El pecado y la misericordia (y II)

Tenemos, además, otras consideraciones sobre el aborto:

No es nada probable que, en el caso de los embriones, o de los fetos de pocos días, se pueda hablar de “vida humana”, y mucho menos de “persona”. Cuando los científicos, biólogos o médicos, se pronuncian sobre la cuestión, están avanzando en una discipplina que no les toca, y de la que no son para nada especialistas. Una cosa es”vida” biológica, y otra cosa es vida humana. Los parámetros de ésta no son revelados por la ciencia ni la medicina.

Sé que estoy entrando en un terreno tabú, pero, fiel a mi idea del Areópago, debo expresar con claridad, sinceridad, y con mucho respeto, mi opinión. Lo mismo pido de quien esto lea. El ser humano es mucho más que un conjunto de células, es mucho más que una estructura corporal organizada. Y para que ésta exista, son necesarias estas dos cosas: 1º, que esta estructura esté animada por la vida (un cadaver no es un cuerpo humano, sino unos despojos, unos restos orgánicos) y 2º, para que sea “humana”, para que se pueda hablar de persona, se requiere algo que los científicos no pueden captar con sus microscopios ni en sus laboratorios: lo que llamamos alma, otros llaman espíritu, otros conciencia.

Que los hombres de ciencia me perdonen, pero disertar sobre lo “humano” no es un ejercicio científico sino filosófico. Ya sé que los que se llaman a sí mismos científicos miran por encima del hombro a los que ingenuamente se proclaman filósofos, pero tienen que admitir que si aceptan que la persona es más que un simple cuerpo animado, deberán concluir que de ese “plus” que constituye lo específicamente humano nada dicen sus disciplinas. A no ser que de entrada admitan que el hombre es sólo el cuerpo.

Yo no soy de los que me pliego fácilmente a las solemnes y aparentemente sesudas proclamas científicas, excesivamente frecuente pseudo tales. Pondré un ejemplo tal vez políticamente incorrecto, pero no por eso menos plausibe: Einstein, gran físico, desbarró cuando se metió en el campo de la meta-física. Ni siquiera un concepto tan “físico” como el tiempo se puede apurar y encuadrar bien sin una consideración filosófica, en el caso, cosmológica.

Volviendo al tema que nos ocupa. El ser humano, la persona, además de lo que es en sí, un cuerpo espiritualizado, o un espíritu corporeizado, es, para los demás, objeto de su mirada, de su observación, de su ciudado, de encuentro, de choque, de diálogo; alguien para ser amado, para ser odiado, para ser conocido, no necesariamente racionalmente. Esta “objetivación”, que rechazamos tan ingenua como romántica y equivocadamente, es uno de los dramas de la existencia humana, como afirmaba Sartre. Esta experiencia múltiple e interpersonal que caracteriza a la persona es lo que llamaban los existencialistas el “caracter histórico” del ser humano. El ser humano es todo lo que han dicho siglos de filosofía y de antropología, y, además, es una historia, no es un puro ser “en sí” sino “para sí”, y por eso para los otros. Un ser que se confunde con el devenir y el desarrollo de su personalidad en la historia.  

Muchos atribuyen a esa imposibilidad de “historia”, de encuentro pluripersonal, de los que carece el feto, la vieja y constante tradición de negarle personalidad jurídica hasta cierto tiempo de vida autónoma, apartado de su madre. Está claro, y no pretendo decir otra cosa, que no es lo mismo  personalidad jurídica que personalidad sin más, es decir, “ser humano”. Pero lo que está claro es que sobre este tema hay una notable serie de dudas.

¿Cuándo hay “vida humana”? Decir que en el espermatozoide, como escuché yo a un catequista neocatecumenal, es una barbaridad, la naturaleza sería una matahombres. ¿En el embrión? Todo indica que no, que todavía no ha recibido la “forma” que haga que la materia coropórea animada, (es decir, viva, eso sí, pues no es lo mismo vida que vida humana, como he dicho más arriba), pase de la fase de proyecto vital  a vida “humana” personal. Por poner un ejemplo sencillo, una semilla tiene posiblemente todos los elementos químicos y orgánicos que tendrá el árbol formado, pero nadie en sano juicio dirá que una semilla es un árbol. Dirá que de la semilla, tras un proceso de crecimineto y transformación, surgirá un árbol, que es algo bien distinto.  

¿En qué momento del feto se puede hablar de “vida humana”? Se ha discutido mucho. Para Santo Tomás, desde luego nada experto en biología, pero pensador profundo y afilado en las cuestiones filosóficas, antropológicas y teológicas sobre la persona, opinaba que tendrían que pasar un cierto número de semanas para hablar de “ser humano”. No es ninguna autoridad definitiva, pero no deja de ser una consideración respetable por parte de un testigo defensor de los más altos valores de la vida humana, y nada sospechoso de frivolidad ni de lanzar opiniones acomodaticias o interesadas “políticamente”.

Es decir, que quedan serias dudas. Yo no aconsejaría ni propondría el aborto en ninguna fase de la vida del feto, ni siquiera en los primeros días. Y esto por una razón clara y poderosa, que “in dubio melius est conditio posidentis”. Ante la más mínima duda, y para mí la duda es pequeñísima, casi microscópica en las primeras setenta y dos horas de la vida del feto, éste merece toda consideración vital y legal. Pero hay que admitir que existen personas respetables, de sano y concienzudo juicio, entre los que se encuentran muchos, tal vez la mayoría de los legisladores, que, en los supuestos que he apuntado, no tienen duda al negar el carácter de persona al nasciturus.

¿Podemos pretender que nuestras dudas sean el parámetro universal, o, dicho de otra manera, se puede exigir que en nombre de un hipotético Derecho Natural, y a instancia de otro hipotético intérprete autorizado de ese Derecho, que sería supuestamente la jerarquía de la Iglesia, se tengan que plegar todos los legisladores de todos los países? Apelando a la sana doctrina del “melius est conditio posidentis” ¿se puede llamar asesinos a los que también tienen que ser tratados con presunción de inocencia en sus ideas y opiniones? ¿o a los médicos que en el ejercicio legal de su profesión, y no teniendo objeción de conciencia, realizan el aborto terapéutico? 

Repito por si no ha quedado claro: yo no lo haría, ni lo aconsejaría, ni sería cómplice con mi silencio. Pero tampoco juzgo ni condeno a los que, con otro enfoque responsable, porque tengo que presumir que así es, se ven, en contra de su gusto, envueltos en tal desgarrador asunto. Y menos trato de irresponsables a los legisladores de tantos países que piensan, en conciencia, que la despenalización del aborto en ciertas condiciones es una medida social y legal que procura el mal menor, con opiniones a favor y en contra de que lo consiga.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

           

  

One Response to “El pecado y la misericordia (y II)”

  1. Jesús Mari:
    No has enterrado el talento que te dieron, no.
    No has dicho aborto no, dejando tu conciencia tranquila y los demás a su suerte.
    Tienes maduro el temor de Dios porque sabes que Él no abandonará al hombre. Tu respeto y comprensión son la ventana por donde entra el amor de Dios para que llegue al mundo, o por lo menos, a tu parroquia, al horizonte de los que te tratan, a los tuyos y hasta el Blog.

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