Liturgia desafinada

Órgano de la catedral de la Almudena

Órgano de la catedral de la Almudena

No sé si algún lector de este blog se ha arriesgado a seguir por TV la clausura del X Congreso Eucarístico Nacional desde Toledo. Yo he visto parte, con su homilía y todo, con ese mar de mitras y casullas, con tanto lío y tanto desafine. Es tremendo como se puede cantar tan mal en todo un Congreso Nacional. Ni el coro de niños, ni el de jóvenes (supongo que seminaristas), ni el pueblo todo, ni las voces rajadas, destempladas y sin ritmo de los obispos y curas, nadie se ha salvado de la ruina y del deterioro musical.

Pero no sólo el lado musical, sino que toda la celebración ha adolecido de falta de orden, de ritmo, de claridad, de sencillez, y, por tanto, de belleza. Lástima de marco tan excelso para celebración tan desafortunada. Demasiados obispos, demasiados curas, demasiados obstáculos en un espacio apretado para tamaña concentración. Y vulgar también y desmadejada la retransmisión televisiva. Como recordaré más abajo, tampoco las celebraciones del Vaticano me gustan, pero por otros motivos, que diré. Pero el espacio, el orden, la belleza, la música, y, sobre todo, la retransmisión de la RAI, que suele ser brillante, a veces fantástica, todo eso junto, es otra cosa y tiene otra estética.

Es duro luchar contra molinos de viento, porque en seguida te llaman loco. Pues los molinos son tan discretos y bienechores, tan previsibles y modosos, tan sencillos y prácticos, que difícilmente se pueden convertir en gigantes. Pero con el tiempo, puede que sí, que ya no sean ni sirvan como los molinos de antes. Estamos tan acostumbrados a eventos tan sin sentido, a celebraciones que se dicen Eucaristías, que en tiempos tuvieron tal vez su sentido, pero que hace ya mucho se han desviado de cualquier sentido evangélico que pretendamos encontrar, que nos choca si alguien nos afirma que lo que fue un tranquilo y simple molino se ha convertido en gigante amenazador. Efectivamente, me refiero a esas concentraciones multitudinarias que algunos se empeñan todavía en llamar misas.  

Ni las misas campales y millonarias o casi en participantes, ni los rituales  barrocos del Vaticano,  tan bellos como gélidos, ni las manifestaciones eucarísticas como la de esta mañana en la catedral de Toledo, tienen nada que ver, ni algún detalle inteligible y significativo, que nos recuerde, o nos los haga relacionar, con la cena de Jesús, con la fracción del pan de los primeros creyentes, ni siquiera con las celebraciones ya más abigarradas pero todavía participativas y comprometidas de las primeras basílicas romanas. Lo siento si alguien se puede llegar a molestar. No sabría por qué, lo que digo es perfectamente comprensible por ser totalmente cierto y aceptable.

La pregunta es por qué seguimos promoviendo ese tipo de eventos si sabemos, y estamos convencidos, de que no tienen nada que ver con la celebración primitiva que nos dejó Jesús. La Pascua de los judíos, inspiración y modelo no exacto y cerrado, pero sí punto de partida y perla a enriquecer y cambiar de sentido, tenía establecidos unos mínimos y unos máximos de participantes para que éstos se sintieran implicados, responsables y protagonistas. Con los valores de la Cena de Jesús y de la Pascua cristiana puede compaginarse todavía, siendo muy benévolo, una misa dominical parroquial de casi mil participantes, que, si no se conocen todos con nombre y apellido, eclesial y socialmente son miembros de una comunidad humana y cristiana que sigue un mismo o parecido camino vital y creyente. Y aun así, con reparos. 

Pero esos acontecimientos multitudinarios en que la participación es una utopía, y en que la Palabra y la homilía, como las de esta mañana en Toledo, la proclama y la reparte alguien ajeno por completo a la comunidad, como el cardenal Sodano, por muy delegado papal que sea, convierten la Eucaristía y la fracción del pan en un espectáculo de masas, del que, estoy seguro, huiría Jesús asustado, o, ¡vete a saber!, enojado y con azote en ristre.

No escribo nada de esto ni por estar chalado ni como enfant terrible, sino porque siento en mis carnes, y en lo profundo del alma, la tergiversación, la manipulación y el deterioro en los que estamos cayendo con el tesoro más rico y precioso que nos legó Jesús. Y si encima el acompañamiento musical es detestable, ¡entonces el grado de desesperación es ya inenarrable! (Para los que no lo saben: durante  los ocho años de mis estudios eclesiásticos fui profesor de música de mis compañeros, en Filosofía y Teología, encargado de la música gregoriana y de la polifónica, así que, o estaba dirigiendo el canto o estaba compañando al órgano. Así que juzguen mi desilusión y decepción, rayanas con el cabreo). 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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