Del “tu es petrus…” al “vade retro, Satanas”.

En los dos últimos domingos, 21º y 22º del tiempo ordinario, el Evangelio nos ha deparado dos textos seguidos del capítulo 16 del evangelio de S. Mateo,  que me han hecho reflexionar mucho.

El domingo anterior, 21º, Jesús alababa a Pedro por su confesión de la mesianidad y divinidad de Cristo, porque eso no se lo había “revelado la carne ni la sangre sino el Padre celestial”. Y en el Evangelio de ayer, 22º domingo, el mismo Jesús increpa gravemente (le dice, nada menos, “¡apártate de mí, Satanás!”) al mismo Pedro por pretender éste disuadir a Jesús de cumplir su tarea redentora a través del sufrimiento y de la muerte, porque en ese tema Pedro no pensaba “como Dios sino como los hombres”.

Todo el mundo sabe cómo muchos eclesiólogos, sobre todo oficialistas, han aprovechado el primer texto para fundamentar las tesis petrinas clásicas. En contra del parecer menos utilitarista de los exegetas deducen alegremente que ese texto enseña la edificación de la Iglesia sobre Pedro, y no sobre el colegio apostólico, del que Pedro es portavoz en la medida en que se deja llevar por el Espíritu de Dios. De ahí que la Iglesia proponga en el Credo: “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica (¡no petrina!).

Sin embargo, del 2º texto, el del Evangelio de ayer, “apártate de mí, Satanás”, ni una palabra se oye o se lee en los sesudos tratados sobre el ministerio de Pedro. Debemos pensar que algo quería decir el Evangelio con ello, y no parece difícil deducir el qué. Si Pedro, los apóstoles, se dejan llevar por el Espíritu, y hablan o enseñan algo revelado por el Padre, entonces son dichosos y base y cimiento de la Iglesia. Si se dejan llevar por sus propios criterios, o por los de la gente, (“unos dicen que eres tal, otros, cual…”), o por su propio interés, o el de una parte de la Iglesia, entonces serán una piedra de tropiezo para su misión salvadora.

El gran profesor de la Pontificia Universidad de Salamanca Don Teodoro Jiménez Urresti decía con frecuencia que en la Iglesia había mucho, excesivo “papalismo”, y en los últimos tiempos podemos ver cómo esa innecesaria veneración hacia el Papa está llegando casi a una peligrosa “papolatría”, mitificando la figura y el ministerio petrino, olvidando que puede ser, como Pedro, débil e incoherente,  y constituirse, como Pedro para Jesús,  en una rémora para los planes de Dios en su Iglesia. Por eso, una crítica fraterna y caritativa del ministerio papal no sólo es posible, sino necesaria y deseable.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

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