Testamento vital

No sé qué tendrá de malo o de heterodoxo, o de sacrílego o pecaminoso, el así conocido como testamento vital para que levante no sólo las suspicacias, que esas son de fácil vuelo, sino las iras del Vaticano. Se entiende generalmente como testamento vital el acto consciente y libre por el que una persona adulta deja plasmada por escrito su voluntad explícita y autónoma sobre el trato que quiere recibir en los últimos momentos de su vida, en el caso, harto frecuente, de que la propia persona no sea capaz, por inconsciencia u otros impedimentos físicos, de realizarla eficazmente. 

Para cualquier mente normalmente lúcida esa actitud no tiene nada de suicidio, ni de inducción legal a la eutanasia. Se trata, simplemente, de algo tan humano, razonable y noble como la búsqueda de una muerte digna. Algunos niegan la mayor: la persona no tendría ningún derecho a administrar y organizar el final de sus días. Según éstos super-éticos y sesudos masoquistas, la vida es algo que sólo Dios puede organizar, conceder, acortar, prolongar, poner o quitar. Al hombre sólo le queda ser un atormentado y pasivo espectador de su propio descalabro.

¿Qué decir de esa opinión? Que es legítima y digna, y en ciertos casos, puede representar una manera generosa y hasta heroica de manifestar la fe. Pero también hay que responder que es “una” opinión, maravillosa si se quiere, pero de modo alguno “la” única y de obligada aceptación y cumplimiento. Nos tenemos que acostumbrar de una vez en la Iglesia a vivir la relatividad -¡oh palabra y concepto malditos!- de la mayoría de nuestras valoraciones o  juicios intelectuales no estrictamente científicos. (A propósito del relativismo de los juicios y valoraciones filosóficas y éticas, nuestro gran profesor P. Miguel Pérez del Valle, ya citado por mí en otras ocasiones, nos aseguraba que no se podía  dejar de practicarlo, si queríamos tener una vida intelectual y humanamente aceptables, y no caer en la radicalidad ni el fundamentalismo. Por desgracia, los hechos van dando la razón al padre Miguel).

Otra cosa. Nadie puede demostrar que las teorías contrarias al la filosofía del testamento vital proceden de la revelación cristiana. Es verdad que la vida es y viene de Dios, pero todos los bienes concedidos al ser humano, materiales, psicológicos, intelectuales, espirituales, etc.,  son y vienen de Dios, para un creyente. Y el hombre es administrador, efectivamente, pero igual puede ser juzgado por administrar mal los bienes, (véanse multitud de parábolas), que por administrar mal la vida. Y ambas actividades son dejadas en la Escritura al juicio de Dios. No hay por qué privilegirar la hipotética mala gestión de los últimos momentos de la vida, y buscar en ello un terrible pecado. Si es que el escribir un testamento vital fuera mala gestión, que no lo es. El no hacer testamento vital no es ni buena ni mala gestión: es simplemente dejarse ir, actitud no la más digna precisamente.

Yo no me quiero creer la noticia aparecida en los medios de que el Vaticano busque a miembros  famosos de la Iglesia que hayan dejado su testamento vital, o hayan defendido el derecho a hacerlo, (por ejemplo en el famoso caso de Eluana), para penalizarlos del modo que sea. No me lo quiero ni me lo puedo creer. Ahora bien, la alta jerarquía de la Iglesia está tomando tales medidas y actitudes intolerantes que, desgraciadamente, uno acaba temiendo ya cualquier cosa. ¡Dios no lo quiera!

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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