La “juventud” del cardenal Martini

El periodista y escritor italiano Eugenio Scalfari ha publicado en el diario La Republica, en formato de entrevista, un resumen de su reciente encuentro-diálogo con el cardenal Carlo María Montini. Nada de lo que nos transmiten ambos personajes tiene el más mínimo despercicio, lúcidos y afilados mentalmente a sus ochenta y tantos años. A mí me sorprende la valentía y el arrojo juvenil de Martini, lejos de la pulida y calculada “prudencia” de sus pares cardenales. La prudencia de los apocados, por no decir cobardes,  la describió muy bien mi gran profesor Miguel Pérez del Valle al titular una clase sobre el Rey Felipe II, cuando dijo: “Vamos a hablar del rey Felipe II, el prudente, ¿o el indeciso?” 

La indecisión debe de ser un atributo “sine qua nom” para ser Papa. El gran Pablo VI tuvo esa sombra en su pontificado. De tanto sopesar las posibilidades y las alternativas, al final se quedaba paralizado y sin acción. Es el peligro de la máxima racionalidad en los decisiones de gobierno. Hay que tenerla, o pretenderla, pero hay que decidir, y en el mundo empírico de los hechos no hay a veces tiempo para ilimitadas meditaciones, que en la jerarquía de la Iglesia pueden durar siglos. Para las ideas hay todo el tiempo del mundo. Para las actuaciones cambiantes y vertiginosas de la historia, no.

Viene esto a cuento porque una de las ideas sorprendentes, originales, atrevidas, y un pelín provocativa, del ex cardenal de Milán, se refiere a la elección de un tema concreto y práctico para un posible Concilio Vaticano III: “el Divorcio“. ¡Toma ya!, he ahí algo directo y urgente para no andarse por las ramas. Fantástico, sorprendente, original, fashion total. Los eclesiásticos tenemos la tendencia, y los altos jerarcas más, a andarnos por las ramas, por el parnaso de las ideas fabulosas, generales, platónicas, de esas que valen para todas las realidades y situaciones. Una especie de garantía divina. Nada más alejado de la cruda, ruda y, no pocas veces, cruenta realidad.

El cardenal viene a decir: no nos perdamos en discusiones bizantinas sobre generalidades teóricas y cojamos un toro, por lo menos uno, por los cuernos. La realidad del divorcio, vivido en medio del mundo unas pocas veces como una frivolidad insufrible (ahí están las páginas del famoseo en revistas chic que ojean ávidamente muchas de nuestras católicas de misa de una), y, en la mayoría de los casos, como un peso familiar, humano, social y psicológico inaguantable. También, y, sobre todo, para los católicos, o mejor, cristianos convencidos, practicantes y con voluntad de consecuentes, a los que no se les puede despachar con la retahila de despropósitos tipo “hay que aguantar con la gracia de Dios”, o “no irás a querer vivir en adulterio”, o “ante los hechos consumados de vivir una segunda unión, comportarse como hermanos”, etc., etc., que el católogo de sandeces es muy variado. Mientras unos cuantos “vivos” se pueden casar por segunda vez por la Iglesia al conseguir con sospechosa facilidad la declaración de nulidad. He estudiado derecho canónico en Salamanca y sé que las cosas no siempre son así, pero sí que así son vistas desde fuera por la mayoría de la gente, y por culpa nuestra. La verdad, un poco cutre. 

Es hora, y estoy de acuerdo por completo con el cardenal Martini, de que la jerarquía de la Iglesia deje de lado ciertas “prudencias” seculares y meta el diente a asuntos como el magisterio sobre temas de moral y ética no directamente derivadas de la Revelación; o sobre la normativa del celibato para los presbíteros en la Iglesia Católica de rito romano, cuando en la de ritos orientales es diferente, sin gran quebranto de la fe de nadie; o sobre la exclusión de la mujer en el sacramento del orden; o en el apego anacrónico a teorías filosóficas superadas; o en el atrevimiento de los pronunciamientos más descabellados sobre temas y planteamientos científicos, etc., …

Hay una largúisima lista de asuntos candentes, planteados hace tiempo, contemplados con lucidez y cariño por el Vaticano II, por lo menos en sus fundamentos, y depués dejados de lado, y que son cada vez más urgentes de abordar. No se puede hacer más la política del avestruz. Necesitamos jerarcas de fe verdadera, y de experiencia vivida del misterio de la Cruz-Resurrección. Con la confianza inquebrantable en el Señor, más que en el poder y en las estrategias de la institución. Fe como la de los anawim, que siempre ha sido la de los grandes santos reformadores. Gente como el cardenal Martini, para no taparnos más los ojos indefinidamente ante los signos de los tiempos, y para actuar decididamente en el “tiempo oportuno”. “He aquí ahora el tiempo oportuno“, y “el tiempo urge“, como diría San Pablo.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara     

One Response to “La “juventud” del cardenal Martini”

  1. No sólo ante los consabidos cambios en todo lo que pueda derivarse de la moral tradicional defendida por los paralizados o interesados, en un cierto temor de Dios; además, todo tiempo es oportuno para avivar la conciencia de la relación entre la forma de vivir los cristianos (que no se diferencian socialmente de los que no lo son) y la pobreza “abracadabrante” en el mundo.
    Acunados desde el inocente “Domingo de Ramos, el que no estrena, no tiene manos”; sostenemos un divorcio absoluto (éste es el que hay que cuestionar) entre la marginalidad, pobreza o exclusión y nuestra forma, tan natural, de procurarnos el bienestar.

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