El retrovisor (III): “El silencio de las cumbres”

Mi variado periplo veraniego me ha llevado por varias cumbres de los Alpes que se pueden alcanzar con coche. Yo, que me voy a operar de la cadera en Septiembre, no estoy para alpinismos. Pero mi curiosidad y mi admiración por el Tour de Francia me han empujado a emular, sobre cuatro ruedas, lo que los ciclistas, esos héroes imposibles, hacen sobre dos.

Impresionan las cumbres. El mítico Mont Ventoux ya lo he visitado tres veces, pero este año tocaba grandes cols alpinos, a ser posible puertos de 1ª o de categoría especial del tour. Es una gozada visitar in situ los paisajes y horizontes grandiosos que previamente has contemplado tranquilamente recostado en el sofá ante el televisor, y que han recorrido días antes los sufridos ciclistas con un supremo esfuerzo. Me ha resultado, además de intenso y estimulante, pedagógico y aleccionador. 

He intentado meterme en la piel del ciclista agónico, que se va acercando a la altura fría y cortante dedicado nada más que a su esfuerzo ímprobo, sin tiempo ni ganas para sentir la grandiosidad de la naturaleza, sin ocasión ni oportunidad para la contemplación y la expansión de los sentidos. Los aficionados, los que llegamos a esas alturas en coche, o moto, y especialmente en bici, estos sí nos extasiamos ante la belleza desafiante y agreste de la alta montaña. Ni esa emoción le resta al ciclista profesional.

En la cumbre del col d’Iseran, que abre la maravillosa y dulce bajada y entrada al valle d’Isèr, existe una esplanada abierta a un montón de picos, en el corazón de los Alpes, entre ellos el mont Pourri, altísimo, estilizado y níveo, cuyo nombre en español significa “podrido”, porque sus arenas y tierras no tienen consistencia y se van abriendo en canal bajo las botas enérgicas del montañero. Pues como iba diciendo, en la dicha esplanada nos reunimos gente de todas las partes de Europa, que parecía aquello la ONU. Casi todos jóvenes, (seguro que el más viejo era yo), y casi todos habían coronado el puerto en moto o en bici. Sin dominar las lenguas varias, todos entendíamos, sin embargo, el idioma del deslumbramiento y de la solidaridad.

De los puertos que subí el que me impactó y sobrecogió fue el col d’Izoar, con una subida interminable y escarpada, un descenso terrorífico hacia la apacible Briançon, y, sobre todo, con una cumbre pelada, pura piedra cortada por el viento y la erosión. Unas rampas asustadoras con su correspondiente aviso de desprendimiento, que en ese caso parece inminente, llenas de piedras como cuchillos afilados por la inclemencia de siglos. Un paisaje lunar pero, pienso yo, más agresivo. Y un silencio atronador y desgarrador que ni las ráfagas de viento podían quebrantar.

Me acordé del salmo “levanto mis ojos a los montes, ¿de donde me vendrá el auxilio?, el auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra“. En los Alpes me salió la oración desde dentro, lo más dentro en el sentido más bíblico de mi “corazón”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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