Desde Albi, con amor

 He visitado Albi este verano. La ciudad, abrazada por el Tarn, ofrece una vista panorámica que impresiona. Su catedral, una sólida y poderosa iglesia fortaleza constuída por un obispo precavido y guerrero de corazón, llama la atención por el color rojizo de su ladrillo, tan frecuente y característico en esa región francesa de pueblos rojos y monumentos encendidos de un rubí brillante, como la catedral de Toulouse, un románico-gótico tan original como llamativo. 

Albi posse un montón de joyas históricas y artísticas, pero no puedo menos de citar el mágníficco Palacio  de la Berbie, antiguo palacio arzobispal, uno de los más famosos e influyentes con el de Avignon, hoy convertido en el inexcusable museo de Touluose-Lautrec, pintor hijo de la histórica ciudad. Y la catedral de Santa Cecilia, ya citada.

Pero mi intención no era hablar de los monumentos y de la historia de Albi, sino de la sensación dolorosa que sentí al contemplar la ciudad desde el otro lado del Tarn, río caudaloso y sereno hasta que se encrespa en unas hoces majestuosas y atronadoras. Sensación dolorosa al contemplar, al atardecer, tanta belleza , con el sol poniéndose a su espalda y tiñendo el horizonte de rosa y púrpura.

El color del atardecer me traía implacablemente a la memoria la sangre y la violencia con las  que esta ciudad de belleza tan turbadora, y otras como Béziers, Lavaur o Montségur,  fueron castigadas , en la cruel, implacable e interesada (¡políticamente!, como no) cruzada contra los albigenses, llamados después así por refugiarse en Albi (Albiga, según algunos antiguos documentos romanos), también conocidos como cátaros, o perfectos.

Es verdad que el concilio de Toulouse de 1229 había redactado 45 cánones para perseguir la herejía, y también lo es que se trataba de una burda desfiguración de la fe cristiana, pero nos duele contemplar una vez más, y yo lo recordaba in situ, y me dolía, la tragedia siempre repetida de intentar sojuzgar las conciencias y las mentes con las espadas, la hoguera y la fuerza.

No lo puedo remediar. Me es imposible ejercer simplemente de turista ansioso de anécdotas y curiosidades. Contemplar las ciudades y los sitios cargados de historia me hace revivir ésta intensamente, identificarme con las gentes y los sucesos que en ellas sucedieron, y sentir una especie de piedad y compasión, ¡tanto tiempo después!, por vencedores y vencidos, perseguidores y perseguidos, asesinos y víctimas. Y desde mi pobre corazón levanto una oración al Señor para que nunca más nos matemos por ningún motivo, pero menos por ideas, o palabras, por actitudes o interpretaciones que tengan algo que ver con Él y con su Palabra.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

2 Responses to “Desde Albi, con amor”

  1. Tu sensibilidad permite que el sufrimiento, al margen del propio, también te duela.
    Sin este sentimiento, tu oración, tan necesaria, no se habría abierto paso.

  2. La ran sensibilidad es la tuya, Susana. Gracias.

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