Otra barbarie, esta sí bárbara del todo, y sin vestigio de “rostro humano”

La barbarie macabra que ha destapado Internet WikiLeaks no tiene ninguna posible excusa por parte de sus protagonistas: el ejército norteamericano, y las fuerzas militares y policiales de Irak, después de la derrocada de Saddam Husein. En unas ocasiones los militares americanos fueron los artífices directos de las terribles acciones, en otras, los actores directos fueron fuerzas iraquíes, y en todas el ejército de los EE:UU. fue, por lo menos, connivente, y cómplice.

No debería hacer falta decir que no me mueve para nada ningún tipo de antiamericanismo al traer y comentar la noticia de las masacres, ejecuciones sin sentencia, torturas, “asesinatos selectivos”, es decir, con premeditación y alevosía, y verdaderos atropellos, con violencia física, mental y psicológica. No debo, ni puedo, ni quiero aceptar un estilo de información que con excesiva frecuencia se va imponiendo, la de callar las cosas malas o negativas, en nuestro caso atroces, porque el sujeto en cuestión, persona física o jurídica, tiene muchas cualidades positivas y es buena gente. Sé muy bien que la gran nación norteamericana tiene, y ha realizado, cualidades y obras portentosas. Pero eso no impide, ni es óbice, para que sea criticado cuando se lo merece. Al contrario, exige de país tan grande y noble una altura moral y un nivel de dignidad  mayores.

Los EE.UU. de América son reincidentes en el desprecio ostensivo a ciudadanos que no sean norteamericanos, en establecer doble vara de medir, o la ley del embudo: ancha para ellos mismos, y estrecha, estrechísima, un auténtico ojal de aguja, para los otros. Se ha visto en tantas  ocasiones que no hace falta repetirlas, y es hasta doctrina consagrada por la famosa estrategia de Seguridad Nacional. Y ha sido esa doctrina americana la que ha citado, y a la que ha apelado, la Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, para condenar la filtración de WikiLeaks. Ni uno de los altos funcionarios americanos que se ha pronunciado ha negado la veracidad de los hechos, solamente la imprudencia de los informadores, que “ponen en peligro la vida de los soldados norteamericanos”.

A esto hay que responder lo siguiente: , los crímenes y los procesos judiciales son, por su naturaleza, públicos; 2º, los que han estado en peligro real, y han muerto, o han sido injustamente torturados o lesionados, han sido las víctimas de los desmanes, o de la inhibición delictiva de esos soldados; y , cada profesión tiene sus peligros, y los que más mueren por caída desde andamio son los albañiles, y por accidente de moto, los moteros, y por inhalación de productos químicos los que los manipulan, y por acciones de la guerra o sus consecuencias, los que participan en ellas. Y que una guerra no es justa sólo porque la declare, o la inicie sin declarar, el Estado Norteamericano.

Hay que recordar, además, a la señora Clinton, que los soldados son gente joven, que saben defenderse, y que tienen a su disposición el inmenso aparato defensivo y protector de un Estado tradicional y fuertemente comprometido con sus fuerzas militares en el extranjero. Hay, también, la seguridad razonble que ha dado la agencia que ha destapado los papeles secretos de que ha previsto, y lo ha hecho, la máxima garantía de anonimato de los informantes. Pero en todo esto se huele un tufillo de que hay vidas y vidas, que unas son mucho más que otras, y que los otros, sobre todo si son los malos de la película, no importan que sufran o perezcan, porque son “objetivo válidos”, según un abogado de las fuerzas de ocupación al ser preguntado desde un helicóptero si podían, o no, disparar sobre dos hombres que se estban rindiendo. Dispararon, claro, y murieron.

Oíamos ayer la parábola del Fariseo y el Publicano. Éste tan sólo se daba golpes de pecho, y aceptaba ser un pecador. Aquel daba agracias a Dios por “ser diferente a  los otros hombres”. No tenemos nada contra los americanos por el hecho de serlo, ni ninguna envidia porque sean ciudadanos de la nación más poderosa y avanzada de la tierra. Pero yo sí que tengo contra ellos el que se presenten tan cristianos, con su “Dios salve a América” (apropiándose del todo el continente, como si ellos fueran sus únicos ocupantes; si bien a veces dan la impresión de pensarlo). Nadie está obligado a ser cristiano, y menos los Estados, que no lo son ni aunque quieran y lo digan. Pero si les gusta proclamarlo, que no falten tan descaradamente al primer mandamiento de Jesús, “amaos unos a otros como yo os he amado”, que junto “amarás al Señor tu Dios” resumen toda la ley y los profetas.  Y si tienen alguna duda de “¿quién es mi prójimo?”, que lean la parábola del buen samaritano. Y si no quieren aparecer como cristianos, sino como gente honesta y respetuosa de los tratados internacionales, que recuerden el tratado de Viena.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

2 Responses to “Otra barbarie, esta sí bárbara del todo, y sin vestigio de “rostro humano””

  1. Guerra y Dios, nunca podrán ser ni tan siquiera tangentes.
    “Mi Reino no es de este mundo” versus “Yo soy”

  2. Ad multos annos in tua labore et scriptura vivas!!

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