El burka

Nunca me han gustado los disfraces, muy en especial los que ocultan por completo la “personalidad física de la persona”. No me gustan lo hábitos, que aunque no hacen al monje hay quien cree que sí,  o las camisa negra y el alzacuellos, o la sotana, vestimenta típica de los estudiantes en el siglo XVI, especie de blusón hasta los pies para no gastar ni manchar tanta ropa. Pues bien, esa prenda, usada por tan nimio motivo, se ha convertido para algunos en signo de distinción sagrada y clerical. Por es, y por otras cosas, no me gustan las vestimentas que se usan por imperativo tradicional o religioso.

Dicho lo anterior, me parece estar en condiciones de afirmar lo siguiente: no entiendo por qué se puede hacer del uso o no del burka un rifirrafe político. Es evidente que se trata de una discriminación y un maltrato social y psicológico de la mujer. Y poco nos importa que ésta lo asuma y hasta piense que lo acepta libremente, cuando sabemos que lo hace por fuerza mayor de las costumbre y de la tradición. Pero en la sociedad occidental maltrato y abuso de la figura femenina los hay a rabiar, desde usar el bello cuerpo de la mujer para vender un coche, o una lavadora, o un dentífrico, o una crema para adelgazar. O aprovechar el ímpetu y la energía de hermosas adolescentes para imponer modas y usos en la ropa, en el calzado, en el peinado, y hasta en la manera de tomar el ascensor.  ¡No seamos hipócritas!

El motivo de seguridad para no llevar tapado el rostro tiene su razón de ser y su lógica. Siempre me han asustado los encapuchados, desde que uno de la parroquia de la competencia (yo era de San Pedro y él de Santa María, en Olite), a quien no gustó que un chavalín de siete años como yo contara los cofrades ensotanados que bajaban de Ujué, me soltara un bastonazo, cobardemente amparado en el anonimato de su burka particular. Y ¿quien no recuerda la escena de los encapuchados de la película “El Padrino” que portan el paso de la procesión por el barrio italiano, y sacan sus metralletas para acabar con la familia enemiga? Así que, por seguridad, fuera burkas, y fuera encapuchados de cara tapada.

Los motivos religiosos o culturales, es decir, las diferencias obvias que el uso de esa prenda demuestra con nuestra cultura no serían nunca motivo suficiente para prohibirla. Ni siquiera que signifique un maltrato de la mujer. Para nosotros lo es, para ellos, no. Estamos en nuestra tierra, dicen algunos. ¡Claro!, por eso mismo. Nuestra tierra, a diferencia de la de “ellos” es un espacio multicultural y respetuoso. No queramos parecernos a “ellos” en sus limitaciones y cortapisas a la libertad y al respeto a todos los ciudadanos, con todas sus culturas y tradiciones.

Pero por seguridad, como he dicho más arriba, pues sí, prohibamos las burkas y los encapuchados, esa cosa tan fea y horrible.

 Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

3 Responses to “El burka”

  1. Y ya puestos, los uniformes.
    Sobre el burka es mejor afirmar cuestiones de seguridad, otro tipo de debate sería hipócrita, represivo y parcial; dado que, y por el mismo orden, se utiliza electoralmente; coarta formas culturales; y no atiende otras formas de sometimiento de la mujer en occidente, aunque sean de estrategia o de autosometimiento.

  2. Lo siento pero creo que igual que hay que salir al paso de las tallas 34 para combatir la anorexia, que hay que limitar la grasa que pueden llevar las hamburquesas y que nos obligan a llevar el cinturón de seguridad porque un accidente costaría muy caro a la sociedad hay que hacerlo contra el burka, esa cárcel de tela que impide una vida sana, libre y el ejercicio de un trabajo. Aparte, claro está, que no sabemos quién se esconde debajo.

  3. Ilusiones: entiendo tu punto de vista, pero añadiría varios matices. El primero es que tuargumento sería válido si lo empleáramos siempre, por ejemplo contra las mujeres que estropean su vida con cilicios o latigazos, o recoogiendo fresas o espárragos. Y en segundo lugar, el Estado no está para garantizar la salud individual sino la pública, y pienso que el burka no atenta nada contra ésta.
    Otra cosa es el tema de la seguridad, aunque no habría tampoco que insistir mucho. Más disparates, traiciones y hasta crímenes se han cometido aprovechando los disfraces de Carnaval, tema que ya es un clásico. Prohibamos, pues, los disfraces del Carnaval de Venecia.
    Un saludo
    Jesús Mari

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