El pecado y la misericordia

Lo quiero dejar bien claro desde el principio: no estoy a favor del aborto, y he sufrido en mis carnes pastorales, en Brasil, el drama y la desesperación de chicas del grupo de jovenes de mis parroquias de Sâo Paulo y de Londrina, hijas de padres “catolicísimos”, “apavoradas” y desquiciadas por el miedo y el falso respeto a sus progenitores, drásticos, radicales y crueles hasta la aberración. ¡Y las hijas acababan abortando! Hubo en uno de aquellos años de los setenta más de tres millones y medio de abortos clandestinos en Brasil, según cifras del gobierno refrendadas por organismos de la ONU. Una verdadera sangría, una orgía y una saña “sanitarias”, ¡un prodigio de leyes preventivas y evitadoras de la horrible lacra! Por supuesto que el aborto, en la época que describo, estaba penalizado. 

Como no se escapa hasta al lector más desavisado, estas líneas las escribo a raíz de dos hechos de gran repercusión mediática: a)el caso de la violación, por parte del padrastro, de una niña brasileña de nueve años, con el consiguiente embarazo de gemelos, y el aborto legal en ella practicado, y b) la campaña de la Conferencia Episcopal Española (CEE)contra la nueva ley de plazos del aborto legal, aún no aprobada en el Congreso, campaña en la que se alerta de la existencia de una mejor y más práctica defensa del lince ibérico que de los fetos humanos.

En el primer caso ha llamado poderosamente la atención que el arzobispo de Olinda y Recife , sucesor por tanto del mítico Don Helder Cámara, Don José Cardoso Sobrinho, se haya dado tanta prisa en excomulgar a la madre de la niña y a los médicos que practicaron el aborto. En un primer momento la curia romana salió inequívocamente en defensa de monseñor Cardoso, pero después el arzobispo Rino Fisichella, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, lo criticó con palabras ásperas, al mismo tiempo que nos legaba un párrafo de extraordinaria calidad y calidez humana y cristiana: “Son otros los que merecen la excomunión y nuestro perdón, no los que te han permitido vivir y que te ayudaron a recuperar la esperanza y la confianza”, escribe dirigiéndose a la niña. Según el arzobispo italiano, el padrastro que violó a la niña es quien debería haber sido excomulgado. La niña, escribe, “debía ser en primer lugar defendida”, y “antes de pensar en la excomunión era necesario y urgente salvaguardar su vida inocente y devolverla a un nivel de humanidad de la cual, nosotros, hombres de la Iglesia, debemos ser expertos protectores y maestros”.

Como se ve, menos mal, no todas la sensibilidades en la Iglesia son iguales. Además, el arzobispo de la Curia extraña que el arzobispo brasileño se haya dado tanta prisa y tanta publicidad en pronunciar una excomunión que no requería nada de eso, pues sobre el aborto quirúrgico voluntario recae una excomunión “latae sentenciae“, que se contrae sin necesidad de pronunciamiento por parte de la Iglesia. ¿Pretendía monseñor Cardoso un poco de publicidad en asunto tan espinoso, pero de tanta virulencia mediática? Si la Iglesia misericordiosa perdona al que practica el aborto, más perdonará un pecadillo de vanidad de uno de sus jerarcas.

Respecto al segundo caso, de la campaña de la CEE, me sorprenden en ella varias cosas. Si el aborto es un pecado abominable, lo será en cualquier circunstancia, y no vamos a negociar una posible ley para mejorarla, sólo vale que no exista. Sean los plazos que sean, para la  mentalidad cristiana siempre deberá ser considerado un delito. La campaña, pues, si no es para conseguir anular la ya existente ley del aborto, desde el punto de vista cristiano no tiene ningún sentido. De lo que conocemos en España, el otro gran partido en la oposición, ya pudo, cuando estuvo en el Gobierno con mayoría absoluta, intentar derogar la ley, pero ni se le ocurrió. Así que podemos concluir que si ahora se suma a la campaña lo hará por motivos de pura oportunidad política, para desgastar al gobierno. ¿Es ese también el objetivo de la Conferencia Episcopal? A muchos se lo parece. ¿Por qué la CEE no hizo con gran despliegue y fuerza una campaña parecida cuando gobernaba un partido que teóricamente resultaba más maleable a la sensibilidad episcopal? ¿A ninguno de los estrategas de la CEE se le ocurrió aprovechar la oportunidad única con ocasión de un Gobierno de derechas? ¿Que pretende la CEE, luchar seriamente contra el aborto o entrar en el juego político?

Hay una seria y razonable duda sobre si la despenalización del aborto, con matices, hace aumentar o disminuir el número de abortos. Se han dado, estadísticamente, los dos resultados. Lo que pienso que nadie puede dudar es que a ningún legislador le gusta el aborto. La despenalización siempre se ha visto, con una figura tipica de la teología moral de la Iglesia, como un mal menor.  Me decía el padre de una joven que abortó en Londrina (Brasil): “Ya estoy anonadado con lo que le ha sucedido a mi hija. Imagina cómo estaría si además me la metieran en la cárcel“. ¿Hay todavía en la Iglesia jerarcas que se acuerdan de que la Misricordia de Dios es eterna? ¿O es que ésta solamente funciona en pecadilloos veniales, del tipo “Padre, me acuso que he faltado a la modestia y contra la paciencia, y de que he tenido y consentido en malos pensamientos”?

(Continuará)

Jesús M Urío Ruiz de Vergara

One Response to “El pecado y la misericordia”

  1. Más bien parece con tanto traspiés, en España y en África, que hay una campaña para que se olvide que Dios ama hasta lo incompresible al hombre, y además, que este Dios abunda, en amar más, al que peor lo pasa.

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