La cuaresma como parábola

Se suele decir un poco precipitadamente que la Cuaresma es “tiempo de penitencia”. Pues para que sea cierto depende de qué entendamos por penitencia y por tiempo. Los tiempos litúrgicos no son tiempos estancos y acotados para una determinada y específica experiencia vital, que no se daría en otros momentos, como si la penitencia la viviéramos sólo en Cuaresma, o la esperanza en Adviento. Siempre es tiempo de esperanza, y de penitencia, y de alegría, y de lo que sea. Los tiempos litúrgicos lo son en sentido pedagógico, significativo y celebrativo, no en sentido lineal-existencial.

La Cuaresma dura cuarenta días. El número cuarenta está lleno de significados. El pueblo de Israel pasó cuarenta días en el desierto (más o menos el tiempo de una generación, por entonces); Jesús, que reencarna en muchos pasajes del Evangelio la Historia de Salvación del pueblo de Israel (recordemos la matanza de los inocentes, el clamor en Ramá, la visita de los Magos de Oriente, la huída a Egipto y, sobre todo, la vuelta, en un verdadero Éxodo; o el encuentro con la Ley (Torá) y la profecía en el monte, etc..) es tentado cuarenta días en el desierto.

El sentido de la Cuaresma se relaciona mucho más con estas experiencias paradigmáticas, convertidas en litúrgicas, contenplativas y de interiorización, que con las penitencias, sacrificios y ayunos que podamos inventarnos. Si hacemos ayuno y abstinencia no es porque a Dios le agraden especialmente (¡que gustos más raros tendría Dios!), sino que por tradición nos ayudan a recordar el tiempo que vivimos, a asumir la historia del dolor y del fracaso que carga la humanidad sobre los hombros, desde el pecado, como nos recuerda la 1ª lectura del primer domingo de cuaresma, del libro del Génesis.

Los profetas nos invitan a rasgar el corazón, no las vestiduras, y a sentir el abismo y la angustia de la existencia en lo profundo del alma, más que a demacrar el rostro. Esa interiorización de las actitudes caracteriza a los profetas clásicos, y Jesús la transmite a la naciente comunidad cristiana, al nuevo pueblo de Dios. Recordemos que “corazón” significa, en el mundo bíblico, lo interior de la persona, los proyectos de la mente y las emociones y sentimientos del corazón.

La Teología moderna, dejando de lado la pasada y pesada insistencia moralista y comportamental sobre el concepto, y, sobre todo, sobre la experiencia de pecado, nos propone una lectura profunda y existencial, justamente a partir del relato del Génesis, sobre el desvalimiento y la limitación del ser humano, como campo abonado y causa al mismo tiempo de sus aventuras -mejor, desventuras- de desgarro y autodestrucción. Y como oorigen del dolor y del fracaso.

Todo esto lo vive la Liturgia en la Cuaresma, con el telón de fondo de la Pasión del Señor, quien encarnó hasta el límite la condición humana de limitación y desconcierto. Él también conoció desesperadamente “el silencio de Dios” (¡Padre!, ¿por qué me has abandonado?), tanto como los que se escandalizan de ese vacío y silencio agobiante con motivo de las tragedias y la desolación que barren cada poco las diversas regiones del mundo, en una secuencia inacabable, desde los orígenes de la humanidad, de sin sentido, de absurdo y de dolor, las mismas que provocaron todos los interrogantes del libro de Job. No achaquemos a una sádica y vengativa providencia de Dios (¿o tal vez a la ciega fatalidad de los agnósticos?) la catástrofe y la terrible destrucción y furia aniquiladora. Preguntémonos si no tendrá razón el Génesis al declarar al mundo maldito por causa del hombre, de su sinrazón, de su soberbia, de su avaricia, de su frivolidad, de su imprevisión, de la injustica con que permite unas regiones opulentas y seguras hasta la exageración, junto a otras de una precariedad de medios insultante. Un buen tema para pensar en esta Cuaresma, sobre la crisis económica global como Pasión de la humanidad, y sus porqués.

Jesús Nª Urío Ruiz de Vergara.    

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