones, y las ridículas disculpas, y su constante echar las culpas a los demás, como su olímpica afirmación sobre la inminente “moción de censura”, presentada por el primer partido de la oposición, como es lógico, de que “no es bueno ni para España, ni para los ciudadanos”, algo que sobra, porque Rajoy parece haber olvidado, como todo el PP  que España no es otra cosa que sus ciudadanos, a esos periodistas, digo, no se les ha ocurrido, a ninguno, preguntar, “¿Y Vd, cree que es bueno para España., y sus ciudadanos, ser gobernados por un Gobierno declarado, en sentencia judicial, corrupto, y con una financiación de caja b”?. ¿Qué periodistas tenemos, tan pusilánimes, por no decir otra cosa, que se arrugan en una ocasión inmejorable, para poner contra las cuerdas, con motivo indiscutible, al presidente de un Gobierno puesto contra las cuerdas por el poder judicial? ¿Cuál piensan los periodistas que es su principal tarea, además de informar? Pocas veces he pasado tanta vergüenza ajena como este medio día, presenciando la retirada innoble de una prensa acobardada ante un presidente, acorralado sin misericordia por las penurias, trampas y transgresiones de su partido. Así que me pongo a escribir, cuando he recibido la llamada para acudir a una familia que solicita mi presencia. Así que simplemente anotaré los puntos principales de mi tentativa de artículo critico. Y para que sea publicado con la fecha actual, lo publicaré hoy, y procuraré acabarlo mañana.

1º) La pena de nuestros políticos, (en especial los del Gobierno).

2º) La pena de nuestros obispos.

3º) La pena de nuestros periodistas.

Las ocurrencias del cardenal Sarah

Ya he comentado ciertas salidas del cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación vaticana para Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. En una homilía a fieles que peregrinaron con él hasta la catedral de Chartres el domingo de Pentecostés, en la que opinó de todo lo divino y humano, expresó estas joyas relacionadas más o menos con su disciplina de la liturgia: La ordenación de los viri probati  (hombres casados que han probado ser útiles y estar preparados para el culto) tendría “consecuencias serias”, como “romper definitivamente con la Tradición Apostólica”; la introducción de esta disciplina en la Iglesia “estaría creando un sacerdocio según nuestra dimensión humana”; el celibato clerical es de suma importancia, porque proclama al mundo lo que es “estar con Cristo en la Cruz”; “no hay razones pastorales para este cambio” ya que esta innovación produciría el efecto desastroso de “acabar con el sacerdocio tal y como fue instituido por Jesucristo”.

Ya afirmó algo tan peregrino como que la comunión en la mano era un “invento diabólico“. Tal vez el cardenal guineano no conozca la escena de la Última Cena, en la que, según todos lo indicios y pistas, el que inventó la comunión servida en la mano no fue el diablo, sino el Jesús de Nazaret. Sin el más mínimo ánimo de ofensa, tengo que afirmar que muchas de las declaraciones de este purpurado, si no supiéramos que es un cardenal de la iglesia romana, imaginaríamos no solo que era un simple fiel, sino un fiel bastante, o muy, ignorante.

Creo que mis lectores no necesitan que corrija una por una, y explique, el desvío de sentido de cada una de las afirmaciones del cardenal, para, más INRI,  prefecto de la Congregación de Liturgia. Pero para no dejar cabos sueltos, ahí voy.

  • “Romper definitivamente la tradición apostólica”. Sería solo sorprendente, si, además, no fuera grotesco, que a estas alturas, un cardenal de la Santa Iglesia no supiera, o. por lo menos, no hubiera oído alguna vez, la opinión de que los apóstoles, tal vez con la excepción de Juan, eran casados. Lo que sí seguro consta en los Evangelios, con toda certeza, pues se habla de su suegra, es que Pedro, el primer papa, era casado. Y todavía más grave que la falta de información concreta de la época evangélica y de la primera Iglesia, sea, tal vez, la tendencia de curiales y altos jerarcas eclesiásticos, a denominar “tradición apostólica“, no la que iniciaron los apóstoles, sino la que, después de tres siglos,  comenzó a tejer la estructura eclesiástico-jerárquica de la Iglesia, ya bien instalada y asentada en el poder.
  • El sacerdocio de hombres casados “estaría creando un sacerdocio según nuestra dimensión humana“. La carta a los Hebreos, una de las últimas manifestaciones con toda seguridad apostólica, deja bien claro la idea de sacerdocio que tiene la Revelación Sagrada del Nuevo Testamento (NT). Justamente hoy celebramos la fiesta que instituyó Juan Pablo II con el título de “Jesús, sumo y eterno sacerdote“, en la que, evidentemente, de toda y clara evidencia, olvidaron otra característica fundamental, que repite y reitera la mencionada carta a los Hebreos: que el sacerdocio de Jesús, además de “sumo y eterno”, es único. El sacerdocio cristiano de los bautizados, hombres y mujeres, es participación del sacerdocio de Jesucristo, y, además, y a tener muy en cuenta, no es un sacerdocio ministerial, éste secundario, ritual y profesional, sino ontológico y de mediación entre Dios y los hombres, de compromiso con la Humanidad entera, pues, como el de Cristo, alcanza el nivel de un sacerdocio “de salvación“.  A mis fieles les llama mucho la atención la siguiente observación: para llegar a la conclusión de que el sacerdocio no es una institución puramente cristiana, solo hay que hacer esta experiencia: buscar en el Nuevo Testamento un solo texto en el que a un discípulo, o seguidor de Jesús, se le llame “sacerdote”.  No lo encontraréis, tampoco denominan así a Jesús, que no era de la tribu de Leví, ni tenía ningún atributo de sacerdocio convencional o ministerial. que es el que ejercemos las presbíteros, mal llamados “sacerdotes”, y que la Iglesia puede organizar según sus necesidades, y de acuerdo con el verdadero, real y decisivo  “poder delegado” del mandato de Jesús: “Id por el mundo entero, y anunciad el Evangelio”. (Como explica magníficamente D. Teodoro Jiménez Urresti, con su teoría de la delegación, que tanto sorprendió, utilizó, y casi entusiasmó a Yves Congart, o.p, (1904-1995), gran teólogo y eclesiólogo conciliar.
  • “Acabar con el sacerdocio tal y como fue instituido por Jesucristo”. Solo unas letras para finiquitar este asunto, ya tratado en el anterior párrafo: es preciso dejar bien claro a los fieles, y a los creyentes, en general, que Jesús no instituyó ningún sacerdocio ministerial. Él nos hacer participar a todos los creyentes, sus seguidores, por el sacramento del Bautismo., de su peculiar y maravilloso sacerdocio.

(Nota: de este cardenal, el papa emérito, Benedicto XVI, afirmó que la Liturgia católica estaba en “buenas manos”. ¡Pues menos mal Si estas son buenas manos, ¿Qué pasaría si estuviera en malas? Qué cosas hay que oír).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

¡Ya está bien de atropello y de toscas maneras en el Rocío!

¡Otra vez la machada, fuera de lugar, salvaje, y bruta, del salto de la verja, con la imagen de la pobre “Blanca Paloma” tambaleándose! Sé que es difícil que mis palabras se entiendan, en el tono y en la mesura que me gustaría. Evidentemente, éstas no son contra los devotos de una virgen, y una ermita, tan entrañable, que vemos cómo gente que nada tiene que ver con aquellos parajes, y caminos y veredas que los rocieros trillan todos los años por tierras y marismas de Huelva. Mis palabras tienen mucho más que ver, y van dirigidas, con bastante dosis de indignación, a los jerarcas, obispos y clérigos, que han dejado llegar la devoción a la Virgen del Rocío hasta extremos intolerables en su manifestación folklórica. Porque, ¿tiene algo que ver ese brutal inicio de procesión, saltando a las bravas la verja, en lugar de abrir  civilizadamente  el correspondiente candado, y abrir de par  en par la cancela, para que salga elegante, solemne y ligeramente, la imagen de la Virgen? Porque hay que decir a los romeros algo que deben saber, pero , por lo visto, olvidan, o consideran de poca importancia: que la que salta la verja, y sale entre trompicones, en medio del tumulto de brazos levantados buscando desesperadamente un contacto con la imagen, o simplemente con las andas, que ¡ya da igual!, y después recorre los polvorientos caminos de la romería rociera, no es la virgen, ni del rocío, ni ninguna otra, sino una imagen, supongo que de madera, que no lo sé, recubierta de ropas, que nos recuerda y visibiliza a una linda y valiente doncella de una perdida aldea de Nazaret, en Israel, que, hace dos mil años, se ofreció para hacer posible la encarnación de Dios. No sé si los devotos rocieros tienen eso en cuenta, si les importa, si es eso lo que les emociona, o su emoción está pegada a los meandros y curvas del camino.

Se supone que la primera preocupación, y la más san intención,  de los fieles y romeros de cualquier Virgen y su correspondiente ermita, es la de dar gloria a Dios, y, al mismo tiempo, venerar, cantar y glorificar a su Madre la Virgen María. A la vista de los modos y maneras de culto que se emplean en la romería del Rocío, a cualquiera, sin el más mínimo estilo ni preocupación de crítica ni censura, nos viene a la cabeza si es esa la intención, y ese el objetivo, que se persiguen  con esos modales rituales tan brutos, tan fuera de lugar, y de toda lógica, como el salto “a la fuerza bruta de la verja”, y esos apretujones y falta de consideración, de modales, y de delicadeza, en el afán de acercarse y tocar la imagen veneranda de la patrona del Rocío, que, me parece, debería producir más fervor, respeto, serenidad, dulzura y ánimo solidario de los que demuestran la imágenes, que denotan interés desatado de tocar personalmente, o de acercar a los niños a la imagen, caiga quien caiga, y sea quien sea el atropellado en el intento. Entiendo, con dificultad, lo de costumbre y tradición puede haber en estos comportamientos, pero de ninguna manera llego a comprender que en los mismos se encuentren los sentimientos de veneración, piedad y sacralidad que son de esperar en cualquier manifestación de culto cristiano, hasta en los más tradicionales, folklóricos y desgarrados.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?

Recomiendo, para quien no lo haya leído, mi artículo del día 14/05/2018, “Más caciques que indios”, en el que con este título brasileño tan folklórico, -cuando hay más dirigentes y líderes, que gente del pueblo, o  hay más presencia de obispos y curas que humildes fieles, cuando el mar de mitras tapa toda otra perspectiva-, trato, sin mucha profundidad, pero con detalles inequívocamente significativos, el tema del Clericalismo, del que ha afirmado varias veces el Papa que se trata de uno de los peores peligros de la Iglesia, y, en varias ocasiones, no de los peores, sino “el peor”.  Así que a la pregunta respetuosa y comprensiva del teólogo José María Castillo, ¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?, mi respuesta inequívoca, y sospecho que también la de Castillo, y la de tantos creyentes, es: “Jesús no quiso ni un clero como el que tenemos, ni ningún tipo de clero”. Y eso, en mi opinión, que ya he desarrollado en este blog desde diversos puntos de vista, está clarísimo en los Evangelios, y en todo el Nuevo Testamento (NT). Así que os recomiendo vivamente que leáis atentamente el artículo de José María Castillo, valiente, claro y transparente.

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¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?”   “Es necesario preparar una Iglesia del futuro, que sea menos ‘clerical’, pero más “evangélica

(José María Castillo).- Es un hecho, suficientemente conocido, que el papa Francisco, está encontrando numerosas y, a veces, fuertes resistencias que provienen, no de los tradicionales enemigos de la Iglesia, sino precisamente y de manera sorprendente de sectores importantes del clero. Resistencias que inevitablemente se contagian a no pocos seglares, que se distancian de la Iglesia o desconfían del papa Francisco y sus enseñanzas.

Sea lo que sea de este asunto, no cabe duda que las relaciones del papa Francisco con el clero no son siempre fluidas y sencillas. Este papa ha criticado no pocos comportamientos de hombres del clero, sin reparar en cargos, dignidades y comportamientos de los “hombres de Iglesia” que, en no pocos casos, han puesto al descubierto asuntos turbios o incluso escandalosos. ¿No sería mejor ocultar – o intentar ocultar – determinadas conductas que, al hacerse públicas, escandalizan a la gente y hacen daño a creyentes y no creyentes?

No cabe duda que este papa quiere cambiar muchas cosas. Como el mismo papa ha dicho, hace pocos días, “esto va en serio”. Hasta llegar a donde sea preciso. Hasta las últimas consecuencias. Y ¿cuál sería la última de esas consecuencias? Pues, si es que vamos hasta el fondo y sin miedos, creo que ha llegado el momento de afrontar una pregunta que posiblemente nos asusta: ¿estamos seguros de que Dios quiere que en la Iglesia exista un clero como el que tenemos?

La palabra “clero” no aparece en el Nuevo Testamento. Ese término lo introdujeron algunos escritores cristianos seguramente, en el s. III. Como es sabido, la palabra clero viene del griego kleros, que significa “lote”, en el sentido de “herencia”. De ahí que “clero” se entendió como grupo o conjunto de personas “privilegiadas” o exentas de cargas fiscales y otras obligaciones, que se concedieron a la Iglesia, sobre todo a partir del año 313, con motivo de la llamada conversión del emperador Constantino (Peter Brown, Por el ojo de una aguja, Barcelona, Acantilado, 2016, 103-104). En concreto, los “privilegiados” fueron los dirigentes de la Iglesia. Dicho brevemente, el “clero” se volvió distinguido porque era privilegiado. Así ha sido desde el s. IV. Y así lo sigue siendo.

Sin embargo, si algo hay claro en los evangelios, es que Jesús no quiso ni privilegios, ni privilegiados, en su comunidad de “seguidores” y discípulos. A esto se opuso Jesús, de forma tajante, cuando dos de sus discípulos, Santiago y Juan, pretendieron los primeros puestos (Mc 10, 35-46; Mt 20, 20-28). Y, sobre todo, en la Cena de despedida, Jesús les impuso a sus apóstoles el ejemplo de vida que tenían que llevar: lavar los pies a los demás (Jn 13, 12-15). Lo que era decirles que tenían que ir por la vida, no precisamente como privilegiados, sino como esclavos al servicio de los otros.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Fue entre los siglos IV y VI, cuando obispos y clérigos alcanzaron posiciones de privilegio, enormes riquezas y condiciones que llevaron a aquellos hombres a ser los grandes señores de Occidente. Al decir esto, no pretendo ni insinuar que los clérigos de hoy sean “grandes señores”. No lo son. Pero sí ocurre, no pocas veces, que encuentra uno “hombres de Iglesia” que en realidad lo que buscan en la vida es más “instalarse” en este mundo que “seguir a Jesús”, con todas sus consecuencias. Se puede asegurar que Jesús quiso una Iglesia dividida y separada en dos categorías de cristianos, “clérigos” con poderes y dignidades los unos, “laicos” sumisos y profanos, los otros? Por supuesto, así se ha mantenido sólidamente la religión, sus templos y sus liturgias. Pero, a partir de semejante división, ¿hemos vivido y vivimos mejor el Evangelio? ¿Somos así mejores “seguidores de Jesús”?

El “clero”, tal como lo tenemos y tal como funciona, no fue un invento de Jesús el Señor. Lo inventó el egoísmo humano. Ni pertenece a la “Fe divina y católica” que la Iglesia tenga que estar dividida así. En la Iglesia puede haber ministros del Señor, testigos del Evangelio y personas responsables de las comunidades cristianas, que cumplan tales funciones sin necesidad de ser los “privilegiados” y “consagrados”, como lo vienen siendo desde la Antigüedad tardía.

¿No se podrían ir introduciendo cambios, que el pueblo creyente sea capaz de ir asimilando, para preparar una Iglesia del futuro, que sea menos “clerical”, pero más “evangélica? ¿O es que nos va mejor con la Religión que con el Evangelio?

Trascrito para “El guardián del Areópago” por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

¡Más caciques que indios!

Dícese en Brasil cuando en ciertas reuniones, o manifestaciones en la calle, o en mítines políticos, o en acciones públicas de protesta social, hay más organizadores, políticos, o líderes, que gente normal, que ciudadanos de a pie, como se suele decir. También se aplica esa gráfica y clara expresión a manifestaciones religiosas, misas, pontificales, y otros eventos, en los que hay más clérigos, obispos y presbíteros, que fieles. El día 10 de este mes, jueves de la semana pasada, con motivo de la fiesta de San Juan de Ávila, patrón de los curas de España, celebramos en el seminario de Madrid unos actos académicos, promovidos en función de homenajear a los que celebrábamos las bodas d plata o de oro. Yo era de estos últimos, y no penséis que si no me preguntaba cómo es que han pasado estos cincuenta años, y cómo he podido aguantar el evidente deterioro que ha vivido la Iglesia desde aquel jubiloso, alegre despreocupado, critico y rebelde, inquieto y aguerrido año de 1968, con las manifestaciones estudiantiles iniciadas en París, y seguidas en toda Europa, de tanto énfasis en lo político, y sobre todo en lo social. Y, desde el horizonte de la Iglesia, a pocos años de la clausura del Concilio Vaticano II. Eran tiempos de esperanza, de una desmedida alegría, de una sensación arrebatada de libertad, que, a partir de 1978, viviendo yo la dinámica y la enérgica evolución conciliar en la diócesis de Sâo Paulo, presidida por el espléndido arzobispo, y en seguida, cardenal Don Paulo Evaristo Arns, en ese año, que no me atrevo a llamar de Gracia, en el que fue elegido para la sede de Pedro el cardenal Karol Wojtyla, reinante con el nombre de Juan Pablo II, comenzaron a torcerse las cosas, y así han ido viniendo hasta el feliz acontecimiento de la elección del cardenal Bergolio, papa con el revolucionario e inquietante nombre de Francisco.

Como iba diciendo, después de los actos académicos, hubo un solemne pontifical, en el que, desde luego, había, no más, sino mucho más, cacique que indio. El papa Francisco habrá afirmado más de diez veces, ¡yo le he contabilizado siete u ocho!, que uno de los principales males de la Iglesia es el clericalismo. Y, por lo menos tres veces, que he conocido por Religión Digital (RD), un tanto exageradamente, o tal vez, no, ha declarado, rotundamente, que eso, el clericalismo, es el principal mal de la Iglesia. Peor los clérigos no parecen prestar ni mucha ni poca atención a los avisos del Papa. Así que, animado por sus palabras valientes y transparentes, y dado que yo pienso de manera muy parecida, por no atreverme a decir que de la misma manera, enumeraré signos, hechos, actitudes, y elementos que sean significativos y alusivos al tema, de cómo, y donde, noto la presencia del clericalismo.

1º)  En el mero hecho de la división de la Iglesia en clérigos y seglares (o laicos)

A nadie debe de extrañar mi afirmación, si recordamos, y valoramos positivamente, -“¡por sus frutos los reconoceréis!”- que en la Iglesia primitiva no había esa división, verdadero Rubicón insalvable, con un muro granítico infranqueable. Nos cuesta imaginar una Iglesia sin profesionales de la Religión, sin una burocracia clerical, sin sotanas, ni alzacuellos, ni mitras, ni báculos, ni casullas, ni dalmáticas, ni toda esa parafernalia que montamos actualmente en nuestras celebraciones litúrgicas, sobre todo, de las Eucaristías solemnes, en las que parecemos querer resarcirnos y olvidar tantas misas rutinarias, sin maestro de ceremonias, sin acólitos, sin concelebrantes, y, casi, sin fieles. La misa de nuestras bodas de plata y oro fue de las de tronío. Y yo me pregunto muchas veces, y en esa celebración no paré de hacerme esa interrogación, ¿Qué querrá decir “presidente de las celebración eucarística“, si después hay más presidentes, encasullados de punta en blanco, que fieles? ¿Es positiva esa tremenda diferenciación entre unos y otros, mandan los cánones litúrgicos que todos los concelebran ostenten todos sus paramentos de postín? ¿No sería mejor, y no parecería menos teatro, que el presbiterio y el altar no quedaran tan lejos y elevados sobre el común de los mortales que, a éstos les parezca que se encuentran en la ladera de un Olimpo que nunca deberán intentar escalar? Y, sobre todo, ¿se parecen algo, aun remotamente y con la mejor y más decidida voluntad del mundo, esas celebraciones, a la que presidió el Señor Jesús en la última Cena? El cardenal Sarah, actual  prefecto de  la Congregación vaticana para el  Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, e impertérrito en sus ataques directos y no disimulados al papa Francisco, tuvo la ocurrencia, y no ha sido el único gran jerarca de la curia vaticana que lo ha hecho, de denunciar lo que él pensaba abusos de muchos “curas jóvenes” en la celebración de la Eucaristía, inmediatamente después del Concilio. Pues bien, yo, que, evidentemente, me daba por aludido, le respondí en este mismo blog que si no le parecían mas abusivos los pontificales que nos retransmiten desde Roma, y, le preguntaba qué le parecían más parecidas a la Última Cena, si esas misas de los curitas, o la magnificencia de los pontificales vaticanos, y muchos diocesanos. (Mi pensamiento es que Jesús, no se reconocería en esas grandes, solemnísimas y aburridas celebraciones). 

2º) Otros  signos, innecesarios y contra producentes, de exceso de clericalismo.

  • No me deja de sorprender el siguiente pequeño detalle: en las concelebraciones, todos los concelebrantes tienen que comulgar con unas medias hostias grandes-pequeñas, ya partidas antes de iniciarse la celebración, cuando sería más significativo y mejor recuerdo de la “partitio panis” una forma de esas grandes de verdad, partida en treinta pedazos, o, directamente, una serie de formas pequeñas, de las que se da al pueblo, y no a cualquier pueblo, sino al Pueblo santo de Dios. Cuando en alguna de las celebraciones que yo presido en mi parroquia somos más de siete, parto la forma gran-pequeña en seis pedazos, y yo soy de los que comulga con una pequeña, y con un pedacito de la forma principal, para significar justamente la “partitio panis“. Pregunto, ¿es precepto litúrgico obligado que los curas comulguemos con formas grandes, y al pueblo sea obligatorio darle de comulgar con las pequeñas? Porque si existe ese precepto, que lo dudo, tiene todos los boletos para ser abolido. Hace muchísimo tiempo que ya lo he hecho.
  • ¿Está prohibido, o mal visto, que las mujeres hagan de acólitos en la Eucaristía? Porque recuerdo que el papa Juan Pablo II, nada sospechoso, como polaco, de modernismo litúrgico, publicó un decreto concediendo ese permiso que, en la práctica, en muchos lugares de la Iglesia, -en Brasil desde los años setenta-, y también en España se venía practicando. Y otra cosa, ¿Dónde está escrito que haga de acólitos solo los niños? ¿Y que tanto ¡si lo hacen niños como adultos tengan que ir ataviados con túnicas, que los haga parecer clérigos? ¿Tanto peligro teológico o litúrgico se esconde en que los seglares ayuden a la Eucaristía vestidos de calle?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Otra vez el obispo de Córdoba

El prelado cordobés hace unas declaraciones recogidas por Religión Digital y que no tienen desperdicio. Para no alargarme excesivamente , y ordenar mi artículo, enumeraré las que, en mi opinión, resultan afirmaciones más sorprendentes:

1ª) “La religión para los planteamientos laicistas es como la peste”

2ª) “En España el 80 por ciento del patrimonio cultural material es propiedad de la Iglesia Católica”

3ª)  “No hay ninguna partida en los presupuestos generales del Estado para la Iglesia”

4ª) La X, en la declaración de la renta, según ha señalado Demetrio Fernández,es para recaudar una cantidad, no del Estado, sino de los contribuyentes

A modo de introducción consideraremos el concepto de Religión. El diccionario de la Real Academia Española (RAE) la define así:

  1. f. Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto.
  2. f. Virtud que mueve a dar a Dios el culto debido.
  3. f. Profesión y observancia de la doctrina religiosa

La 1ª definición mete en un mismo saco cosas tan diferentes como dogmas, –y su correspondencia a nivel de comportamiento, creencias-, sentimientos, destacando los de veneración y temor, y después, entrando en el mundo de la moral, las normas morales para la conducta individual y social, hasta llegar a los ritos, centro del culto, entre los que destaca dos: la oración, y el sacrificio. Se trata de una definición que nos sirve, justamente por la amplitud y la poca especificidad que presenta. La divinidad es un término suficientemente genérico para pode referirse a uno o varios dioses, a fuerzas físicas y cósmicas, o a ideas trascendentes conceptuales, llenas de espiritualidad. No sé exactamente en qué universo de fenomenología religiosa se mueve don Demetrio Fernández, pero tengo la impresión de que, como muchos otros en la Iglesia Católica, no distingue bien entre Religión y Revelación. El anuncio del Reino de Dios, proclamado tanto en el  Antiguo como en el Nuevo Testamento, (AT y NT), en el AT por los escritores sagrados y los profetas, no es propiamente, (e impropiamente, ¡muy de refilón!), una Religión, sino una Revelación, porque se trata de escuchar la Palabra de un Dios personal que se comunica libremente con los hombres a través de procesos misteriosos, pero perfectamente perceptibles y constatables. La RAE la define así: 2. “En la tradición bíblica, manifestación de Dios a los hombres de cosas que estos no pueden saber por sí mismos. Para los creyentes, la Biblia es una fuente de revelación divina”.

Hay mucho más que hablar de Religión y Revelación. En el Antiguo testamento las dos están estrechamente mezcladas, sobre todo en los primeros libros, y los que nos trasmiten acontecimientos, opiniones y creencias de los primeros tiempos. Después, ya en el NT, se purifica y se aclara el concepto de la Revelación de Dios como un don, hasta poder decir que Jesús es uno de los mayores fustigadores de la religión de todos lo tiempos. Pero hay fenómenos de la Religión tan indeleblemente marcados en la Historia de la Humanidad, como el excesivo temor a los dioses, y la compensación de ese temor por medio de sacrificios, que esta idea se ha colado ampliamente entre aquellos, muchísimos en el Catolicismo,  que viven la Revelación gratuita de Dios, que es un don que viene de lo alto, como una Religión, hechura de manos humanos, temblorosas, asustadas y débiles. Y no quiero terminar este breve comentario sobre la Religión, ¡mejor sería hablar de religiones!, sin destacar el impresionante poder que los profesionales del fenómeno religioso, -el clero, llámese como se llame, desde el hechicero elemental, hasta los sofisticadísimos sacerdotes egipcios, o griegos, o judíos-, tienen sobre los miembros sufridores y obedientes de las religiones. A Karl Marx le asiste toda la razón, si lo entendemos en el profundo sentido en que él lo afirma, al asegurar que la “religión es el opio del pueblo“. La historia ha dado millones de ejemplos de la veracidad de este aserto, y en la actualidad lo comprobamos, otra vez, ampliamente.

1ª) “La religión para los planteamientos laicistas es como la peste”

En general, en medios eclesiásticos se usa mal, o de manera desviada, o de manera sesgada, que viene a ser parecida a desviada, pero con mala intención, que no imagino en esos medios a los que me refiero, el término “laicismo”, o laicista, y por eso prefieren, y les parece  mas suave y adecuado, “aconfesional”. El Estado español, no es tan laico o laicista como parece, y en esto se desmarca bastante de los principales países de la UE, como Alemania y Francia, y sin embargo es mucho más confesional, no tanto como le gustaría a monseñor Demetrio Fernández, como veremos más abajo, que otros países europeos, y mucho menos laicista, justamente porque propicia manifestaciones típicamente religiosas. Cuando ciertos medios españoles jalean con entusiasmo la visita de los miembros de la casa real al Cristo de Medinaceli, o llenan sus primeras páginas de imágenes de pasos de semana santa acompañados por encapuchados cofrades, no huyen de la religión como de la peste, señor obispo, sino que hacen propaganda de la religión, y de la religiosidad, hasta las cachas. El laicismo es bueno, es una actitud sana y respetuosa, porque es profundamente democrática, y no es, de entrada, contra nadie. Laico, y laicismo, viene de la palabra griega “laos”, pueblo, y no hay nada más democrático que el pueblo, de quien procede, y en quien reside la soberanía de una nación. Pero es que Pueblo es, también, un término tremendamente eclesial y conciliar, pues sirve para que el Vaticano II defina a la Iglesia como “El Pueblo de Dios”. Y la Iglesia es producto no de una inspiración fundacional religiosa natural y humana, por tanto, sino que viene de lo alto, de la Revelación de Dios. Así que para un planteamiento laicista la religión no es como la peste, sino un hábitat, sin llegar a ser “su hábitat”, muy natural. Así que la Iglesia es, por definición, “laicista”. No olvidemos nunca que su fundador, el Señor Jesús, no era miembro del clero, no era funcionario de ninguna Religión. Desde le planteamiento del Vaticano II, la Iglesia, es, por concepto, profundamente laica, y los fenómenos “religiosos” que todavía subsisten en ella, no solo no provocan la huida del grueso de los humanos laicistas, sino que es lo que más los atare.

2ª) “En España el 80 por ciento del patrimonio cultural material es propiedad de la Iglesia Católica”

Pregúntese por qué, don Demetrio. Hace mucho tiempo que la Iglesia en Francia renunció a la propiedad de todos sus inmuebles artísticos y monumentales, en favor del Estado, respetando éste el uso, para fines eclesiales de culto, de esos bienes. La Iglesia española no solo defendió con ahínco su propiedad patrimonial cultural-artística, sino que por si acaso, por si había dudas, se valió de una ley franquista para “inmatricular”, en los últimas décadas, infinidad de monumentos. Vd. podría colaborar con las autoridades civiles de Córdoba, y con un sentido de respeto maduro y caballeroso a otras religiones, o bien devolviendo la propiedad de la Mezquita cordobesa a los musulmanes, o, si no, por lo menos, admitiendo el uso común de la misma par ambos cultos. Pienso que Jesús, en los días de hoy, haría eso.

 3ª)  “No hay ninguna partida en los presupuestos generales del Estado para la Iglesia”

He avisado, antes, que más abajo demostraría que al obispo de Córdoba le gustaría que el Estado español fuera más confesional de lo que ya es. La frase que titula este 3º párrafo es la demostración más evidente. Ya hubo tiempo en los que se contemplaba esa presencia de la Iglesia en los presupuestos generales del Estado. Pero esa anomalía jurídica, y perniciosa para la Iglesia, se anuló en su momento, con toda lógica, aunque la situación actual le sepa a poco al señor obispo de Córdoba.

4ª) La X, en la declaración de la renta, según ha señalado Demetrio Fernández,es para recaudar una cantidad, no del Estado, sino de los contribuyentes

En esta afirmación se deja resbalar una comprensión errónea de la contribución del Estado, a indicación de los contribuyentes, a la financiación de la Iglesia a través del IRPF. Y el error se puede observar desde dos puntos de vista ligeramente diferentes, pero complementarios. En primer lugar, ¡a efectos prácticos, el Estado y el conjunto de los contribuyentes es, en la realidad, material y física la misma cosa. Sin los contribuyentes, el Estado no es nada, no existiría. Pero hay otro matiz: el dinero que loa contribuyentes tienen que pagar por ley, según los baremos instituidos, una vez entregados, son propiedad del Estado. Si éste, permite, en nuestro caso español, y para que se haga realmente efectivo, que los contribuyentes puedan indicarle que parte de esa recaudación, ya propiedad del Estado, se destine a otras instituciones, que además, forman parte de ese mismo Estado, como la Iglesia u otras ONGs, pero es dinero que el mismo Estado podría emplear para otros fines.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

Asombrosos comportamientos ¿democráticos?

(Especialmente del partido de Ciudadanos)

No nos facilitan nada nuestros políticos el ánimo y el entusiasmo con los que abordar los la realidad cotidiana de nuestra Democracia parlamentaria. Cada vez que osamos posicionarnos ante el televisor para seguir atentamente las polémicas, mas que nada encontronazos, de la sesión semanal de control al Gobierno, nos topamos con situaciones esperpénticas, sobre todo en lo que podríamos denominar  calificación conceptual de muchos de los criterios y declaraciones de nuestros diputados. Se me amontonan los temas, las dudas, las contradicciones, y las imprecisiones no solo estilísticas, sino de contenido político y democrático. Señalaré algunas.

  1. La lista más votada. Esta expresión se la hemos oído, sobre todo, al PP, y a Ciudadanos. Se ha notado mucho el incremento de esta manera de expresarse, sobre dodo a partir de la aparición de dos partidos nuevos a nivel general, y asentados en toda la geografía nacional, Podemos y Ciudadanos. con lo que en este momento hay cuatro partidos e de implantación general en toda España, por lo que resulta bastante difícil conseguir mayorías absolutas, o que se aproximen a esa suspirada mayoría. Algo que, en una Democracia representativa, ni es, ni debería de ser, un problema, sino que tal vez facilite una más auténtica y mejor solución democrática. No podemos caer en una especie de deportivización  (¿?) de las elecciones, como si fuesen, una carrera que la gana el que primero llega, y que, después, no hay más. La carrera electoral es mucho más compleja, y no termina con el recuento de los votos, sino cuando se establece una composición , ésta sí mayoritaria en el Parlamento, que pueda gobernar. No son los votos de la ciudadanía los que marcan, ¡directamente!,  al presidente del Gobierno, y a su equipo, sino los votos de los parlamentarios, para eso se llama, y se asegura que se trata de, una Democracia parlamentaria. Lo de la lista más votada es un invento de aquellos que quieren gobernar sin una mayoría de apoyos parlamentarios, sin número suficiente de escaños. Por eso tienen razón los políticos al insistir machaconamente de que  en Las Cortes se ubica la soberanía popular, es decir, la soberanía de la nación española. Si bien es verdad que no se lo deben de creer demasiado, a la vista del número de asuntos que escaquean, que no quieren llevar al parlamento, y las veces, en la actualidad muchas más de las necesarias y de las correctas, y se niegan a aceptar las recusaciones políticas, que no hacen falta, ni es preciso, que sean judiciales ni penales.
  2. Ganar en los despachos lo que no se ha ganado en la calle. Una expresión especialmente usada, y querida, por lo que se ve,  por el partido de Ciudadanos. En la actual situación de la comunidad de Madrid, descabezada por la dimisión de la presidenta Cristina Cifuentes, esta partido ha intentado afear al PSOE, y a su portavoz en la Asamblea madrileña, Ángel Gabilondo Pujol, segunda fuerza más votada en las últimas elecciones madrileñas, su pretensión de, a través, de una moción de censura, impedir que el PP continuara gobernando Madrid, ya que el secretari9o general de Ciudadanos, Albert Rivera, ha calificado al partido del Gobierno, en Madrid, en los últimos días, y reiteradamente, como partido “absolutamente corrupto“. No se entiende muy bien, ni regular, ni mal, sino muy mal, que un partido que califica a otro de “absolutamente corrupto”, Ciudadanos lo mantenga en el poder, en una Comunidad Autónoma. A ese reproche, el señor Gabilondo ha respondido, con toda razón, que la Asamblea legislativa de la Comunidad es el despacho adecuado para dilucidar el candidato a la presidencia comunitaria , y no un despacho, ¡éste sí despacho de verdad!, de la calle Génova, o del palacio de la Moncloa. Yo tampoco me fío mucho del estilo democrático del señor Rivera.
  3. Reproches mutuos. Esta mañana hemos contemplado en la sesión de control del gobierno unja jugosos reproches entre políticos bien avenidos, como son los presidentes del PP y de Ciudad0naos, en  los que este último, el señor Albert Rivera ha tenido que oír, de parte de Mariano Rajoy, el dulce y cariñoso apelativo de “aprovechategui”, que nos recuerda el giro vascuence futbolero de “amarrategui”, para los entrenadores que se limitan a la facilona, pero aburrida y burda estrategia, de plantar el autobús de los once jugadores de campo en la portería, para impedir, por sofocamiento y uso abusivo del espacio, que el balón penetre de ningún modo en la misma. La expresión tiene tintes más que despectivos, y si en el fútbol significa falta de recursos y cobardía, en la política viene a querer decir algo parecido, con una sobrecarga en el mundo de la ética: recurrir al aprovechamiento indebido, y tal vez un tanto indecoroso, de circunstancias ajenas, no debidas, ni producidas, por el aprovechador. En este caso, por Ciudadanos, que después de esta breve nota, no queda muy bien parado. Y pienso que sus electores, en todo el tiempo que queda hasta las elecciones, lo van a descubrir, y se lo harán pagar.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

El caso Catalá

(Breve nota)

Este ministro es especialista en montar buenas y lucidas broncas. Hace tiempo que está recusado por el Parlamento, al que los políticos del PP exaltan fervorosamente como santo y seña, icono de la soberanía del pueblo español, pero al que no hacen demasiado caso, sino, más bien, driblan descaradamente en muchas de sus resoluciones. Hace tiempo que, con un mínimo sentido de la democracia, de la lógica, de la justicia y, sobre todo, de la propia dignidad, que este ministro debería haber dimitido, y carecería, por tanto, del amplificador que supone la cartera ministerial. Pero en esas estamos, en la continua y perenne contradicción, entre las bellas palabras y las acciones incoherentes, inadecuadas, y, no pocas veces, burdas e inaceptables del partido en el poder. A veces da la impresión de que los actuales altos cargos del Gobierno, en el estilo político actual, gozan de una impunidad sonrojante, altanera, y hasta provocadora.

En el presente caso, de su comentario sobre el voto particular en la sentencia de tres magistrados navarros en el caso de la Manada ha atravesado, temerariamente, un montón de líneas rojas. Una cosa es argumentar una crítica razonable, ¡y razonada!, a una sentencia judicial, tarea permitida, y de pleno derecho a cualquier ciudadano, y otra cosa es que el ministro de justicia se embarque en una tarea que, por su cargo y responsabilidad, ha de tener, con seguridad, mayor transcendencia y repercusión, lindando, o traspasando abiertamente, los delicados límites de la división de poderes, uno de los soportes fundamentales del Estado de derecho. Y esto, aun cuando la opinión púbica del señor ministro se mantuviera en los límites jurídicos y técnicos de la sentencia.

Pero el mayor agravante, la más chillona y visible línea roja que ha traspasado, ha consistido en entrar en la imprudencia, absolutamente temeraria, como he insinuado antes, de entrar en valoraciones personales de un magistrado. En este caso, el que redactó su voto particular, el señor Ricardo Javier González, al que le ha achacado, o insinuado, algún problema de salud, posiblemente mental, algo fuera de todo lugar, y equivocando todos los detalles de su capacitación para esa tarea, indicando, incluso, con temeraria osadía, que el Consejo Supremo del Poder Judicial debería haber intervenido antes, par evitar desajustes y desvíos en la administración de Justicia.

Esta intervención extemporánea, imprudente, y desajustada, ha provocado un verdadero terremoto en el ámbito judicial español. Por primera vez en la Democracia, las cuatro corporaciones de la judicatura, y las tres de la fiscalía, han presentado una queja furibunda contra el ministro, solicitando su dimisión, pero ignorando, por lo que se ve, que el señor Mariano Rajoy no se mueve cuando lo empujan desde fuera, o tiene esa impresión. Y, a su vez, el ministro se ha movido con prontitud, promoviendo una comisión de estudio de una eventual reforma del Código Penal, referente a delitos de índole sexual, aunque esa comisión ha sido anunciada compuesta exclusivamente por varones. Es fácil comprender la marea de protestas que se ha levantado, consiguiendo que los responsables de la comisión dieran marcha atrás, e intentaran algo tan elemental como cumplir lo preceptuado en la ley de Igualdad, en lo que sea posible. Hay que recordar que, en el mundo de la judicatura, las mujeres ocupan el 53% de los puestos.

(Nota atrevida para los miembros de la comisión de revisión penal a la que me he referido). En mi anterior artículo, titulado “El caso de la Manada, una sentencia aberrante, a pesar de las sesudas justificaciones  de muchos juristas”, expresaba mi opinión de que los jueces, por serlo, no tienen ni el cometido, ni la libertad, ni mucho menos el derecho, de alterar el significado de las palabras de nuestra lengua. Y muchos de los problemas de comprensión de las figuras delictivas derivan de la confusión, y el desvío al no entender las palabras en su significado, o bien oficial, del diccionario de la RAE, o, sobre todo del que entiende la inmensa mayoría del pueblo. Así, por ejemplo, si el código penal, al describir comportamientos como los descritos en la sentencia de la Manada por los mismos magistrados, no los califica claramente de agresión sexual, y de violación, es claro, aun con la oposición de los jueces y fiscales, que se está violentado , y desviando, el significado de las palabras, que no son propiedad ni de legisladores ni de jueces. (¡Líbrenos el Señor de la jerga jurídica!)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

El caso de la Manada, una sentencia aberrante, a pesar de las sesudas justificaciones de juristas.

Soy uno de los millones de ciudadanos que no solo se ha quedado perplejo con el fallo del caso del grupo de energúmenos conocido como “La Manada”, sino que se ha sentido indignado. No soy profesional del  mundo de las leyes, pero tengo una formación jurídica aceptable después de haber estudiado los dos primeros cursos de Derecho en la UNED, y de haber completado la licenciatura en Derecho Canónico, con una tesina de más de 200 páginas, por la Pontificia Universidad de Salamanca. Sé lo que significa el principio de legalidad, su importancia, la exagerada importancia que le conceden los jueces, y la cantidad de atropellos y tropelías que ha provocado. Ya lo he escrito muchas veces, y ahora lo reitero: junto al principio de legalidad debería imponerse el principio de “legitimidad”. Ya sabemos que, por definición , toda ley es legal, y posee el atributo de legalidad, pero no siempre de legitimidad. La ley que permitía, e incluso obligaba, a fiscales y jueces de la Alemania nazi a perseguir y condenar a muerte a judíos, por serlo, era, legal, y gozaba, ¡desgraciadamente!, del principio de la legalidad, pero carecía de toda legitimidad.

Lo anterior va a cuenta de los jueces, lo que sigue ahora, viene a cuento a costa de lo legisladores. Éstos no gozan, en ninguna de las hipótesis, de total autonomía par legislar. Por ejemplo carecen de toda autoridad para violentar el lenguaje, y el sentido de las palabras. en esto estoy con lo que oí ayer en la Tele a Almudena Grandes, que ella no entiende de expresiones y trabas jurídicas, pero sí de la lengua española, que no se la pueden cambiar los legisladores, con esa tendencia insuperable al “farraguismo” (permítaseme este neologismo, casi tan bárbaro como muchas expresiones legales) y a la inclinación al empleo de fórmulas oscuras y abstrusas, que recuerda la crítica que una esposa-alumna de un profesor le espetó al mismo: “Si  puedes ser oscuro, ¿para qué vas a ser ser claro?”. Yo estaba presente cuando esa señora tuvo esa feliz ocurrencia. Y si estamos de acuerdo en etas consideraciones normalitas y nada del otro mundo, es imposible que un juez, y menos tres, o los que sean, después de los hechos probados que ellos mismos reconocen y afirman, en la sentencia de La Manada, es imposible, digo, que recurran a la figura penal de abuso, en nuestro caso, y no al de violación. Evidentemente, hubo las dos cosas, y reiteradamente, algo que evidentemente aumenta la pena.

Consultemos, pues al diccionario de la RAE. Violación: “Acción y efecto de violar”; “Violar”, “Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento”. Según el relato de los hechos, descrito por los propios magistrados, la muchacha ni estaba en su total discernimiento, a causa de la bebida u otras causas, y no  es creíble que una chica de su edad entrase de su entera  voluntad en un sórdido y oscuro portal, con cinco muchachotes dispuestos a una juerga. Como tampoco es  verosímil que al derivar el suceso a las acciones que detalladamente describe la sentencia, como penetraciones múltiples y reiteradas, con gestos y comportamientos execrables, incómodos y hasta dolorosos, y, desde luego, vergonzantes y “avergonzadores”, la protagonista no hubiera cambiado drásticamente de su hipotética y dudosa primera voluntad. Hay que recordar a los señores jueces, que en medio de una orgía, si la persona dice que “hasta ahí hemos llegado“, y quiere parar, todo lo que se le haga después en contra de esa ¿segunda? voluntad constituye un comportamiento delictivo. La misma gran periodista y escritora, Almudena, que he citado nos recordó ayer cómo, hasta no hace mucho tiempo, si en una relación sexual había comportamientos no deseados, pero no se llegaba a la penetración, los jueces se resistían a reconocer el delito de violación. En este brutal y vergonzoso caso de Pamplona, se admite en el auto que hubo penetraciones de todo tipo, y no por parte de un solo sujeto, sino de cinco., lo que aumenta ad nauseam el desvalimiento, la inseguridad, y la indefensión de la víctima. . ¿Qué más habrían de perpetrar los miembros de esa verdadera “manada” para que se declarase el delito de violación sexual?

Y otra idea, espero que final, que se me ocurre para este caso, pero aplicable a otros muchos. Si un juez, en conciencia, entiende que la figura de delito descrita en el código no le satisface, o deja serias dudas en su aplicación, por ética, algo que es perfectamente exigible a los jueces,  no solo puede abstenerse de formular la sentencia, sino que debe hacerlo. Y eso por un doble motivo: por que al persistir la duda, el principio de legalidad pierde fuerza y consistencia, y el de legitimidad para el juicio desaparece y pierde toda su consistencia. muy especialmente si, como en el caso que comento, está en juego el respeto escrupuloso a la libertad de una persona. Aspecto que, me parece, han tenido muy poco en cuenta los tres magistrados del tribunal de Pamplona.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Otra vez poca valentía, y espíritu pusilánime, en la congregación vaticana de Liturgia

(Pequeña, y leal y fiel, nota explicativa)

La congregación (vaticana) para el culto divino  y la disciplina de los sacramentos” ha denegado la petición de los obispos alemanes para que la parte no católica de las personas-parejas de matrimonios mixtos, es decir, entre católico/a y otra persona bautizada, pero de otra confesión cristiana, luterana, por ejemplo, puedan comulgar en la Eucaristía que celebren juntos. Esta congregación naveta para tras, y pierde alegre, irresponsablemente, cualquier ocasión de aplicar el Evangelio con sensatez, y con espíritu, lógico y cristiano al mismo tiempo. Hubo mucho autores, en los inicios de la época de la Ilustración, que aceptaban la obra y la herencia de Jesús, pero vituperaban de la Iglesia. Voltaire, sin ir más lejos, afirmaba, “Jesucristo predicó el Reino de Dios, y …¡he aquí! que surgió la Iglesia”, a la que no colmaba de flores ni loores, sino que, más bien señalaba como una traba , muchas veces, para el genuino, auténtico, y verdadero seguimiento de Jesús. 

Esta idea de la Iglesia como fuerza negativa, a veces, como rémora al seguimiento de Jesús, como obstáculo al la coherencia con el Evangelio es preciso aclararla. Si en algo se parece la comunidad cristiana al judaísmo es, precisamente, en el aspecto fuerte, preponderante, y necesario, de la vivencia comunitaria de la Fe, (del pecado, y de la Salvación), en contra de un individualismo estéril y paralizante. en este sentido, la comunidad eclesial, la Iglesia, es necesaria y fundamental. Pero hay otro aspecto, o perspectiva, que lograron imponerse a través de la Historia, desde los que la Iglesia es definida, fundamentalmente, por lo que tiene de administrativo, institucional, organizativo, y, por eso mismo, jerárquico. Es la Iglesia que, a partir del siglo IV, fue emparejándose con el poder, hasta convertirse, en la Edad Media y moderna, hasta nuestros días, en uno de sus principales baluartes en el mundo. Y como leía el otro día en Religión Digital (RG), el papado es uno de los más eximios ejemplos, o el que más, de encarnación y uso del poder en el mundo. Y esto en una comunidad a la que su Maestro enseñó: “el que quiera ser el mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor”, y, “si yo, al que llamáis Maestro y Señor, porque lo soy, os he lavado los pies, también debéis lavaros los pires unos a otros”. (Por eso es tan bonito el título medieval del Papa, “servus servorum Dei”, (servidor de los siervos de Dios).

Y volviendo al tema que ha motivado esta pequeña nota, y, aun a costa de que me considere un rebelde y excomulgado cismático un jerarca eclesiástico anclado en el poder, me atrevo a afirmar que si los liturgos oficiales del Vaticano conociesen, limpiamente, y sin prejuicios, la escena de la institución de la Eucaristía por parte de Jesús, en la última cena, no se atreverían a impedir que fieles cristianos, no por   profesar una fe diferente, sino por militar en disciplinas administrativas y burocráticas diferentes, puedan ser apartados y vetados del cumplimiento de un mandato, ¡que es más que un deseo! de Jesús!: Tomad, comed, bebed, haced. ¿Es posible que ante mandatos tan claros, explícitos, y diáfanos del Señor Jesús, alguien tenga la osadía de dar contraórdenes, que eliminen la voluntad ineludible de Jesús?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara