“¡No juzguéis…no condenéis!”

En la entrada nº 90 de este blog, Turbulencia y dolor en Italia, tejía yo mi reflexión sobre el caso de Eluana Englaro, quien por fin acabó muriendo, y terminaba así mi artículo: “Piedad para Eluana, piedad para el padre de Eluana“. Pero no, no ha habido piedad para él por parte del Cardenal Javier Lozano Barragán, quien lo acusó de “asesinato”. Hoy, a las siete de la mañana, he oído en la radio que el Sr. Englaro va a demandar al Cardenal por semejante acusación. Y me han entrado ganas de llorar. ¿Como es posible que algunos jerarcas de la Iglesia se hayan vuelto tan implacables, tan crueles, tan justicieros, tan inmisericordes, tan antievangélicos?

¡Bueno!,  justo después, a las nueve y media, celebraba la Eucaristía con mi pequeña comunidad mañanera, y oíamos con gratitud y con una mezcla de alborozo y desasosiego el corto evangelio siguiente: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.” (Lc.6, 36-38). Y todos sabemos que no es el único texto jesuano en el que se predica y se invita al mismo comportamiento: a la compasión, a la ausencia de juicio y de condena, al perdón , a la generosidad.

Quiero salir muy expresamente al paso de una “excepción” que algunos invocan a esa palabra de Jesús: esta enseñanza sería válida y de urgente cumplimiento para aquel que quiera considerarse cristiano, a no ser que se trate de los encargados de velar por la moral individual y colectiva, que se verían obligados a juzgar y condenar todo lo que ¡¿piensen!? que se aparta de la moral natural. Pues bien, con el derecho que tengo y tenemos de pensar libremente, y de escuchar el Evangelio sin prejuicios y sin ataduras, afirmo, sin la más mínima duda, de que esa excepción no es legítima ni válida. De ninguna manera. Por varios motivos:

  1. Nadie tiene el encargo de velar por la moral pública con autoridad impositiva . La decisión moral es una tarea muy íntima y peculiar de las personas, individual y colectivamente consideradas. El Estado, reogiendo el sentir y la evolución de los valores dominantes de la ciudadanía, y guiándose por el bien común, puede y debe marcar como delictivos, si es necesario, los comportamientos que considere lesivos o peligrosos para la pacífica y ordenada convivencia. Pero no puede entrar en el ámbito de la moral, para determinar la bondad o maldad ética de los mismos. 
  2. Como ya me expresé en otra entrada ( nºs 36, 38 y 39 “¿Qué es eso de la moral católica?”), y a ella me remito, el concepto de “moral natural” es filosófico, no teológico, ni menos dogmático. Aunque gozase de amplio consenso, cosa que está lejos de suceder en el panorama de la filosofía moral de hoy, nadie estaría obligado a aceptarlo como apodíctico, ni a explicar la realidad humana y moral según sus supuestos postuladosy  exigencias  para el comportamiento colectivo social.
  3. Otra cosa es el “comportamiento” cristiano, consecuencia de la aceptación voluntaria de la palabra de Jesús, quen se arroga el derecho de superar no sólo el entramado de lo que en su tiempo sería la  ley natural, sino hasta el derecho positivo de su pueblo, en su caso “divino”, de la Torá. Ahí están sus asertos solemnes del sermón de la Montaña “oístes que se dijo…pero yo os digo”. Así el adulterio ya no es simplemente un coito prohibido por el matrimonio de una de las partes, ni legítimo el odio al enemigo , (lo era perfectamente  en la ¿ley natural? -la venganza entre los germanos era no sólo legítima sino obligada moralmente-), ni el asesinato lo constituye solamente el hecho de matar a alguien. En los tres casos, como en general en todo el comportamiento humano, hay una llamada al interior de la conciencia y del corazón (si desprecias a tu hermano o lo llamas imbécil ya lo has matado en tu corazón, si deseas en tu interior a una mujer o a un hombre casados ya has cometido adulterio, al enemigo no hay que odiarlo, sino amarlo en lo íntimo del corazón). La referencia comportamental del cristiano no es la hipotética ley natural sino la Palabra de Jesús.
  4. La ley natural, que teóricamente se tenía que imponer sin más a la conciencia,  permitió, también entre la Jerarquía de la Iglesia, o en connivencia con ella,  durante mucho tiempo, masacrar al enemigo, torturar y humillar al sospechoso, no de crimen, sino de herejía (claro que la ley natural, conspicua ella, permitió en aquellos tiempos considerar la herejía como delito. ¿La ley natural o los condicionamientos culturales relativos a una época y a un lugar de terminado? Y además de la clarividancia de la ley natural, ¿donde estaba en la Iglesia el “plus” de conocimiento moral procedente de la Revelación? Ni una ni otra sirvieron para detectar como barbaridades, que lo eran , comportamientos cotidianos, aparentemente sencillos y honorables. La ley natural no los detecta porque es, para mí, por lo menos como la suelen explicar, una ilusión; y la Revelación, porque su foco y su subsidiariedad van por otro lado).     
  5. Volviendo al cardenal Lozano Barragán, Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud, opino que en lo referente a la muerte de Eluana, y posterior situación dolorosa de su padre, habría hecho un gran favor a todos, creyentes y no creyentes, tomando una actitud compasiva, misericordiosa, comprensiva y prudente, en lugar de lanzar declaraciones más o menos acusatorias y condenatorias. Reitero que a mi enteder no tiene ninguna autoridad para hacerlas, por muy Presidente del Pontificio Consejo para la Patoral de la Salud que sea, sino que más bien, como cristiano público y notorio, debería guiarse, en  una actuación o toma de postura públicas, por los pricipios evangélicos. A nadie se le puede obligar a sentir en su corazón amor al prójimo, y menos al enemigo, pero la Iglesia puede exigir a sus jerarcas, por lo menos en sus actuaciones públicas, que no escandalicen a los más pequeños con posturas abiertamente antievangélicas. 

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

2 Responses to ““¡No juzguéis…no condenéis!””

  1. Para que cierto sector eclesiático tenga misericordia, primero tienen que sentirse HOMBRES, es decir, AMAR. Pienso que en muchos casos no conocen el significado de esa palabras y se creen seres perfectos y por encima de nosotros pobres pecadores. Posiblemente fueron educados así.

  2. No encuentro otro texto, que aclare mejor cómo se llevará nuestra salvación a cabo, que el de Lc.6, 36-38.
    Todos tenemos que agrandar la medida, de otra forma no podremos estar contenidos.
    La medida definitiva tendrá que ser la suma de las medidas de cada uno. Para nosotros va a ser un reto condenar los actos y no las personas, y para este fin, estamos implicados en no empequeñecer la Justicia que nos hará falta en su día, ya que nadie somos del todo justos.

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