A vueltas con la libertad de expresión

Estas líneas no quieren ser una replica al artículo de Luis Mª Ansón publicado en El Mundo del viernes, 20 de Junio. Pero tiene en él el punto de partido  y la inspiración. Lejos de mí polemizar con un maestro de periodistas como Luis María. Sólo quiero pensar un poco en voz alta, o mejor, en página abierta. Es evidente que en una democracia la prensa libre es una necesidad y una garantía. Como es también evidente que la libertad de expresión de todos los ciudadanos es uno de los ingredientes esenciales y constitutivos de la democracia. Es una evidencia tan palmaria que nadie, en su sano juicio, puede poner en duda. De ahí yo deduzco, me parece que con una lógica elemental, que nadie se atrevería a pronunciarse contra  esa libertad, y menos un servidor del Estado, como un juez. Luego si se emite una sentencia condenatoria por una conducta equis de un comunicador, caso de Federico Jiménez Losantos, nunca se podrá alegar, como primera defensa, la quiebra del derecho a la libre expresión, porque es un derecho elemental y todos la admiten. Cada uno tiente que pensar que no es el único en defender escrupulosamente ese derecho. Otra cosa es que todos lo entiendan del mismo modo, y que sea obligatorio y evidente un modo concreto de entenderlo. Por desgracia este dogmatismo se da con demasiada frecuencia. El derecho a la libre expresión no es ilimitado. Se pueden perfectamente dar casos de mal uso de esa libertad, como se puede dar el caso, harto frecuente, de condena por mal uso del derecho a la propiedad privada. A nadie se le ocurriría objetar a un juez que condenase por apropiación indebida, por ejemplo, que con esa sentencia se estaba conculcando el derecho a la propiedad privada. Mi derecho termina donde empieza el del otro. Creo que podemos hablar también de un uso indebido del derecho a la libre expresión. Lo que pasa es que se ha sacralizado, por algunos, este derecho, sobre todo en ejercicio de la tarea  periodística, y se olvida que esta libertad alcanza a todos los ciudadanos, y que son justamente los periodistas los que, por ética profesional, más atentos deberían estar a sus límites en su trabajo. No es lo mismo lanzar ciertos improperios en la barra de un bar que en las páginas de un periódico o en los micrófonos de una radio. Nadie puede pretender la inmunidad ante la fuerza de las palabras, que pueden muchas veces significar una amenaza más peligrosa que la violencia física. Puede incluso llegar a constituir un maltrato psíquico. No se puede confundir la chispa creativa epigramática o irónica con el insulto y la ofensa gratuitos y ajenos al asunto principal. Y quien se siente herido en lo más íntimo tiene derecho a solicitar el amparo judicial y éste tiene la obligación de producirse.  Y, pregunto, ¿gozan de verdadera libertad de expresión todos los periodistas en todos los medios? ¿No están atados muchas veces por la ideología, o, lo que es peor, los intereses económicos de las empresas propietarias? Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara. 

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