Encuentro bajo la lluvia

Una feliz pareja de ciegos

Una feliz pareja de ciegos

Andando bajo la lluvia iba yo, cuando casi empiezo a cantar. A bailar no, porque hace tiempo, desde mis años de Brasil, que no muevo el esqueleto de esa guisa. He caído bajo la lluvia por despiste. Me he despertado antes de que tocara mi móvil-despertador. Éste estaba programado para las siete en punto, pero mi impaciencia me ha despertado a las seis y media. Así que me he echado a la calle. Sólo al pisarla me he percatado de que llovía, así que he tenido que volver por el paraguas.

Chándal, forro polar, y un chaquetón quitafríos que debe pesar unos tres kilos, eran buenos argumentos para enfrentar la desapacible mañana. Y oscura. Cuando llueve, aunque sea ese chirimiri insustancial, amanece más tarde. Hoy he podido comprobar con desazón la verdad del dicho popular que recitan los dormilones a los culoinquietos de que “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Hoy el sol se ha hecho esperar, daba la impresión de que todo el día iba a ser tenebroso. Iba yo mascullando esos pensamientos intranscendentes, todo de negro, como una sombra furtiva pos las calles del Puente de Vallecas, cuando he tenido el sobresalto que produce una emoción inesperada.

Siete menos cuarto. Andaba por la calle Luis Mitjáns, (debía ser un prócer catalán), que es perpendicular a la Avenida Ciudad de Barcelona, y caminaba yo alejándome de ésta, hacia un parque que hay al final de la calle. Parque deportivo y de ocio y descanso, provisto de campos de deportes coquetos, con sus casetas, sus duchas, y todo. La lluvia arreciaba, yo hacía equilibrios con mi exiguo paraguas, menos mal que no soplaba el viento. Y al cruzar una esquina, de repente me ha pasado.

Delante de mí avanzaba una pareja, cogiditos del brazo, apretados, con paso saltarín, casi de baile, e iban animando la lóbrega mañana de abortivo amanecer con unas risas y unos gorgoteos que denotaban alegría y satisfacción. ¿Por qué andarán tan contentos?, me he preguntado. Caminaban a ritmo lento pero ágil y desenvuelto, como quien pudiera y quisiera andar más deprisa, correr, volar, pero  algún estorbo se lo impediese. Además iban sin paraguas, y no se cubrían la cabeza con ninguna gorra o prenda impermeable.

Los he adelantado. Desde atrás yo no podía apreciar los bastones que portaban, de esos largos y con punta fina para trasmitir alguna sensación. ¡Bastones de ciego!, vamos. Entonces me ha venido a la cabeza mi brillante conclusión: –estos no se han dado cuenta de que llueve porque son ciegos-. Os aseguro que es eso lo que he pensado, hasta caer en la cuenta de la insensatez de mi apreciación. Después he pensado: hace una mañana horrible, los pobres se están calando, se van poniendo como una sopa, además son ciegos, -¿por qué se ríen y casi cantan?-.

Y he aprendido que hay cegueras que son mucho peores e irreversibles que las de los ojos de la cara. He entendido las profundas catequesis del Nuevo Testamento sobre la ceguera, y el grito del ciego de Jericó (ciegos, porque son dos, en el evangelio de San Mateo), “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”. Y el salto de alegría (eso está sólo en el evangelio de Marcos) del invidente por el mero hecho de haber sido llamado por Jesús. Y me he interrogado si yo no soy también un poco, o mucho, ciego, que no veo lo fundamental, porque lo “esencial es invisible a los ojos”.

Y mi nueva pareja de amigos, (sí, se han hecho mis amigos, porque bueno soy yo de parlanchín y locuaz cuando me animo. Les he preguntado: -“Disculpen, me han llamado la atención,  ¡se van mojando, no ven por donde van, no llevan paraguas ni se cubren la cabeza, y caminan entre risas, saltitos, secretitos a la oreja, y van inundando la calle de alegría y de luz!-” Y ellos, sin aparente sorpresa, me han respondido: -“Gracias, no vemos con los ojos de la cara, pero los del corazón los tenemos muy abiertos y encendidos. ¡Ni siquiera la luz se interpone entre nosotros!” (sic).

Me he emocionado, he apreciado la fuerza del amor, que más o menos intuía, pero he descubierto que hay códigos de luz y oscuridad que desconocía, y que tan sólo es posible vislumbrarlos dejándose caer sin miedo y sin prejuicios en el misterio abismal, lleno de riquezas, y de sorpresas, del corazón humano.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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