El Papa pide perdón

“….sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.” 

(Evangelio  de la misa de ayer, 11º Domingo del tiempo ordinario, Lc, 7, 47)

 

Todos los medios se han hecho eco profusamente de la petición de perdón del Papa, a Dios y a las víctimas de la pedofilia de algunos miembros señalados de la Iglesia. Había diversidad de opiniones al efecto, desde la de los que aplaudían sin condiciones y con fervor, hasta las de los que no querían ni imaginar la pesadilla que significaría para sus mentes ciertamente obtusas que el Papa pidiera perdón a quienquiera que fuese. Ya cuando lo hizo  el papa anterior en el “caso Galileo” hubo quien torció el gesto, (aseguran que entre ellos se encontraba el papa actual), porque, dicen, el papado pierde credibilidad y fuerza si pide perdón ante cualquier foro o de cualquier error o pecado.

Pensar así no tiene ningún fundamento, al contrario, se aleja del todo del reconocimiento bíblico y evangélico de las culpas. EL rey David mereció del escritor sagrado el piropo de que “tenía un corazón según Dios”, violento como era, conspirador, asesino, adúltero, mal educador de sus hijos, maquinador de enredos, y otras perlas. Pero David era un creyente, pecador, arrepentido, siempre pecador y siempre perdonado. Y no tenía reparo en pasar una semana a la puerta del palacio vestido de saco y cubierto de ceniza para ser vilipendiado por sus súbditos y que le pudiesen echar en cara sus abusos y su pecado. Y se trataba del rey David, con seguridad el personaje bíblico más querido, entre todos, por los judíos.

Y está el evangelio de ayer, de la escena sensual, casi erótica de la pecadora lavando los pies del Señor con sus lágrimas, secándoselos con sus cabellos, ungiendo su cabeza con perfume, y  siendo defendida por Jesús, en medio de aquella caterva de “buenos” y legales fariseos, cumplidores de la ley, es decir, de las pequeñeces de la ley, que ellos nunca entendieron la jerarquía de valores, y “colaban el mosquito y se tragaban el camello”, y pagaban el diezmo del comino y de la menta y de la mostaza, pero descuidaban la lealtad, la justicia y el derecho. Y oyeron la sentencia desconcertante del Maestro, totalmente incomprensible para los “buenos”, “aquel a quien poco se le perdona poco ama”. Totalmente en consonancia con la anterior “sus muchos pecados son perdonados porque ha amado mucho”. A quien mucho ama mucho se le perdona, y ama más. Y a quien poco se le perdona, poco ama. Sería un poema la cara del anfitrión Simón ante tal irresponsable provocación, y exhibición, de palabras y de hechos, de “impureza”, delante de sus venerables barbas, y en su casa.  

La Iglesia se reconoce “santa y pecadora”, y su pecado no es ni exclusivo ni especial de los clérigos, para que podamos entender ese reconocimiento. También en este tema se puede  esconder el error de confundir Iglesia con jerarquía, sea ésta alta o baja. El pecado de cualquier cristiano, o grupo de cristianos,  es  el pecado de la comunidad eclesial, ya sea de carácter sexual, de violencia, de guerra, de injusticia social, de exclusión, de racismo, o del tipo que sea. Así que no nos puede extrañar, ni sorprender, que el Papa, el único representante real de toda la Iglesia, y el único portavoz autorizado de toda ella entera, entone el mea culpa en su nombre, y en el propio, como cabeza y Pastor universal  de la misma. A mí me reconforta, me consuela y me edifica.

He leído en un periódico que la pública petición de perdón por parte del Sumo Pontífice podría implicar una aceptación implícita de error por parte del sucesor de Pedro, y comprometer así la infalibilidad pontificia. A veces los periodistas, o mejor los pseudo idem, dicen o escriben semejantes bobadas. Olvidan, o directamente no saben, que la prerrogativa de la infalibilidad papal no le pertenece a título personal, sino sólo cuando en el legítimo ejercicio de su magisterio, se dirige, “ex catedra“, a toda la Iglesia, en asunto pertinente a la revelación. Y que esto ha sucedido tan sólo una vez en veinte siglos, con el papa Pío XII, en la proclamación del dogma de la asunción de María. Y derinir “ex catedra” no tiene nada que ver con pedir perdón, que, además, es una actitud con la que, en la práctica, es casi imposible equivocarse. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

One Response to “El Papa pide perdón”

  1. Es también toda la iglesia la que se reconforta, consuela y edifica. Y es así en cada acto de amor o de humildad, vengan éstos del Papa o del último mono.
    La jerarquía, como dices, alta o baja, no es la Iglesia. Por eso, no debe ser el principal motivo de atención sus aciertos o sus desbarros.
    La principal Iglesia para cada uno, es uno mismo. El Espíritu, en constante creación, sabrá que hacer con nuestros pequeños gestos o con las intenciones sopesadas, o con las palabras retenidas en el borde de los labios, o con la mirada de comprensión que no escatimamos, o con la paz de no seguir con la bronca, o con la confianza puesta al día…
    Yo también me alegro de los pasos visibles y confío mucho en los invisibles.

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