El retrovisor (V): “Teatro en Avignon”

Como prometí en mi despedida hasta agosto, pasé por Avignon durante el festival que es, con certeza, el más famoso del mundo en el campo del teatro. El maravilloso marco de Avignon, con el palacio de los Papas, con sus puentes, con su puente truncado, con sus murallas, con su río majestuoso, con su caserío secular y su tradición artística y cultural asomando por todos los poros, con monumentos y casas e iglesias recordando su ínclita grandeza, todo ello se convierte en un magnífico escenario teatral.

Durante treinta días Avignon anuncia, vende, compra, representa, sueña y vive teatro. Todo él es un peculiar escenario suntuoso, con bambalinas y tramoyas originales y arcaicas a la vez. Un espectáulo donde se incrustan todos los otros espectáculos. Las calles, plazas, rincones, y la ribera del río, o la sombra de las murallas, todo es magia teatral en realidad y en tablas. Asombra la capacidad de los participantes activos del Festival para conseguir  que los “pasivos”, los espectadores, los de la butaca o la mesita de la terraza, sean también actores participantes comprometidos. Lo que más me ha impresionado de la ciudad de los Papas en estos días de festival es la capacidad de los artistas para involucrar a los espectadores sin forzarlos, ni “darles corte”, ni molestr lo más mínimo.

El espectáulo es total y global. Desde la mañana hasta la noche cerrada, en los lugares oficiales del festival, especialmente en el imponente e impactante Palacio de los Papas, donde se desarrolla lo que podemos denominar la carrera de honor (Cour d’honneur), en los teatros y teatrillos, en las salas alternativas, en iglesias y viejos monasterios, en salas, en garages, en viejos almacenes: todo sirve para vivir un mes mágico de teatro, es decir, palabras, imágenes, ritmo y tablas… y actores.

Hay además actuaciones paralelas de música, rock, jazz, música coral, clásica, conciertos de órgano en algunos de los magníficos que por aquí gastan, y el evento se expande también a ciudades próximas como a la coqueta Villeneuve les Avignon, con su antigua abadía y su chateau erguido al otro lado del río, seguro que para vigilar las andanzas de las huestes del Papa. Toda la comarca y las dos riberas del Ródano son una fiesta y un teatro vivo y palpitante. Todo eso acompañado y temperado con un calor sofocante que no he dejado de sentir en los más o menos ocho años que llevo visitando el festival.

Dejar algún apunte, por pequeño que sea, de las obras teatrales del festival es tarea imposible. Durante el mes habrá más de doscientos cincuenta espectáculos de teatreo y musicales. Sólo quiero recordar, como curiosidad, que un grupo francés ha montado un espectáculo sobre el Quijote, al que le han otorgado la autoría de Cervantes, y que no han faltado este año ni Shakespeare (con La Tormenta, en la que el genio ingés pasa de la magia de la palabra a la de la imagen y al hechizo de los elementos), ni Moliere, (con Monsieur de Pourceaugnac, una terrible y despiadada farsa sobre la humanidad), ni Bertolt Brecht, (con Turandot, muy apropiada en esta época de crisis económica), ni Sartre, (con “A puerta cerrada”). Y un larguísimo etcétera.

Como se puede imaginar hay un elenco incontable de piezas de teatro moderno y actual, de autores de todos los países. Un montaje que llamó mucho la atención fue el último de la carrera oficial en al palacio de los Papas, la obra  Casimir et Caroline, del autor húngaro de lengua alemana Ödön von Horvart, en la que bajo la dirección del director teatro-musical holandés Johan Simons un grupo de magníficos actores comediantes y cantores interpreta una obra que hurga, con humor caústico, en el interior de dudas, de inseguridad, desasosiego y frustración que la sombra aciaga de la precariedad de recursos provoca en los “otros”, hasta llegar a una especie de histeria colectiva.

Perdona, lector, he querido traerte un poco de mi experiencia de Avignon, y tenía tanto que contar que la tarea me ha superado, he acabado liándome, y me he pasado. Prometo que no sucederá más. (Sí, ya sé que el infierno está lleno de buenos propósitos).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

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