¡España en un brete!

Este Areópago, por su propia naturaleza, toca y trata todos los asuntos, todos los temas, teóricos y prácticos, quiere ir desde las más elevadas y alejadas elucubraciones hasta los acontecimientos más específicos, muy concretos y particulares unos, globales y generales otros. Ahora el asunto por antonomasia es “la crisis”, ese coco asustador, no de niños y almas cándidas, sino de los más sesudos, duros y preparados analistas y protagonistas de la  vida social, económica y política. 

Así que el Areópago quiere dedicar unas palabras a la crisis. Todavía no lo había hecho. Pero si es cierto que esta ventana está abierta a todos los horizontes, también lo es que lo hace desde un ángulo, una perspectiva especial: la relación que las ideas y los hechos puedan tener con la vivencia y la experiencia de la fe. Este es el Areópago que usó, y en el que, aparentemente, fracasó San Pablo, el gran evangelizador de Tarso. Nosotros queremos seguir su línea, aprovechar todos los medios y modos de evangelización. Todo tiene para nosotros relación con el Evangelio y con la fe.

El panorama que ofrece el informe que presentó ayer el ministro de Economía, 16 de enero de 2009, es desolador. El paro llegará a cotas olvidadas, el déficit público se acercará hasta el 6%, superando ampliamente los 3% que impone la UE como límite, cuando hace dos años estábamos con un superavit del casi 2%, uno de los mayores logros del Gobierno de Zapatero-Solbes. Por no hablar del déficit externo que crecerá asustadoramente. Y ¡si el panorama internacional ayudara a crear signos de recuperación y superación de la actual coyuntura! Sin embargo es todo lo contrario, y no habrá una solución española sin una mejora sustancial mundial.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con el Evangelio? Más de lo que parece. Ya ha quedado claro y diáfano para la autoridad de egregios economistas, con mucho sentido común al mismo tiempo, que la causa más profunda de la crisis, sobre todo en su aspecto financiero, ha sido la “avaricia”. Sí, uno de los pecados capitales. Éste no es el momento, ni el lugar, ni yo la persona indicada, para realizar un estudio profundo y científico de la realidad socio-económica, pero sí para reflexionar y meditar sobre la condición humana, y las consecuencias de sus diversas opciones y actuaciones.

Nunca fue verdad, pero ahora ha quedado palpablemente demostrado, que el liberalismo económico puro, el simple “dejar hacer”, fuera un sistema ni ético, ni práctico ni productivo. El esperar que la búsqueda individual del bien y de la riqueza haría que todos los recursos humanos y materiales se fuesen ensamblando y arreglando en una especia de sinfonía común, cuyo resultado final fuera satisfactorio tanto para los aspectos globales como para los particularismos de cada instrumento, esa utopía, digo, sólo ha beneficiado a los más preparados y ricos de salida. Y ni a éstos, porque la avaricia rompe el saco. 

En España hemos vivido tres décadas de ininterrumpido crecimiento económico, que nos ha situado a la altura de nuestros vecinos europeos, hasta hace bien poco muy distanciados de nosotros. Pero desde mi observatorio parroquial he constatado que la pujanza económica no ha ido acompañada de un paralelo desarrolo cultural, social, humano y humanista. Más bien al contrario, siempre según mi oopinión. Uno de los fenómenos más desoladores del panorama español es, para mí, el increíble número de programas basura, que supone una audiencia-basura millonaria. Los mismos programas de concursos “culturales”, que parecen tan serios y apañaditos, además de que de cultura soló tienen el barniz que destaca a los expertos del acertijo, esconden una manía febril por el dinero y el enriquecimiento rápido. Éste diagnóstico es el mismo que ha producio la terrible burbuja inmobiliaria, la inversión en construcción, buscando mucho más la alta rentabilidad que el necesario equilibrio entre trabajo, inversión y reales necesidades de vivienda. O el abandono por parte de los trabajadores nacionales de tareas dejadas sin más a inmigrantes, o el absurdo despredio por la investigación y por el trabajo universitario que no sea más que la estéril repetición de viejos eslogans siempre reiterados.

Son necesarios, y no sólo por aumentar los niveles de virtudes éticas o de comportamientos evangélicos, la solidaridad, el sentido social de la riqueza, del trabajo, de la economía, para que sea más productiva, eficaz y “sostenible”, por usar este adjetivo tan repetido y tan socorrido. Contra estilo liberal, estilo social, contra individualismo, sentido comunitario, contra “exclusividad” (“urbanización exclusiva”, ¡donde no hay contaminación, el agua viene con fluor, sólo llueve por la noche, y la gente no puede padecer cáncer, ni infarto, ni se muere!) igualdad, discreción, humildad (de “humus”, tierra, pisar la tierra, no vivir en las nubes); contra ostentación y lujo supérfluo y hortera, sencillez y buen gusto. (¿Puede haber un mensaje más envenenado y antisocial y antihumanitario que “antes muerta que sencilla”?. Pues todos nuestros niños de cuatro a diez años lo cantaban sin la más mínima vacilación). Así nos ha ido.

Contra todo eso me atrevo a recordar las palabras del Maestro: “No podéis servir a Dios y al dinero” (o a las personas y al dinero, o a la comunidad y al dinero). O aquellas otras: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde o malgasta su vida”? Esa es la cuestión, perder el sentido de la vida, el profundo gozo del existir, por encima y por debajo de tantas cosas y ¿valores? insignificantes e insustanciales. Volvamos al Evangelio, que nos ayudará a relativizar y facilitar y simplificar mucho las cosas.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara    

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