Reflexiones litúrgicas: matando dos pájaros de un tiro.

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Jesucristo, al pueblo santo que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos. (1ª Corintios 1, 1-3)

Esta segunda lectura de la misa de hoy, 2º Domingo del tiempo ordinario, me da pie para abordar dos asuntos que estimo interesantes para los que nos interesamos por las sutilezas teológicas y bíblicas. Espero que no os aburran.

Me refiero a dos expresiones muy significativas: A), “a los consagrados por Jesucristo”, y B),“al pueblo santo que él llamó”. Las dos nos pueden aclarar muchos puntos que no tenían por qué ser oscuros, pero que el uso abusivo del elemento clerical, o del falsamente llamado “religioso”, ha conseguido confundir y oscurecer en la Iglesia. (Esto es, ni más ni menos, que una autoacusación, pues yo pertenezco a los dos estamentos, al clerical, y al religioso, a éste ahora de corazón y de historia, pero no canónicamente).

A), los institutos de vida consagrada.

Es ahora, después de la reforma del Concilio, la manera de referirnos a lo que antes llamábamos órdenes o congregaciones de vida religiosa. Y con ese nombre abarcamos la múltiple variedad de formas de vida en comunidad, con votos y con unas reglas que ordenan y dirigen esa vida. Lo que me incomoda, por inexacta y sesgada, es la palabra “consagrada”. Como si la consagración la dieran los votos, o una decisión personal de quien quiera que sea. En la literatura paulista, como en el texto que comento, los consagrados, que lo son “por” y “a” Jesucristo, no se constituyen tales por una decisión personal, regulada por las leyes canónicas, sino por el Bautismo, que “consagra” a todos los cristianos a un servicio litúrgico y sacramental al Señor.

Seguro que hay quien afirme, “¡pero eso ya lo sabemos, y está muy claro!” Estupendo; entonces, pues, lo proclamemos con esta meridiana claridad, y nos dejemos de tanta consagración personalista y extra sacramental. He leído un día de éstos una carta de una superiora “religiosa” (otra palabrita, ésta, que también monopoliza algo común a tantos seres con una sensibilidad abierta a lo transcendente), dirigida a la comunidad que abandonaba para comenzar una aventura fundacional,  con un tipo de literatura piadosa que rezuma un estilo que hemos dado en llamar espíritu de consagración, y cosas por el estilo. A mí, sinceramente, me gusta más otro estilo y otra literatura más bíblica, y más diáfana y profética. El estilo epistolar de Teresa de Ávila no estaba nada mal.

B), los “santos”

En este momento el tema está de rabiosa actualidad. Yo me desgañito todos los años por el día de Todos los Santos, tentando fijar el concepto, pero me da que no lo consigo. La idea central que intento transmitir es que no es lo mismo santidad que bondad moral o ética; y, si me apuran, que no tienen nada que ver. La moral o la ética es una propiedad que pueden tener, o no, o tener en mayor o menor grado, los actos humanos, sean de personas religiosas, ateas, cristianas, musulmanas, agnósticas, etc. Con esto quiero decir que el buen comportamiento no es patrimonio del cristianismo ni de la religión en general.

Un ejemplo típico es el rey David, de quien la Biblia afirma que “tenía un corazón según Dios”. Sin embargo, dejaba mucho de desear en el terreno ético: era intrigante, maniobrero, violento, adúltero, asesino, y otras prendas por el estilo. Pero era un creyente en el que se reflejaba la “santidad” de Dios, su diferente manera de “ser” y de “pensar”. La santidad es un atributo exclusivo de Dios, y no lo entendemos ni medianamente si no tenemos una idea, aunque sea pequeña e incompleta, del famoso “Código de Santidad”, de los libros del Pentateuco. No es preciso ser un experto; apenas recordar que no somos santos por nuestras virtudes, sino por reflejar, o no, la Santidad de Dios, su transcendencia, su “ser otra cosa”, su diferencia, su lejanía, al mismo tiempo que su modo envolvente de estar en todas las cosas.

Como San Pablo repetía a todas horas en sus saludos a sus cristianos, “santo” es sinónimo de cristiano, de bautizado; no de bueno, ni de moral, ni de ético. Y no hay más Santo, ni otro, que Dios, y cualquier atisbo de santidad lo será por participación de la santidad divina. Por todo ello, insistir en los méritos de los santos se me antoja querer usurpar una propiedad exclusiva y sólo posible en el Dios Santo y Otro, aquel que “hace y llena  todo en todos”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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