¡Hay que estar a las duras y a las maduras!

Ya he dejado bien claro en este blog que no me gusta nada, ni me parece bien, ni lo veo evangélico, que el obispo de Roma sea jefe de Estado. Y como jefe de Estado tenga sus embajadores -los nuncios-, sus embajadas, y toda la parafernalia que acompaña a los jefes de las naciones. Por desgracia estamos demasiado acostumbrados a todo este montaje, pero lo mínimo que podemos opinar de él es que se trata de una estructura que se coloca claramente a las antípodas del Evangelio. Yo pienso que nos debería escandalizar.

En el conierto internacional de las naciones los jefes de Estado se ven envueltos en los litigios y enredos que provocan las actuaciones y las ideologías y políticas de unos y otros, dentro de unas reglas de juego qe todos deben aceptar. Una de estas reglas es que no hay nigún mandatario que, legalmente, esté por encima de los demás y no pueda ser criticado, o cuyos pronunciamientos o actitudes se deban considerar por encima del bien y del mal, sin posibilidad de crítica ni reproche.

Viene todo esto a cuento por la propuesta parlamentaria del diputado de ICV, Joan Herrera, para reprobar al Papa por lo que dijo en África contra el uso de los preservativos. Es bastate probable que el diputado en cuestión no buscase otra cosa que notoriedad y publicidad fácil y barata para su partido. A mí esa iniciativa me pareció desde el primer momento desmesurada e inoportuna. Es decir, tengo todo el derecho del mundo a opinar, como lo tiene cada uno de los obispos, o el portavoz de la Conferencia piscopal. Pero una cosa es opinar y otra muy distinta es exigir, condenar, adoptar posturas airadas y rasgarse loas vestiduras porque un Parlamento, que tiene normas rígidas y exactas para aceptar o rechazar las propuestas de sus miembos, acepte a discusión una propuesta, por muy malparado que salga de ella un jefe de Estado estrangero, que no está, como he indidado más arriba, por encima de sus pares en el mundo de la política.

Aquí radica el problema: hay eclesiásticos que piensan que el respeto a la dignidad sublime y religosa del Papa es inherente a su cargo, y debe ser reconocido objetiva y sumisamente por todos. Eso no es verdad. Solo a los católicos, como tales, se les puede pedir ese obsequio y ese reconocimiento. Y aun los católicos pueden perfectamente intentar desdoblarse racionalmente en su condición de fieles y en la de ciudadanos, como me pasa mí. No acepto, ni aceptaré de ningún modo, que por escribir estas líneas alguien pretenda dudar de mi fe y de mi fidelidad a la Iglesia. Pero afirmo, y no me vuelvo atrás, que el mundo de la Política, que es “el mundo” del que habla el Evangelio de San Juan, tiene sus propias normas y procesos, y que no podemos obligar a nadie a ser ni  cristiano ni católico. Y que la invocación de respeto a la libertad religiosa enfáticamente proclamada por el portavoz del la Conferencia Episcopal, supuestamete puesta en peligro en un país laico por la iniciativa parlamentaria, recuerda la antigua manía prepotente e intervencionista del episcopado español de tiempos muy pretéritos.

Hay que afirmarlo sin duda y sin pudor: una conferencia Episcopal no es quien para marcar a un Parlamento lo que puede o no puede hacer. Puede opinar, como cualquier otra institución del país, pero no lo puede hacer “ostentando autoridad”, exigiendo obediencia, y situándose humana y moralmente, no digamos ya legalmente, por encima. ¿Nuestro ínclito portavoz del Episcopado, tan proclive a meterese en líos, se ha puesto a pensar la cantidad de veces que desde el bando del mundo político le pueden reprochar al Episcopado español tentativas de ingerencia política? ¿Se acuerdan nuestros obispos de que el parlamento belga sí que se pronunció y repochó al Papa sus palabras, y que sepamos no hubo ninguna tormenta en el seno de la Conferencia Episcopal belga? Pues eso. ¡Monseñor Camino!, no nos asuste ni bronquee con la situación deleznable del Reino de España en el tema religioso. Porque no hay tal, ni es la misión pastoral de la Conferencia Episcopal.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

One Response to “¡Hay que estar a las duras y a las maduras!”

  1. Comentando con un obispo destinado en tierras africanas que los nuncios eran una institución obsoleta e incluso escandalosa me dijo que fuera de occidente cumplen una misión importante. Como dignatarios políticos protestan ante el poder por las afrentas y maltrato que sufren los católicos y … a veces les hacen caso.

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