El alegre carnaval

Estos días la gente anda atareada en preparar, probar y ponerse el disfraz de carnaval. Los chicos de poscomunión de mi parroquia desfilaron anteayer felices y entusiastas por la principal avenida del barrio. Junto a decenas de grupos carnavaleros, que mostraban  su más conmovedora disposición a la fantasía, al ritmo y a la alegría. Hice la prueba, pregunté: ¡Oye, chaval, ¿por qué celebramos el carnaval? La respuesta más repetida: porque es carnaval. ¿Y qué es el carnaval? Pues el carnaval es…¡el carnaval!. Así como si afirmaran: llueve porque llueve, porque hace mal tiempo, o brilla el sol porque hace buen tiempo.

Ni rastro del origen religioso del carnaval. Otra pregunta: ¿irás a ponerte la ceniza el miércoles de ceniza? Respuesta: ¿me estás vacilando, tío? Y por ahí baja la marea humana, adulta, joven e infantil, moviendo el esqueleto y desafinando las desabridas y reiterativas coplas al fresco viento del anochecer ¡porque es carnaval! Tuve un ataque de nostalgia, de “saudade”, en la cálida y rica expresión brasileira. Recordaba mis tres carnavales vividos en la explosión colorista, rítmica y envolvente de Río de Janerio, adonde recalé, en mi primer carnaval, a mis tiernos veintiocho años, perdido, junto con otros compañeros de faenas evangelizadoras, en medio de una ciudad tomada por la elegancia y el éxtasis, por el calor, el sudor y la caipiriña, por el delirio de los cuerpos transformados en puro instrumento vital y musical de la samba y el candomblé. ¡Felices e imborrables noches!

He dicho “elegancia”, y no ha sido un descuido ni un lapsus. Se suele decir que Río de Janerio es noticia en el mundo entero en los días de carnaval por el inigualable espectáculo del desfile de las escuelas de samba y por la cantidad de homicidios y delitos. Lo primero es la pura y deslumbrante verdad. Lo segundo lo es a medias. Leí varios estudios sociológicos en los que se demostraba que en carnaval había en Río un número similar, e incluso más bajo, de crímenes que en otras épocas. Lo que sucede es que los focos del mundo entero están vueltos hacia la ciudad maravillosa en los días de la folía colectiva, y en otros días nadie se ocupa de la criminalidad carioca.

Me llamó profundamente la atención el que, sin exagerar, entre dos o tres, o más, millones de personas ocupasen la ciudad, no todas en la misma plaza o calle, es evidente, sino desparramadas por todas las calles de centro y de los barrios más carnavaleros, bailando y sambando en una inmensa pista de baile, catarsis colectiva de una sociedad normalmente atormentada por la pobreza, la inseguridad y el abandono. Blancos y negros, ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y maduros, gente buena y malandros de toda la vida. ¡porque es carnaval!

El espectáculo comunitario de esa muchedumbre dando rienda suelta a sus impulsos íntimos de musicalidad, ritmo y elegancia es, para mí, mas impresionante y sobrecogedor que el académico y oficial  del desfile de las escuelas, que es, desde luego, deslumbrante e increíble en su suntuosidad y en su elegancia, y, sobre todo, en su samba. Pero el carnaval carioca, con ser todo eso, y significar un despliegue de lujo, buen gusto y musicalidad, es, ante todo, un estado de ánimo, un estado de espíritu. Una especia de alianza con lo más luminoso, lúdico y existencial que puede ofrecer una comunidad que vibra al unísono de las necesidades y pulsiones más íntimas y consustanciales al profundo colectivo, atávico y, al mismo tiempo, actual y cotidiano de un pueblo. 

En el siglo XIX, y hasta la mitad del XX, el carnaval, por exigencia insoslayable de la jerarquía eclesiástica, tenía que terminar a las 00 hs. del míercoles, doce de la noche del martes de carnaval. Muchos carnavaleros no resistían la tentación de seguir la folía, y la policía tenía que cargar, sin mucha convicción ni energía, contra los infractores de la norma. Hoy continúa la carga y el paripé policial contra carnavaleros, en la noche de la madrugada del miércoles de ceniza, pero es ya teatro y representación folklórica y lúdica. Lo importante es dejar bien claros dos aspectos esenciales del carnaval: el desenfreno de la libre, imaginativa e inocente infracción, y la seridad cultual del tiempo perentorio, que corre y es inexorable. Por eso muchas Iglesias de Río, el día de miércoles de ceniza, abren sus puertas para celebrar misa a las cinco de la mañana, para que los “foliôes” puedan acabar su carnaval rindiendo culto al motivo por el que lo han celebrado: la catarsis penitencial y religiosa, de quien se prepara para celebrar seriamente la cuaresma. Igual que los tiempos de las “carnestolendas“.

¿Establecen esta relación muchos de los carnavaleros de Madrid, Cádiz o Tenerife? Tal vez nuestros carnavales se han secularizado irremediablemente. El teólogo Havey Cox, evangélico norteamericano, publicó dos libros relacionados con el tema: La ciudad Secular y La fiesta de los foliôes (locos). Tal vez en la ciudad secular el éxtasis carnavalero sea un recordatorio y una llamada a la transcendencia y la profundidad de la vida.

Jesús Mª Urío ruiz de Vergara

One Response to “El alegre carnaval”

  1. jESUS mARI,SABES QUE TIENES UN LECTOR FIEL.eSTE COMENTÁRIO SOBRE EL CARNAVAL-QUE ME PARECIÓ EXCELENTE YENDO AL “MIOLO” DE LO QUE ES,SOBRETODO AQUI,ME DEJÓ TAMBIÉN “SAUDOSO”.
    aQUELLOS DIAS Y AQUELLOS AÑOS JUNTOS EN NUESTRAS PRIMERAS ANDANZAS APOSTÓLICAS.
    sOLO QUERIA TRANSMITIRTE,AUNQUE DE LEJOS,MI AMISTAD
    ABRAZOS

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