La “soledad” del Papa

Hablan mucho estos días los medios de comunicación de que el Papa está solo. Me paree a mí que a la altura que entre todos hemos ido levantando al obispo de Roma lo natural es que, efectivamente, se encuentre bastante sólo. Tal vez sus mejores compañeras y testigos de sus estados de ánimo sean las monjitas que lo cuidan. Es bastante frecuente que los altos pesonajes, y los más altos entre ellos, reyes y papas, con quienes de verdad se abran y se sinceren sea con los humildes y despretenciosos criados y fámulos.

Claro que la soledad papal de que hablan va por otro lado. Se refiere más bien al trabajo administrativo vaticano y al ministerio pastoral, y en ambos ámbitos de discernimiento y decisión está involucrada la Curia Vaticana. Así que si yo no entiendo mal, la rumorología y el “desconfiómetro” periodístico vienen a insinuar, o a propalar, o a intoxicar, las malas, o escasas, o difíciles relaciones del Papa con la Curia.

Esta tirantez dialéctica entre la figura personal del pontífice y la maquinaria más o menos colegiada de la Curia es, ha sido, y seguro que continuará siéndolo, un clásico de los mentideros eclesiásticos, sobre todo romanos. Ya pasó con Pío XII, abandonado al final a los cuidados y desvelos de Sor Pascualina. No digamos con Juan XXIII, a quien los cardenales más acartonados en lo físico, ¡algunos de ellos una pura arruga!, en lo psíquico, en lo teológico, y en lo espiritual, hicieron llorar y penar por su “atrevimiento” de convocar nada menos que un Concilio puenteándolos a ellos, próceres de la Santa Iglesia. También se las vio y se las deseó Pablo VI, el tímido e introspectivo papa Montini, con las intrigas palaciegas y las tensiones pro y anti Concilio..

¡Qué decir del ingenuo y confiado Juan Pablo I, fácil blanco de las cargadas espingardas cardenalicias! Y de todos es conocido el tenso y duro enfrentamiento del papa polaco, tan eslavo y oriental él, tan poco delicado y sibilino para el estilo romano, y tan fuerte luchador como flexible deportista, con los retorcidos y maquiavélicos “monsignores” de las intrincadas y laberínticas estancias vaticanas. Así que no nos ha de extrañar nada que un papa intelectual, teutón y poco conocedor de los protocolos diplomáticos tenga sus más y sus menos con la curia.

Se ha hablado, y mucho, de falta de comunicación y de coordinación, y de serios defectos a nivel de asesores y consejeros personales y especializados. Ya se veía venir, pero en las últimas semanas ha explotado el tema con el levantamiento de las excomunión de los obispos lefevrianos, cuyas reacciones dentro del ámbito eclesiástico han merecido una carta exhortación papal, en la que el papa Ratzsinger se quejaba amargamente del tono y el contenido de los comentarios. Algo insólito un papa mendigando comprensión y mejor trato.

Ya apunté en otra entrada de este blog que me parecían exajeradas las críticas al Papa por el levantamiento de la excomunión a un obispo negador del holocausto judío. Es un asunto que evidentemente puede herir susceptibilidades, por ser el papa alemán, y, sobre todo, por el temor reverencial que existe en el mundo diplomático internacional hacia el fuerte lobby judío. Pero una cosa es el mundo de la diplomacia, -¡sí, ya sé que el Vaticano es, por desgracia, un miniestado independiente! -, y otra cosa el ministerio petrino de defensa de la unidad y la verdad en la Iglesia. En ese sentido, mi queja era que se hubiera levantado la excomunión no a un obispo negacionista, sino a cuatro obispos cismáticos que de modo explícito niegan el valor magisterial y pastoral del Concilio Vaticano II, y de los que no consta hasta hoy una retractación oficial y clara de esta postura.

¡Lo que que son las cosas, y hasta qué punto pueden ser delirantes las intrigas vaticanas! Después de mis anteriores apreciaciones en el nº 87 del blog “¡Pobre Concilio!” ha llegado a mi conocimiento, leyendo diversos artículos de periódiocs y revistas, la idea de buen número de vaticanistas de que la desazón y la opinión negativa de buen número de curiales y eclesiásticos no es porque el Papa no haya tenido en cuenta las ideas anticonciliares de los lefevrianos, sino por la razón contraria: la de que les parece que el Papa va “demasiado despacio” (sic) en el desmantelamiento del Vaticano II. ¡Pobre Papa! Está condenado a la más lacerante y opresora soledad tanto por los que querrían barrer definitivamente el Concilio como por los que anhelamos que sea restituído al epicentro de la vida de la Iglesia, y puesto definitivamente en rodaje, y rápidamente aplicado sin miedos en toda su riqueza renovadora. Ésta va quedando oculta por los aires neocons del anterior pontificado, y por las añoranzas de una rancia tradición litúrgica en el actual. 

¡Que el Señor dé ánimo, fuerza, luz y decisión a Benedisto XVI! 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “La “soledad” del Papa”

  1. Si nuestro Papa quiere dar en el clavo de la unidad de la Iglesia, tendrá que enfrentar la peor forma de soledad: el miedo a equivocarse, la soledad de sí mismo.
    Me uno a tu oración.

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