¡Que viene el coco!

Así pretendían asustarnos de pequeños para que nos portáramos bien e hiciéramos caso a los mayores. Nunca supe personalmente que era el coco, ni lo imaginé, ni me importó. Pero los niños lo intuíamos como un mal desconocido, agazapado, capaz de meter mucho miedo y de acarrear malísimas consecuencias. Era mejor no arriesgarse, por si acaso, ni jugar con cosas tan peligrosas. Evidentemente, el mayor temor es el que uno tiene dentro de su propia cabeza. Y de ese tipo era el coco.

Pues ahora ciertos países de la Unión Europea, a los que España parece acercarse cada vez más, han decidido meter el miedo en el cuerpo a sus ciudadanos, como si fuéramos niños, sólo que esta vez el “coco” ha abandonado esa zona incierta y oscura del metemiedos infantil y ha salido a luz, con nombre y ficha de identidad. Se trata de los forasteros,  extranjeros, inmigrantes, de los “otros”, de los diferentes, convertidos todos ellos en bultos sospechosos y altamente peligrosos. 

En Italia se han constituído patrullas ciudadanas de vigilancia y disuasión “preventiva” en barrios de mayoría inmigrante, y quieren endurecer la leyes. Algo así están pensando seriamente en Francia, y en ambos países, como en España, hay frecuentes denuncias, con todo el viso de ser verdaderas, de que la policía efectúa redadas que huelen a distancia a discriminación, cuando no a racismo y xenofobia.

El miedo al “diferente” viene de lejos, es tan antiguo como los relatos bíblicos. Lo que molestó a Caín de su hermano Abel fue que éste se hiciera “distinto”, dejando la itinerancia nómada por el cultivo de los cereales. Exactamente el motivo de las grandes trifulcas en el mundo del oeste americano entre ganaderos y “esos malolientes y míseros ovejeros”, o con los ínfimos “destripaterrones” agrícolas. Conozco a una niña, ya mujer, que padeció la fatal idea de una religiosa de la ¿enseñanza?, más bien lela que brillante, a quien se le ocurrió insinuar que los cabellos intensamente pelirrojos de la alumna podían ser síntoma del diablo.

El que es “diferente” siempre ha provocado, después de la lógica estupefacción, repulsa, miedo, hasta llegar a la “violencia” defensiva contra el peligroso vecino. Peligroso por no ser o no actuar según el canon de la mayoría. Recuerdo una maravillosa película, cuyo título no recuerdo, en la que Kirk Douglas llegaba de forastero a un poblacho del oeste americano, y de la terrible persecución que eso le supuso.

El mecanisno del “¡ojo con el estranjero!” o el diverso o diferente es, pues, bien conocido y está claro. Lo que también nos parecía diáfano era que estábamos en el siglo XXI, que vivíamos hace dos siglos con las luces de la ilustración, hace XX siglos con la invitación al amor y a la acogida de la fe cristiana, hace un montón de años aceptando e intentando cumplir las declaraciones de la ONU, unos cincuenta años construyendo una Europa, paradigma de la libertad y del respeto a los derechos humanos, etc., etc.

Y hemos olvidado, o lo parece, que durante siglos los europeos hemos sido inmigrantes en otros continentes, o mejor que inmigrantes, conquistadores e invasores. Claro, con la razón de la fuerza, que es la mayor razón en y para la Política, según Maquiavelo. A quien, por cierto, suponíamos requetebién enterrado. Y los italianos también parecen olvidar que ya sin armas, en los años malos de guerras y entre guerras europeas, poblaron los páises de América, desde EE.UU hasta Argentina. ¡Claro, los europeos íbamos a trabajar, y nunca funcionábamos con picaresca, ni nos organzábamos en bandas ni mafias!

Que desmemoriados e ingratos somos. El día que los países cuyos ciudadanos rechazamos, cuando no maltratamos (algo que sucede cada vez más), se junten y nos declaren la guerra comercial o incluso laboral, cuando las cosas cambien y volvamos a necesitar mano de obra barata, el tipo de cosas que países como Brasil tienen cada vez más en cuenta, nos enteraremos, en propia piel, de lo duras que son las injusticias y las falsas generalizaciones que usamos a veces los países denominados, con grandilocuencia, avanzados y desarrollados. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara           

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