Autoflagelación no, ¡por favor!

Curioseando por Internet he encontrado una noticia que, primero, me ha sorprendido. Después, me ha horrorizado. Un biógrafo de Juan Pablo II, Andrea Tornielli, en su libro “Santo i súbito”, afirma que el papa polaco, en no pocas circunstancias, se flagelaba. Sí, que se daba unos buenos azotes con una correa. Y los testigos que presenta son bastante de fiar: la superiora de las monjitas que cuidaban de él en el Vaticano, y un obispo africano, Emery Kabongo, secretario del Papa durante unos años.

Todo indica que esa práctica penitencial del Papa es traída a colación como una prueba más de santidad, dentro de ese elenco de méritos que los apologistas de los futuros santos quieren presentar. La relatividad de las cosas creadas, considerando también como una de ellas las opiniones humanas, y las preferencias, y los gustos, nos permite considerar como absurdo o inaceptable algo que otros consideran sublime y encomiable. Digo esto porque soy consciente de que lo que voy a escribir a continuación tiene toda la inseguridad de lo relativo, de la “insoportable levedad” de los pensamientos y opiniones humanas. Pero exijo el mismo trato para las opiniones y pensamientos contrarios.

El Papa Juan Pablo II siempre me pareció, desde el primer momento, un buen,  extraordinario comunicador, un coloso para el marketing y la propaganda. En ese sentido tenía una avanzada, y aguzada, visión evangelizadora. Y, algo fundamental en nuestro tiempo, de los medios y técnicas a emplear para conseguir los fines pastorales propuestos en el vasto campo del anuncio, de la misión; en resumidas cuentas, de la evangelización. Recuerdo cómo en la misa multitudinaria  del Campo de Marte en San Pablo, Brasil, (1982), cuando en una concelebración con unos 500 curas paulistas me tocó estar toda la Eucaristía a unos 20 metros del Papa, éste prolongó durante veinte minutos los prolegómenos a la homilía, con un juego increíble de provocación y complicidad ante un auditorio de ¡dos millones de espectadores”. Daba gusto ver y comprobar cómo los manejaba a su antojo.

Pero, ¿qué pasó cuando Juan Pablo comenzó a leer seguido y en serio los folios para más de media hora de homilía? Pues que desde nuestro lugar privilegiado y en altura pudimos contemplar atónitos el maravilloso espectáculo de miles y miles de corros de gente que se dedicaban a dar cuenta de su almuerzo, en un picnic , como les gusta decir a los brasileños, monumental. No hay ni medio gramo de exageración en lo  que escribo. Como tampoco en que el cura a mi derecha, a quien yo  no conocía, me pasó un termo de café, con su correspondiente vasito, y después una bolsa con naranjas, delicias que yo a mi vez pasé a los de mi izquierda. Esto en plena concelebración. Revestidos, claro. Era el mes de julio, duro invierno en San Pablo, ciudad a casi mil metros de altura, había llovido, hacía unos 10º, y se agradecía el calor del café y la vigamina de la naranja.

Parara mí esa anécdota resume muy bien la relación de los fieles con el papa Wojtyla: mucha química, mucha simpatía mutua, pero poco o ningún conocimiento de sus enseñanzas, y nulo afecto a su método y estilo eslavo de vueltas y más vueltas, pesado y abstruso, por lo menos a nuestro entender más latino y occidental. Con el papa Pablo VI era exactamente lo contrario. Entre la gente y él había poca química, pero estaba muy atenta a sus enseñanzas y magisterio, que transmitía con un estilo sencillo, claro e inteligible. Para muchos sus discursos de los miércoles era una auténtica cátedra que a los pocos días eran discutidos y comentados en las facultades de Teología.

Juan Pablo II no pasará a la posteridad como profundo pensador o teólogo. Y como biblista tampoco llama la atención. Desgraciadamente, el suyo será recordado como un papado en el que un gran número  de buenos, notables teólogos, tal vez los mejores, los que Juan XXIII y Pablo VI habían invitado al Concilio, fueron severamente censurados o, sencillamente, perdieron sus cátedras.  Su orientación pastoral fue más pensada y elaborada “ad extra” que “ad intra”. Pienso que era preciso atender aquella sin descuidar ésta. Y no son claros el interés y el empeño en el seguimiento del  Concilio Vaticano II.

Así que la noticia del  flagelo y de la penitencia corporal, como argumento favorable a la santidad, no me convence. A mí me resulta contraproducente y negativo que en los tiempos que corren todavía se pueda pensar en un Dios sádico y  cruel que mire con agrado los sufrimientos no necesarios de sus hijos. La vida ya es suficiente tormento para que la endurezcamos artificialmente con sufrimientos innecesarios e inútiles. (No hay más que recordar la tremenda agonía de Juan Pablo, y los dos o tres años anteriores) ¿Alguien puede pensar, todavía, que torturándose hace más méritos para la vida eterna? Yo creo que es exactamente lo contrario. Por todo eso no puedo creer las informaciones sobre la autoflagelación del Papa W0jtyla, por muy documentadas que sean. Prefiero al entrañable Juan Pablo II con sus luces, muchas, muchísimas, y con sus sombras, muchas también. Pero sin flagelo, por amor de Dios.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara.

 

 

One Response to “Autoflagelación no, ¡por favor!”

  1. En el extremo opuesto de la autoflagelación, encuentro, o me encuentro, pasando de largo delante de un “sin techo” (su día ha sido el 22 de noviembre).

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