La educación en valores y la educación de la ciudadanía.

El Tribunal Supremo (TS) ha fallado que no se puede objetar la asignatura Educación para la Ciudadanía. Se podrán objetar, sin embargo, ciertos desarrollos de la misma que impliquen un adoctrinamiento en valores éticos controvertidos en la sociedad, es decir, en los que ésta no esté mayoritariamente de acuerdo. Todo esto parece bastante razonable y ajustado a derecho.

La jerarquía de la Iglesia insiste en que la asignatura en cuestión esconde un intento no tan disimulado de usurpar a los padres de familia el “inalienable” derecho a la educación ética de sus hijos. Este último aserto es discutible. Puede haber padres, y los hay, que educan a sus hijos en el absentismo escolar, en la práctica “profesional” de la limosna, en todas sus facetas, en el ejercicio espabilado del pequeño hurto, en la práctica más o menos velada de la prostitución, y no digamos en la cultura de la violencia y de tomarse la justicia con sus manos. ¿Tendrá que permitir la sociedad sin intervenir, y su representante autorizado, el Estado, semejante tipo de educación? La respuesta afirmativa sería la dejación de una de las responsabilidades principales de la organización social.

Hay una confusión sobre la actitud educatica a tomar en temas controvertidos y que provocan hasta división en el cuerpo social. Tal vez sería conveniente dejar de lado esas cuestiones, pero eso no siempre es posible en una cultura globalizada de la información como en la que vivimos. Pongo por ejemplo los temas de la cultura de género, del matrimonio entre homosexuales o de la despenalización del aborto. Es evidente que no hay ni puede haber un manual que presente esas realidades como perfecta y maravillosamente  éticas, y por lo tanto, de tranquila transmisión educativa para nuestros adolescentes. Sin embargo, puede y debe presentarlas como situaciones que afectan a unas minorías respetables, cuyo comportamiento no es delictivo, y hacia el que hay que relacionarse con tolerancia y con respeto. Esa es una educación de la ciudadanía, y no una imposición de valores éticos.

Tengo la impresión de que el TS va por la línea que estoy apuntando, y me parece una postura jurídica correcta y elemental. Tenemos que aceptar definitvamente que vivimos en una sociedad democrática y que nadie, ningún grupo, ninguna escuela, ningún iluminado, ninguna Iglesia, aunque subjetiva, e incluso objetivamente, esté en la posesión de la verdad, tiene autoridad o títulos suficientes y convincentes para imponer su postura en el complejísimo mundo de relaciones que vivimos. La solución es clara: cada ciudadano tiene perfecto derecho a poner en práctica sus principios éticos, mientras ese derecho no resulte en la prática de comportamientos delictivos, así definidos por los legítimos órganos legislativos del Estado, sin posible interferencias de luces reveladas o de imposiciones divinas. Es evidente que éstas no se pueden invocar a los que no las admiten. En caso contrario, la sociedad estaría en manos de los que dicen tener línea directa con los dioses. Siendo así, no harían falta ni elecciones ni democracias.

Llama la atención que la Jerarquía de la Iglesia invoque tanto la legítima y única autoridad de los padres en la educación de sus hijos. Si analizamos por encima, y no digamos si lo hacemos por abajo y en lo profundo, la historia de las relaciones entre educación y autoridad de la Iglesia, constatamos, sin apelar ni invocar para nada a la Inquisición, que no ha habido otra institución que se haya arrogado tanto la posesión de la verdad y del acierto en la transmisión de los verdaderos e imperecederos valores humanos y educativos.  De tal modo que concedía la aptitud formadora a los padres en la medida en que éstos siguieran y respetaran las directrices de la autoridad eclesiástica.

Algunos están haciendo de la controversia por la asignatura de la Educación para la Ciudadanía un ejercicio de lucha por la influencia en la sociedad y por el poder. Y creo, sinceramente, que el escenario es otro, y la discución debería ser más clara y honrada.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

One Response to “La educación en valores y la educación de la ciudadanía.”

  1. Es tan nefasta la instrumentalización de la asignatura que podría ser el contraejemplo de lo que, en una sociedad democrática y madura, cabría esperar de los que se arrogan unos principios éticos y morales.

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