¡No nos dejan en paz!

Ahora es Jesús Sanz Montes, el recién elegido arzobispo de Oviedo, el que ha seguido con la inaguantable colección de boutades (no se me ocurre una palabra “fina” en español para decir lo mismo, iba a resultar muy burro). “Se vería en un serio aprieto si tuviera que dar la comunión a Bono”; comulgar con la Eucaristía “no es lo mismo que Jesús comulgar con nosotros”. Supongo que se refiere a “estar de acuerdo con”, en una fórmula desafortunada.

Recordaré a Sanz Montes que Jesús dio la comunión  Judas, el traidor, y a Pedro, el zelota que andaba armado para cargarse, si se terciaba, a un romano invasor y colonizador. Y también le recordaré que parece haber olvidado, y otros jerarcas con él, que nos enseñaban, cuando de verdad se estudiaba teología moral, que quien dispensa la comunión tiene que atenerse, ante la presencia de alguien que haya sido, o parezca ser  pecador , a la presunción de que si se acerca a recibir el cuerpo de Cristo quiere decir que se ha confesado, arrepentido, y está apto para comulgar, según las normas públicas de la Iglesia. Es decir, en la práctica, excepto en caso de pública excomunión, es imposible negar la comunión a nadie. Paece mentira que algo tan elemental lo olviden algunos obispos.

También le recuerdo, a él, y a tantos obispos que parecen haberlo olvidado, que en la Iglesia no hay, hace mucho tiempo, ni penitencia ni confesión públicas. Y también que los obispos de cada diócesis, e incluso la Conferencia episcopal en pleno, no son quienes para legislar en materia tan grave  del orden sacramental. Yo acuso a algunos de ellos de dar la impresión (no afirmo que sea así) de que les importa más mantener sus posturas ideológicas y políticas que cumplir con el sacrosanto deber de la santificación de los fieles. No es ni pastoral ni canónico poner trabas ilícitas al legítimo derecho que tienen los fieles a emplear el régimen universal y católico para el ejercicio de su reconciliación con Dios y con la Iglesia.

Afirmaré por enésima vez que no soy abortista, que he evitado, en mi época de Brasil, varios abortos (otros no los pude evitar), que jamás participaría en ellos ni los aconsejaría. Que es una acción que personalmente me repugna, pero que, sin embargo, he visto sufrir y desesperarse a chicas bien jóvenes y que comprendo que el legislador, prácticamente universal en los países cultural y económicamente avanzados, y no sólo el español, despenalice el aborto en ciertos supuestos.

También es preciso recordar algo que no debería hacer falta: que no es verdad que los legisladores que votan a favor de esa despenalización van en contra de la doctrina de la Iglesia. En la Iglesia existe un Derecho Canónico que detalla con rigor los delitos y las penas canónicas. En ninguno de ellos consta que legislar de una u otra manera sea delito. Y no vale calificar una acciónde pecado, pues de éste se habla o afirma mucho más difícilmente, por ser problema de conciencia. ¿O es que los obispos se han olvidado de que, según Santo Tomás, y la unánime enseñanza de la Teología Moral, la norma próxima de moralidad es la conciencia?

Sé que me estoy comprometiendo en exceso siendo como soy un presbítero con oficio pastoral de párroco en la Iglesia. Lo hago por dos motivos: porque no cabe el pensamiento único en una comunidad eclesial que aceptó desde el principio cuatro Evangelios, y porque algunos obispos españoles, esperemos que no la mayoría, están cayendo en una deriva ideológica y política peligrosa. Me han dicho algunos feligreses de mi parroquia vallecana, mucho antes de la polémica de la ley del aborto: ¿”Es que los obispos quieren que sólo votemos a la derecha? ¿No se puede ser cristianos de izquierda?” Así captaban ellos la postura de muchos obispos.

Se equivoca quien piense que estoy defendiendo al Gobierno. Este gobierno, como todos, tiene cosas muy buenas, buenas, regulares, malas y muy malas. Diría lo mismo si esta inaceptable intromisión de los jerarcas españoles se realizara con otro gobierno. Quiero defender a la Iglesia, a los fieles, y alertar a los pastores del peligro que supone poner por delante del Evangelio y del misterio de Dios entre los hombres las ideologías y los prejuicios. Y el abuso de no actuar escrupulosamente según la auténtica doctrina y el Derecho de la Iglesia, y sí según los vientos que soplan desde el poder, aunque sea de la Iglesia.

Para acabar y dejar claro: despenalizar el aborto en determinados supuestos no significa:

–         ser abortista

–         estar de acuerdo con el aborto

–         promover el aborto

–        obligar a abortar

–         cometer pecado mortal (¿?)

–         ir contra la doctrina de la Iglesia

–         no poder recibir la comunión.

Significa, simplemente, despenalizar, por motivos sociales  y legales, según la legítima opinión del legislador, una conducta que durante mucho tiempo fue delictiva. Nada más.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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