Mi camino neocatecumenal (VII: Mi itinerancia)

La convivencia de la que salí (“me levanté”, en el argot neocatecumenal) itinerante fue de lo más original y exótico. En ese momento era párroco de la parroquia de los Sagrados Corazones de Londrina. Había sido nombrado unos meses antes. Yo no tenía ninguna gana de ir de itinerante, pero sin saber cómo me encontré de pie ante la llamada de presbíteros que hizo el responsable del camino en Brasil, Ángelo Stefanini. Sé que suena a fantástico y que no combina nada conmigo y mi manera de ser, pero así sucedió.

Después hubo un montón de contratiempos. Una vez que informé a  mi provincial de la situación, reunió el Consejo, y éste mostró su opinión contraria a que abandonara la parroquia y marchara itinerante por tiempo indefinido. Cosa lógica y esperada. Después resultaron dos años y medio, uno repartido entre Manaos, capital del estado de Amazonia, Porto Velho, capital del estado de Rondonia, y Belém, capital del estado de Parà; y el otro y medio en el noroeste del estado de Sâo Paulo y en Mato Grosso do Sul (ciudades de Presidente Prudente y Campo Grande). En total dos intinerancias, con dos equipos diferentes.

La itinerancia en Manaos fue, por la naturaleza y el entorno, grandiosa. La aproximación al aeropuerto por encima “do encontro das aguas” resulta un espectáculo fascinante. Se trata del momento en que se encuentran los ríos Negro y Solimôes, el primero negro como su nombre indica, y el segundo amarillo casi chillón. Durante unos diez o quince kilómetros cada parte del río resultante, Amazonas, pues para los habitantes de esas tierras se llama así sólo desde el encuentro, sigue erre que erre con su color. Así se aprecia desde el avión un río policromado. Después, van apareciendo en la parte negra unos corros amarillos, y en la parte amarilla unos corros negros. Cada vez estos corros son mayores hasta que todo el río adquiere una tonalidad marrón claro o beige, que acentuará su tono rojizo en la época de las grandes lluvias.

La ciudad capital del caucho tiene actualmente casi dos millones de habitantes, y conserva vestigios de su esplendor de los años veinte, cuando el dinero corría a raudales, con el monopolio del árbol productor del caucho, hasta que un lord inglés consiguió, el único y por su noble condición, embarcar sin ser cacheado. Por eso no supieron que entre sus perifollos y puntillas de gala portaba varios esquejes con los que los ingleses pudieron competir, primero, y después mandar, en el comercio del caucho, gracias a sus vastos dominios asiáticos. Ya saben, “la dulce y pérfida Albión”.

Una de las huellas de pasadas grandezas es el teatro de la Ópera, construido con materiales acarreados desde Italia, como el famoso mármol de Carrara y otros, y en cuyo escenario cantó el gran Caruso. También se conservan las vías por las que circulaba un tranvía que unía el centro con el exclusivo barrio donde residían los prohombres de la ciudad, entre los cuales el alcalde. La catedral, sin embargo, no vale nada. Pero Manaos es arzobispado, del que son sufragáneas numerosas y pequeñas diócesis dispersas por las orillas de los ríos amazonenses. Toda misión tiene su “carro” (coche), que es un pequeño barco (motor, sin más, los llaman), y sin los que las diferentes comunidades no tendrían medio alguno de comunicarse. La gran autopista es el Amazonas. Mi equipo, Ercilia, Mirandinha y yo, (responsable Ercilia), tuvimos la suerte y la oportunidad de bajar el río desde Manaos hasta la desembocadura, en Belém, durante unos mil seiscientos kms. Verdadero banquete de luz, selva, agua y mosquitos. El barco era un cascarón, y en su parte noble disponía de ventiladores, pero no de aire acondicionado.

Esta ciudad, con más o menos millón y medio de habitantes, es una joya de arquitectura portuguesa de los siglos XVIII y XIX, a la orilla derecha del gran delta, que de lado a lado tiene la friolera de trescientos cincuenta kms. Y en medio la isla de Maranhâo, la mayor isla fluvial del mundo, prefectura apostólica cuyo prelado, obispo, es, hasta la época en que allí estuvimos, un agustino español. El arzobispo de Belém me ofreció una parroquia de unos ciento veinte mil feligreses, en la parte más cercana al río, allí donde ruge la “pororoca” (impresionantes canales estrechos de los cauces más exteriores del delta, que con la marea alta corren raudos y ruidosos hacia el interior, con el peligro que supone para cualquier despistado). La tentación era golosísima, el clima y el entorno maravillosos, pero todavía no sé por qué no caí en ella con armas y bagaje.

(Me he liado en los aspectos “turísticos”, por cierto de un exotismo interesante y original que un mínimo porcentaje, aun de brasileños, puede decir que ha disfrutado. Así que otro día narraré la enjundia de la aventura catequética amazónica).

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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