Abismo generacional (II)

(Continúa de ayer)

El problema, grave y de difícil solución, que hoy se nos plantea es el contrario que el de los yanomanis (cito siempre esta tribu amazónica porque traté con ellos en el año largo que pasé entre Manaus, Porto Velho y Belén, en el corazón de la Amazonía): que la distancia entre una generación y la siguiente puede ser tan grande que se convierta en un abismo, con el consiguiente trauma de ambas, que pueden caer en psicosis contrapuestas. Algo de este estilo paranoico estamos viviendo ya en nuestros días.

La adaptación de un grupo humano a las varias exigencias que imponen la naturaleza y los elementos, y otros grupos humanos,  y que por tanto no son controlables directamente por la racionalidad del propio grupo, es muy complicada, muy compleja y muy lenta. Se va realizando como por un proceso de cristalización y de poso del devenir histórico. Es muy poco probable, más bien improbable del todo, que lo consiga una generación. Es tarea de muchas generaciones, y cada una debe aportar, para que el proceso no sea traumático, algún valor nuevo, o la mejora y variación de uno antiguo, cuya adaptación no se haya producido convenientemente. Este empeño laborioso es siempre conducido por los más válidos y originales del grupo. Y es una tragedia tanto cuando los líderes faltan como cuando son despreciados o eliminados por la inercia y la rutina. O por el miedo a lo nuevo y a lo desconocido.

Este camino de adaptación de las generaciones es, por naturaleza, lento, como he dicho, y lo ideal sería mantener una velocidad constante. Pero el problema surge cuando se da un brusco frenazo (piénsese en el corte que supuso en España la guerra civil), o un acelerón trepidante (pensemos el drama inmenso e intenso de las tribus americanas o africanas ante la presencia y la actuación del conquistador). Algo parecido ha ocurrido en España con el súbito tirón que significó la entrada en la Unión Europea y la adopción de una nueva moneda. Las señoras mayores de mi parroquia, (¡bueno!, es todo un pleonasmo, ¡todas las señoras son mayores!) todavía hablan, cuentan y piensan en pesetas.

Es una hipótesis razonable que la revolución tecnológica, especialmente en el mundo de las comunicaciones y del mundo informático y digital, está significando una ruptura generacional demasiado brusca. La generación más antigua, la de los abuelos, está sufriendo las consecuencias. Pero la nueva y joven generación se puede sentir perdida al no conseguir aprehender, mejor que aprender, los valores que las anteriores generaciones han ido cultivando, como he indicado más arriba. Todo eso no lo puede improvisar una generación.  Esto tiene mucho que ver con la sensación de muchos jóvenes de estar perdidos y sin rumbo.  

 PD: No quiero terminar sin reafirmarme en mi opinión sobre la música ligera, que escucho, gracias a Dios accidentalmente, en la radio: me parece mala de solemnidad. No entiendo cómo pueden vender tantos discos y tener tanto éxito con creaciones vulgares, que sólo tienen de música la esencia de la misma: ruido con ritmo. O tal vez por eso mismo: nuestra generación habría vuelto a una música primitiva, de tan simple creación como de fácil ejecución y representación plástica por el baile. Mucho ruido y mucho ritmo. (¡Mira quien baila!). Pero ambos, elementales, burdos y reiterativos.

Tengo la suerte, para el asunto del que voy a hablar, para otros es un inconveniente, de no tener vecinos cerca de casa, sino muy lejos. Puedo hacer los ruidos que quiera, poner la música al volumen que desee, o tocar el piano sin ninguna sordina. Esta noche me dio, a las doce y media, por ponerme a tocar el piano. La “Sonata Patética” y el “Claro de Luna”, de Beethoven, unas suites inglesas de Bach, una polonesa de Chopin. Pensaba: ¿qué tiene esto que ver con el chirrido al que llaman música hoy? Pero no todo fue música clásica. Tengo dos volúmenes de jazz y he tocado uno de ellos entero. Maravilloso, ritmo y melodías suaves o agitadas, dulces, diferentes, deliciosas a contrapunto. También he interpretado el Yesterday de los Beatles. Éstos sí hacían una música magnífica, aunque no fuera sinfónica ni clásica. Así hasta las dos y media de la madrugada. Después me he dadod cuenta de que estaba compensando tanta música de pacotilla baladí con la que nos marean. En mi opinión, como es lógico.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara          

                                                                     

One Response to “Abismo generacional (II)”

  1. Las emociones tienen estratos y cada música elegida corresponde a la banda sonora que las replica.
    Uno muda de estrato principalmente por la edad. De niños lloramos por todo ya que se convierte en imperiosa, cualquier necesidad y en angustia, la incapacidad de conseguirla. A partir de ahí, pocos cambios profundos y muchos aparentes.
    La música, su melodía, su ritmo, su letra en ocasiones, como también la poesía, saben traducir las emociones. ¡Qué placer!
    Al oír música, oímos nuestra sensibilidad y acertamos a dar una posible forma a los sentimientos y anhelos humanos. Casi siempre lo que el autor expresa podemos interpretarlo en ese mismo sentido, lo que permite una comunión con todo aquél que pueda oír y sentir lo mismo, superamos en el trance el lenguaje común, la inmediatez y lo burdo, porque la música existe en un registro más alto que el que nos reconocemos.
    Ahora bien. Primero, no todo el mundo tiene el momento vital en el mismo punto. Segundo, depende mucho como esté “formateado” el receptor (y aquí cabe cualquier cosa). Tercero, varía la capacidad de encontrar en los códigos algo que nos eleve.
    Dime, ¿no oyes como nombra Mozart lo que es verdad y la alegría que esto merece?

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