Martini, profeta poderoso, hombre fiel.

Hubo un tiempo en que Pablo, y Santiago, y Silas, y Marcos, y un largo etcétera, podían, y lo hacían, increpar y corregir fraternalmente a Pedro. Y delante de la comunidad, de la asamblea santa litúrgica. El pueblo de Dios sirve para esas cosas, no se escandaliza, no es un simple lugar teológico. El ministerio petrino lo entienden los primeros cristianos con la clave evangélica del lavatorio de los pies, del servicio al prójimo y de ponerse en el último lugar. Tal vez por eso, aunque medieval,  el título más entrañable del Papa sea “servus servorum Dei”. Con el aumento meteórico del poder papal a partir de San León Magno el “pueblo de Dios” va perdiendo protagonismo, se convierte en mero espectador y comienza a desertar. El Concilio Lateranense IV intentó arreglar el mal con sus disposiciones normativas sobre el culto dominical,  y el Concilio de Trento siguió en la misma línea, pero La Iglesia se había convertido hacia tiempo en un cuerpo extraño, con mucha cabeza y un tronco raquítico. Y así continuó cuatro siglos más, hasta el Concilio Vaticano II.  No  es de extrañar que en la época conciliar se volviera de alguna manera al uso de la primitiva Iglesia en lo tocante a la libertad de diálogo y opinión entre los fieles y el Papa, por lo menos los fieles más señalados por su ministerio, al fin y al cabo en eso se parecieron a los interlocutores de Pedro en los inicios. Pero no a escondidas, sino delante del pueblo de Dios, no en los cenáculos restringidos clericales de las curias diocesanas o vaticana. Todos recordarán la célebre entrevista concedida por el cardenal Suenens a un diario francés de amplia tirada y notable repercusión en la que exponía sus puntos  de vista sobre varios temas, (uno de ellos su deseo de que las nunciaturas fuesen suprimidas),  bien diferentes de los de su gran amigo el Papa Montini Pablo VI. ¡Dichosos tiempos esos en los que la libertad de los hijos de Dios era algo más que una bella expresión engañosa! Es evidente que hoy ese espíritu de libertad sería chocante, o no sería de ninguna manera. El lúcido catedrático de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca, D. Teodoro Jiménez Urresti, no se cansaba de alertar a sus alumnos, entre los que me encontraba,   del peligro de “papolatría”, ¡en una universidad pontificia! Era la palabra que usaba, y parece que con visión premonitoria.  Viene esto a cuento a raíz de la figura del Cardenal Carlo María Martini, y de su último libro publicado (ed. Herder)  Coloquios nocturnos en Jerusalén. El título ya es evocador, en especial para quien tenga la dicha de conocer la ciudad de David, y la suerte de haber caminado a la bella y misteriosa luz de su noche de luna. El aire mágico y la cercanía del entorno terreno del Señor crucificado habrán ayudado sin duda al apasionado  y piadoso conocedor bíblico, ya de por sí libre de hipotecas intelectuales o eclesiásticas, e intrépido buscador de la verdad, a murmurar consigo mismo coloquios plenos de verdad y libertad. El resultado es esperanzador. Martini, que en ciertos asuntos tiene palabras de elogio para Lutero, solicita de la autoridad de la Iglesia el valor de enfrentarse a problemas que no están ni seriamente planteados y menos resueltos, sino que siguen y seguirán enquistados hasta que a la luz del Espíritu, y con valentía, sean puestos encima de la mesa, discutidos y solucionados. Problemas como la ordenación de  mujeres y de hombres casados, el celibato de los ordenados, una orientación sexual más de acuerdo con la psicología y la antropología modernas en temas como el control de natalidad con medios anovulatorios o el siempre recurrente del preservativo, o la homosexualidad. En el fondo, el gran cardenal emérito de Milán pide a Dios para la Iglesia ideas nuevas y valientes para desafíos de siempre. Y lo hace con humildad y un profundo sentido de fe, y hasta con una conmovedora e inquietante sinceridad. No vacila en presentar y confesar sus dudas de fe, y sus diálogos abiertos, pero respetuosos, con Dios.  Algo que parece atormentarle muy íntimamente es el enfrentamiento siempre repetido pero mal enfocado entre la fe y la ciencia, y que le afecta por las dos vertientes, como gran creyente,  y como paciente y exigente investigador. Sería muy saludable para la Iglesia y para los científicos afectados que las cuestiones se enfocasen con el espíritu abierto y respetuoso del cardenal Martini. Tan sólo los verdaderamente creyentes están exentos de ese miedo cerval a los postulados científicos, ¡como si Dios  pudiera contradecirse en dos caminos por Él propuestos hacia la verdad, distintos pero coadyuvantes! Martini, en el que puede ser su testamento cordial, cristiano y espiritual, se nos presenta como un profeta poderoso de nítida visión e interpretación de la realidad actual a la luz de la fe, exactamente como los profetas clásicos, con una capacidad sorprendente de coger el toro por los cuernos, y de una fidelidad inmediata y a toda prueba a quien hay que ser fiel, a Dios y a la propia conciencia, y mediata y a largo plazo a las instituciones y dirigentes de la realidad eclesial, exactamente como los grandes profetas, que en grandes perspectivas, que son las de la Providencia, eran más fieles al templo y al sacerdocio, a los que aparentemente vituperaban, que los propios funcionarios sacerdotales del momento. Lo malo es que los profetas, como el más grande de ellos, Jesús, suelen ser rechazados por los constructores que no saben reconocer las piedras valiosas para el edificio. Si no, ¡qué gran Papa hubiera sido el cardenal Martini!  Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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