Muy poca elegancia bajo el protocolo

Departamento-de-Estado[1]Siempre se nos ha vendido el género de la elegancia y el glamour de la vida diplomática  y de sus  profesionales. Una vez más la cruda realidad viene a sacarnos de la ilusión y arrojarnos a la decepción, a la sospecha y hasta a la vergüenza. La página digital Wikileaks ha facilitado hace ya varias semanas a los diarios The Guardian, de Reino Unido; The New York Times, de Estados Unidos; Le Monde, de Francia; El País, de España,  y al semanario Der Spiegel, de Alemania, la información contenida en más de 250.000 documentos, la mayoría del Departamento de Estado de los EE.UU. Estos diarios están valorando por separado, para su publicación, la conveniencia y selección de los diversos documentos.

Estos documentos recogen comentarios e informes elaborados por funcionarios estadounidenses, con un lenguaje muy rudo, que a veces llega hasta la zafiedad,  sobre personalidades de todo mundo. Revelan contenidos de entrevistas y encuentros al más alto nivel, ponen al descubierto desconocidas, pero sospechadas, actividades de espionaje; y, algo muy interesante para el cotilleo internacional, pero altamente peligroso para el buen tono de las relaciones internacionales, exponen con detalle las opiniones vertidas sobre altos funcionarios de otros Gobiernos, y  un caudal de datos, aportados por diferentes fuentes, en conversaciones con embajadores norteamericanos o personal diplomático de esa nación en numerosos países, incluido España.

Se trata de un festín de intrigas, de maquiavelismos, de espionajes, de doble juego, de actitudes de profunda desconfianza con cara sonriente, de cotilleos del más alto nivel por su posible incidencia en políticas y altercados internacionales, y del más bajo por su estilo, modos y procedimientos. Es la pura y freudiana obsesión de algunas cancillerías, y muy notablemente la norteamericana, por conseguir información al precio que sea, para facilitar y favorecer una hipotética defensa de los sacrosantos, -adjetivación mía-, intereses nacionales. Se trata de la famosa doctrina de la Seguridad Nacional, que tan drásticas y trágicas consecuencias propició, y en muchos casos provocó directamente, en los años sesenta y setenta en la América Latina.

Nadie hasta hoy ha negado la veracidad de los documentos ofrecidos en Internet por Wikileaks, simplemente han protestado por la filtración y publicación en sí. Esto lo ha recalcado, incluso con amenazas, la secretaria de Estado de U.S.A., Hillary Clinton, quien no se ha recatado en afirmar que este tipo de información vertida en la red constituye un “peligro para la seguridad internacional”. Bien entendido que la seguridad internacional es, para los Estados Unidos de Norteamérica, su propia seguridad, y la de los “países amigos”, no porque ésta les interese especialmente, sino porque piensan que contribuye a la que ellos buscan para su país. En esta tarea no les importan los medios.

Sacamos en claro de todo esto que no estamos en buenas manos, sino en manos de personas de una madurez psicológica preocupante, por su histeria ante cualquier amenaza, por su egoísmo infantil, por la restricta visión del mundo, reducida a las dimensiones de un pequeño diámetro alrededor de su propio ombligo. Y, todavía más grave, de una inquietante catadura moral, que ve la impropiedad de la información sobre actos y comportamientos inadecuados, o abiertamente execrables, y no repara en la falta de moralidad de lo que es objeto de la información. Nunca se había contemplado, a nivel internacional, un ejemplo más clamoroso e insultante de la tentativa de “matar al mensajero”.

¿Y qué podremos pensar en adelante de ese mundo elegante y glamoroso de la diplomacia, de las embajadas, de las legaciones y consulados, de las fiestas y saraos, del brillo de las luminarias y de los bailes de farándula y película? Pensaremos, no sé si con toda razón, pero desde luego sí con bastante fundamento, que no es sino la capa y cobertura de un mundo de mentira, de doblez, de mucho menos respetabilidad de la se podría esperar de la avanzadilla y presencia de un país en las entrañas de otro. Y siempre nos quedará la sospecha de un aprovechamiento ruin, que no por utilitario deja de serlo, de la noble representación diplomática, para tareas de alcahuetería en la más baja “fontanería” de los circuitos internacionales.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara      

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