“Corpus christi”: garantía de calidad

La reciente celebración de la fiesta del Corpus me hace escribir esta reflexión, que muchas veces he presentado a mis fieles en la homilía de la fiesta, especialmente en mis años de ministerio en Brasil. Se trata de resaltar e insistir en la palabra, el concepto, la idea “cuerpo”.  Se nos presenta a veces la experiencia cristiana como una especie de elucubración  mística y espiritualista, como una aventura sublime de inmersión en un mundo elevado  transcendiendo la simple realidad terrenal. Me da la impresión de que la sombra  de Platón es demasiado alargada. Cuando Jesús se quiso quedar entre nosotros lo hizo como lo que es, un cuerpo,  a través de signos sensibles, corporales, que propician el auténtico encuentro con Él, mucho más seguro y garantizado que la piedad contemplativa.

Este no es un alegato contra la mística, si bien es verdad que ésta ha propiciado mucho fraude y falsedad, sino una defensa de la corporeidad. Que ha sido vilipendiada y renegada como el principio de todos loa males, en una mala y superficial lectura del Evangelio de San Juan. No somos un espíritu que desgraciadamente ha sido castigado y encerrado en un cuerpo (Platón), sino un cuerpo animado por una conciencia o un espíritu. No somos cuerpo y alma al cincuenta por ciento, sino cuerpo al cien y alma o conciencia al cien por ciento, depende de la perpestiva desde la que lo contemplemos. Según Heidegger, el ser humano es “demasiado, excede”.  Y no “tiene” cuerpo, como puede tener una casa o un coche o una camisa, sino que “es” cuerpo. Por eso no tiene sentido luchar para ir eliminando la traba del cuerpo, con azotes, ayunos, abstinencias, y otros excesos ascéticos. O denigrar y aborrecer el sexo como si ese regalo placentero del cuerpo (¡aunque el principal órgano sexual es el cerebro!) sea un engendro diabólico. El creyente sabe que la naturaleza, y el cuerpo, por tanto, es cosa de Dios.

Ya sabíamos por la fe que Dios se encarnó en Jesucristo. Pero es maravilloso celebrar sin complejos la “corporeidad” de Jesús, y proclamar sin tapujos “el Cuerpo de Cristo”. Para mí, y soy consciente de que ésta es una opinión muy personal y no muy correcta eclesialmente, la fiesta del Corpus está algo o mucho desenfocada. Está bien la abundancia de signos eucarísticos, el derroche de belleza y luminosidad en tantas manifestaciones y procesiones, la estética y la belleza que rodean la proclamación de fe eucarística, pero ese folklore religioso, legítimo y hermoso, no es lo más importante de la celebración, y no pueden esconder ni soslayar la profunda y cristianísima antropología que se desprende de la afirmación “cuerpo de Cristo”.

Y es que a partir de este reconocimiento explícito, teológico y litúrgico, el ser humano es engrandecido, y todo cuerpo humano es digno y sagrado, y merecedor de respeto y atención. El cuerpo maltrecho de los ancianos, el de los leprosos, el de aquellos que tienen una enfermedad que lo destruye a cachos, el de los sidosos, el de las prostitutas, el de los presos hacinados en covachas inhumanas. El cuerpo humano no es instrumento para nada ni nadie, ni se puede mancillar con la tortura, aunque nos pueda proporcionar información vital para la seguridad de un estado poderosísimo. La fiesta del “Cuerpo de Cristo” consagra y enaltece y dignifica de tal modo todo cuerpo humano, construído con la misma arcilla que el del Señor, que la mera existencia de ese cuerpo ahora glorificado, pero cuerpo y no fantasma, asegura para todos los humanos una dignidad y excelencia que constituye el valor supremo de la creación.

He puesto en el título “Corpus Christi, garantía de calidad”, pero es mas exacto decir “garantía de Excelencia”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

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