“EL grito del ciego”

(30º Domingo del tiempo ordinario)

“Mirad que yo os traeré del país del norte,/ os congregraré de los confines de la tierra./ Entre ellos hay ciegos y cojos,/ preñadas y paridas:/ una gran multitud retorna./ Se marcharon llorando,/ los guiaré entre  consuelos”.

(Jer, 31, 8. 1ª Lectura)

“¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver.”

(Mc, 10,51. Evangelio)

Este 30º Domingo del tiempo ordinario nos trae  dos ideas-experiencias poderosas: en la 1ª lectura, la imagen sugestiva y épica de la vuelta del pueblo de Israel del exilio. Se marcharon llorando, vuelven con cantares, entre los consuelos de Yavé, atento y vigilante por el bienestar de su pueblo. Entre los que vuelven hay “ciegos y cojos, preñadas y paridas”. El profeta insinúa que, estos que denominaríamos hoy necesitados de “cuidados especiales”, efectivamente los recibieron por parte del Señor.

No es coincidencia que el Evangelio tenga algo, o mucho que ver, con la 1ª lectura. De tal modo no es coincidencia que en el tiempo litúrgico ordinario siempre sucede esa relación. Nunca hay que olvidar que los textos bíblicos se interpretan, sobre todo, por otros textos de la Escritura, hasta ir formando un totum de sentido y de líneas de interpretación. Un evangelio admite un buen número de lecturas, pero en la Liturgia hay algo que marca, sin excepción, el tipo de lectura que debemos tener en cuenta: la 1ª lectura. Si en alguna homilía que escuchéis no veis esta relación y esta dependencia, sospechad de la calidad y finura de la misma. Por esa carencia en muchas intervenciones homiléticas el orador se va por peteneras y abruma con excesiva frecuencia a los fieles con derivas moralistas que no hacen otra cosa que despistar y desprestigiar la fuerza vital y existencial de la Palabra de Dios.

Así que en este domingo es evidente que el relato del ciego Bartimeo  es una catequesis de iluminación, y también de la necesidad de oración, (“el grito” del invidente no es otra cosa que la llamada –oración- desesperada del que necesita urgentemente de ayuda). Pero tampoco se puede dejar de lado la experiencia de la fuerza y de la fidelidad de Dios que nos trae de vuelta, desde los exilios donde nos pretendemos esconder. Y que tiene hacia nosotros un trato “personalizado”. Pues considera nuestra ceguera, o sordera, o cualquier circunstancia que nos haga especialmente limitados y frágiles, como las embarazadas o recién paridas.

Así que juntando las dos ideas madre podemos afirmar que en este domingo la Palabra nos llama a reconocer y después intentar vivir la experiencia del que, en el reiterado y siempre duro pero esperanzador camino de vuelta, reconoce que frecuentemente camina a ciegas, pero no se conforma, sino que grita como un poseso, sin preocuparse de lo que puedan pensar los demás, cuando siente pasar cerca de su vida Aquel que le puede abrir sus ojos, y así  dar sentido y orientación a la vuelta de la cautividad en que se había perdido por la propia insensatez.

Lo de la insensatez lo digo por referencia a la sabiduría, que es también en la Biblia un proceso de iluminación. El ciego no tiene luz, que, traducido a literatura bíblica significa que carece de sabiduría. Pero el reconocerlo, el tener la humildad suficiente –humildad: caminar y pisar el humus, el meollo de la tierra- para gritar por encima de todo convencionalismo y suplicar “Hijo de David, ten compasión de mí”, fuerza de manera decisiva la intervención del Señor. Esto nos haría recordar la “oración del peregrino”,  pero se trata de otro asunto interesante que dejo para otro día. Quedémonos hoy con la necesidad de orar y gritar al Señor, que vela y cuida nuestro camino. Y no tengamos miedo d perder nuestras seguridades, como el ciego que, dando un salto –una imprudente expresión de alegría y de urgencia- tiró y abandonó el manto (su vida anterior, su historia, que interpretó San Agustín) para andar raudo y ligero hacia el que le podía y quería ayudar.

Jesús Mª Urío Ruiz de  Vergara

3 Responses to ““EL grito del ciego””

  1. El existir renqueante, que da por perdidos los días vividos y que asiste impotente a un final que se nos avalanza y nos acaba, podrá, SI VEMOS, descubrirse recubierto del “maná” de la confianza que permite comprender que los días que restan, en verdad suman esperanza; que lo que parece perdido ya está vestido de fiesta y esperándonos; que el sufrimiento incompresible puede ser cruz; y que la muerte, nos es tal, sino el paso de la vida a la Vida.
    ¿Como no sentir “alegría y urgencia” para lograr ver?

  2. Estoy siguiendo la santa misa celebrada en la parroquia de los Sagrados Corazones presidida por El Cardenal Arzobispo de Sevilla, quien ha pronunciando una breve y emocionada homilía en agradecimiento por la canonización del Padre Damián. Me supongo que los que escriben en el blog de Trastévere un día sí y otro también contra la Iglesia su jerarquía y sus fieles se den cuenta de su inmenso error

  3. Angélico:
    te agradezco tu colaboración. Me gusta la sinceridad que veo que tú tienes. Pero te hago dos obsevaciones:
    1ª), a la jerarquía se la puede criticar fraternalmente. EN la Iglesia no hay pensamiento unico.
    2ª) este blog no es le Trastévere, al que te refieres, sino “El guardián del Areópago”

    J.M Urío

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