¡Que maravillosa es la Palabra!

He celebrado la Eucaristía esta mañana, renqueante aún, con diez fieles, un hombre y nueve mujeres. Y les he comentado las lecturas, y veía en sus caras la satisfacción por oír cosas hermosas y profundas.

La 1ª lectura, de la carta a los Romanos, era aquel trecho del capítulo 7º, que presenta al hombre de la carne, (en contraposición al cap. 8º que mañana nos presentará el hombre del Espíritu), en que Pablo viene a decir: no hago el bien que quiero, ni evito el mal que no quiero hacer. Si quiero hacer el bien y no lo hago es que mi voluntad y otras fuerzas de mi realidad humana están divididas. Y él habla de los bajos instintos. Y como durante siglos ha habido obsesión en el estamento clerical de la Iglesia por el sexo, o peor, directamente por lo genital, muchos interpretaban este texto como la esclavitud que la lujuria desenfrenada produce en el hombre. Pero pienso que no tiene nada que ver, o muy poco.

Yo no entiendo este texto así. Pablo está hablando de la corporeidad, que nos limita y condiciona. Nuestra libertad no es ilimitada, sino que está encerrada n una realidad corporal que nos aprisiona y ata con ligaduras que no podemos cortar. Por eso exclama Pablo: “¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte?” No de muerte por ser soporte de bajos instintos sexuales, sino por ser el signo real y palpable de mi limitación, que me lleva al pecado, como llevó a Adán. Y concluye: “Gracias sean dadas al Padre…”, porque en su hijo Jesús nos permite alcanzar la verdadera libertad.

Y el Evangelio es una versión del “carpe diem” clásico: se dirige a los fariseos, a los que recuerda: Sabéis discernir los signos de la naturaleza, si va a llover, si va a hacer bochorno, pero no os preocupáis de leer e interpretar los signos de los tiempos. ¡Hipócritas! No es tan difícil leer estos signos y estar al pairo del acontecer humano en su relación con la Historia de Salvación de Dios en nuestra vida. Tenemos la Palabra, ese magnífico periscopio para ver por encima de la profundidad de las aguas oscuras, procelosas y agitadas.

En el bautismo, en el momento de la unción con el Santo Crisma se dice con autoridad al bautizado: “Te hacemos sacerdote, profeta y rey”. (Lo de sacerdote, que aplicado a los fieles, se lo recordamos con una benevolencia llena de conmiseración, cuando no hay otro sacerdocio que el recibido en el Bautismo, escribiré otro día). Todos los cristianos, seguidores de Jesús, tenemos la vis profética para ver la realidad en su dimensión profunda, y poder iluminar a tanto ciego que camina por el mundo, como nos recordará el evangelio del domingo que viene, 30º del tiempo ordinario. Otra cosa es que mal perdamos miserablemente esa fuerza absolutamente revolucionaria y de progreso que es la profecía.

Pero de la maravillosa y paradigmática parábola-milagro del ciego Bartimeo escribiré el Domingo o el lunes. Por hoy no os quiero cansar más.

Jesús Mª Urío Ruiz de  Vergara

 

4 Responses to “¡Que maravillosa es la Palabra!”

  1. Puedes segur escribiendo, se me ha hecho corta hoy tu entrada. No te olvides de todos los artículos que nos prometes.

  2. Si algunos pensaron (aunque han sido casi todos) en el sexo, como “el mal que no quiero hacer”; en lo que tristemente no pensaron fue, en el mal que no querían hacer pero insistentemente hacían, cuando no señalaban, ni entonces ni ahora, la falta de fraternidad como el permanente obstáculo para una venida aceptable del Reino.

  3. ¡Ah! y que ha sido un verdadero placer conoceros en persona a ti y a tu buena amiga.

  4. Me ha gustado tu comentario.La Palabra, tú sabes mejor que yo, es en la mentalidad hebrea, creadora.Fides ex auditu,la fé, el fiarnos del Dios que opera, nace de la Palabra proclamada.
    La misión profética era un ministerio común en la primitiva Iglesia; hoy practicamente se ha perdido.Es importante estar atento a las profecías actuales, que las hay.
    No obstante, a mi me resulta con frecuencia difícil vilumbrar la acción del Dios Creador en el hoy; me resulta mas fácil intuirlo en mi alrededor,en cosas pequeñas; pero si observo la realidad del mundo, de los acontecimientos, me pierdo.Me gustaría reflexionar más e intuir la mano de Dios en este mundo tan convulsionado.Sigo siendo miope.

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