El misterio del corazón humano

La 1ª lectura de la misa de hoy, del profeta Jeremías, es sobrecogedora:                   Así dice el Señor: “Maldito quien confía en el hombre, y en  la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto. Nada más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo entenderá? Yo, el Señor, penetro el corazón, sondeo las entrañas, para dar al hombre según su conducta, según el fruto de sus acciones.”  (Jr, 17, 5-10) Un joven brasileño de catequesis de confirmación me dijo, a raíz de este texto: “No puede ser, Dios no puede decirnos que no confiemos en la gente“. Efectivamente, llama la atención la dureza de esta maldición que Jeremías pone en boca de Dios. Sin embargo, la expresión queda bastante más suave e inteligible si la colocamos en un contexto bíblico, y todavía más clara en un ambiente de teología profética de los “anawim”, de los pobres de Yavé. La entenderemos bastante bien si la enfocamos desde dos perspectivas que el mismo texto insinúa: una teológica, y otra psicofilosófica. 

  1. Perspectiva teológica, de fidelidad a  la alianza.                             

Los profetas insisten en que el cumplimiento de la alianza es la piedra de toque del bienestar y de la realización (salvación) del pueblo de Israel. El aspecto colectivo es el primordial, por la gran sensibilidad comunitaria que tiene el mundo bíblico. Pero después, en un nivel claramente secundario, también sacan la misma conclusión a nivel individual: a mayor fidelidad a la alianza, mayor garantía de realización y de seguridad de cada persona. “Maldito el hombre que confía en el hombre” no quiere decir, pues, que será desdichado en grado sumo quien es confiado y se siente seguro, y no suspicaz, con su prójimo, sino que la maldición adquiere toda su fuerza y virulencia si uno pone “toda” su confianza en alguien o en algo que no sea el Señor. Ese el sentido de la frase “y en la carne busca su fuerza”, con la conclusión, evidente para un israelita creyente y pendiente de la alianza, “apartando su corazón del Señor“.  Para un hebreo fiel está muy claro que sólo en Yavé  se puede poner toda la confianza, y que cualquier tipo de “adoración” efectiva, aunque no formal, de otra realidad, persona o cosa, constituye el mayor pecado que conoce: la idolatría. Por aquí va la maldición del “hombre que confía en el hombre”   2.    2.     Perspectiva psico-filosófica.              En la literatura bíblica la palabra “corazón”  tiene connotaciones diversas y más amplias que en nuestro mundo occidental. Entre nosotros, corazón dice relación, eminente y casi únicamente, al mundo de los afectos, del sentimiento, del amor, al ámbito de las relaciones de amor, amistad, cariño. También, al universo de las relaciones familiares, especialmente de padres, y muy específicamente, de las madres, a hijos y nietos. ¿Quien no ha visto a una madre estrujar a su pequeño bebé mientras proclama ¡corazón!? Y el signo de una flecha atravesando un corazón en árboles, rocas y en los lugares más insospechados y a veces hasta peliagudos, en todas las épocas y por todos los sitios, nos dice, como escribió Karl Rahner en un memorable artículo sobre la devoción al Corazón de Jesús, que “corazón” es una protopalabra cuyo primer significado, relacionado con amor,  se ofrece directamente en el uso del lenguaje.             Pero en el mundo bíblico corazón”  significa eso, pero también mucho más. Cuando afirma que “Dios sondea el corazón” no se refiere sólo a cómo andan nuestros afectos y quereres, sino que insinúa un repaso profundo al “interior” de la persona, allá donde se cuecen no apenas los sentimientos, sino también los más secretos proyectos y planes, los pensamientos más escondidos, sean conscientes o inconscientes. Podemos afirmar que con el término “corazón”  la biblia indica ese hondón tremendo y oculto, ese sótano donde se debaten, en una mezcla difícil de dominar, y más difícil de desentrañar, los sentimientos, los proyectos, los planes, las ideas, las preferencias, los miedos, las lealtades y las traiciones. Todo eso, ¡nada menos!, quiere decir “corazón”  en la Escritura.            Por eso, podemos intuir que Jeremías, en el texto que nos ocupa, (“nada más falso y enfermo que el corazón”) además del motivo que hemos visto más arriba de no ser infieles a la alianza confiando en alguien en quien ponemos toda nuestra vida, también alerta de la inseguridad y zozobra que resulta del propio corazón humano, cuyo contenido no es generalmente transparente, sino más bien turbio y tortuoso. Y eso no por un deseo especial y voluntario de engaño o de despiste por parte de la persona, sino por la especial limitación, pobreza y finitud del ser humano. En el que, evidentemente, es excesivamente comprometedor depositar una confianza total.  Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara                                                                                                                                                                                                

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