“¡Vosotros sois la sal de la tierra…,la luz del mundo!”

No es de extrañar que hoy, uno de junio, fiesta de San Justino, la liturgia de la Palabra nos presente la lectura del Sermón de la Montaña, en el párrafo donde se leen las frases del título. San Justino era un hombre dialogante, un intelctual cristiano sin falsos brillos ni actitud petulante. Escribió al Empaerador una carta respetuosa, pero clara y concluyente, explicando el contenido de las reuniones “secretas” de los cristianos del siglo II, y así nos ha llegado hasta hoy un documento impagable, por la autenticidad y la sobriedad, de cómo celebraban la Eucaristía los primeros fieles. En ese esquema no aparece para nada ningún rito penitencial, en vivo contraste con los tres, o más, que presenta la misa de hoy.

Pero, con ser todo lo anterior muy interesante, hoy quiero dedicar estas breves líneas a una pequeña reflexión sobre las dos figuras del Sermón de la Montaña, de la sal y de la luz, para describir a los seguidores de Jesús. La sal actúa desapareciendo, derritiéndose, muriendo, para que todo el conjunto disfrute de su acción. Si una piedra de sal es tan consistente, tiene tanta personalidad, es tan amante de su ego, tan ególatra, que no quiere desaparecer, el comensal, al tropezar con ella la escupirá de su boca. Y no habrá comunicado al conjunto del guiso su fuerza saladora. Si hay poca sal el plato estará soso, sin sabor, sin gracia, y si hay demasiada será incomible.

Con la luz pasa algo parecido. Es un servicio, como la sal, no es protagonista. Si en el despacho donde escribo las paredes, el techo, mi sillón giratorio, la mesa del ordenador, si todo eso fuera luz, no podría aguantar con los ojos abiertos. Tendría que tapármelos con algo bien impenetrable para no dañarlos, la luz me ofuscaría. La luz no debe ser invasora ni menos avasalladora.

Me decía un amigo creyente a su manera, más bien un pelín escético y amigo de moverse por terrenos fronterizos entre la fe y la excesiva racionalidad, lo siguiente: “Hay ciertos pronunciamientos de los jerarcas de la Iglesia, a nivel universal o a nivel español, que me ofuscan, que me hacen sentirme avasallado. Tanto si son de contenido científico,  social, político, incluso religioso. Saben de todo, tanta luz y tanta claridad me abruman“.

El Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como Pueblo de Dios, Y Jesús al Pueblo de Dios como sal y luz  en medio del mundo. Es muy probable que si los critianos nos dedicásemos humilde, callada, sacrificadamente, como la sal y la luz, a transformar toda la masa, como hicieron exactamente los primeros cristianos, la irrupción del Reino de Dios en medio de los hombres sería más parecida al Reino anunciado por Jesús que la presencia de la institución eclesial actual, ruidosa, altanera, autosuficiente, autoritaria, a veces prepotente. Por lo menos, así es como nos ven muchos de nuestros conciudadanos. Y en vez de ser un signo, nos convertimos en un escándalo para los “pequeñitos”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

One Response to ““¡Vosotros sois la sal de la tierra…,la luz del mundo!””

  1. Mucho me ha gustado la comparación del “yo” con el grumo de sal; esta visto que sólo cabe su disolución para que resulte útil.
    ¡Que gran tirano el yo! sentado y engordando, en el centro de nuestras vidas; expandido en nuestros pensamientos; ejército eficaz de autoprotección para defendernos de la más mínima generosidad; embaucador mentiroso de nuestro interés, tropiezo permanente para saber de los otros.
    Y eso, que sabemos, que todo un Dios nos dice: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.” (Mateo 11,29)

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