La Jerarquía como servicio en y para la Comunidad

“Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo”. (Ef, 4, 1-6)

Hoy tomo, como en otras ocasiones, el tema para mi artículo de la 1ª lectura de la misa de hoy, viernes de la 29ª semana del tiempo ordinario.

Los consejos de Pablo son, en buena parte, de sentido común. Él los ha entreverado y condimentado de elementos cristianos, como la mención de la “unidad del Espíritu”, que resulta un tema muy paulino y muy recurrente. La humildad no bobalicona de cuello torcido, sino del buen pisar el humus de la tierra, afincados en la verdad, que es la dura realidad del suelo en el que vivimos, ya es un clásico en las recomendaciones del apóstol de Tarso. Santa Teresa, esa santa práctica y pragmática, también señalaba la verdad como bandera de la auténtica humildad. Y la comprensión y el amor son una seña de identidad de la comunidad cristiana. O debían serlo, si bien la comprensión es a veces una pura y volátil utopía en ciertas estructuras de la Iglesia de hoy.

Llama la atención la ausencia, en los grandes textos paulinos sobre el Iglesia, de cualquier referencia a la Jerarquía. Por lo menos como nosotros la entendemos y la vivimos o sufrimos. No es que yo quiera afirmar que la Jerarquía estorba, o que sería bueno eliminar, no. Pero sí opino con firmeza que una reducción en su poderoso aparato no vendría mal a la Iglesia. Si el episcopado es un servicio a la Comunidad, mal se puede entender que un superobispo pueda atender a tres o cuatro, o más, millones de fieles, y a ochocientos o mil presbíteros. De ninguna manera imaginaron ni diseñaron los primeros Padres de la Iglesia ese ministerio para semejante enorme y compleja tarea. Todo lo que pase de cincuenta o sesenta mil fieles es desmesurado, malo para la Pastoral, sólo bueno para detectar y ejercer el poder con ase en los números y las estadística.

En Madrid, por ejemplo, o Barcelona, o Valencia, o Sevilla, por poner tan sólo ejemplos españoles, no sería aberrante, sino útil y beneficioso, multiplicar el número  de diócesis en proporción a los barrios de reconocida entidad y caracterización. El obispado de Tetúan, el de Vallecas, el de la Aganzuela, el de Legazpi, y por ahí adelante. Ya le hicieron eso al cardenal de Sâo Paulo en los años ochenta, y todos los enterados interpretaron eso como una venganza del Vaticano a su propuesta, de Arns, de dividir la diócesis de Sâo Paulo en nueve, correspondientes a las Regiones Episcopales que funcionaban, cada una con su obispo auxiliar. El pretendía que esas diócesis tuvieran un estatus federal, y el Arzobispo de Sâo Paulo fuera su coordinador general. Le tumbaron la idea, pues no se encuadraba en los esquemas habituales, y la idea, además, no había sido romana. Y en su lugar crearon muevas diócesis (no estoy hablando de una provincia o Estado, el de Sâo Paulo tiene unas 25 diócesis, ppara 320.000 Km cuadrados), sino de una única ciudad, y de barrios de la misma.

La faena fue perfecta, promoviendo obispos nada proclives a simpatizar con las líneas pastorales de D. Paulo Evaristo, que eran “radicalmente” conciliares. Radical, en el sentido de hasta la raíz. ¿Saben cuánto tardaron en aceptar la preceptiva dimisión del cardenal franciscano a sus 75 años? No llegó a cuatro meses. ¿Imaginan la demora en el caso del cardenal de Río de Janerio, D. Eugenio de Araujo Salles, gran “woitilyano” en el episcopado brasileño? Bien más de dos años. Así son las cosas en nuestros días, un poco alejadas de la visión pura y prístina de los primeros años de la Comunidad cristiana.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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