Mi camino neocatecumenal (VIII: mi itinerancia, 2)

En Manaus nos hospedamos y dimos catequesis en la parroquia de los Palotinos, así se llaman en Brasil. El párroco y superior de la comunidad era el padre Hilario, un gaucho hijo de italianos, tan hospitalario como refunfuñón, pero buena gente. Dejaba hacer, pero no se implicaba lo más mínimo en la aventura neocatecumenal. En su parroquia había bautizos a destajo, a mí me tocó dos domingos seguidos hacer cuarenta y tantos en cada sesión. Después me enteré de la pequeña trampa de Hilario, pues era la única parroquia de Manaos que no exigía cursillo pre-bautismal. Además, pagaban un plus por la deferencia. ¡A veces así funcionan las cosas en la Iglesia!, pero no siempre, ni la mayoría de las veces.

Una de las riquezas que pude captar en la itinerancia, para un cura, es el hecho de tratar y conocer muy diversos tipos de párrocos y de obispos. En mis dos itinerancias traté bastante a fondo a nueve párrocos y a seis obispos. Uno de éstos, de Campo Mourâo, en el norte del estado de Paraná, nos esperaba por la noche con una mesa espléndida cuando volvíamos de la catequesis, para cenar juntos. Y después, con una caipirinha por medio, y un exquisito café, charlábamos largo y tendido antes de retirarnos cada uno a nuestros sobrios pero cómodos y modernos miniapartamentos, en el propio palacio episcopal. Que no era tal, pero sí un magnífico chalet con sus jardines y paseos.

EL arzobispo de Manaos era encantador en su simplicidad, y en las ceremonias a las que acudía nos decía “indicadme cómo lo tengo que hacer porque vosotros sabéis más liturgia que yo”. Así mismo, no con falsa humildad, sino con humildad de la buena y auténtica. Más o menos como se portan los obispos en Europa. Ya el arzobispo de Presidente Prudente era esquivo y seco. Y cómo se  excusase de acudir a ciertas celebraciones que le proponíamos presidir porque estaba muy ocupado,  (“No tenéis ni idea de lo que es administrar una diócesis, y estar atento a la arquidiócesis”), un día tuve la osadía de recordarle, ¡mal hecho, muy mal hecho!, lo reconozco, “Padre, cuando se muera no le van a juzgar de cómo ha administrado la diócesis sino de cómo ha pastoreado a su rebaño! No le sentó muy bien, pero no se enfadó mucho y prometió pensar en el asunto. En medio de la ironía se percibió una buena aceptación de  la corrección fraterna. También igual que en Europa, o en el Vaticano.

Las parroquias que catequizamos, tanto en Manaos, como en Belém, o Porto Velho, eran frecuentadas por fieles de un nivel socio-económico-cultural ínfimo. En Manaos era frecuente oír a hermanos de la comunidad que no se casaban, estando libres y sin ningún impedimento, porque eran pobres. De tal modo que en Amazonia el matrimonio sólo era imaginable en una holgada economía. Pero asumían esta situación sin sentimiento de culpa ni escrúpulo. Participaban de todas las actividades comunitarias, también la eucaristía y la comunión, sin problemas personales ni comunitarios o eclesiales. Así que fue para ellos un auténtico evangelio, Buena Noticia, el saber que pobre y todo podrían unir sus vidas en un matrimonio sacramental.

Sobre todo la comunidad que nació al otro lado del río negro, regentada por Lorenzo, la situación social y cultural era de pena. De cuarenta que comenzaron la comunidad sólo cinco sabían leer. Aprendieron a hacerlo con la Biblia, en las preparaciones de la Palabra y la Eucaristía. Había familias entre ellos que no habían dispuesto en metálico en el último año más de 500 pesetas, para siete u ocho miembros. Tanto Lorenzo como su compañero Humberto (éste respetaba el Camino pero no lo apreciaba mucho) pertenecían a la diócesis de Pistoia, que mantenía una misión por esos andurriales con dos presbíteros, dos enfermeras, y el marido ingeniero agrónomo de una de  éstas. Con esa ayuda consiguieron una agricultura decente, en cantidad y calidad.

La pobreza era aterradora. Su economía era de pura subsistencia, cultivando unas pocas verduras, comiendo frutas ecuatoriales (Manaos está a cerca de 4º del Ecuador), pescando sabrosos peces en el río, y trocando con otros los géneros, eso cuando podían. Así que era una liberación que las hijas se casasen a los 13 ó 14 años, en cuanto tenían la regla. Una boca menos, y algo de ayuda por parte del yerno. Gente necesitada verdaderamente de salvación, y que entendían muy bien el compromiso que con ellos, pobres anawim, hacía un Dios libertador.

(Continuará)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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