Es muy probable que Dios exista, ¡vivamos alegres!

No ganamos para sobresaltos. Ahora unos ciudadanos, autoproclamados ateos, nos invitan amablemente a prescindir de la hipòtesis divina, y dedicarnos a vivir tranquilamente, sin miedos ni servidumbres sobreañadidas. Del “probablemente Dios no existe” la inclusión de la variable “probabilidad” es la picardía más simpática y más peliaguda. Nadie medianamente razonable puede impugnar semejante aserto por radical, ofensivo o insultante. Solo la fe rescata la existencia de Dios del mundo de la probabilidad. Y la fe no es obligatoria ni imponible.

La segunda parte de la propaganda es mucho más controvertible, la que anima a vivir despreocupado y feliz, como consecuencia de que es grande la probabilidad de que Dios no exista. Aquí radica, para mí, el meollo de la cuestión, la madre del cordero. Yo tengo la más firme convicción de que la fe y la experiencia de la existencia de Dios nos ayuda a vivir más sosegados y tranquilos. Los cristianos somos acusados a veces, piénsese en Nietzche, de dependientes y cobardes, que recurrimos a Dios para tener la seguridad que deberíamos tener por nosotros mismos, de que Dios destruye la autonomía del hombre.

¿De donde se han sacado los del anuncio que la afirmación de la existencia de Dios nos haría vivir preocupados, asustados, con el alma en un puño, acongojados, usando el eufemismo de un amigo por “acoj…”? En mi opinión, aclarar la procedencia de esa prevención es lo más interesante y urgente en el tema de los “autobuses ateos”, que sería puramente folklórico, si no tuviera unos ribetes preocupantes, según mi opinión, como voy a intentar explicar.

Es innegable que muchas veces los cristianos hemos vendido pésimamente el Nombre de Dios, es decir, la realidad del Dios en que creemos, el Padre de Jesús. Si la Iglesia se mantiene por tanto tiempo es porque siempre ha habido en su seno, la mayor parte de las veces de modo anónimo y discreto, creyentes sinceros, seguidores de Jesús, aceptadores alegres del señorío de Jesucristo, en el silencio y la fidelidad, intentando y consiguiendo con la gracia del Señor ser testigos del amor en el mundo, “como Él nos amó”. Del amor de Dios, del amor a Dios y del amor entre los hermanos, aunque a veces enemigos y contrarios. Ver “cómo se aman”, ser testigos de esa revolución en un mundo de violencia y sangre, eso fue lo que admiró, deslumbró y después convirtió y venció al mundo romano.

Pero la Iglesia Organización, Institución, digámoslo claramente, la jerarquía de la Iglesia, en su perspectiva del mundo desde la altura del poder y de la influencia política, que no desde la fe de los pobres, de los “anawim”, ha presentado demasiadas veces a un Dios juez, no misericordioso, sino justiciero, metomentodo, aquel enorme Ojo del triángulo, que nos chantajea y nos hunde captando y grabando indeleblemente toda la realidad pecadora y condenable del hombre. Ese Dios que bien merece el grito de ¡Dios ha muerto!

Entre la  gente no cristiana, o cristiana de nombre y bautismo, pero nada más, muchos más conocen a este Dios del ojo inmenso, que nos objetiva absolutamente, como diría Sartre, que al Dios Padre de Jesús, “cuya misericordia es eterna”, que se echa a los brazos del hijo que vuelve fracasado y asustado, el Dios cuya justicia es el perdón y la salvación, y no el reproche y la condenación. Se ha ido fabricado en cierta praxis normativa y moral de la Iglesia un Dios moralista y moralizador, antípático y enemigo del hombre, exactamente como el maligno quiso convencer a la primera pareja, un Dios competidor de la autonomía y de la belleza y la libertad del hombre.

Cuando es lo contrario. Para el verdadero creyente es Dios quien nos “da alas de águila”, quien potencia y eleva nuestras pequeñas y pobres aptitudes, y las multiplica y fortalece, porque “mi fuerza y mi poder es el Señor”. Cierta vez, en uno de los muchos retiros que tuve que pasar y sufrir hasta llegar a la ordenación de presbítero, un predicador avisado y esclarecedor, cuyo nombre no recuerdo, nos dijo: “uno de los principales mandamientos del creyente es la alegría: no nos está permitido vivir en la oscuridad de la tristeza” . Pues eso. Si lo supieran, es decir, si lo vieran en la vida de los que nos decimos creyentes, nuestros animados y originales hermanos propagandistas de un cierto ateísmo ingenuo y de puntillas tal vez no se dedicaran a alertar a los demás del peligro de que la hipótesis de la existencia de Dios sea cierta. Por lo demás, respondamos a la ¿provocación? con una amable sonrisa incitadora al diálogo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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