Un buen lío

Ayer se hizo oficial el nombramiento de José Ignacio Munilla Aguirre como obispo de San Sebastián. Como adelanté en mi entrada Turbulencias Episcopales. Y como también previne, se ha armado una buena. Las reacciones de los políticos no tienen, para mí, ni poca ni mucha importancia. El PNV y EA son dos partidos de rancia raíz  e identificación cristiana, pero un mucho a la antigua. A veces dan la impresión de pensar y actuar como antes, con una destacada intromisión de la política en la vida de la Iglesia, algo que debemos desterrar hoy en absoluto.

Más importantes y sangrantes son las reacciones del entorno eclesial. Que Munilla sea más o menos nacionalista –más bien menos, mucho menos- no debería influir en el ministerio episcopal. Sería un capítulo más de la libertad de opción y elección de que los ciudadanos gozamos. Si bien se han acostumbrado, excesivamente, en el País Vasco a mezclar religión con identificación nacionalista. No deja de ser por enésima vez mezclar churras con merinas. Tampoco Blázquez es nacionalista, fue recibido con uñas y está resultando un obispo muy razonable y aceptado por todos, nacionalistas o no.

El problema es otro. Si es verdad la cuarta parte de lo que aseguran los testimonios de los curas guipuzcoanos sobre la actitud pastoral de Munilla en su época de párroco de Zumárraga, la previsión más segura es que va a crear más problemas como obispo que como párroco, porque tendrá mucho más poder e influencia. Siempre en la hipótesis de que sean ciertas las afirmaciones de los curas colegas del nuevo obispo. Un ejemplo ilustrativo: acusaban al párroco y arcipreste de Zumárraga de que iba por libre, que no compartía un mínimo de pastoral de conjunto, que no le importaba nada la comunión con su obispo y con su presbiterio, y que llegaba a afirmar: “Yo estoy en comunión con el Papa”. Esto es muy grave, porque significa, ni más ni menos, poner en solfa la apostolicidad de la Iglesia.

En una parte de la Iglesia, más escorada a lo conservador, a veces a ultranza, y a una, por así decir, derecha eclesial, se ha puesto de moda exaltar tanto su fidelidad a Roma y al Papa, y estar tan atentos a todo lo que de allí proviene que, además de la folklórica tortícolis de Tarancón, que sería puramente anecdótica, corren el peligro de atentar, como digo, contra una de las esencias de la Iglesia. Ésta es apostólica, no petrina. En ningún artículo de fe del credo cristiano se afirma, jamás, una cosa de esas. Y en teoría nadie se atrevería a defenderlo, pero en la práctica se está actuando como si esa dependencia fuera lo más normal. El Papa no es el obispo de cada una de las diócesis. Es el obispo de Roma, que por la historia, y no desde siempre, ha ido adoptando una posición relevante. Pero no constitutiva de la Comunidad eclesial, sino de la iglesia organización, administrativa y burocrática. Que nunca debería confundirse con la Iglesia “Sacramento de Salvación”.

El obispo saliente, Uriarte, ha animado a sus curas a recibir desde el primer día a su sucesor como al “legítimo pastor”.  Esto suena un poco a “excusatio non petita acusatio manifesta”. Esperemos que los curas no imiten, hacia su actual obispo, la actitud de su antiguo colega de puentear al obispo de la diócesis, invocando lejanas fidelidades. ¡Dios no lo quiera! Pero es perfectamente posible que suceda, más sospechando el espectáculo de lucha de poder a tres bandas que se adivina en el reciente nombramiento.

En un artículo claro y valiente del blog de Xavier Picaza, que recomiendo, el autor, buen teólogo, sensato y criterioso, recuerda y propone otro sistema para la elección y nombramiento de los obispos, que ya se dio en la Iglesia. A) La comunidad local, la diócesis, si es una auténtica comunidad cristiana, tiene que tener suficiente capacidad de diálogo y de discernimiento como para ponerse de acuerdo en un nombre adecuado para pastorear la diócesis. B) Los obispos de las diócesis cercanas refrendarían al electo y lo consagrarían. Es importante la colaboración de comunidades eclesiales vecinas, por la similitud de problemas y conocimiento mutuo. C) Y por fin, el obispo así elegido, refrendado y consagrado sería presentado al Papa para que éste lo dotase de dimensión universal y católica.

Este sistema es bien más abierto, transparente y participativo, y creo que más evangélico, que el actual, en el que todo se lo guisan y se lo comen unos cuantos miembros prominentes de algún dicasterio romano y de la conferencia episcopal implicada. Pocos, pero poderosos, cuando no buscadores de poder. Con cuchicheos y con secretismo. Desde este blog me adhiero a la propuesta de Picaza, que ya ha sido experimentada en la Iglesia con muy buenos resultados.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara   

 

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