¡No seamos flojos!

Llevo dos días con molestias. El lunes me trabajó el dentista durante tres horas y media, me colocó dos implantes en la parte superior, me regeneró tejidos que tenía medio arruinados, me hizo un montón de suturas y me avisó de que lo normal era que me doliese, así que me aconsejó tomar antibióticos y calmante. De todo esto saco dos conclusiones: 1ª), que soportamos mucha más incomodidad y dolor de lo que imaginamos cuando estamos sanos; 2ª), que, al mismo tiempo, y de manera sorprendente o contradictoria, nos ponemos dengues y flojos cuando algo continuo y sordo nos acompaña en nuestro organismo dando señales inequívocas al cerebro de que está ahí. Si no se da a conocer, como el funcionamiento normal del bazo, ni nos damos cuenta.  

Estamos demasiado acostumbrados al confort y a la vida muelle. La sociedad de consumo, cuando nos proporciona niveles de opulencia, nos desentrena para el dolor, las molestias, la incomodidad, el frío, el calor, la humedad, el viento, los mosquitos, el polvo, la lluvia, la tormenta, los rayos y truenos, la oscuridad, el silencio, el esfuerzo, el cansancio verdadero, la espera, las filas interminables, la impericia del funcionario, no digamos su pereza, o lo que así nos parezca, la ineptitud del profesional, la dejadez del que debería ser responsable, las argucias y apaños de los políticos. La dichosa y anhelada “calidad” de vida se convierte en una trampa humana y muchas veces  ética para los valores humanos elementales.  

No es que no tengamos “derecho a un mínimo de calidad de vida”, es que debe de ser un derecho compartido. Es el tipo de exigencia que o la urgimos para todos o se convierte en privilegio, grave desconsideración, cruel abuso, intolerable injusticia. Reconozco que no me gusta nada ver ciertos reportajes televisivos, o cortometrajes de impacto, con imágenes desoladoras de gente como tú y como yo, ancianos, hombres y mujeres, niños y bebés, literalmente aplastados y triturados por condiciones implacables, en la salud y en la enfermedad, personas a las que no llega ni siquiera los más elementales y baratos medios sanitarios de anestesia, o paliativos para el dolor, o instrumentos mínimamente adecuados para amputaciones y otra intervenciones. Y eso sin prestar atención al pequeño detalle de que llegan a esas situaciones depauperados, debilitados, hambrientos, agotados, ateridos de frío o asados de calor sofocante, alimento y pasto vivo de moscas, mosquitos, bichos de todo pelaje, y hospitalarios generosos de virus y bacterias.

¿Exagero? Ni tan poco una micra. Esto es lo malo, que cualquier descripción de la miseria en el mundo, por muy realista que sea, se nos queda corta, y ni de lejos atisba la verdadera realidad. La exigencia de una justa y equilibrada solidaridad procede, en primer lugar, de un humanismo elemental y decente, y después nuestras convicciones cristianas convertirán ese humanismo necesario y militante en un programa de amor y de generosidad, para “amar como Él nos amó”.

He comenzado sin saber muy bien cómo ni de qué iba a escribir. Termino, sin embargo, muy cierto y seguro de cómo debo rematar.  Ni tú que lees estas sencillas y  nada pretenciosas líneas, ni yo que las escribo como pensando en voz alta, tenemos ningún derecho a quejarnos. No hay dos tipos de seres humanos, el que adorna a los que todo lo tienen y todo exigen, y el que usurpa a los otros todo derecho y toda esperanza. La depre advenediza, esa que los entendidos llaman exógena, es uno de los males más frecuentes y epidémicos del llamado primer mundo, de los que a sí mismos se denominan “países desarrollados” (que lo son en técnica y sistemas productivos y sobre todo logísticos, como está de moda decir en el aburrido cursileo imperante, pero no en humanismo ni en ética).

Por algo será lo de esta plaga de depresiones. No se puede vivir mucho tiempo sin la energía suficiente para responder con dignidad a la variable intensidad, a veces bárbara, con que la vida nos zarandea y azota. Yo, de entrada, no me voy a quejar de mi moflete hinchado, de los dolores a la hora de dormir, ni voy a renunciar a ninguno de los actos a que me urgen, por un lado, la obligación, y por otro, el no menos respetable motivo de la diversión y el ocio necesario.

Jesús Mª Urío Ruiz de  Vergara

 

One Response to “¡No seamos flojos!”

  1. Jesús Mari, que te mejores.
    Y no te preocupes por quejarte de tu moflete…, la cosa es no perder de vista el moflete de los demás.

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