El Alakrana

Algo o mucho se ha hecho mal en el affaire del atunero vasco y su encuentro nada amistoso con los piratas. La cosa empieza mal con el nombrecito del barco. ¿Qué se puede esperar de una embarcación que lleva un nombre tan agresivo y que sugiere la urgente necesaidad de defenderse antes de que te ataque? Porque supongo que tiene que ver algo con Alacrán. ¡También son ganas de afirmar y airear la “vasconidad” a toda costa! (Después me he enterado de que es, en vasco, el nombre de un pequeño pez. ¡Vaya!) 

 Los primeros que se salieron literalmente de la ruta fueron los pescadores, o quien los mandaba, el capitán, el armador, o quien tuviera autoridad para desobedecer abiertamente las indicaciones del operativo Atalanta, de la UE, ideado justamente para defender las faenas pesqueras de barcos europeos en el Índico. Se ha dicho, pero no se ha insistido suficientemente en ello. Es un extremo que no exime a las  autoridades españolas de la obligación de velar por la vida de sus ciudadanos, pero que obliga a matizar e impide a armador y parientes levantar la voz con exigencias y reproches. No a hablar, sí a levantar la voz, cosa que han hecho de mala manera.

Luego está la historia de la bandera. No tengo nada contra la ikurriña, ondeando juguetona en los mástiles del país vasco. Pero en periplos internacionales, en un barco la ikurriña sólo significa algo decorativo, al lado de la bandera que, efectiva y legalmente, indica la nacionalidad del navío. Ese deprecio a la insignia nacional tampoco quiere decir que sus ocupantes queden desprotegidos. Sabemos que es una falta leve, merecedora de una multa, pero en el terreno de lo simbólico es algo mucho más importante, y  alguien debería insistir en lo ridículo que resulta ese quiero y no puedo. Como si Euskadi fuera una nación, con su pabellón en los mares, cuando no lo es. El voluntarismo no hace milagros.

La gestión de la crisis provocada por el secuestro ha demostrado la falta de criterios o protocolos de acción en un Gobierno claramente superado por las circunstancias. Y la preocupante descoordinación entre los diversos ministerios. Y entre el Gobierno y la magistratura. Como ya afirmé en otra entrada, lo menos malo me pareció el hecho de apresar y traer a España a unos piratas. Es lo menos que se pide a una nación con un notable poder naval, y con pretensión de que la tomen en serio. ¿Que eso entorpecía la liberación? Pues hemos visto que podía entorpecer, pero no impedir.

Los nervios y la falta de tacto de los parientes de los pescadores son comprensibles, siempre que reconocieran, que no lo han hecho, que los primeros culpables de la situación fueron sus queridos maridos, o padres, o tíos. Pero el acoso político y mediático por parte de la oposición, tanto del PP como del PNV, a un Gobierno apurado y nervioso, habrá sido interesante política y electoralmente, pero de dudosa ética y de segura ineficacia. El caso del PNV es sintomático. Primero intoxica a sus conciudadanos  sembrando ideas y sentimientos anti España y después son los primeros y más exigentes a la hora de pedir protección de la ¡marina española! Nos tiene tan acostumbrados a la exhibición de cinismo político que ya no nos sorprende nada de sus excesos. Pero no por eso deja de ser lamentable.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara        

                                        

2 Responses to “El Alakrana”

  1. Por lo visto el nombre del barco viene de un pez en vasco

  2. Es de bien nacidos, el ser agradecidos.
    Como ejercicio lógico no puede enunciarse negativamente.
    El razonamiento lógico se mantiene en el caso de: Si no son agradecidos pueden que sean o no sean bien nacidos.
    Esto es al hilo de que las familias de lo ocho marineros vascos declinaran viajar a Seychelles en el avión de las Fuerzas Aéreas Españolas, fletado por Defensa.
    Como bien dicta la lógica, el problema puede no estar en ser agradecidos sino en el miedo cerval de no ser, ante los otros, lo suficientemente vasco ergo antiespañol.
    Algunos vascos proceden como si fueran presos políticos, unos de otros.

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