Melancolía

Ya era desde pequeño. Así como la Nochebuena, con el revuelo de niños y cacerolas envueltos en la niebla y entonando, muy bien, villancicos, me hacía ilusión y me llenaba de una serena alegría infantil, la Nochevieja, no. Cenábamos a eso de las nueve de la noche, recuerdo, sí, que había cava, hasta una vez me desmayé por probar un poco de la bebida espumosa, y una cena un poco más abundante y colorida. Pero después, sin radio ni televisión, a la cama. No había uvas, conocí esta costumbre después de los 25 años. La noche buena, por lo menos, jugábamos a los seises, y después íbamos a misa del Gallo. La noche vieja, ni eso.

Yo sentía una profunda melancolía. Recuerdo my bien. No es una proyección que tengo de mayor. Con mis tiernos seis y siete años me daba cuenta del paso del tiempo, de que algo inaprensible se hacía todavía mucho más volátil y huidizo. En el seminario menor pasaba lo mismo. Toda la magia de la noche buena se iba al garete en la última noche del año, y el paso nostálgico de las doce horas sucedía en la cama, en medio del sueño profundo y olvidadizo del adolescente.

En filosofía y teología la experiencia no variaba, era tan sólo más adulta, más amarga y llena desengaño. De cualquier manera me preguntaba si la gente estaba un poco ida llenando la noche de ruidos y de deseos fútiles, vanos e imposibles. Yo siempre pedía que al año siguiente tuviera menos problemas de fe, menos dudas vocacionales, menos titubeos morales, y que los superiores comenzaran de verdad a tener un sentido ágil y práctico de la realidad. Es decir, caía en lo de los deseos vanos e imposibles.

Más tarde crucé el charco y aterricé en Brasil. La primera noche buena, en una sala de estar improvisada en animado y colorido comedor, me sorprendió por el ruido monótono del aire acondicionado, que me recordaba el hecho ineludible de que era verano, el frío y la nieve estaban excesivamente lejos, y que el turrón no haría, tal vez, acto de presencia. No lo hizo. La Nochevieja no fue diferente que en toda mi monótona tradición de sufridas nostalgias sin solución. Todavía no conocía ni podía asumir y envolverme en la impresionante magia de la noche carioca,  Río de Janeiro, con sus playas abarrotadas venerando a la Diosa del Mar, Jemanjá, en el paso del año.

Pero una noche me marcó. Día 31 de diciembre de 1972, Sâo Joâ del- Rei, Minas Gerais. Acudía yo a hacer un curso de revalidación de mis estudios de filosofía clerical en Europa. El curso comenzaba el día dos de Enero, pero a mí me faltaba una asignatura o un trabajo. Lo tuve que suplir con unos días de investigación en la biblioteca del colegio mayor de los Salesianos, en cuya facultad obtuve después la licenciatura. Estaba sólo. Solo de gente conocida. Cené a las nueve, un poco de ensalada y un filete con patatas fritas, lo recuerdo muy bien. Salí a la calle. Una ciudad del maravilloso arte colonial portugués, del siglo XVII y XVIII. Calles desiertas, piedras antiguas y venerables, la catedral envuelta en cálidas sombras, mis pasos sonando en el empedrado. Calor y enseguida lluvia. Me mojé como en un rito de iniciación. Y después, sintiendo hasta los huesos la mayor soledad de que tengo memoria, nada más que escuché algún pequeño alboroto, muy pequeño,  como respetando el viejo y sacro silencio, miré al reloj, las doce y un minuto, y, mojado hasta el tuétano y hasta los pliegues donde se esconde la emoción, me acosté, sintiendo una invencible melancolía nostálgica.

No debe tener remedio. Hoy me siento menos sólo, pero tan tembloroso y lleno de “saudades” de no sé qué por dentro.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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