Sacrificios, ¿para qué?

Antes de nada quiero aclarar que la pregunta se dirige a los sacrificios “artificiales” e innecesarios, y a los rituales, no a los sacrificios fruto del peso de la vida y a los necesarios para, por ejemplo, ser un buen atleta, entrenándose con sacrificio, etc. Hecha esta aclaración entro en materia. En este Décimo Domingo del tiempo ordinario (8 de Junio de 2008) la Palabra nos presenta un tema muy frecuente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, aunque parece que tan repetidamente como se nos ofrece se nos olvida, o le damos de lado. Lo presenta la 1ª lectura, (lectura que siempre en el tiempo ordinario nos da la clave para escuchar y entender el Evangelio), por medio del profeta Oseas. Pero antes da un pequeño rodeo, que a su vez constituye otro tema central de la espiritualidad y de la fe cristianas: “esforzaos por conocer al Señor”, pues este conocimiento es como la lluvia que fecunda nuestro desierto intelectivo. Se nos olvida con frecuencia que un mal enfoque en el camino y proceso del conocimiento de Dios  nos hace desbarrar en nuestra comprensión teologal. Esto constituye un tremendo problema, tanto a nivel individual como institucional, en la Iglesia. Nos fiamos demasiado de nuestra ideas, pequeñas, relativas y de poco alcance, para valorar los comportamientos humanos, y hasta pretendemos enjuiciar y corregir los de Dios. Recordemos aquel texto de Isaías “¿que no es justo mi proceder, decís?, en el que Dios se queja de que no atienden a su carácter diferente, transcendente, otro, SANTO, sino que se dejan llevar insolentemente, nos dejamos, por nuestra precariedad  mental y emocional. Ese es el problema: no entender, y, por eso, no respetar la Santidad, la “otreidad” de Dios. Esa es la razón de que no entendamos los gustos de Dios sobre los sacrificios y la misericordia. Es poco probable que un imponente Sumo Sacerdote o un no menos imponente Cardenal de la Iglesia Romana alumbren  la sospecha de que sus ideas morales no coincidan con las de Dios, algo que incontables veces ha pasado y pasa. Este desfase sólo lo ilumina una Revelación auténticamente entendida y humildemente aceptada.  No se nos pasa por la cabeza que ideas perfectamente lógicas y morales para nosotros no sean apreciadas por Dios, que hasta bromea con nuestras ocurrencias: “¿Es que pensáis que me gusta el sebo de toros y novillos?”. Los profetas avanzaban en el trazo de la línea divisoria entre religión natural y fe-revelación. La misericordia es un concepto-experiencia que en el hebreo de la Biblia tiene parentesco con la raíz de la palabra “útero”, y, según ese matiz, tener misericordia significa ayudar a alguien a regenerarse, a cambiar, a mejorar, a “nacer de nuevo”, como dice Jesús a Nicodemo que deberá suceder. Éste entiende que para eso tendría que “volver al seno de su madre”. Pero hombre, Nicodemo, ironiza Jesús, “eres maestro en Israel ¿y no sabes esto”?. Nunca acabaron los judíos de entender y aceptar la Santidad de Dios. Y me temo que nosotros tampoco. Es lo que Jesús echa en cara a los fariseos al oír su comentario acerca de la naturaleza de los invitados al banquete que Mateo preparó al Maestro: “a ver si os enteráis qué significa misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos. Hay que reconocer que Jesús era ¿excesivamente? atrevido y provocador comiendo y bebiendo rodeado de prostitutas y publicanos, a quienes la mayoría del pueblo detestaba por el fraude y la extorsión con que realizaban su encargo de cobrar los impuestos ¡para los romanos! No era fácil ni lógico para mentes estrechas, moralistas y legalistas, aceptar pacíficamente ese comportamiento “escandaloso”. Imaginemos al cardenal de Nápoles, a la vista de todos, banqueteando rodeado de mafiosos, y de alegres y vistosas chicas de la calle. Sería chocante, pero, además de improbable, altamente explosivo. Intentemos comprender y tener misericordia de los pobres fariseos, tan obtusos y encorsetados en sus planteamientos.  Peor es nuestro caso. Ellos no podían cambiar tan drástica y rápidamente de mentalidad. Y nosotros, dos mil años después, y conociendo todo el Evangelio, y los dichos y hechos de Jesús, y su muerte y resurrección, y todo lo demás, ¿podemos todavía permanecer anclados en nuestras posiciones moralistas y legalistas?  Pienso que a los hombres, en toda su maravillosa y compleja diversidad de modos de ser y de situaciones, les va mucho mejor la misericordia que los sacrificios. Y enfrentar con misericordia las situaciones muchas veces angustiosas de hermanos nuestros en situaciones comprometidas socialmente, como los cristianos de otras confesiones, los ateos, los apóstatas, los indiferentes, los casados por lo civil, los divorciados, los homosexuales, los drogadictos, las prostitutas (¡que nos precederán en el Reino de Dios!), los borrachos, los desgarrados, los mal vistos, etc., resulta mucho más evangélico que hacerlo con el Derecho Canónico , interpretado con altas dosis de moralina. Nunca olvidemos que con su encarnada corporeidad y con su comportamiento oferente a Dios y a los hombres,  Jesús hace que no haya más realidad profana, que todo sea sacro. La era de los sacrificios se acabó con Jesús.  Me dijo una vez un obispo en Brasil: “Me doy cuenta de que a la misa la llamas siempre Eucaristía, cena del Señor, banquete eucarístico de la comunidad, asamblea dominical, etc. Y  nunca Santo Sacrificio de la Misa”. Le respondí: “Lo de misa viene de “ite misa est”, que es cuando el pueblo, que ya no dominaba  el latín,  se daba cuenta alborozado de que podía marcharse. Denominación, pues, penosa y lamentable. Y lo de Sacrificio no me gusta. Y pienso que a Dios tampoco”. Leed la 1ª lectura y el Evangelio de este Domingo, y otras decenas de textos, y me decís sinceramente si estoy muy equivocado. Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara. 

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