Relaciones Gobierno-Iglesia: mal planteamiento.

A los habituales de este blog nos les sorprenderá nada lo que voy a decir, pues se trata de un tema recurrente, y para mí, importante. Uno de los objetivos de este “Areópago” cuando comenzó era, y sigue siendo, pues el problema no tiene ninguna pinta de arreglarse, denunciar la manía de    identificar Iglesia con Jerarquía.  Mil veces lo repetiré, ésta es importante, no lo más importante, desde luego, pero NO es “la Iglesia”, sino parte. El todo es no sólo mayor y más abarcador, sino de otro nivel y de otra dimensión ontológica.

Al estudiar la Eclesiología es de vital importancia la distinción y contraposición, si fuéramos hegelianos diríamos dialéctica, y sin serlo también, de Iglesia visible-Iglesia invisible. Mucho podríamos precisar, pero bastarán unas pinceladas para mis inteligentes lectores. La Iglesia visible es la organización, la institución social, la burocracia, la administración, los hechos, los monumentos, la celebración externa y sensible de ritos, etc. La Iglesia invisible, como su nombre indica, es la que está presidida por el Espíritu de Dios, por su gracia, por su actividad interna en el núcleo de la personalidad, en el corazón y el alma de los fieles, la que hace vivir a sus miembros el “Misterio de Dios”, a la vez que lo hacen asequible a los hombres, y lo acercan a los que buscan el sentido de su vida.

Es fácil entender que la Iglesia visible, el armazón social y externo que permite la realización y comprobación empírica de hechos y acciones que ejecutan los cristianos, es lo más parecido a la estructura visible de toda Religión. Si el sentimiento religioso de la trascendencia es el punto de partida del hecho religioso, se suele decir sin excesiva oposición que esa experiencia humana se convierte en “una Religión” cuando alguien la estructura, y la dota de los tres elementos necesarios para poder hablar de Religión reconocible y oficial: espacio sagrado (templo), tiempo sagrado (la sucesión de ritos coordinados en el devenir del tiempo), y lo que algunos han dado en llamar, con el consiguiente desagrado de los implicados, “burocracia clerical”.

La Iglesia primitiva, 98% Revelación, y sólo 2% Religión (para entendernos con números, que son muy claros), carecía, propiamente, de los tres elementos, manteniendo tan sólo algo de la sacralidad del tiempo en la celebración de la Pascua, y su recuerdo de domingo en domingo,de “Pascua en Pascua”, que diría San Justino. No había templos (“vosotros sois los templos vivos de Dios”, había dicho S.Pablo) ni lugares programados ni controlados por algún estamento de la Comunidad para reunirse. Para este menester servían las casas de los fieles. No nos debe de extrañar que tanto judíos como romanos, pueblos altamente “religiosizados”, considerasen ateos a los primeros cristianos.

El problema grave de esta que he llamado “religiosización” es que, cuando sucede, y en la medida que es promovida y dirigida con mano férrea por el tercer elemento, la “burocracia clerical”, puede acabar por sofocar lo específico “del hecho religioso”, y no digamos del “hecho revelado”. Es una de las terribles deficiencias que Jesús ve en los “Sumos Sacerdotes, escribas, fariseos” y toda la cohorte de mandamases de la Religión de su tiempo. Y por eso fustiga tanto esa hipocresía que olvida lo elemental y lo sustancial de la Religión, en el caso de los judíos, Revelación, (“ay de vosotros, fariseos hipócritas, que coláis el mosquito y os tragáis el camello“) y se apegan a lo anecdótico y a todo lo que les pueda favorecer en el mantenimiento y la ampliación de su cota de poder. El auténtico drama se instala cuando “los profesionales” de la Religión, los clérigos, dejan de creer en la que proclaman y predican, para convertirse, solamente, en administradores de las riquezas y el poder, a veces inmensos, que pueden llega a acumular las Religiones organizadas.

Todo este viene a cuento porque ya se empiezan a preguntar algunos por la relación del nuevo Gobierno, que todavía no es oficial, con “la Iglesia”. El Gobierno se relaciona, y relacionará, sea del color que sea, con sus propios ciudadanos, como tales, no como miembros de una determinada religión, y con otros Estados. Si lo que quieren interrogar con eso es que cómo irán las relaciones del próximo Gobierno con el de un pequeñísimo estado llamado Vaticano, pues que lo digan. Eso es otra cosa, y perfectamente inteligible en los términos. Algo diferente es que los católicos estemos obligados a apreciar favorablemente la existencia de ese miniestado. Yo no lo aprecio con ninguna benevolencia, y soy de los que opino, como tantos y tantos en la época del Concilio, que su desaparición sería una gran noticia para la Iglesia Universal, especialmente si se anima, como quería el Vaticano II, a ser evangélica.

Jesús Mª Urió Ruiz de Vergara

3 Responses to “Relaciones Gobierno-Iglesia: mal planteamiento.”

  1. Ya conoces la famosa frase “si un carisma no se institucionaliza se pierde pero si lo hace se pervierte”

  2. Relaciones Iglesia-Estado aquí sólo quiere decir: Conferencia Episcopal-Gobierno.
    Por lo demás, muy de acuerdo sobre las distintas acepciones de ‘Iglesia’ y sobre el absurdo de continuar con lo que queda de los Estados Vaticanos.

  3. En mi caso particular he de decir que el término Iglesia siempre está ligado a lo mismo. Para mí la iglesia tiene varias conotaciones, pero siempre es la misma la que acude en primer lugar a mi cabeza… PODER.

    Por otro lado el cristianismo, o ser cristiano (algo que me considero) no va ligado a la iglesia, por más que Cristo le dijera a Pedro aquello de “Sobre esta piedra edificarás…. “), para mí ser cristiano es amar a los demás, una vida cuyo pilar es el amor, alcanzando su máxima expresión en la familia, los amigos y la ayuda a los demás.

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