Despejando dudas (II)

Con frecuencia uno se lía al escribir. Pretende acortar por atajos, pero estos exigen otros, y lo que debía ser un sencillo y fácil fluir se convierte en una maraña de riachuelos, que nos pueden hacer perder el curso del río. Así que voy a intentar volver al río y dejar los riachuelos. Lo que pretendo decir con esta ya larga entrega es que el Cristianismo es, más y antes que una Religión, una Revelación. Las religiones son grandes creaciones humanas, pensemos en Confucio, Buda, o Mahoma, mientras que la Revelación procede desde lo alto, de un Dios que se interesa por los hombres. El dibujo de la Religión es de abajo>arriba, y la Revelación es de arriba>abajo.

 

EL judaísmo era una clara Revelación que los judíos, notablemente los reyes y gobernantes, la fueron convirtiendo en una Religión. Con la protesta, esta sí revelada, de los grandes, y pequeños, profetas de Israel. Éstos denunciaron la manipulación del templo, del culto, de la Ley, y, muy especialmente, la utilización mercantilista y profana de la Alianza. La concentración de todo el culto en el templo de Jerusalén, acusando de idolatría y de idólatras los otros templos y sus frecuentadores, constituye uno de los procesos más políticos, económicos, y, por todo ello, religiosizantes, de toda la Historia.

 

Además, en un verdadero proceso de perversión, esta sí idolátrica,  sus patrocinadores aseguraban, y es probable que se lo creyeran, que se trataba de la voluntad expresa de Yavé. He aquí un claro ejemplo de intermediación interesada y abusiva de la “casta sacerdotal”, que efectivamente, debería ser intermediaria “profesional” entre Dios y los hombres, pero no en su propio interés ni de modo abusivo. Jesús se encontró con esta situación defendida a capa y espada por sumos, y no tan sumos, sacerdotes, fariseos, y senadores, y los ricos saduceos, hasta  el paroxismo, y la fustigó y puso en evidencia valiente y lúcidamente. Yo me atrevo a decir que la gran condena que Jesús hace del judaísmo de su tiempo estaba motivada por la gran traición que significó la reducción de la maravillosa Revelación de su Padre a una Religión moralista y mercantilista, cosas que, por otro lado, son inherentes y concomitantes a las religiones. Pero que no debería ocurrir ni con la Revelación hebrea, ni con el Cristianismo.

 

Apliquemos ahora los tres elementos característicos de la Religión –recordemos, espacio sagrado –templo-, tiempo sagrado y casta sacerdotal, a las primeras comunidades cristianas. Veremos, con asombro, que en ellas solamente aparece, ténuamente, la segunda de las tres premisas. No tenían templos, celebraban la Eucaristía en las casas, o escondidos en las catacumbas. No tenían especiales tiempos sagrados, pues todo el tiempo era sacro, y la historia, un gozoso devenir de tiempo redimido. Tan sólo podemos hablar de tiempo sagrado a la celebración anual de la Pascua y a su recuerdo cada Domingo, recordando la expresión de San Justino de “caminar de Pascua en Pascua hasta la Pascua definitiva”. Bien más tarde se irían completando la liturgia con los tiempos de Adviento, Cuaresma, etc. Por todo ello, por carecer los primeros cristianos de símbolos religiosos, fueron considerados “impíos y ateos” por judíos y romanos.

 

Y de la burocracia o casta sacerdotal, en las comunidades primitivas, ni rastro. En primer lugar, no hay en el Nuevo Testamento (NT) ni un solo texto en que se llame sacerdote a un cristiano que no sea Jesús, el Señor, “único y eterno sacerdote”, fórmula repetida insistentemente. Cuando aparece la palabra sacerdote se refiere, inevitablemente, a sacerdotes paganos o del templo de Jerusalén. Los apóstoles son vistos, más que como Gobierno de la Iglesia, como los evangelizadores y, sobre todo, como testigos de la Resurrección del Señor. No hay nada en Pedro, o Pablo, o Tito, o Timoteo, que recuerde el papel y la función de los sacerdotes judíos, ni seríamos capaces o imaginarlos vestidos con sotanas, o clergyman, u otros atuendos clericales. No es coincidencia que, en las listas de ministerios eclesiales, el de Gobierno aparezca siempre en lugares apartados, el quinto o el sexto.

 

Solamente a partir del edicto de Milán, y todavía más, de la proclamación del Cristianismo como religión oficial del Imperio en tiempo del emperador Teodosio, la comunidad cristiana comienza a dar signos, a parecer, y, desgraciadamente, a convertirse en una Religión, con toda su organización, su estructura, su burocracia clerical, y todos los componentes “religiosos” que fueron tan fustigados no sólo por el Maestro y Señor, sino también por los apóstoles y evangelistas, como podemos comprobar en el NT. Así que ahora podemos entender, y hasta responder, la pregunta que nos hacíamos en una de las anteriores entregas “¿Quién tiene la culpa del “laicismo” tan denostado?”. Pues está claro, digamos quien tiene la culpa del clericalismo y habremos descubierto al responsable del fenómeno contrario, laicismo o anticlericalismo.

 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara       

One Response to “Despejando dudas (II)”

  1. ¡Bravo!
    (Como se diría en un concierto al solista que ha hecho bien su interpretación)

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