La institución diaconal

La lectura de la misa de ayer nos presentó el martirio de S. Esteban. Y el sábado, de la segunda semana de Pascua, nos contó la instauración, por parte de los apóstoles, de la institución de los diáconos. Dice el Libro de los Hechos: “No está bien que nosotros abandonemos la palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de saber, y los pondremos al frente de esa tarea; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra”. Siempre he pensado que ese día podría ser aprovechado por Caritas para celebrar su fiesta anual.

El origen de los diáconos nace de una necesidad práctica, administrativa y organizativa, no litúrgica. Los apóstoles vieron con gran clarividencia y sentido pastoral y fraterno que su tarea era la oración y la Palabra. En lenguaje de hoy diríamos la Santificación (sacramentos) y la Evangelización (palabra). Y la tercera pata del trípode, -el amor, la caridad, el ejercicio público y visible del amor fraterno-, quedaría reservado a esos nuevos ministros de la comunidad, quienes velarían por que sus cuidados y recursos llegaran equitativamente a todos.

Durante los primeros siglos los diáconos fueron fundamentales en todas las Iglesias, especialmente en las que contaban con más hermanos, como la de Roma, o Milán, o Alejandría o Antioquía. De todos es conocido el papel protagonista de San Lorenzo en la Iglesia de Roma, y, en general, de todos los archidiáconos. Podemos decir sin ninguna exajeración que era la figura más importante después del Obispo.

La razón de ese protagonismo es la convicción esencial en las primitivas iglesias de que el amor fraterno, la caridad, era pieza fundamental en el funcionamiento y en la credibilidad de las comunidades cristianas en vistas a la Evangelización. Sin la presencia de esa “caritas” eficaz en el servicio se convertirían en una falacia, en signos vacíos, en un fraude a la misión eclesial de visibilizar el amor de Dios en el mundo.

Pero todo cambió con la “politización” de la Iglesia, tras el decreto de Constantino, primero, equiparando el Cristianismo con cualquier otra religión, y el de Tedosio, después, declarándolo religión oficial del Estado. La avalancha de muchedumbres sin evangelizar, ni catequizar después, hizo que la jerarquía de la Iglesia desviara poco a poco sus polos de interés y de ocupación diaria. No tardaron en llegar las urgencias burocráticas y palaciegas, la necesidad de presencia extra eclesial en la progresiva transformación de los obispos en señores civiles, a veces en cortesanos, y después en señores feudales. Eso, unido al rápido y excesivo centralismo en la figura de los titulares de las diócesis provocó que la misión y el ministerio de los diáconos se fuera convirtiendo en figura decorativa, en su sentido más literal.

El Concilio de Trento y la reforma sixtina no devolvieron al diaconado el esplendor anterior. Y después, todavía recordamos, cuando éramos niños, como el subdiácono (¿?), ese bulto sospechoso sin función ni acomodo, con su tunicela, y el diácono, con su dalmática, “adornaban” las celebraciones importantes, la misa mayor, los funerales de primera, las grandes procesiones, etc. Con el agravante de que una y otra función la ejercía un presbítero, excepto en el Seminario, por razones obvias.

El Concilio Vaticano II sí que intentó revitalizar el grado diaconal del sacramento del Orden, pero, como tantos proyectos, ha sido abortado por el pós-concilio. Ha quedado en esa cosa sentimental y poco o nada representativa en la Iglesia como es la ordenación de algún viudo piadoso como diácono permanente, que generalmente se limitan a la ayuda litúrgica de algún presbítero cansado, mayor o agobiado de trabajo, en la celebración de bautizos y hasta de bodas. Y eso es todo.

De la administración de los bienes y de la organización en general, nada. Y qué bueno sería que los obispos percibieran, como los apóstoles, la necesidad de dedicarse a la Palabra y a la oración. Y menos a reuniones, burocracias, administraciones y aspectos representativos y diplomáticos. Siempre he soñado con un obispo que cada día celebre la Eucaristía en una parroquia, sin maestros de ceremonias ni especiales solemnidades, solamente con la alegría y el gozo inigualables de transmitir la homilía del día a los pocos o muchos fieles que acudiesen, que saldrían esperanzados y reforzados por la palabra de su apóstol.

Pero uno ve que hasta para la tarea de la administración de los bienes de la diócesis se nombra a un presbítero como vicario episcopal. ¿Por qué? Ahí tendríamos un servicio maravilloso para diáconos, casados, por supuesto, pero con un ministerio ordenado y sacramental específico para el que fueron instituídos por los apóstoles, y que, por qué no,   podrían ser nombrados vicarios del obispo. ¿No decimos que hasta la muerte del último apóstol la Iglesia se encuentra en período fundacional, válido hasta el fin de los tiempos? Pues , ¡qué poco caso hacemos al carisma y a la tradición apostólicos! 

A mí me escandaliza la poca consideración que se tiene hoy en la Iglesia  a la consagración ¿ordenación? episcopal. ¿Hacen falta obispos o arzobispos para tareas burocráticas de las oficinas del Vaticano? ¿Son realmente obispos, sucesores de los apóstoles, aquellos que dedican casi todo su tiempo a tareas burocráticas, oficinescas, olvidando que el carisma del obispo es anunciar con autoridad a Cristo Resucitado? Y para acabar, ahí va una seria pregunta teológica. ¿Son verdaderos obispos la legión de auxiliares que pueblan las diócesis de la Iglesia, como ayudantes del obispo y pastor, él sí verdadero apóstol desposado con su diócesis, como Cristo con su Iglesia?

Alguno me tachará de ingenuo e idealista. Como ingenuos e idealistas fueron los primeros critianos que en menos de trescientos años se merendaron la máquina militar, jurídica y administrativa del Imperio Romano. Jamás se ha visto en la Historia nada más práctico y eficaz.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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