Observaciones a un predicador dominical

En una de sus peculiares y pesadas homilías dominicales, pontificales, y alambicadas hasta decir ¡basta!, el predicador de EL Mundo da una vez más muestra se su suficiencia, tan voluntariosa como equivocada. El director del diario de Pradillo debe de estar seguro de sus opiniones, y del fundamento de las mismas. Lo primero es legítimo, lo segundo, en artículos de tan pretendida enjundia y tamaño, hay que probarlo. No basta con que lo diga el Señor Director.

Me refiero a la descalificación del presidente del Congreso, el señor Bono. De la manera barroca a la que nos tiene acostumbrados, a mí cada vez menos, porque sólo aguanto su tratado dominical a vista de pájaro y en lectura progresivamente transversal, viene a decir que llegado el momento del “pega pra capar” (en simpática expresión brasileña que viene a significar “momento crucial, en el que hay que decidirse), el político manchego, en vez de rebelarse contra la tiranía de la disciplina del voto, ha claudicado de sus creencias. La frasecilla del mamotreto es: “..hemos asistido a la alambicada (cree el ladrón que todos son de su condicion) abdicación del propio Bono de la consecuencia con sus tantas veces proclamadas y aireadas convicciones religiosas”. Así mismo. Intolerable. Por entrar sin pudor en el terreno de las creencias de alguien(el proclamarse creyente no es airear nada), y por desconocer flagrantemente las consecuencias de las mismas, o por lo menos algunas. 

Se equivoca, señor homilético. Y también se equivoca si piensa que por motivos ideológicos me lanzo a defender a un político del partido que sea, o justamente por ser del partido que es. Defiendo mi propia postura, de cristiano creyente, y de sacerdote católico en ejercicio, como párroco que soy en  una parroquia de Vallecas. Ya he afirmado hasta la hartura que no soy abortista, que no colaboraría en un aborto ni lo aconsejaría, que lo evité varias veces en mi ministerio sacerdotal en Brasil, y que otras no lo pude evitar. Que considero el aborto no una solución, sino un problema. ¿Tengo que decir algo más? ¿Mi condena del aborto tiene que ser idéntica a la de otros para que sea válida? 

Y sin embargo sé que el aborto es, y ha sido desde hace mucho tiempo, una plaga social, (ya el Imperio Romano era abortista, y hasta infanticida, y el Nuevo Testamento nada nos dice ni proclama sobre esa, para nosotros, lacra). Y también sé, y el director de El Mundo no lo puede ignorar, que, clandestinamente, se ha producido una auténtica sangría al mezclar el miedo, a veces pavoroso, con las falsas ideas del honor familiar, etc., etc.

Otra cosa que claramente desconoce, o lo esconde si lo sabe  nuestro ínclito y conspicuo personaje, es que una cosa es la Iglesia y otra diferente la Jerarquía de la Iglesia. Ésta es una parte importante de aquella, pero no toda ella. Hay quienes en la Iglesia consideran razonable, y a veces hasta necesaria, la regulación legal y la despenalización condicional del aborto, si bien la jerarquía lo repruebe. Ésta puede y debe proclamar la inmoralidad del aborto, pero no tiene habilitación para asegurar también su delictividad. Parece mentira que cosas tan obvias haya que recordárselas a tan gran periodista. Y sucede que al legislador, católico, practicante, le puede parecer prudente y necesaria esa despenalización, y en conciencia, la legisla. Eso no quiere decir que a partir de ese momento piense que ya no se trata de una conducta inmoral, eso sí que sería claudicar de las consecuencias morales derivadas de sus creencias, sino que por motivos sociales y de prudencia política, la prefiere considerar no delictiva. Sólo eso.

Tendré que repetir por enésima vez que en la Iglesia no hay pensamiento único, sobre todo en lo que se refiere a la oportunidad o no de las decisiones prácticas. Que éste, el tal pensamiento, sólo se da en los dogmas, pocos, y proclamados oficial y solemnemente. Y hasta ahora no es dogma de fe, ni lo podría ser por tratarse de la variable relatividad de la praxis, que el despenalizar el aborto sea un delito canónico. Y ni siquiera pecado. No el abortar, entiéndaseme bien, sino el despenalilzar. Así que, señor Ramírez, un político cristiano y practicante puede votar en conciencia una ley despenalizadora del aborto sin caer ni en pecado, ni mucho menos en delito canónico, ni claudicar de sus creencias más íntimas. Además, como sospecho que sabe latín, le recordaré, señor director, “de internis non judicat ecclesia”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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